Puentes
en España
Estética, historia y naturaleza
«El ingeniero del futuro quizá no olvide algo
que despreció el siglo pasado: el diseño creativo de la estructura, su
perfección formal y estética, su adaptación al paisaje.»
Hans Straub
«Como la espalda de un tigre = se arquea el
puente de Jade.» En el siglo VII d.C. el poeta chino Li
Tai Po da la triple dimensión que todo puente debe
tener: su carácter de obra viva, la belleza de sus materiales y la presencia
del arco. El hombre comienza saltando con su cuerpo, de piedra en piedra, la
corriente del río (Fig. l). El arco, que materializa el recuerdo dinámico de
este salto, es una de las más hermosas conquistas del espíritu El ingeniero
romano Cayo Julio Lacer, creador del Puente de
Alcántara (104 d.C.), nos dejó grabada en piedra en su obra inmortal la más
preciosa definición del arco; «Ars Ubi materia vicitur ipsa sua» (‘artificio mediante el cual la materia se vence a sí misma’).
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Figura 1.
Los alumnos de la Escuela de Caminos de Madrid pasan el río Aceitunillo,
cerca de Montehermoso (Cáceres). |
Un puente salva lo que en español llamamos
luz en francés portée y
en inglés span. El puente es el
objeto ejemplar de la ingeniería civil, el paradigma de las obras públicas. El
puente da nombre a las ciudades y tiene un indudable carácter religioso desde
la más remota antigüedad. Unas veces se le atribuye al puente condición
diabólica y otras propicia la edificación de templos que aplaquen la ira de los
dioses fluviales. Allí donde se levante un puente aparecerá de nuevo el
fantasma de Darío, condenando el atrevimiento de su hijo Jerjes
al tender un puente para invadir Grecia humillando el sagrado Helesponto. En Inglaterra los niños cantan todavía la
canción del “London Bridge”;
donde se relata el sacrificio humano ofrecido al construir, en la Prehistoria,
el primer puente sobre aquel vado. Pero el puente no sólo lucha contra una
naturaleza hostil —terremotos, tifones, grandes avenidas—, sino también contra
los hombres y sus guerras, que desde siempre consideran el puente un objeto
estratégico a destruir. Sólo en Alemania fueron destruidos 5000 puentes durante
la Segunda Guerra Mundial.
La enfermedad más
grave del puente es perder su río, olvidarlo, lo que hoy
sucede en gran medida. Antes, las rutas se ceñían a la naturaleza; el
camino bajaba amorosamente ambas laderas y cruzaba el río por el sitio más
apropiado. Hoy día, en la mayoría de los casos, los trazados se imponen
despóticamente sobre los cauces, lo que sucedía ya en cierto modo con los
puentes de ferrocarril del siglo XIX. Con suaves pendientes y amplias curvas de
gran radio, estas largas estructuras sin límites claramente definidos
sobrepasan valles, ferrocarriles, ríos o incluso barrios de ciudades, con
puentes esviados y curvos a cotas muy obligadas,
olvidando ese concepto de simetría y obra cerrada, para paso de hombres y
carruajes, con sus dos vertientes, que tenía el puente clásico. El tráfico
impone una intransigencia de planta y rasante que tiende a ignorar la zona
inferior del puente, que se abandona y se deteriora. De este modo el puente
deja de ser un lugar, como señalaba Heidegger, que «reúne a su alrededor la tierra y el cielo,
los dioses y los mortales».
Superando los
dinteles de troncos de madera y losas de piedra de una pieza, ambos con una
dimensión limitada, el arco de pequeñas dovelas es el
primer intento serio hacia la horizontalidad, transformando algo que es
esencialmente vertical, la gravedad, en un vuelo horizontal tenso y antinatural,
el arco nunca duerme, dice un proverbio indio. El arco de piedra
trata de conciliar el salto hacia adelante sobre el vacío con la elevación
mínima hacia lo alto.
El genial invento
del pretensado, del ingeniero francés Eugéne Freyssinet —patentado en
1928, un siglo después del cemento Pórtland—, es el segundo y definitivo
intento de horizontalizar los puentes de fábrica. El pretensado vence a la gravedad, levitando la masa gracias
al artificio de unas tensiones previas que Freyssinet
bautizó con el nombre, ya universal, de “precontrainte”.
A partir de las debilidades contrapuestas del hormigón y del hierro, consiguió
una potencia desconocida hasta entonces que le permitió alcanzar el deseo
soñado del arco plano en su primer ejemplo: el bellísimo y revolucionario
Puente de Lucanzy (1941-1946) sobre el Marne. El
noble e isótropo hormigón pretensado de Freyssinet supera esencialmente al heterogéneo hormigón
armado —ese “very tricky
material” como lo definió el ingeniero inglés Ove Arup—
y lo convierte en el único material capaz de desplazar universalmente a las
estructuras metálicas del siglo XIX. Si el puente es lo horizontal, lo contrario
del menhir, Lucanzy es culminación y resumen de todos
los deseos del puente, y además el modelo y paradigma de todos los posteriores.
En el ámbito de los puentes de fábrica, la humanidad tardará siglos en dar otro
salto técnico semejante.
Desde épocas
remotas los constructores de puentes constituyen —tanto en Occidente como en
Oriente— una familia internacional y forman un continuum secular que ni siquiera se interrumpe en los años
oscuros de la Baja Edad Media. Tanto en Europa y en China como luego en
América, perviven durante siglos largas cadenas de ingenieros de puentes, en
relación unos con otros, incluso desde diferentes países, que se transmiten su
experiencia y la acreditan con los sucesivos ejemplos.
Existe un curioso
paralelismo entre Freyssinet y Ammann,
los dos más grandes creadores de puentes de nuestro siglo. Ambos nacieron en 1879
y murieron en los sesenta, con tres años de diferencia. Ambos dominaron todas
las tipologías con los dos materiales más importantes de nuestro siglo (el
hormigón y el acero) y mantuvieron y mejoraron sus propios récords
del mundo.
El filósofo Georges Santayana pensaba que un
puente metálico nunca podría alcanzar la belleza de un puente de piedra. El
famoso ingeniero suizo Maillart decía, en 1932, que
los puentes metálicos, para considerarlos bellos, habrán de tener algo de piedra y Sejourné —célebre profesor
de puentes en París— afirmaba que los puentes metálicos eran «échaufadages pour passer l'eau».
Verrazano
significa el fin del concepto humano de
los grandes puentes. En efecto, si en la popular inauguración del Puente de Brooklyn millones de ciudadanos festejaron y pasearon sobre
un monumento que inmortalizaron pintores y elogiaron poetas como Whitman, Miller, Lorca y Maiakovsky, la
inauguración del Puente Verrazano se vio envuelta en
fuertes protestas de carácter ecológico, urbanístico y meramente estético, así
como por la falta de un paso de peatones, cuya construcción se prohibió por
razones militares y «porque sólo lo usarían los suicidas».
Son bien conocidas
las dimensiones de un puente a las que se dedica normalmente una mayor
atención: la funcional, la resistente, la constructiva y la económica. Sin
embargo, a mí me interesan especialmente otros tres aspectos menos tratados,
pero no menos importantes, como son el estético, el histórico y el de integración con su entorno, es
decir, la naturaleza.
Los aspectos
funcionales son tradicionalmente los de más peso, tanto en el aspecto formal de
los puentes primitivos, como en la concepción de un puente moderno. Los
aspectos resistentes son también, sobre todo a partir de finales del siglo XIX,
definitorios de las formas estructurales de los puentes. En la medida en que
los ingenieros se han ido haciendo más científicos que prácticos y han conocido
mejor los comportamientos físicos de los materiales y de las estructuras,
estos aspectos resistentes han pasado a primer plano hasta absorber incluso el
interés de algunas de las mejores cabezas de la ingeniería moderna de la
primera mitad del siglo XX. Los aspectos constructivos son históricamente muy
importantes, y han llegado a influir en las formas de los puentes más célebres
y récords de su tiempo. Los aspectos económicos se han
exagerado, al comparar los diferentes presupuestos de las soluciones
propuestas. Por desgracia, todavía se suelen elegir las más estrictamente
económicas, sin tener en cuenta esos otros tres factores, más sutiles e
inaprensibles, y que son precisamente de los que voy a tratar aquí.
1. La Estética
«El hecho artístico no debe juzgarse ni
defenderse: solamente comprenderse.»
Julius Schlosser
«A thing of beauty is a joy for ever.»
Keats
Entre
estos factores aparece como primero y esencial el de la belleza de los puentes,
y su relación con la utilidad. Aunque a partir del funcionalismo estructural
del siglo XVIII lo convencional en el diseño de obras de ingeniería civil haya
sido olvidar los problemas estéticos, la belleza de sus obras fue problema
íntimo fundamental para los grandes ingenieros, quienes sintieron —aunque
muchas veces no lo confesasen— la dimensión estética como algo esencial en sus
puentes. Nada más equivocado que subordinar la belleza a los demás aspectos
técnicos; que creer que un puente funcional, bien calculado y perfectamente
construido, es necesariamente estético. Con los mejores sentimientos se han
escrito los versos más horrendos, y con los
mejores materiales y técnicas se han construido obras monstruosas,
brillantemente calculadas y maravillosamente ejecutadas. Es indudable que,
entre los ingenieros, ha existido siempre una mezcla de menosprecio del arte y
de temor a su falta de consistencia científica, nacidos de una formación
racionalista-empírico-positivista. Los ingenieros, desde finales del siglo
XVIII y la Revolución Industrial, pensaron ingenuamente (muchos lo siguen pensando todavía) que podrían
prescindir de la estética al proyectar y construir sus puentes. No es un rencor
que proviene de la fe (como en otros casos históricos), sino de la razón,
siempre puritana e iconoclasta.
Pero
sólo el arte tiene un poder ilimitado de conversión espiritual. Sólo el arte
posee, al mismo tiempo, la validez universal
y la plenitud inmediata, actual y viva. Platón ya decía que «el amor a lo bello ha sido lo causa de todo
lo bueno que hay en los cielos y la tierra». Luchar por la belleza de los puentes
significa luchar contra la corriente que pretende que el arte renuncie a
integrarse con lo vida, que renuncie a tener valor de conocimiento, aislándolo
de la práctica, utilizándolo sólo como mero placer, como un adorno, un objeto
de distinción, un apéndice. Significa creer que el arte no sólo es cosa del
pasado; que la belleza es todavía hoy la mejor demostración de la conformidad
entre el espíritu del hombre y la naturaleza; que es posible recuperar esa
proximidad, esa plenitud vital, esa realidad que tenía el arte en la época de
su florecimiento entre los griegos, o en el Gótico; que, a través de los
puentes, el arte puede también encontrar un camino hacia ese alto destino de
que gozaba en otro tiempo.
La
investigación en el campo estético en ingeniería civil es, en general, un
terreno virgen en España, pero esencialmente en este extenso campo de la
Historia y la Estética de los puentes, por el cual son contadas las personas
que se han interesado.
En
España tenemos el extraordinario precedente del ingeniero de caminos Pablo Alzola y Minando, con su magnífica Historia de las
Obras Públicas (1899). Pablo Alzola escribe además La estética en las Obras Públicas (1892), seguramente uno de los
primeros ensayos en el mundo sobre este tema, y desde luego el primero en
España: «...la belleza a que tienen derecho, no sólo los habitantes de los
centros populosos, sino los del campo; y aún pudiera defenderse que es más
necesario no prescindir de ella, cuando la obra pública ha de ser contemplada
por los que, en su mismo aislamiento, no
cuentan más que con rarísimas ocasiones de educar el espíritu y comprender lo
bello.. ». «Hay otra cualidad tan esencial y preferente como cualquiera de aquéllas,
que es la belleza, sin la cual la construcción resultará en extremo imperfecta
y defectuosa. No basta que el proyecto de un puente constituya un portento de
ciencia, que la estructura de todas sus partes, así como sus formas, disposición y
dimensiones, se hayan deducido de exactísimos cálculos y de un perfecto
conocimiento de las leyes de la elasticidad de los cuerpos, ni que los materiales
sean excelentes y la ejecución de la abra esmeradísima, pues, con todos estos
requisitos, podrá suceder que carezca de arte y que no satisfaga el sentimiento
estético que despierte en el alma su contemplación, sentimiento latente, vago,
confuso e intuitivo que respecto a la belleza existe en el hombre, aunque su educación sea imperfecta,
y aun para los que son ajenos a los estudios científicos y al cultivo de las artes.» En su trabajo
sobre estética de las obras públicas, Alzola analiza
y emite juicios valientes de gran calidad sobre numerosos puentes, sobre todo
metálicos, defendiendo su tesis de que «el proyecto de un puente puede ser un
portento científico y al mismo tiempo feo»; reclama los arcos metálicos como la
«solución más racional y bella para la construcción de puentes de hierro»;
dedica alabanzas a Lucio del Valle, gran ingeniero de caminos que, con presidiarios
como mano de obra, «nos legó unas obras con tal pulcritud, que aún se admira
la limpieza de sus líneas y el mérito de las fábricas»; advierte de la
pequeña diferencia de coste entre la fábrica bien hecha y la trabajada «con
vulgar chabacanería», y que vale la pena pagar los suplementos necesarios
paro mejorar estéticamente los puentes.
Capítulo
especial y aparte merece la labor investigadora de Carlos Fernández Casado, sin
duda alguna primera figura de este campo en España en el siglo XX. A lo largo
de su vida, ha ido intercalando su propio trabajo profesional con el de la
investigación histórica, a través de numerosos libros y artículos, estudiando estructuras,
presas, acueductos y puentes, en su mayoría romanos, con un fino sentido
crítico histórico-estético-constructivo, lo que ha supuesto para todos
nosotros un indudable magisterio, un estímulo y un modelo ejemplar a
tener en cuenta en el futuro.
Existe entre los ingenieros civiles una
tradición, tan larga y arraigada como su propia historia, de identificar la
belleza con la funcionalidad. Esto significa que la dimensión funcional de los
puentes se impone a las restantes, a veces incluso a la económica. Lo funcional
es lo sagrado, aunque ahogue los restantes aspectos de la obra. Se extiende, en
ocasiones, esta importancia de lo funcional a lo constructivo, a lo resistente
y a lo económico, pero muy raras veces a lo estético.
Collins tiene razón al afirmar que en
el siglo diecinueve pocos ingenieros daban importancia al diseño estético de
los puentes, e incluso muchos ingenieros han sido nombrados arquitectos honoris causa sencillamente por diseñar estructuras atractivas, como en el
caso de Pier Luigi Nervi. En su opinión, los ingenieros no aprovechan la
oportunidad de que disponen para aplicar un criterio artístico a la
construcción de puentes.
Carlo Lodoli
(1690-1761) fue el primer estudioso moderno que estableció claramente que la
belleza es una demostración de utilidad, utilizando como ejemplo su clásico góndola veneciana.
Pero la contradicción entre belleza y
utilidad no puede evitarse con tesis puramente racionales. Incluso Blondel, que enseñaba en la famosa École de Ponts et Chausés
de París a mediados del siglo XVIII, intentó en vano reconciliar solidez, confort y decoración, aunque advertía
a sus alumnos, futuros constructores de
puentes, de la magnitud del problema. La razón principal del problema parte del
sempiterno antagonismo entre forma e intención.
«Durante siglos —dice Kaufman—
se esperaba que la utilidad, la fuerza y la belleza podrían convivir pacíficamente.»
El siglo dieciocho demostró que no era así y el viejo canon vitrubiano,
la triple unidad de Blondel, demostró ser impracticable.
La opinión general era que el aspecto mecánico debía separarse rigurosamente
del reino de lo artístico debido a que abarataba el contenido del que partía la
esencia del arte. Schlosser afirma bastante
acertadamente que esta tendencia a separar arte y técnica es anterior al siglo
dieciocho y que al separar ambas cosas, como en la Época Manierista, los
representantes artísticos ascendieron a más altos niveles en la sociedad.
La Revolución Industrial nos dejó con un
lamentable sentimiento de desprecio por la estética de los puentes. Esta extendida
actitud quedó retratada en la tesis de la incompatibilidad entre belleza y
utilidad, una tesis que todavía sirve como máxima al hombre corriente de la
calle y, lo que es más sorprendente, a los mismos ingenieros. Es de sobras
conocido que los grandes creadores de puentes en el siglo diecinueve no
reaccionaban contra esta tesis y que, en las pocas ocasiones en que lo
hicieron, sus argumentos eran débiles e inconsistentes. Los ingenieros no
estaban preparados para debates teóricos de este tipo, con sus indudables
resultados filosóficos. Su actitud, en general, era o bien moralista: el público
quiere nuestras obras incluso aunque a unos cuantos estetas puedan no
gustarles, porque significan progreso, salud y bienestar; o puramente funcional: la
belleza de un puente reside en su utilidad. Ambas actitudes significaban la existencia de un hueco cada vez
mayor entre los ingenieros y el mundo del arte y los problemas estéticos.
Sin embargo, en contra de la opinión común,
los grandes ingenieros tuvieron siempre preocupaciones estéticas, aunque les
diera reparo confesarlo ante sus clientes, porque pensasen que pudiera
disminuir su prestigio técnico, así como su carisma ante el público. Esto no es
difícil de demostrar, por poco que estudiemos sus escritos y sus obras. Lo que
no tuvieron es suficiente tiempo ni capacidad dialéctica para mantener debates
prolongados sobre este tema, polémicas en las que siempre eran arrollados por
quienes sólo se dedicaban a hablar y escribir, mientras ellos debían realizar
un trabajo práctico inmenso, arriesgado, inventivo, con plazos y presupuestos
ajustados, sin tiempo para especulaciones académicas.
Algunos ejemplos significativos, que pudieran
ilustrar estas preocupaciones estéticas, son los que ya expliqué con motivo de
la celebración de la Exposición «Arquitecturas de los Ingenieros», del Centro Pompidou, celebrada en Madrid en 1980.
John Smeaton,
considerado como el primer ingeniero civil en el sentido moderno del término, y
fundador de la primera agrupación de ingenieros civiles (una especie de club
minoritario de amigos preocupados por estos temas), consciente de su nuevo
papel en la construcción, consideraba absurdo el empleo de órdenes clásicos en
los puentes, así como cualquier ornamento derivado de los estilos arquitectónicos:
«El ornamento de la ingeniería crece naturalmente de su propio propósito; soy
autodidacta y tengo mi propio
estilo; los puentes deben ser simples y castos, lo que les da una especie de elegancia que no está
necesitada de ornamentos ajenos.» Pero éstas y otras opiniones teóricas de Smeaton
no se correspondían con sus proyectos reales. En efecto, en sus obras de
puentes demostró una total indiferencia a todo cuanto no se refiriese a la
cimentación y a los problemas hidráulicos. Las formas le preocupaban tan poco
que, o bien las copiaba, o bien se sometía con gusto a las órdenes de quienes
le pagaban. Esas formas puras y castas de que nos hablaba Smeaton,
no las vemos por ninguna porte.
Eduardo Torroja, a
través de sus clases de tipología estructural en la antigua Escuela de
Ingenieros de Caminos de Madrid, donde fui alumno suyo durante tres años
seguidos, así como en su libro Razón y ser de los tipos estructurales (Madrid 1960), consideraba como
mentira, y por tanto proscribible, el que la
apariencia de un puente induzca a pensar que sus fenómenos funcional y
resistente sean otros totalmente diferentes de los reales que se ocultan en su
estructura interior. Siempre nos habló Torroja de
simplicidad como virtud, de austeridad, de independizar y separar la ornamentación—
si fuera posible evitarla— destacándola por contraste sobre lo puramente
resistente (aspecto curiosamente coincidente con los arquitectos barrocos
españoles). Como buen funcionalista, Torroja
desprecia en sus teorías la ayuda ornamental y odia el engaño estructural. Sólo
acepta construcciones sin ornamentos y sometidas escrupulosamente a la índole y
cualidades específicas de los materiales empleados, y a los fines a que se
destinan. Torroja desea que las estructuras den sensación
de poderío, de fuerza y, al mismo tiempo, de ligereza, de gracia y sencillez,
expresando la «graciosa potencialidad tensional de que son
capaces, reflejo del triunfo de la técnica». Torroja
desea para los puentes la originalidad y la soltura de los atletas, que salven
los grandes vanos «sin apariencia alguna de penoso esfuerzo ni de trabajada técnica, como
si el límite de sus posibilidades estuviera más allá todavía». Y es
aquí donde el gran ingeniero funcionalista entra en contradicción consigo
mismo. Nada más complejo, menos simple y menos sincero que esta apariencia que
nos pide, en la que priman los valores psicológicos y estéticos, ocultando el
gran esfuerzo tras una facilidad aparente, como si aún fuéramos capaces de
mucho más. Nada más barroco que este "como si" que nos propone Torroja; que
este disimulo artístico de la complejidad, que nos recuerda inevitablemente el
mágico Transparente de Toledo y el fascinante mundo irreal óptico-simbólico-geométrico de los seis espejos de las Meninas.
Tengo recogidas de Torroja,
como mínimo, catorce normas muy concretas y específicas que se refieren
estrictamente a la relación funcionalidad-belleza en las estructuras, lo que
demuestra hasta qué punto preocupaba la belleza de las obras de ingeniería a
aquel silencioso profesor que, a veces, se lamentaba de que «en la
Escuela de Puentes hay tanto que aprender que rara vez queda tiempo para pensar».
Eduardo Torroja,
maestro y profesor inolvidable, predicador del funcionalismo, que pedía la
mayor claridad estructural, antibarroco en sus
teorías, ocultaba detrás de su profunda timidez un corazón de artista barroco.
Él decía cosas que no deben nunca olvidar los ingenieros de hoy. Por ejemplo,
que el criterio económico aislado es un mal consejero; por ejemplo, que la
economía de primer establecimiento no tiene derecho a ser el factor decisivo;
por ejemplo, que la resistencia de un puente es una condición fundamental, pero
no es la finalidad única, ni siquiera la finalidad primaria; o, por ejemplo,
que no interesaba construir puentes que causaran admiración si no producían
emoción estética.
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Figura
2. Poseidón, escultura griega en bronce, siglo V a. C. |
Ninguno de estos otros ingenieros notables
consideraban únicamente como perfecto lo útil; para ellos, velar una estructura
era tan legítimo como hacerla resaltar, y por motivos idénticos. Así, el gusto
griego clásico prefería cubrir de ropaje la parte inferior de la figura
femenina, y en los hombres rasurar el vello de la faz y el cuerpo desnudo. En
un caso encubrimos la estructura, en otro la revelamos (Fig. 2). Lo difícil es
conciliar lo útil y lo estético, ya que el menosprecio de la función conduce a
exageraciones inaceptables y el menosprecio de la forma a la destrucción de lo
estético. «La belleza no depende de la utilidad, está constituida por la
imaginación con ignorancia y desprecio del beneficio práctico, pero no es
independiente de lo necesario, porque lo necesario es lo habitual y por consiguiente
el fundamento del tipo y sus variaciones imaginables En el mundo occidental los
objetos nunca han sido estrictamente funcionales. Para los hindúes la conservación
de un objeto, cuya función práctica ha muerto, no tiene sentido».
Por tanto, y especialmente en los puentes, la
belleza no puede apartarse, independizarse, de lo útil, de lo funcional, de lo
necesario. La sensación de idoneidad práctica basta para que nos conformemos
con los artefactos más horribles; y el pensamiento en una falta de
adaptabilidad a la función, basta para malograr nuestro placer ante cualquier forma,
por bella que sea intrínsecamente. No se trata, pues, de desviarse del concepto
de utilidad, principio rector en la determinación de las formas de los puentes,
o defender el derroche, triste compendio y quintaesencia de la estupidez, sino
de percatarse de la diferencia estética entre unos puentes y otros, y de que,
como dice Santayana, aunque ese particular aire estético
puede ser la última cualidad que advirtamos en un puente, su influencia sobre
nosotros no por ello es menos real, e influye en nuestra actitud moral y
práctica.
Salvando las
excepciones de
rigor, la realidad es que la mayoría de los
ingenieros se despreocuparon de los problemas estéticos de sus puentes; y
de la despreocupación se posó al desprecio por todo cuando se refiriese a cualidades estéticas de las obras en
que intervenían; y ésta fue la tónica general. Durante más de cien años el
desprecio y la ignorancia fueron mutuos,
con el consiguiente perjuicio para todos. Nuestra profesión quedó a espaldas
del Arte Oficial y el
arte dio la espalda a esta realidad extraordinaria que son los puentes.
La dicotomía funcionalidad-belleza en los
puentes no significa sino la incapacidad de satisfacer lo que las gentes quieren:
funcionalidad y belleza. Nadie debe verse forzado a elegir entre ambas.
Existe en el puente una relación dialéctica
entre la belleza y la utilidad: la función, al cumplirse, pasa al plano de las
realizaciones de orden estético y la forma estética, aparentemente inútil y
gratuita, es una dimensión interna de lo auténticamente funcional. La belleza
es ya la promesa de la función, y ambas (utilidad y belleza) son dimensiones de
una realidad que las engloba y unifica, sin identificarlas, sin reducirlas una
a otra, como las caras de una sola moneda.
El ejercicio de la facultad estética en la
construcción de puentes no es cuestión sólo de ciencia, sino también de carácter,
finura de percepción, entusiasmo y pureza de emoción.
En la morfología actual de los tipos estructurales de los puentes
intervienen muchos factores, pero existen también los puramente morfológicos, y
estos son los que aquí más nos interesan. Hay tipologías evolucionadas y
desarrolladas en los países más avanzados que se imitan, automáticamente, en
los países de segunda fila, y que se establecen como hechos consumados o modas
que duran muchos años. Las formas que se están construyendo son las miméticamente importadas de otros países, derivadas a veces de otros condicionantes y premisas
que no siempre son exactamente las mismas.
La forma de los puentes es un resultado
dialéctico de muchas contradicciones y condicionantes (económicos, funcionales,
sociales, ambientales, etc.). Sus formas no se derivan automáticamente,
lógicamente, de los supuestos y las exigencias funcionales y resistentes. Es
empeño vano creer que una cosa científica (analítica) nos lleva directamente a
formas artísticas (síntesis). Hasta un ingeniero tan funcionalista como Torroja confesaba que la creación de formas estructurales
escapa del puro dominio de la lógica para entrar en las secretas fronteras de
la inspiración. Si hay un problema estético que sea el más sobresaliente y
característico, ése es el de la belleza de la forma.
Pier Luigi
Nervi decía que la belleza en ingeniería surge de una
síntesis estática-estética con los procedimientos de construcción. La
dificultad radica en coordinar y equilibrar la imaginación, que produce la
forma, con la razón, que la determina y fija. Ahora que las ataduras son menores, ahora que todo es calculable y construible, la búsqueda de lo verdadero es más difícil
porque el camino hacia la solución formal es más confuso, precisamente por ser más
sencillo. Es como el agua que, al faltarle cauce, se extiende sin rumbo por el
llano y todo lo inunda sin destino, al azar. El
peligro, entonces, es que la forma se deduzca de razones puramente
económicas o por razones accesorias o coyunturales (poca o mucha mano de obra,
un plazo breve, necesidad de consumir un determinado material porque el precio
unitario es bueno, etc.), que nada tienen que ver con el objetivo final de la
obra.
En la construcción de un puente es esencial
el amor a la belleza de sus materiales. Unos materiales bien tratados, cuidados,
amorosamente realizados, en un puente, son ya un paso importante (aunque no
suficiente) en el intento de alcanzar la belleza. El puente es una especie de
centauro: mitad materiales, mitad planos; la belleza de la materia es el
cimiento de toda belleza más elevada.
El conocimiento de los materiales desde el
punto de vista estético, su adaptación a las formas más apropiadas y resistentes
—aunque la materia no tenga preferencias geométricas—, su empleo más racional
y económico, la intuición de su comportamiento resistente, y la evolución de su
utilización, son cuestiones fundamentales para su mejor uso, en general demasiado
automático y mimético, así como un apoyo más para conseguir esa necesaria
síntesis racional y estética. Todos los materiales son
útiles y hermosos si se emplean sabiamente. Nunca debe tomarse un material como
bandera contra otros, como en ocasiones sucede por una excesiva especialización
o una simple deformación estética subjetiva. Los materiales son inocentes, «las
piedras no ofenden, nada codician», dice César Vallejo. Por ejemplo, el hierro
y el acero han tenido muy mala fama en términos estéticos. Casado piensa que «frente
a la naturalidad del puente de hormigón
tenemos el artificio del puente
metálico». Según Torroja, «el acero no
ha logrado hasta hoy (1960) expresar valores análogos a los de la piedra, la
madera o el mismo ladrillo».
El arco significaba el triunfo del
vano sobre la luz, elevándose hacia arriba, dovela contra dovela. El pretensado transformó ese impulso hacia arriba en un impulso hacia adelante, un
impulso horizontal, salvando la luz mediante un nuevo artificio en que la
materia se vence a sí misma, hormigón versus cable de acero, sin necesidad de
elevarse, superando la fuerza de la gravedad con un vuelo horizontal. Este
paso, desde el arco al pretensado, es la imagen de la
transición en la humanidad de la tendencia religiosa —hacia arriba— que se
transforma históricamente en una dirección nueva, una tendencia social y
humana hacia adelante.
2.
La Historia
«Nadie carece de raíces, y empeñarse en no
tenerlas es otra forma de confesarlas.»
Edmund Husserl
«Si la lección del puente de Brooklyn ha sido menos potente en nuestra ingeniería y
arquitectura de lo que debía haber sido, es quizá porque nuestras Escuelas de
Ingeniería tienen un concepto más estrecho de la vocación y la cultura del
ingeniero del que Roebling tenía.»
Lewis Mumford
Un segundo aspecto de los puentes que, como
el estético, no es normal objeto de reflexión, es el histórico. Aunque existen
testimonios muy antiguos sobre obras de ingeniería, la Historia y la Estética
de la Ingeniería son temas de estudio muy reciente. Es necesario un alto grado
de conocimientos técnicos y, al mismo tiempo, preparación humanista e histórica,
lo que no es común, dados los estudios a la vez tan aislados y especializados
entre los campos de humanidades y los puramente técnicos. Si la educación es el
principio mediante el cual la comunidad humana conserva y transmite su peculiaridad
física y espiritual, no habrá educación integral del ingeniero de puentes si no
le hacemos entender que su trabajo es algo tan ligado al tiempo histórico como
al espacio en que se desarrolla.
Todas las obras de arte poseen algo nuevo que
el tiempo anterior (incluido el suyo propio) no ha percibido, poseen unos
contenidos que van desvelándose con los tiempos.
Es normal, por ejemplo, que la enorme
trascendencia del puente de Lucanzy no fuera
comprendida en su tiempo por los grandes críticos de su época, ni siquiera por el
gran Torroja, de tan fino y sensible olfato. A otras
muchas obras que sobrepasaron su época les sucedió lo mismo. Hoy las entendemos
mejor y sabemos apreciar su alto valor histórico y estético, su calidad
revolucionaria en lo técnico y constructivo o sus posteriores repercusiones
formales, y podemos enriquecernos con su conocimiento mejor que sus
contemporáneos.
Estos análisis históricos cumplen una función
clave de sensibilización y conocimiento durante el proyecto, pero nunca son
determinantes en la creación de un nuevo puente, evitando la tendencia negativa
y anticreativa de un eclecticismo imitador y
esterilizante, derivado de una exageración en las tendencias históricas, tal
como sucede hoy en la Arquitectura.
El estudio del pasado de los puentes es
enfocado como aprendizaje hacia el futuro, nunca como alejamiento del presente.
Como tan hermosamente ha escrito Bloch: «La rígida
separación entre el futuro y el pasado se viene abajo por sí misma, el futuro
que todavía no ha llegado se hace visible en el pasado, y el pasado,
vindicativo y heredero, transmitido y cumplido, se hace visible en el futuro.»
Hay, por tanto, una totalidad en el proceso constructivo de creación de
puentes, lo mismo hacia atrás que hacia adelante.
No se trata de una ampliación mimética. El
descubrimiento de las estructuras del pasado sólo nos puede ser útil cuando lo
hemos olvidado, cuando su efecto ha pasado a la sangre de nuestro organismo
estético.
Está claro que actualmente, como en otros
períodos de la Historia y desde luego mucho más que en ningún otro momento de
nuestro siglo, sentimos lazos estrechos con el pasado. Pero esto no debe
coartar nuestra audacia, nuestra originalidad incluso hemos de ser conscientes
de que el pasado puede, a veces, pesar como una carga que hay que eliminar.
Otro campo de gran interés histórico es el
que corresponde a la salvación, recuperación y adaptación de antiguos puentes
a nuevos usos. La tradicional falta de aprecio hacia éstos nace de su
inevitable adscripción al grupo de artefactos utilitarios, que deben
abandonarse y destruirse cuando dejan de servir para la función primera para la
que fueron diseñados. Pero esta política de continua reposición está, cada vez
más, en contradicción con el mundo de escasez de energía al que nos aproximamos
y que exige, en cambio, una política de conservación y adaptación de los
antiguos puentes a las nuevas necesidades. Y no sólo por razones históricas,
estéticas y culturales, que ya serían suficientes como argumento de conservación
y adaptación, sino por las más objetivas e indiscutibles razones económicas.
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Figura 3.
Puente sobre el río Jarama en Algete
(Madrid). |
Como ejemplo en el que he participado —en
estrecha colaboración siempre, desde hace 25 años, con mi compañero Julio
Martínez Calzón, con quien he proyectado éste y los demás puentes a los que
después me referiré—puedo citar el del puente sobre el río Jarama,
en Algete, Madrid (Fig. 3). El puente antiguo fue
proyectado y construido entre 1887 y 1889 por el ingeniero de caminos Eduardo
Agustín. Consta de tres vanos de 22 m de luz entre ejes de pilas y estribos, y
toda su tipología y disposición corresponden a las características
estructurales y formales comunes a los puentes de fábrica de la época en
España, pero con un grado de perfección y cuidado en su construcción muy superior
a lo normal. A pesar de haber alcanzado la edad de un siglo, el puente se
encuentra en un buen estado de conservación. En efecto, las cimentaciones,
tanto de las pilas como de los
estribos, se han comportado correctamente, sin asentamientos apreciables
Las pilas y estribos se manifiestan perfectamente aplomados Las bóvedas escarzanas mantienen su directriz circular, y los tímpanos
sus paramentos en planos verticales sin bombeos ni convexidades. En cuanto a
las fábricas del puente, la sillería de granito —empleada en las boquillas de
las bóvedas, en los tajamares de las pilas y en los aristones de los estribos— mantiene un admirable estado de
conservación, tanto en sus texturas como
en sus cantos, que no han
perdido la perfección de sus vivos. Las sillerías de caliza están, lógicamente,
algo más deterioradas, sobre todo la correspondiente al intradós de las bóvedas
(zona entre boquillas), donde con más fuerza ha atacado el agua que se ha filtrado
a través de las tierras que rellenan
las enjutas de las bóvedas.
Pues bien, dado que las necesidades de
tráfico exigían la construcción de un nuevo puente o un ensanchamiento de
tablero del puente antiguo, la Diputación de Madrid convocó un concurso en 1980
para solucionar el problema. De las catorce propuestas presentadas, todas
ellas, a excepción de la nuestra, proponían la construcción de un nuevo puente,
con el consiguiente abandono del antiguo a su suerte, que, sin uso alguno,
sería irremediablemente su lenta ruina. Nuestra solución —que ganó el concurso—
consistía en la rehabilitación del puente antiguo, su mejora y consolidación
estructural, ensanchando el tablero y transformándolo en apto para las nuevas
exigencias de tráfico. Una solución que significaba un ahorro de 40 millones de
pesetas sobre las que planteaban la construcción de un nuevo puente y que
ahorraba la construcción de unos altos y largos terraplenes para los accesos
al nuevo puente, así como las nuevas cimentaciones para las pilas sobre el río,
con las consiguientes perturbaciones hidraúlicas. Las
características más significativas de la solución de recuperación del puente
son: 1) la sustitución de las tierras que rellenan las enjutas de las bóvedas y
gravitan como peso muerto (solución más corriente de la época) por una
estructura activa de hormigón armado mucho más ancha —aunque de idéntico peso
al de las tierras—, que trabaja de forma mixta en colaboración con las antiguas
fábricas de bóvedas y tímpanos; 2) la conservación íntegra de todo el juego de
impostas y pretiles, mediante su traslado horizontal 2 m a cada lado, por medio
de unos voladizos de hormigón, de forma que se respeta la posición primitiva de
balconcillos, pretiles y albardillas, así como la propia posición de cada uno
de los sillares que los componen; 3) la ocultación de la nueva estructura de
hormigón armado que queda adyacente y perfectamente adherida por el interior a
los tímpanos y al trasdós de las bóvedas, cubriendo de este modo los elementos
originales de piedra todas las superficies exteriores, a excepción del
intradós de los nuevos voladizos.
Éste es un ejemplo de adaptación de un viejo
puente a las exigencias actuales de servicio, evitando así un abandono seguro y
la consiguiente e irremediable destrucción de un puente de piedra típico y
modélico del siglo XIX: rehabilitarlo con un procedimiento que permita
conservar en toda su belleza las espléndidas sillerías de granito y caliza,
pero no de un modo inerte y ornamental, sino utilizando estas fábricas de
piedra para un trabajo estructural en una nueva solución mixta en conjunción
con la estructura adicional de hormigón armado que permanece oculta y unida
íntimamente a ellas. Todo ello, unido a la construcción de un pequeño azud y la
consiguiente reducción de la erosión, permitirá una más larga vida al
centenario puente sobre el río Jarama, que volará
renovado, sereno y majestuoso sobre las aguas tranquilas de un río domeñado.
Otros ejemplos en los que he intervenido son
el de la rehabilitación del puente del siglo XVIII sobre el río Alberche, en
Aldea del Fresno (1982), con una solución similar a la anterior; o el de la
salvación del espléndido puente romano de Guijo de Granadilla, evitando su
irreparable inundación por un embalse mediante su elevación sobre las aguas
máximas apoyándolo en una estructura de hormigón (Fig. 4). Además, puedo
citar la rehabilitación del llamado «puente romano», sobre el río Genil, en Granada, despojándolo de unos absurdos añadidos
del siglo XIX. Gracias a nuestra intervención se han descubierto importantes
vestigios de la fábrica califal del siglo IX, que hemos dejado descubierta en
la restauración final, dejando al puente un uso peatonal, y resolviendo el
intenso tráfico urbano con la creación de un nuevo puente sobre el río Genil (fig. 5).
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Figura
4. Puente sobre el río Alberche en Aldea del Fresno (Madrid). Ingenieros J.
A. Fernández Ordóñez y J. Martínez Calzón. 1981-1982. |
Figura
5. Puentes obre el río Genil en Granada. Ingenieros
J. A. Fernández Ordóñez y J. Martínez Calzón. 1983-1987. |
Se trata de una nueva mentalidad de
conservación del patrimonio: una conservación
integral que tiene por finalidad asegurar la perennidad de este
patrimonio, vigilar su mantenimiento y contribuir a su adaptación a las nuevas
necesidades de la sociedad. Para ello es necesaria la realización de
inventarios sistemáticos, el estudio de posibilidades de reconversión y el
estudio de los específicos problemas técnicos que se plantean, por la
conservación y restauración de los puentes, en relación con su entorno
territorial. Una mentalidad más reflexiva que no culminará, como hasta ahora,
en una pura renovación bulldozer, sino en un menor despilfarro y con
menores costes financieros. Hay ocasiones en que la conservación y la
reconversión es menos cara que la demolición y la construcción de nueva planta.
Por tanto, se trata —a veces— tanto de una actividad cultural como de un
imperativo económico. Cuando las nuevas obras se valoren en su integridad con
métodos más científicos —cada vez menos subjetivos— y se pueda demostrar el
coste espantoso de construcciones nuevas, en energía y materiales, es posible
que la rehabilitación deje de ser una idea defendida por una minoría preocupada
por tradiciones culturales, para llegar a ser una necesidad. Es interesante
señalar lo que en el Coloquio de Ravello (Italia),
organizado por el Consejo de Europa, se consideraba como actitud frecuente y perniciosa
de los ingenieros civiles, que se resisten a introducir los factores que
no son directamente cuantificables, con una tendencia a despreciar aquéllos
considerados, erróneamente, como menores o como independientes del objetivo
perseguido: «El ingeniero civil, formado en el rigor matemático, simplifica
demasiado a menudo las hipótesis para formar un conjunto perfectamente
calculable más que introducir correctivos sin duda significativos, aunque
difícilmente evaluables. En sus razonamientos, los factores culturales y
estéticos, rebeldes a toda cuantificación objetiva, son olvidados y el
espíritu científico, en lugar de ser mantenido en su rigor, es
desafortunadamente traicionado.»
Miguel Ángel reconvirtió las Termas de Diocleciano en una hermosa iglesia adaptada a los nuevos
usos del siglo XVI. La rehabilitación es una práctica antigua, tanto como la
expoliación y la destrucción de monumentos. Los papas del Renacimiento
saquearon las ruinas de la antigüedad sin el menor pudor; los travertinos del Coliseo y del Capitolio sirvieron para sus
nuevas construcciones. Rafael se quejaba ante León X de los enormes volúmenes
de cal que se fabricaban con las estatuas antiguas. La elección entre la
conservación, la rehabilitación o la obra de nueva construcción, es uno
cuestión ética, pero además es una cuestión de sensibilidad y talento. Tal
como señalaba tan certeramente Lewis Mumford: «Para una construcción, la obsolescencia
ideológica es peor que la funcional (para la que se creó), incluso que la
técnica (que puede remediarse reconvirtiéndola, reforzándola o incluso rehaciendo
la estructura con nuevos tipos y materiales). Cuando una construcción pierde su
significado desaparece de la vista, aunque siga en pie. Ninguna audacia técnica
(que con el tiempo deja de serlo) puede salvarla de la carencia de significado,
si tales construcciones no deleitan a la vista e informan a la mente.» No es
posible dar reglas ni principios, sólo se puede aspirar a ir aprendiendo con
ejemplos. Tampoco se puede olvidar que ha habido innumerables reparaciones
irreparables en el
saldo directo del trabajo de los arqueólogos. Ante un problema de este tipo,
más que acobardarse, el ingeniero debe desplegar toda su imaginación y su
talento: una sabia adición de la calidad contemporánea a la del pasado permite
a ciertas obras renacer más bellas y más apropiadas que nunca. La ingeniería de
puentes puede ofrecer testimonios de reconciliación del arte y la técnica,
ejemplos por desgracia todavía demasiado escasos, donde triunfan la
imaginación y la sensibilidad en concurso con la técnica.
Lo histórico no debe, de ningún modo,
acomplejar al ingeniero de puentes y arrinconarle a una simple labor arqueológica,
sino, por el contrario, infundirle un mayor deseo de cultivar sus propias
cualidades creativas, una espléndida confianza en sus propias intuiciones y una
orgullosa afirmación de sus gustos peculiares, lo que constituye la prueba más
cabal de la sinceridad estética.
En este sentido puedo señalar dos ejemplos
interesantes, proyectados por nosotros, que son los nuevos puentes de Martorell
y Alcoy.
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Figura
6. Puente sobre el río Llobregat en Martorell
(Barcelona). Ingenieros J. A. Fernández Ordóñez y J. Martínez Calzón.
1970-1974. |
Figura
7.Puente sobre el río Llobregat (véase Fig.. 6). |
En 1970 la Diputación de Barcelona nos
planteó la creación de un nuevo puente sobre el río Llobregat
en el lugar conocido como Congost, en Martorell, Barcelona (Figs.
6 y 7), dentro de un entorno tan complejo y singular geológica y
topográficamente como rico en historia. Como elemento y factor principal a
tener en cuenta aparecía el «Pont del Diable», de origen romano, cuya huella original es
todavía bien visible en algunas zonas de su fábrica, sobre todo en el arco
triunfal de entrada al puente, cuyo opus cementitium todavía mantiene en pie. Este puente
perteneció a la Vía Augusta (Roma-Tarragona-Sevilla) y fue destruido por una gran
riada en 1143, reconstruyéndose en 1283 con la traza gótica que llegó a nuestra
época. Destruido el nuevo puente en 1939, durante la guerra civil, fue
reconstruido en 1961 con el mismo perfil gótico, pero realizándose el arco
central en hormigón armado. La idoneidad de este lugar para la ubicación de
puentes es patente, no sólo por la presencia allí del puente romano, sino por
la de tres puentes más, a saber, uno carretero metálico y otro de fábrica del
ferrocarril, ambos del siglo XIX, y uno más moderno de la Autopista
Barcelona-Tarragona, que sobrepasa el río y la ciudad sin demasiadas consideraciones
hidráulicas ni miramientos estéticos con el entorno que deja abajo.
Nuestro puente es una estructura mixta de
hormigón pretensado y acero Corten. Tiene dos
grandes pilas de hormigón blanco (cemento, áridos y arenas blancos), que son
como dos tetrapilonos monumentales que enlazan
formalmente la tradición romana de arcos triunfales —al estilo del de Septimio Severo— con espacios horadados en los dos
sentidos. Las cuatro partes del tetrapilono se unen
en su parte inferior formando un apoyo único. Cada pila queda así configurada
con un sentimiento espacial, no prismático como es usual, acentuado al
encerrarse espacios curvos dentro de envolventes planos, evocando los modelos
romanos. Las zonas restantes de tablero están constituidas por una sección
mixta formada por vigas cajón en acero Corten y una losa de hormigón blanco que
enlaza con las pilas. Se expresa intencionadamente el efecto arco, lo que —además
de las ventajas que supone desde el punto de vista técnico y económico— entronca
nuestro puente con los arcos del viejo «Puente del Diablo». Además, el color rojizo
oscuro de los sillares de arenisca del puente romano se asemeja al color siena del acero Corten del nuevo puente.
La ciudad de Alcoy posee un catálogo de
puentes comparable al de una ciudad histórica europea. En España apenas tiene
parangón. Alcoy ha ido acumulando muy hermosos puentes desde hace siglos, debido
a su muy especial geografía. Es una ciudad históricamente muy bien situada
para la defensa militar, con los barrancos que la rodean y que necesitan —como
Toledo— la creación de puentes importantes para su expansión. Es cierto que en
España hay puentes urbanos singulares más interesantes que cada uno de éstos
de Alcoy, pero también es cierto que un conjunto numeroso de puentes y tan
representativos, tanto en sus aspectos formales como en sus aspectos tipológicos, es difícil de encontrar tan concentrado en un
lugar.
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Figura 8.
Puente sobre el río Barchell en Alcoy. Ingenieros
J. A. Fernández Ordóñez y J. Martínez Calzón. 1982-1986. |
Este aspecto histórico monumental lo considerábamos,
básico y esencial a la hora del planteamiento conceptual del proyecto (fig. 8). En efecto, el problema de tráfico que se planteaba
podía resolverse con un puente de vanos cortos sobre pilas, pero esta solución
no era admisible poro Alcoy, ni por consideraciones históricas ni por la propia
dignidad urbana de la ciudad. Sería como mancillar una hermosa historia; un
gran retroceso histórico, técnico y monumental en la continua sucesión de
puentes de Alcoy.
La ciudad donde nos planteaban construir un
nuevo puente, forma ya porte de la primera línea del catálogo imprescindible de
los puentes españoles. Bastaría citar tres de ellos, muy diferentes en todos
sus aspectos pero muy hermosos y técnicamente de gran interés:
El Puente de Cristina, un ejemplar
estructural de obra de fábrica de principios del siglo XIX que podría
equipararse a los hermosos puentes de piedra de Telford.
El Viaducto de Canalejas, de finales del
siglo XIX, que, con sus tramos de 44 m, es hoy uno de los pocos ejemplos que
nos quedan en España de celosías dobles de gran canto, después de haber sido
derribados los grandes puentes de la línea de ferrocarril de Granada a Almería.
Y, por último, el Puente de San Jorge, con
sus arcos de hormigón armado de 50 m de luz y su decoración, tan característica
de aquella época espléndida técnicamente, de comienzos de los años 30.
Es evidente que en tales proyectos no eran
necesarias las grandes luces —ni siquiera lo hubieran sido la tercera porte de
ellas— para resolver el estricto problema funcional de paso de vehículos. Se
podía haber resuelto estos problemas con puentes mucho más pobres de
concepción, más vulgares, con más pilas y, por consiguiente, menores luces en
los vanos, y, por supuesto, mucho más económicos. Hay que tener en cuenta que
el Viaducto de Canalejas costó en su época una
cifra de 568 pta/m2 (en pesetas de 1907),
lo que hoy significaría aproximadamente unas 170 000 pta/m2
de nuestros días. Sin embargo, en nuestra opinión, los puentes proyectados
fueron los que para su momento debieron haber sido proyectados, ya que no sólo
resolvieron un simple problema funcional, sino que se enriqueció enormemente el
patrimonio monumental urbano de la ciudad de Alcoy.
Hoy no tendría sentido
actuar de distinto modo del que lo hicieron nuestros antepasados, y por ello
nuestra intención fue el esforzarnos en contribuir a solucionar este problema
aportando un proyecto de nuevo puente que fuera un testimonio vivo de nuestra
época y, al mismo tiempo —a nuestro entender—, de una gran belleza.
No puede, pues, pensarse
sólo en la economía pobre de primer establecimiento, sino en una economía
global a más largo plazo, donde entran también otro tipo de valores difíciles
de medir, pero importantísimos hacia el futuro, como son los estéticos,
monumentales, de entronque en la ciudad, de creación de nuevos espacios y
perspectivas urbanas en definitiva, valores que enriquezcan y agiganten un
patrimonio urbano, que es el que forma la verdadera personalidad de las
ciudades. Se trata, pues, de saber apreciar en un momento histórico determinado
la
enorme utilidad de lo disfuncional,
o bien
de cómo lo aparentemente superfluo puede
llegara a ser lo más importante para el hombre y la ciudad donde vive.
El efecto estético
conseguido en este puente es —en términos kantianos— sublime. La pila surge
desde lo profundo del barranco como el único gran elemento vertical de la obra,
y, por tanto, entroncando simbólicamente —como principio organizador— con toda
la tradición constructiva, desde los menhires prehistóricos y obeliscos
egipcios hasta nuestro siglo. La pila se prolonga hacia lo alto en un gran arco
triunfal, con un sentido simbólico idéntico al de su viejo y grandioso
antepasado romano, el Puente de Alcántara, donde, asimismo, un gran arco
triunfal corona y remata la alta pila central, lo que puede considerarse
heterodoxo desde el punto de vista estético al disponer vanos pares.
Sobre la gran pila
(línea del movimiento ascendente) se asienta el tablero, prácticamente
horizontal (línea del reposo). Ambas líneas se combinan con la máxima pureza,
respetando el principio sagrado de eje y simetría que organiza el conjunto. El
color diferenciado del hormigón de la pila (rosa idéntico al de las rocas de las montañas adyacentes) y el
del hormigón del tablero (gris muy claro del hormigón), también contribuye a
una mejor lectura del doble deseo simbólico de ambas líneas: la vertical,
vínculo con el cosmos, y la horizontal, línea de reposo y de unión con la
tierra, quedando ambos vínculos unidos, como la propia esencia de la obra del
hombre, por el conjunto de familias de cables tensos que simbolizan la
imposible utopía de querer ascender hacia lo alto al mismo
tiempo que se avanza hacia adelante, unido a la tierra. Con esta solución, la
ciudad de Alcoy completa la magnífica colección de puentes de que dispone.
Con la solución de este
puente, ninguna ciudad española podrá competir ya con Alcoy en un conjunto tan
excepcional, rico y diverso de puentes en los últimos siglos. En nuestra opinión,
plantear el proyecto de este puente con una perspectiva
económica cicatera y pensando estrictamente en el más bajo coste de primer
establecimiento, sería no sólo degradar el propio puente y la ciudad de Alcoy a
la que pertenece, sino perder una oportunidad única de hacer honor a la grandeza
de concepción con que nuestros antepasados resolvieron problemas parecidos.
En Alcoy se percibe que
no se puede prescindir del punto de partida esencial que supone un concepto
totalizador de la obra en su conjunto, que unifique todos aquellos aspectos históricos,
funcionales, culturales, estéticos, estructurales, urbanísticos, sociales y
económicos, así como su íntima relación a la ciudad y al pueblo de Alcoy,
principales beneficiarios de su construcción.
Este puente no sólo
resuelve el problema del tráfico y los estrictamente funcionales, técnicos y
constructivos que se requieren, sino que también, a nuestro juicio, resuelve
los muy importantes problemas estéticos y de relación con su hermoso y
singular entorno, incorporando a la ciudad un nuevo gran monumento.
3. La
Naturaleza
«La construcción de un puente en medio de la
naturaleza debe rimar con ella, pero en muchos casos —por su dinamismo y sus
proporciones— el puente se impone al paisaje y lo domina.»
Eduardo Torroja
El tercer aspecto es el
de la relación del puente con la naturaleza. Esta dimensión de la obra del
hombre ha sido, desde Sócrates hasta nuestros días, objeto de atención teórica
de los más grandes filósofos y pensadores. Sin embargo, actualmente, este
aspecto ha cobrado una enorme importancia ante los enormes riesgos de deterioro
ecológico y ambiental que pueden llegar a producir las obras de ingeniería.
Resulta muy difícil todavía evaluar económicamente valores como la belleza, el
paisaje, la tranquilidad, el aire limpio o la conservación de restos o
vestigios antiguos que son patrimonio de la humanidad. Pero hay que afrontar
estas valoraciones, reemplazando los actuales análisis de coste/beneficio por
otra evaluación más amplia, que pueda medir los costes y los beneficios como un
todo, incluyendo los aspectos estéticos, históricos y ambientales, y no sólo
los estrictamente económicos y funcionales, que son los que convencionalmente
priman en los puentes. En efecto, la forma de los puentes surge dentro de estas
tres coordenadas a las que no podemos ni debemos escapar: la historia,
coordenada temporal, fuente viva de la experiencia pasada, inmenso depósito de
formas y materiales; la naturaleza, coordenada espacial; y la sociedad,
coordenada funcional, con unas exigencias utilitarias, políticas y económicas.
En esa naturaleza, y con
esa naturaleza, estamos trabajando, y esa naturaleza transformamos. De esa
historia venimos y esa misma historia proseguimos y edificamos. Para la
utilidad de esta sociedad construimos nuestras obras. La estética, la belleza
de nuestras obras estará siempre, pues, condicionada en extremo por estas tres
coordenadas: la naturaleza, la historia y las exigencias funcionales de la
sociedad en que vivimos. No tenemos la autonomía de los artistas, quienes —en
último término— son sólo responsables ante sí mismos. A pesar de ello, nos
queda un pequeño gran margen de libertad. Si lo sabemos aprovechar, nuestras
obras —además de ser útiles— serán también hermosas.
Probablemente no existe
otro campo de la tecnología moderna que tenga un mayor contacto con la
naturaleza que la ingeniería civil. En efecto, necesitamos medir la naturaleza,
conocer el agua, las lluvias y riadas, oleajes y corrientes marítimas, las
rocas y fangos, los movimientos sísmicos, las temperaturas, los vientos,
porque contra esos elementos luchamos, porque allí asentamos las pilas y
estribos y con esos materiales construimos los puentes. Pero, tras el
conocimiento de la naturaleza, viene su transformación, y entonces surge el problema.
En efecto, tras la crisis ambiental, se ha engendrado una nueva, feroz y
repentina hostilidad hacia el ingeniero y se ha encendido la mecha de un
sentimiento antitecnológico por todo el mundo.
Whitman pensaba,
como nuestro Cerdá, que el ferrocarril acercaría el
campo a la ciudad y viceversa. Las carreteras, cantaba Whitman,
nos trasladarían a la naturaleza, hacia el «reason's early paradise» y las «innocent intuitions»; no habría ya separación
entre lo natural y lo artificial: «nature and man be disjoind'd and diffused no more».
Un poeta de fines de siglo decía que había
más poesía en el ferrocarril que cruzaba el continente americano de parte a
parte, que en toda la historia de la Guerra de Troya. El caso del ingeniero
español Ildefonso Cerdà, del siglo XIX, con su fe en
la ciencia, en la ingeniería y en el progreso, es un ejemplo bien palpable. La
naturaleza era para aquellos ingenieros materia prima de su trabajo.
El hecho incuestionable es que la dominación
de la naturaleza representa, para muchas personas de todo el mundo, una
tendencia creciente, irreversible y potencialmente desastrosa, tendencia que
llevaría a su destrucción total. Ésta es una visión no sólo de ecologistas,
anarquistas o marginados, sino extendida a una mayoría de los habitantes de los
países industrializados.
Los hombres tuvieron siempre que escoger
entre su sumisión a la naturaleza o la sumisión de la naturaleza al yo. Es más
fácil pintar o describir la naturaleza que combatirla, que transformarla,
incluso que defenderla. El trabajo del ingeniero es un acto que sucede entre
la naturaleza y el hombre. Con sus puentes, el ingeniero tomó posesión de la
naturaleza, transformándola. Estos sentimientos ecológicos contra el progreso y
la técnica son recientes. La insistencia sobre la restauración de la tierra
como un entorno humano, no es solamente una idea romántica, estética o poética
que no concierne más que a algunos privilegiados; constituye hoy una cuestión
política de primera magnitud. Ildefonso Cerdà vio,
con claridad, como abrir la tierra para cultivarla es idéntico que abrirla para
habitarla. Urbanizar es idéntico a arar, y ambas ideas —urbanizar y cultivar— son
origen y causa fecunda de la civilización.
Me gusta percibir la naturaleza con toda su
vida trémula y agitada, en toda su vehemencia funcional, no desarticulándola y
dislocándola en piezas, no aislando al hombre del universo, sino ligándolo
totalmente, haciéndolo solidario. Me gusta la naturaleza en su integridad, que
es vida; no mirarla en sus partes, que es muerte. Tal como señala el profesor Navascués, cabe hablar con propiedad de una poética del
puente de hierro en un diálogo con el paisaje y con el valor añadido que estos
puentes dan al paisaje, convirtiéndolo en un paisaje moderno. Se trata de la introducción de un elemento que no
transforma el paisaje, no lo daña, lo respeta y se dispone a convivir con él,
frente a la actual tendencia a acomodar la obra del ingeniero partiendo de una
cota cero inventada. La tesis de Torroja es que el
paisaje debe ser zócalo de los
puentes, y la de Casado es que el ingeniero ha de instalarse en lo íntimo de la
naturaleza, y desde allí producir por arte, es decir, artificialmente, pero
tal y como se producirían por naturaleza: lo único artificial es el propósito.
Nuestra técnica produciría artificialmente entes naturales, lo que sería una
inadmisible paradoja para un griego. Si es necesario violentar la naturaleza
con nuestros puentes, se conseguirá la obra más perfecta cuando la reacción de
la naturaleza sea menos intensa.
El diseño del Paso
Superior Urbano es un caso particular dentro del problema general de la obra de
ingeniería ante la naturaleza. Un caso particular donde la naturaleza es un poco especial, es precisamente una naturaleza urbana. Tradicionalmente
se enseña en las Escuelas de Ingeniería Civil a camuflar el puente en lo naturaleza;
que la alteración de la naturaleza sea mínima. En contra de esta postura, que
indica uno cierta apatía estética, aparece otro criterio que presenta el
puente rivalizando con la naturaleza,
afirmándose contra ella, Esta última actitud me parece un planteamiento
grosero: es pretender que el ingeniero de puentes puede ser creador prescindiendo
de la Naturaleza. Es el mismo problema del retrato en la pintura. Nuestro buen
Antonio Machado explicó muy bien: «¿Pintar de memoria?, un desatino. ¿Pintar del natural?,
menos aún. El modelo es necesario. ¿Para copiarlo? No, para pensar en él» Ésta
es, poéticamente definida, mi postura.
En la naturaleza urbana
aparecen dos tipos de elementos fundamentales: los arquitectónicos, con sus
largas alineaciones de fachadas, y aquellos otros que forman el mobiliario
urbano. El puente urbano ni es propiamente arquitectónico ni pertenece al
mobiliario de la ciudad. Es más parecido a una gigantesca escultura, aunque se
diferencia esencialmente en dos aspectos: l°) es
funcional, es decir, se usa, y 2°) la gente lo pasa y lo traspasa, por arriba y
por abajo, exento, en medio del entorno urbano, como un singular y vivo monumento
autónomo.
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Figura 9. Paso superior sobre el Paseo de la Castellana (Madrid). Ingenieros
J. A. Fernández Ordóñez y J. Martínez Calzón. 1968-1970. |
Figura 10. Paso superior y Museo de Escultura Abstracta en el Paseo
de la Castellana (Madrid). Escultura colgada de Eduardo Chillida
“Lugar de Encuentro”. 1968-1972. |
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Figura 11. “Mere Ubu”. Escultura de Joan
Miró. Museo de Escultura Abstracta en el Paseo de la Castellana (Madrid).
1970-1972, |
Figura 12. “Homenaje a la hoz y el martillo”. Escultura de Julio
González. Museo de Escultura Abstracta en el Paseo de la Castellana (Madrid).
1970-1972. |
Cuando ganamos, en 1963,
el concurso para la construcción del puente sobre la Castellana, en el centro
de Madrid, una preocupación fundamental fue liberar la superficie bajo el
puente del que parecía su destino inevitable, esto es, convertirse en un
aparcamiento o estercolero. Nuestro propósito fue salvar aquel espacio,
convertirlo en un nuevo ámbito público y transformarlo por medio del arte,
creando un «Museo Abierto de Escultura Abstracto» bajo el puente, con obras de
Picasso, Miró, Julio González, Alberto Sánchez, Chillida, Palazuelo, etc., llevando a la calle y acercando
a los ciudadanos esta parcela tan desconocida del arte en aquellos momentos (Figs. 9, 10, 11 y 12). Se establecía así un diálogo entre
el puente (obra del ingeniero) y las esculturas (obra de los artistas),
contribuyendo a superar la dicotomía funcionalidad-belleza y fecundando este
espacio urbano con el misterio del arte. El puente sobre La Castellana, de
hormigón prefabricado blanco y acero Corten de color siena
oscuro, es un intento en favor de la cada vez más necesaria reconciliación
entre la técnica y el arte, en unos años en que su divorcio tendencioso ha superado
cotas alarmantes, como si se produjera un continuo y dramático proceso donde
los nuevos conocimientos se acumulan sin cesar a la vez que disminuye proporcionalmente
la capacidad emocional.
Un ejemplo más reciente
(1986) proyectado por nosotros es el Paso Superior de la calle Torrelaguna, en Madrid, un estructura de acero y hormigón,
de gran pureza, completamente blanca (Fig. 13).
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Figura 13. Paso superior de la calle Torrelaguna sobre la Autovía de Barajas (Madrid). Ingenieros
J. A. Fernández Ordóñez y J. Martínez Calzón. 1984-1986. |
Otro ejemplo es el
puente de entrada al hipermercado PRYCA, en San Femando de Henares (Madrid),
con un estructura mixta aplicada por primera vez a los pilares y con una
curvatura fuerte en planta, adecuada tanto por cuestiones funcionales como
estéticas (fig. 14).
El puente es una nueva
naturaleza, al mismo tiempo extraída y devuelta a la naturaleza natural o a la naturaleza
urbana. Una especial naturaleza, pensada, sentida, razonada, perfeccionada
y humanamente utilizada. Una ingeniería digna de la gran herencia del pasado,
pero sin olvidar nunca que, para nosotros los ingenieros, el futuro es lo más
próximo y lo más importante, y que la esencia del mundo está en el frente, no
en la retaguardia.
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Figura 14. Paso superior de acceso a PRYCA sobre la C. N. II
(Madrid). Ingenieros J. A. Fernández Ordóñez y J. Martínez
Calzón. 1982-1984. |
4.
Conclusión
Independientemente de la voluntad del ingeniero creador, su puente desemboca necesariamente en el ámbito estético, donde ha de incorporarse a las cosas bellas o a las feas, sin poder quedarse neutro ante el dilema. La circunstancia que más ha contribuido al rechazo de los ingenieros hacia los problemas estéticos es la subjetividad del fenómeno. Tal como a