GREGORIO MARAÑÓN, INGENIERO HONORARIO
Fluyen rápidamente los días de ese año de don Gregorio. Y
resulta doloroso comprobar cómo el tiempo, incesante, desgasta su memoria, cómo
van siendo precisas cada vez mayores longitudes de texto para dar a conocer a
las nuevas generaciones quién fue el doctor Gregorio Marañón, por qué le
recordamos.
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Y es que no se termina nunca con los polifacéticos.
Resulta que este imprevisible don Gregorio, aparte de hacer política, medicina
o literatura, lo mismo se escurría espeleológicamente hasta el interior de la
inaccesible tumba de Enrique IV para comprobar sus teorías sobre su supuesta
impotencia a la luz de los rasgos físicos de su desmochada calavera, que
escribía —suponemos que en plena digestión inspiradora— un desenfadado tratado
sobre quesos, en un curioso paralelismo con Casanova, personaje donjuanesco tan
afín a sus arquetipos ensayistas, que también había sido autor en su día de un
diccionario sobre el mismo tema.
Sí, mucho se ha dicho en este año del ilustre
médico-ensayista-político-historiador-humanista-artista-gastrónomo, que hacía
honor a su nombre (griego krikor,
"vigilante") con su insobornable actitud de alerta lúcido hacia
cuánto de interesante y positivo podía ofrecer su tiempo. En los numerosos panegíricos
que este año 1987 nos ha ofrecido de su persona, cada cual ha arrimado el ascua
a su sardina, recordando los unos su vocación democrática, los otros su
polifacetismo agudo, los de más allá su humanismo profundo, en un orden muy
superior al meramente exigido por su diario trato con el enfermo. Quién nos
recuerda su exacto conocimiento del mito donjuanesco, quién su impecable
reconstrucción del ambiente del siglo XV.
Pero de algo no se ha hablado. Cuento con la benevolente
complicidad del lector-colega al afirmar en don Gregorio una veta ingenieril,
al menos en potencia. Y me explico: gustaban de definirnos en la escuela al
ingeniero como "el que tiene ingenio". El ingenio, la idea feliz, es
a menudo vituperada por los panzers del razonamiento cartesiano, ignorantes de
los sublimes caminos hacia la verdad que su filosofía profundamente encarrilada
no logra entender. Ese ingenio, tan necesario en nuestra época
hiperespecialista, no es en el fondo más que la capacidad de conectar
interdisciplinariamente multitud de conocimientos heterogéneos y aparentemente
estancos entre sí en orden a articularlos a la consecución de un fin
determinado.
El verdadero ingeniero es un hombre de ingenio. Contra lo
que la miope visión de algunas personas de otras disciplinas se atreve a pensar
y aun a proclamar, el ingeniero es, por definición, el hombre capaz de salirse
de su supuesto nicho profesional, estableciendo la avenida milenaria de un río
no mediante indigestas fórmulas sino hurgando en polvorientos archivos histórico-meteorológicos,
o, en la viceversa, ayudando al arqueólogo en la determinación de una vía
romana mediante consideraciones de tipo técnico sobre el punto más favorable
para su paso.
Visto así, hallo muchos procedimientos de sabueso
ingenieril en el modo de hacer de don Gregorio. Vemos cómo en el bien conocido Ensayo biológico sobre Enrique IV de
Castilla y su tiempo, nuestro doctor pone en juego sus conocimientos de
medicina —otra técnica— para el discernimiento de enigmas históricos. Los
comportamientos mínimos del Trastamara, registrados de pasada por historiadores
como mera anécdota, son para nuestro polifacético doctor el valioso punto de
partida para establecer un diagnóstico morfosomático, y, mediante él, tratar
críticamente la veracidad del estigma con que la historia ha encasillado al
desgraciado rey. O en El conde-duque de
Olivares, para establecer las relaciones entre el contradictorio carácter
del valido y la trascendencia de sus discutibles decisiones políticas.
Debo a un amante de Marañón, el colega y amigo Jaume
Vallet, el toque de atención sobre un soberbio artículo de nuestro humanista,
donde la afinidad se transparenta. En su Elogio
y nostalgia de Toledo, don Gregorio se maravilla traviesamente a costa de
"el barquito que no navegó", ese proyecto del ingeniero Juan Bautista
Antonelli, amigo y colaborador de Juan de Herrera. El tal Antonelli tuvo la
audacia (¡y la suerte!) de navegar desde Madrid hasta Lisboa, sentando así un
precedente para las infinitas memorias que siguieron en torno a la posible
navegabilidad del Tajo... y es que Madrid, ciudad cosmopolita, no se resigna al
aislamiento mesetario y siente estremecerse a menudo su inédita fibra marinera
de la mano de los ingenieros-soñadores.
Gregorio Marañón, al hilo de su glosa comentadora de las
aventuras de estos navegantes de agua dulce, sin otro equipo náutico que su
ingenuo afán de transformar el mundo con las herramientas de la técnica y la
audacia, no puede evitar un suspiro de noble envidia por esos "hombres
terribles", como nos llama a los ingenieros. Pero, ¿hay mucha diferencia
entre conectar las capitales de dos estados peninsulares mediante el artilugio
de un ingeniero o conectar dos ramas tan distintas del saber como la medicina y
la historia, por ejemplo, a través de la erudición amena y sólida?
"Los ingenieros, hombres terribles". Pero lo
terrible no es sólo lo que hace temblar, sino también lo desmesurado, lo
grande, lo que por su misma estructura infunde respeto y veneración. Una
veneración similar a la que estos ingenieros de caminos, hacedores de
comunicaciones por la atormentada orografía de nuestra piel de toro, sentimos
en su centenario por ese ingeniero de la medicina, establecedor de
comunicaciones espirituales a través de los caminos del diálogo, la tolerancia
y la comprensión.
Barcelona,
noviembre de 1987