RECUERDOS DE UN INGENIERETE

 

Corría la época porciolana, y se hacía mucha obra en Barcelona, aunque los modelos fascistas se habían implantado también en el Ayuntamiento de la ciudad condal. Un invisible autocontrol hacía que las construcciones tendieran a ser concebidas, proyectadas, ejecutadas y hasta inauguradas pensando en el poderoso señor de la plaza de Sant Jaume, don Josep Maria de Porcioles i Colomer, un notario elevado por el régimen a regir los destinos de la ciudad. Porcioles, un buenazo en el fondo, caía en la frecuente trampa de todos los autócratas abandonados al acriticismo de su entorno: creer que todo iba como una seda y que el pueblo era feliz y le quería. Se trata de un tic difícilmente abandonable: podríamos citar bastantes ejemplos de lo mismo, tanto en la época franquista (Fraga) como de la democrática (Felipe González).

Como botón de muestra: el día 19 de marzo, santo del alcalde barcelonés, éste era obsequiado siempre con alguna inauguración. Hasta tal punto esta costumbre devino obligatoria, que recuerdo haber visto verter docenas y docenas de camiones de hormigón en los cimientos del actual puente de la Calle Muntaner sobre la avenida del General Mitre tan sólo para ganar un par de días y poder cumplir con la significativa fecha.

Los permisos de obtención de obras se demoraban como los trenes de la RENFE, pero había algunos arquitectos especializados en gestionarlos rápidamente, sin duda a través de sus relaciones en los pasadizos municipales, cuando no en obtener el beneplácito sobre aspectos de la obra como mínimo dudosos desde el punto de vista del cumplimiento de las ordenanzas municipales que, pese a todo, las había. Huelga decir que los despachos de esos arquitectos eran los beneficiarios de tal habilidad. La vox populi  comentaba los nombres de tales habilidosos, reales o supuestos, en forma de divertidas aleluyas, como 'Si quieres edificar hoy, encárgale el proyecto a Bordoy', o 'Si quieres edificar en las aceras, encárgale el proyecto a Soteras'.

La verdad es que, como diría Zorrilla, los volúmenes edificatorios eran desdeñados, las alineaciones escarnecidas y los planes parciales burlados. Pero es muy fácil criticar a distancia. ¿Era posible en realidad, en el tórpido clima especulativo del momento, esperar que ocurriera otra cosa? A fin de cuentas, todo el ser viviente había hecho el estraperlo en la posguerra, y el que no, había desaparecido por inanición. He visto cambiar la ubicación prevista de unos urinarios públicos porque daba la casualidad de que caían al lado de la vivienda del hijo de un gerifalte municipal, he visto declarar nulo un concurso convocado por el mismo Ayuntamiento porque no lo ganaba su contratista favorito. He visto, en fin, como el Ayuntamiento suprimía las adjudicaciones por concurso para crear una empresa naturalmente dotada de directivos políticamente adictos, a fin de poder adjudicarle cómodamente esas mismas concesiones de manera digital.

Recuerdo un chiste propio de la época. Un político municipal llamaba al ingeniero jefe de Circulación para decirle: “Vamos a cambiar el sentido de circulación de esta calle, instalar un semáforo en esta otra y cerrar la de más allá por obras durante tres meses. Redácteme un informe que llegue a la conclusión de que esto es lo que hay que hacer”.

El técnico al servicio del político podría ser la conclusión del chiste, al igual que la inteligencia está al servicio de las pasiones, hecho descubierto ya por los filósofos griegos. Pero, ¿ha cambiado mucho esto desde los venerables tiempos? A lo largo del tiempo, y ya en plena democracia, sigo cosechando “he vistos”: he visto cómo se derribaba un viaducto en la plaza de Alfonso el Sabio de Barcelona, cegando el paso de una vía urbana a la ciudad (curiosamente, lleva años hablándose de que va a reconstruirse otra vez, pero parece que ésta es una patata caliente; ya veremos quién la toma). Se ha derribado igualmente un antiestético pórtico en la avenida de la Catedral (cabe suponer que con cargo a la ciudad) porque, una vez terminado, no gustó a algunos. He visto invertir tres o cuatro veces el régimen de circulación en el  Paseo de Gracia (no hubo forma de conseguir las estadísticas de los muertos originados por el carril único de sentido contrario que durante unos años ostentó el paseo), he visto cambiar los criterios para la construcción de aparcamientos en el centro de la ciudad (que si no porque atraen más tráfico, que si sí porque revitalizan el centro, etc.). He visto prohibir el aparcamiento en populosas vías, restablecerlo ante la protesta de los comerciantes y prohibirlo definitivamente (por ahora) otra vez. También lo contrario: suprimirlo un buen día y permitirlo de nuevo (eso sí, pagando) otro.

En fin, no quiero cansarles con más recuerdos. Pero, ¿adivinan de quién partió la iniciativa de todos estos cambios?

 

                                                                     Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                     Ingeniero de Caminos

                                                                     Puerto Rico, julio 2005