Las poderosas compañías de servicios

 

Mi primer trabajo al terminar la carrera, a finales de los años 60, fue ocuparme del Servicio de Prospecciones del antiguo MOP (Ministerio de Obras Públicas; más tarde se le añadió “y Urbanismo”). En la época, era una vetusta estructura organizada por su anterior ministro, el general Vigón, con criterios estrictamente militares.

La tarea de mi equipo era realizar los sondeos, perforaciones, tomas de muestras y su análisis de materiales variados, en especial de terreno, a fin de poder pronunciarse sobre la aptitud de éste para soportar cargas y cimentaciones, la estabilidad de los taludes excavados en él, la capacidad resistente de rellenos o terraplenes, etc. Esta tarea obligaba a menudo a duras excursiones por terrenos no accesibles por el jeep por donde el futuro pasaría una carretera o se levantarían nuevas urbanizaciones. Auténticas aventuras que emprendíamos todos con un auténtico espíritu esforzado y juvenil, pateando el terreno montaña arriba y abajo y descubriendo escondidos rincones de Cataluña que todavía no he olvidado. Más de una vez nos quedábamos sin comer por habernos alejado demasiado de nuestras bases, pero la “excusión” servía además para constatar los problemas de carreteras, puentes, canales y otras obras públicas, algunas de las cuales se agudizarían con el tiempo. Recuerdo muy especialmente el puente sobre Alella o el de Molins de Rei, que más tarde serían víctimas de los elementos por falta de previsión en la fuerza de éstos.

Cuando el terreno era más accesible se llevaban allí nuestros equipos para realizar catas o minipozos de los que extraer muestras. Un aparato para estas lides, especialmente potente, era un camión con una barrena vertical adosada a su trasero, destinada  a perforar el terreno y extraer de él muestras. Nada se le resistía.

Y tampoco se le resistió un cable coaxial de la CTNE (Compañía Telefónica Nacional de España, entonces se llamaba así lo que hoy es simplemente “Telefónica”), instalado cerca de Martorell. Nos dimos cuenta de que algo raro pasaba cuando empezaron a salir limaduras metálicas adheridas a la barrena tras la perforación.

No tardaron ni una hora en llegar los representantes de la compañía monopolística. Con voz terrible nos gritaron que acabábamos de cargarnos todas las conferencias con Argentina y otros países igual de alejados, amenazándonos con rotundas penas para el MOP y para nosotros por haber dejado medio mundo incomunicado de España. Debo confesar que nos asustaron un poco; éramos, ya lo he dicho, jóvenes e inexpertos.

Sin embargo mi jefe era de un temple distinto. En cuanto supo del problema, visitó enseguida el escenario del crimen, y una sonrisa de suficiencia se dibujó en su arrugado rostro.

—Pueden chillar cuanto quieran esos tíos —dijo lapidariamente—; no tienen razón: el paso del cable no está señalizado.

Este incidente me permitió iniciarme en la extraña reglamentación de las compañías de servicios españoles, que a sangre y fuego invaden el terreno privado o público para sus canalizaciones al amparo de unas permisivas leyes, que por otra parte ni siquiera en sus puntos más elementales se molestan en cumplir. ¿Puede imaginarse algo más razonable que señalar en superficie el recorrido de un conducto subterráneo? Pues esto sigue siendo lo habitual. Todavía hace muy poco me tocó emitir un informe sobre una gasoducto subterráneo, cuyos titulares, en el mejor estilo de Telefónica, asustaron a unos pobres propietarios de la parcela donde pensaban construir una nave industrial, “obligándoles” a reducir ésta para salvar la “distancia de seguridad” que según los gaseros debía respetarse a ambos lados de la conducción. Luego resultó que las exigencias de los muchachos del gas habían sido excesivas, el propietario demandó a la compañía por prepotencia, y el conflicto consiguiente se halla hoy sub judice. Ya veremos cómo concluye.

El caso es que donde más graves eran estos problemas eran en el subsuelo de las ciudades, donde la situación no puede definirse más que como caótica. ¿Quién no ha asistido de continuo a las lamentaciones de los vecinos de un barrio porque se abre una zanja para la electricidad al cabo de una semana de haberla cerrado por el teléfono? Resulta que las conducciones, todas en terreno público, se entrecruzan sin que nadie sepa su situación real, que fue establecida en su día, a veces hace más de un siglo, habiéndose olvidado su ubicación.

¿Y los planos?, ¿no se levantaron en su momento?, preguntará el bienintencionado lector. Pues no. En el mejor de los casos se sabe que las canalizaciones discurren a lo largo de la calle, generalmente sobre la acera, pero ni eso es seguro. Las compañías de servicios suministran (no siempre) planos de esos servicios, pero aclaran que son sólo aproximados y “no contraen ninguna responsabilidad” por inexactitudes, que pueden legar a ser ostensibles. Curiosa forma de abusar de su uso de la calle. Algunos intentos de los ayuntamientos por construir galerías de servicios que permitieran racionalizar el desorden se han saldado en un total fracaso, y las nuevas canalizaciones, como antes hemos apuntado, no mejoran la situación, sino al contrario, añadiendo un nuevo habitante más a ese subsuelo misterioso.

¿Cuál era, entonces y ahora, la solución? Cada uno tenía que arreglársela como podía. Ciertos poceros eran poseedores ya una práctica adquirida, y por el aspecto eran capaces de decidir el tipo de canalización con que uno se encontraba. Cuando no se sabía, el fértil ingenio español diseñaba procedimientos artesanales, por ejemplo practicar un agujerito en la conducción y oler después para ver si se trataba de gas; como mínimo se habría eliminado un posible candidato. La “zanja buscadora” sigue practicándose hoy cuando no existe indeterminación sobre la profundidad a la que discurre el conducto. Otro método preventivo muy utilizado era excavar a mano previamente al sondeo un pozo hasta un par de metros de profundidad y ver qué aparecía allí, situándolo bien en el plano. Después se rellenaba nuevamente de tierra y ya se podía perforar con tranquilidad.

Los años han pasado, pero la situación está cada vez peor. Nuevas canalizaciones han aparecido: que si fibra óptica, que si agua a presión… y las calles, cada vez más torturadas, continúan aguantando su carga. Sólo nos mantiene una esperanza: que en el futuro se diseñe un aparato que sea capaz, no ya de localizarlas, sino de removerlas a una situación regular. ¿Quién sabe las sorpresas que nos deparará este siglo XXI?

 

                                                                         Josep M. Albaigès

                                                                         Ingeniero de Caminos

                                                                         Barcelona, mar 06