Universidad, ¿para qué?
Asistí hace poco a uno de esos bienintencionados
debates que pretenden contribuir a arreglar un poco esta confusa sociedad en la
que, ¡ay!, vivimos, entre estudiantes que protestan porque sus titulaciones
amenazan y otros que pretenden que se suprima la exigencia de esas titulaciones
para ejercer de practicante, de ingeniero técnico o de biólogo. Difícil
tesitura, en verdad, para los políticos, y a aliviarles estábamos, a ver si
gracias al divino don de la palabra nos poníamos de acuerdo en la sociedad contradictoria
que unos piden y otros despiden.
Y tuve que acordarme de la famosa frase de
Lenin, (“Libertad, ¿para qué?”), tan retomada hoy por fervientes seguidores
suyos cubanos, ésos que al parecer tanto entienden de formación universitaria,
al darme cuenta de que la propia institución de la Universidad (quizá la más
antigua del mundo, después de la Iglesia) está amenazada. Pues saltó a la
palestra por millonésima vez la pregunta: “¿La Universidad debe dedicarse a la
investigación e impartir cultura, o ser una cantera de profesionales para la
sociedad?”
No es baladí el tema, pues, como esa gota de
lluvia que por centímetros puede ir a
parar al Mediterráneo o al Atlántico, la respuesta en uno y otro sentido
conforma un tipo distinto de Universidad (y, de rechazo, de sociedad). Pues si
lo primero, ayúdese a la Universidad en lo que haga falta, dense becas, cómprense
modernos utillajes de investigación, manténganse los sumos sacerdotes de ese campus sagrado (que no camposanto) en la
primera línea de la avanzada cultural. Que pronuncien conferencias, que invistan
y sean investidos doctores honoris causa,
y que nos desasnen un poco, que buena falta nos hace.
Pero si lo segundo, moléstense en ver qué es
lo que solicita la sociedad. Si ingenieros, háganse ingenieros. Si abogados,
pues abogados. Y si los biólogos o los historiadores no tienen cabida en el
actual tejido social, pues a filtrarlos, hombre, antes de que los filtre la
sociedad con el paro.
Claro que, siguiendo con la incursión mental,
si lo primero, ¿a qué esa extraña querencia al lamento por parte de tantos
miles de flamantes titulados, que se quejan de que, con su carrera tan
penosamente trabajada, no encuentran empleo y tienen que acabar colocándose de
vendedores de seguros o de mossos
d’esquadra? Pues, si ya tienen su
cultura, que es lo que querían, ¿a qué vienen esas exigencias a la sociedad? ¿O
es que debemos enfermar por decreto media docena de veces al año para que todos
los médicos tengan trabajo? Eso sería factible en una economía centralizada
como la que antes hemos aludido, pero, mientras haya libertad de mercado, es
claro que podemos elegir entre enfermar o no, y por tanto, el médico deberá
correr el albur de que nadie requiera sus servicios.
Prosigamos. Si lo segundo, está claro que hay
que revisar muy, muy a fondo la actual programación universitaria, hecha, no lo
olvidemos, cada vez más por personas que se mueven en el primer ámbito. Será legítimo
preguntarse, no ya si merece la pena estudiar latín —eso es ya cosa del pasado—,
sino incluso por el enfoque general de muchas carreras. ¿De verdad merece la
pena saber resolver integrales triples o conocer al dedillo la historia de la
medicina? ¿Es realmente necesario ese peaje de cinco años (¡o más!) para
conceder un título, que no para formarse como abogado o como médico? Pregunten,
si no, a los pasantes de bufete o a los MIR, que amargamente comprueban lo poco
que sabían al terminar su prolongado período dorado de vida más o menos
universitaria.
Más interesante que el debate en sí y su
pretencioso título (“La Universidad frente la sociedad del siglo XXI”), fue el
hecho de constatar las opiniones que se formularon. La mesa llamémosla
“presidencial” estaba constituida por el decano de una escuela técnica, un
periodista, un profesor, un biólogo, un divino
de la arquitectura y un gerente de empresa constructora, que manifestó sentirse
acomplejado por la labia de los demás miembros, aunque, a la hora de la verdad,
sería quien pusiese realmente el dedo en la llaga y encarrilara el debate por
una línea decididamente investigadora, si por tal entendemos la apertura a
aspectos nuevos en el archiestudiado tema.
Pues,
mira por dónde, todos los miembros de la mesa se manifestaron muy, ¿cómo diría
yo?, muy impecables, muy sapientes, pero muy teóricos. Todos hablaban con la
seguridad de quien desea preservar a cubierto de los vientos huracanados la
llama sagrada de la institución, y alguno llegó a “advertir” a la sociedad que
la cultura debe moverse sin cortapisas, en absoluta libertad, y sólo gracias a
ello nos beneficiaremos todos de los inmensos bienes que proporciona el cultivo
de los espíritus en forma de maná revitalizador.
El gerente rompió el fuego por otra línea. “Yo
no entro en las finalidades que autodefina la universidad”, terció, “pero si mi
empresa no encuentra técnicos a la medida de como los queremos en Barcelona,
iremos a buscarlos a Helsinki o a donde haga falta”. Es decir, recordó a los
eméritos profesores de la mesa la ley de la oferta y la demanda, aplicada al
campo social-universitario.
A partir de aquí se animó de veras el debate.
Uno del público apuntó que en estos momentos las empresas miran muy mucho la
procedencia de los aspirantes a formar parte de sus cuadros profesionales,
advirtiendo que los currículos procedentes de la universidad X van directos a
la papelera, mientras que los profesionales formados en la Y eran cuidados y
mimados: la experiencia de años avalaba este proceder. Otro recordó que la
universidad, tan dotada hoy respecto a hace unos años, continuaba suministrando
profesionales que debían empezar a aprender nada más entrar en la empresa,
igual ahora que hace medio siglo, con el consiguiente coste de formación para
ésta, rodaje que ingenuamente creíamos haber suprimido. En fin, un antiguo profesor
de ingeniería se quejó de los mal formados que llegan los muchachos a la
universidad, recordando una experiencia personal suya: en toda la clase, sólo
un alumno se atrevió a contestar la pregunta “¿Por qué punto cardinal sale el
sol?” Su respuesta: “Por el Oeste”. Con esas bases, ¿qué hay de sorprendente
que el único aliciente del alumno sea trampear como pueda la carrera, sumando
puntos por aquí, créditos por allá y promediando por acullá para obtener ese
título que en definitiva no le va a servir para nada?
En fin, otro del público fue más radical, y
planteó una salida: ¿Por qué no hablar de dos universidades? Para entendernos,
la “cultural” y la “profesional”. Y que cada cual elija. Por desgracia esa
directa pregunta sólo mereció el interés del gerente, pero los doctos
profesores se apresuraron a pasar de largo ante ella.
Sigue pues en pie la cuestión, tan vigente
ahora como hace medio siglo: ¿Qué clase de universidad hacemos? El perspicaz lector
ya ha visto, a estas alturas, de qué pie calzo y cuál va ser mi respuesta. Pero permítaseme ir más
allá: esos profesionales que suministrará la universidad, ¿deben ser
hiperespecializados o multivalentes? ¿Deben entender de tornillos de media
pulgada o estar preparados, para poder improvisar ante cualquier situación? Aquí
cambio el sentido de mi marcha y me decido inequívocamente por la formación
total dentro de una especialidad. Creo que el universitario del futuro debe ser
como esos pioneros del Far-West,
preparados para sobrevivir en un medio hostil, que lo mismo sabían interpretar
el mensaje de humo de los indios, disparar con infalible puntería, domar el
caballo o jugar al póquer en el saloon.
No sabrían mucho sobre Shakespeare, pero déjenles solos en los desiertos de
Arizona, y ya verían cómo se espabilan. Pues así debe ser un universitario, para esto lo es. Habría que
volver al espíritu de pionero, resucitar el espíritu de esos audaces ingenieros
de obras públicas del siglo XIX, capaces de adaptarse a la construcción de un
ferrocarril o una presa en un medio rural o incluso desértico alejado de la
ciudad, contratando gente, organizando el equipo de topógrafos y gestionando
desde el pago de las semanadas a los trabajadores hasta el explosivo más
conveniente para perforar un túnel, sin olvidar la capacidad de distinguir
entre una ermita románica y una simple cabaña situada en el eje de la futura
carretera, para decidir cuál merece la pena conservar y cuál puede ser
destruida sin remordimientos. Todo esto habrán tenido que enseñarle, y no
importa mucho hasta qué nivel de resolución de ecuaciones diferenciales llegue.
Sólo así, a través de la formación integral
de un “chico para todo”, la universidad recuperará su prestigio, que,
desengañémonos, ha perdido. Poco a poco los estudios universitarios se van
pareciendo a la antigua mili: un período inactivo, del que cada vez se ve menos
claro su por qué, que en la práctica sólo sirve para perder tontamente unos
años. Es curioso que el decano de la escuela antes citado, ante el aluvión de
críticas y reparos que ascendía, como un tsunami desde la platea, no se le
ocurriera más que decir: “Bueno, las empresas piden mucho y no dan; en nombre
de la Universidad pido la ayuda a las empresas para encauzarse en la línea que
éstas desean”. ¡Pero hombre, si las mismas Escuelas Técnicas se nutrían hace
unos años de profesionales que, con el gracioso permiso de su empresa,
dedicaban unas horas a transmitir su ciencia y experiencia a los alumnos! Este
tipo de funcionamiento fue suprimido paulatinamente a fin de dotar a las
Escuelas Técnicas de plantillas “profesionales”, como fueron llamadas,
convirtiéndose así lo que era una ósmosis continua desde la vida profesional en
un modus vivendi para
docenas de profesores de oposición (o más bien del llamado “concurso de
méritos”, pero ése es tema para otro día). Así se ha llegado hoy a esas Escuelas
Técnicas cuyos profesores nunca han pisado una obra. ¿Y usted pide ahora ayuda?
¡Hombre!...
JMAiO,
Torredembarra, may 05