Técnicos
frente a políticos
A lo largo de la historia, los políticos han confiado la tarea de justificar sus decisiones a un grupo de profesionales tradicionalmente adheridos al aparato estatal. A menudo la religión y la filosofía contaban entre sus ocupaciones justificar la legitimidad de una guerra, de una conquista, de una expropiación, incluso de una masacre o genocidio.
En los últimos tiempos, a medida que el Estado ha asumido nuevas funciones y competencias (la sanidad, las obras públicas, la seguridad social), le han surgido unos nuevos colaboradores: los técnicos. Recuerdo haber leído en mis primeros tiempos profesionales un chiste en el que el jefe de determinado negociado municipal, muy retrepado en su lujoso despacho, decía a su ingeniero de Tráfico:
—Mire, vamos a cambiar el sentido de circulación de esta calle, construir un aparcamiento subterráneo en esta otra y crear un cruce semafórico en la de más allá. Redacte un informe que llegue a la conclusión de que esto es lo que hay que hacer.
Muchos años después veo que sigue dándose este sometimiento del técnico. El político (y aquí empleo la palabra en un sentido amplio, que puede incluir a financieros, bancos, etc.) concibe la obra, la encarga al ingeniero o al arquitecto, la inaugura cuando llega el caso y le echa a culpa a su profesional si hace falta. He presenciado bastantes inauguraciones de obras que colegas míos habían dirigido. Llegado el día de cambiar el casco por la corbata, aquello se llenaba de personas a la que no habíamos visto nunca, y todos se disputaban el honor de cortar la cinta. En fin…
No hay más remedio que aceptarlo, pero hay casos en que creo que debe protestarse al menos. He presenciado innobles maniobras para acumular la responsabilidad de algo que había salido mal al técnico encargado de llevarlo a término. Un eficiente compañero mío fue crucificado por el consistorio municipal para el que había construido un aparcamiento subterráneo cuando éste se inundó. De nada valía que él alegara que había sido presionado para el proyecto y la obra, pese a sus reservas contra el riesgo de construir la obra en un terreno potencialmente peligroso. “Si Vd. era el técnico, tenía que haberse negado”, era la respuesta. Tuvimos que someterle a una operación de “izado de moral” para evitar que se suicidara, a tanto llegó el innoble acoso.
Otra anécdota, vivida en carne propia, también en mis primeros tiempos de ingeniero, que es cuando se aprende. Tuve un día la necesidad de bajar urgentemente una máquina al fondo de un pozo. Para ello sólo había en la obra un cable con el que colgarla de la grúa, y mis cálculos lo revelaron con resistencia insuficiente. Me opuse, pero inmediatamente me vi sometido a la presión no ya sólo de la propiedad, sino incluso de mis subordinados.
—Siempre se ha usado este cable —decía el veterano encargado de la obra—… Claro que si el señor ingeniero (se me antojó que las palabras llevaban cierto retintín) no lo cree, perderemos un día para encargar otro cable…
Fui débil y cedí. A fin de cuentas, si siempre se había portado bien el cable… La máquina empezó la maniobra, a medio recorrido el cable se partió y el fondo del pozo quedó sembrado de chatarra. Ah, y mientras nos asomábamos al borde entre los comentarios de “Quién lo iba a decir…”, apareció allí un jeep. En él viajaba mi jefe, y ante su aparición, todos se echaron a un lado. Me vi solo ante el peligro. A qué seguir.
Los técnicos son en general buenos profesionales. Llevan a cabo con honestidad, rapidez y economía una obra, pero están sometidos en ella, a la presión de quien la paga, de quien la impulsa o permite. Y ese promotor no acepta negativas fácilmente. Si una autopista debe pasar por determinado lugar, por allí pasará por muchos inconvenientes de tipo estructural o técnico que existan. Si hay que optar entre una solución cara pero insegura y otra barata pero con mayor riesgo, el técnico se verá presionado para la segunda. Nada ocurrirá en general, pero si la moneda cae por el lado equivocado, que se prepare. “No tenía Vd. que haber accedido”, se le dirá. Y el técnico será lanzado al ostracismo, cuando no perseguido incluso judicialmente.
Repito: los técnicos son en general buenos profesionales, pero tienen el mismo defecto que algunas mujeres: no saben decir que no. Quizá porque nuestra posición depende de ello, quizá porque dominamos el enfrentamiento con la Naturaleza más que con las personas, el caso es que a menudo llevamos nuestro ejército por los terrenos que nos han impuesto, y perdemos la batalla antes de haberla empezado. Somos buenos tácticos, pero malos estrategas.
Eso hay que cambiarlo. Yo grabaría la palabra NO bajo la fotografía en el carné profesional de cada técnico, y obligaría a éste a mirarla al menos un minuto cada día. Para hacerse a la idea, para darse valor, para ser capaz de afrontar decisiones. Si cada palo debe aguantar su vela, tampoco nosotros tenemos por qué cargar con la de nadie. Cargar con las propias culpas es duro; cargar con las de los demás, es necio.
Hay que defenderse del acoso, hay que tener el valor de expresar lo que se puede y no se puede hacer, y hacerlo o no hacerlo pensando en esa sociedad que confía en nosotros, en nuestra capacidad para hacer bien las cosas. Cuando todo el mundo se deja dominar por la inercia y la rutina, quiero tener una palabra de simpatía para los técnicos que saben oponerse a presiones y son capaces de poner su situación, su puesto, incluso su seguridad en juego para seguir por la línea recta. Porque en eso consiste ser profesional, no sólo en organizar bien una obra o realizar un cálculo resistente más o menos complicado.
***
¿Se están produciendo algunas reacciones contra este estado de cosas? Mi posición es esperanzadora en ese aspecto. Casos recientes como el hundimiento del túnel del Carmel en Barcelona o el incendio de edificio Windsor en Madrid presentan algunas notas comunes, que vale la pena analizar. En el primero, tras el intempestivo desalojo de los ocupantes de algunas casas amenazadas, se decidió demoler éstas, pero con tal premura, que los pobres vecinos no pudieron, ni por sí ni por persona interpuesta (bomberos) recoger nada de sus pertenencias. Tuvieron que asistir, desesperados, al espectáculo de la piqueta llevándose su hogar, sus recuerdos, sus libros. En el segundo caso, resulta también sorprendente que el alcalde de Madrid, proclamara, cuando todavía la calcinada estructura despedía el vapor del agua proyectada por los bomberos, que ésta sería demolida, por cuenta del ayuntamiento madrileño y a cargo, naturalmente, del propietario.
¿Por qué se llegó con esa fulminante rapidez a tales decisiones, anunciadas no por técnicos sino por políticos? A poco que transparente el silencio oficial, se verá que en esos días debieron de producirse afanosas búsquedas de algún chivo expiatorio. Pero nadie dio el paso al frente. Los técnicos están ya muy resabiados, y nadie quiere asumir ni un átomo de responsabilidad que no sea verdaderamente suya, pues ya saben que esto significa cargar con culpas que no son propias. Si se hizo en su día la obra correctamente, si ésta se sometió a normas y reglamentaciones, ahí termina la responsabilidad del que con arreglo a ellas actuó, y empieza en todo caso la del que no supo definir éstas adecuadamente. Y en estos casos los políticos deben asumir, ellos solitos, unas decisiones sin duda impopulares, como en su día se asumieron las del chapapote.
Pero, en fin, cuando se puede echar mano de una caja sin fondo, el problema no es tan gordo. El pueblo sigue y seguirá pagando.
JMAiO, BCN, feb 05