¿Por qué la
ingeniería es arquitectura?
Es evidente que algunos usan la voz
arquitectura con exclusividad. Es decir, que disponen de ella como cosa propia
y se lucran con su usufructo. Actitud muy humana nacida de nuestra ingénita
tendencia depredadora, pero que se vela con todo tipo de aderezos retóricos (ya
hablaré en otra ocasión de nuestra condición animal y sus propensiones;
mientras tanto les invito a leer a Konrad Lorenz, El Comportamiento Animal y
Humano). A ello ha contribuido de forma notable, aunque ajena al autor, la
obra que Marco Vitrubio (para otros, Vitruvio) Polion redactó para Augusto,
entre los años 35 y 25 a. C., y que tituló “Los Diez Libros de Arquitectura” (De Arquitectura Libri Decem). Obra que,
redescubierta por los italianos en el siglo XVI gracias a la traducción de
Iocundo en 1511, fue ese golpe de timón que en la construcción supuso el
Renacimiento, es decir, la vuelta al modelo clásico. Hasta ese momento los
responsables de las edificaciones destinadas a la habitación humana eran
conocidos en Italia como prefecti fabrorum y en España como cabo y
director de los operarios o artífices. Denominaciones que, al ver éstos su
quehacer conceptuado como arquitectónico, pronto fueron sustituidas por la de
arquitecto; con la lógica confusión para el profano que, de leer el tratado,
bien pudiera creer que hasta la gnomónica (libro nono) y la construcción de
ballestas (libro décimo) eran cosa de ellos y para el profesional que,
envanecido, llegó a pensar que, menos la gastronomía y poco más, todo era
competencia del recién bautizado como arquitecto. Concepciones ambas que hoy
siguen plenamente vigentes: ¿o no cree el vulgo que todo es arquitectura
académica, Millau incluido?, ¿o no cree el arquitecto que las terminales
portuarias son, asimismo, arquitectura académica?
A algún arquitecto académico le he leído que
arquitecto deriva de archi tectum, o
sea, “el primer albañil”. Concepción errónea en la que subyace el deseo, más o
menos consciente, de acaparar el concepto. En efecto, la voz arquitecto se debe
a las palabras griegas archo (soy el primero) y tékton (obrero,
carpintero), o sea, el primero de entre los obreros, y fue utilizada por
Aristóteles (s. IV a. C.), en su obra Ética Nicomáquea, como equivalente
de orden y concierto (posiblemente porque al primero de entre los obreros, o
artífices, correspondía la concepción de la obra y su dirección). Idea
compartida por Vitrubio. Habrá, pues, arquitectura en toda obra bien trabada y
ejecutada: esto es, en toda obra realizada con arreglo a diseño, a traza, a
proyecto (o sea, con ingenio); ya sea una clepsidra, una ballesta o una obra de
filosofía. También, por supuesto, un puente y una presa, una autovía y... la
estructura del Windsor. ¡Quién lo diría después de oír a tanto arquitecto que
hablando de éste evita, por sistema, toda referencia al ingeniero responsable
de la misma: Blanco Temprano! Además, ¿cómo creer que la obra de quien trataba
de un arte «que no puede detentarse sin literatura, y sin conocimiento de todas
las disciplinas», de un hombre de ingenio, de un ingeniero, como fue Vitrubio,
terminara siendo un tratado sobre ese quehacer concreto que hoy denominamos
arquitectura?
Hasta aquí, todo claro, pero queda un asunto
por explicar: deudora de aquel Vitrubio que propuso como finalidad de la obra
arquitectónica la tríada firmitas, utilitas, venustas, por este orden,
tal parece que la arquitectura académica la ha invertido, al menos en la
práctica, haciendo figurar a la belleza, venustas, en primer lugar. ¿Por
qué? Sin duda, porque ello halaga al ego del arquitecto académico que puede así
presentarse ante la sociedad como un artista, un creador, un ser nimbado,
alguien ungido por los mismos dioses de quienes recibe el hálito vivificador y
la musa, la inspiración. La firmitas y la utilitas que queden
para los técnicos... Naturalmente, excluyo a ese arquitecto académico honesto
que fue Adolf Loos, precursor de la Bauhaus y modelo de actitudes.
Así las cosas aún se entiende
menos la postergación sistemática del ingeniero que, ¡oh sorpresa!, resulta que
también hace arquitectura, ¡que es arquitecto!
Para terminar. Es indudable
que el paso por la Escuela de Caminos imprime carácter. Además de instruirnos
en las técnicas constructoras nos modela como eficientes profesionales
imbuyendo en nosotros aquellas cualidades que se consideran buenas, positivas,
para nuestro cometido profesional. Es decir, que nos hace trabajadores
cualificados, competentes, modestos y abnegados, pero... ¿Por qué abnegados?
Porque nada tienen que ver las anteriores virtudes con la propensión al
sacrificio que la abnegación comporta. Ésta sólo conduce a la subordinación y
al anonimato. Exactamente a aquello que algunos intentamos evitar. Entre otras
razones porque la única virtud, ella sola, que nos hará cualificados, competentes,
modestos y, también, orgullosos y dignos, es el amor propio, tan contrario a la
subordinación y el anonimato. Por esto, mientras las escuelas de ingeniería no
sean ámbitos que rezumen autoestima (que, ¡ojo!, es una actitud y no una
enseñanza más) que cale en el alumnado, no daremos ese paso al frente que la
defensa de nuestra dignidad exige ante la sociedad y ante la otra arquitectura,
la que venimos denominando académica. Me congratulo, pues, al conocer que en la
ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de la UPV un grupo de docentes,
capitaneados por Don V. Fullana Serra lucha por lograr este objetivo e imparte
ya la asignatura Ética de la Ingeniería Civil actualmente optativa. Vaya
para ellos mi reconocimiento y todo mi apoyo.
ALEJANDRO LUZ IVARS G. DE TRAVECEDO
Publicado en
La Voz del Colegiado (órgano del Colegio de Ingenieros de Caminos), n.º
287, noviembre 2005