EL/LA
PUENTE
El primer número de la nueva época de OP aportó un ejemplar tratamiento del puente, esa creación ingenieril por excelencia (es sintomático que los ingenieros de caminos, canales y puertos seamos denominados en Cataluña enginyers de ponts i camins). De entre los artículos que lo comentaban, destacaba uno de nuestro ex presidente José Antonio Fernández Ordóñez, quien, con su cultura y amenidad habituales, realizaba un magistral análisis que trascendía el puente de su mero aspecto constructivo para profundizar en sus significados últimos en la historia y antropología.
Me gustaría añadir algunos comentarios a los de mi ilustre profesor de Historia del Arte, centrándolos en los aspectos lingüísticos de la palabra, que también pueden aportarnos algo de luz sobre su sentido en nuestra sociedad actual. La palabra puente (latín pons, -tis) es tan enigmática como la pluralidad de significados y acepciones que se esconden tras ella. Para empezar, se da ese doble género, el/la puente (compartido con otras palabras similares, como el/la monte, y propio de elementos dotados de ubicuidad), que en los últimos años va resolviéndose en favor del masculino, como lo fue en latín. Luego, ese enigmático parecido con el gr. pontos, “mar”. Por último, su apabullante riqueza de derivados, que, limitándonos a los del mismo significado, podrían ser pontón, puentecilla, puentezuela o pontezuela, pontana, pontanilla e incluso ponto, barca de paso empleada donde no hay puentes. La mayoría de estas palabras, nacidas como simples matizaciones cualitativas del concepto primitivo, han acabado encajando, por la vía de la racionalización lingüística, en sendas acepciones ingenieriles precisas. Incluso “la puente”, ya arcaico entre nosotros, conserva en Chile un matiz diferenciador al referirse a un puente pequeño, según esa función especialista del género gramatical que, por ejemplo, hace del madero una concreción de la genérica madera.
Pero el enigma básico es el de su significado primigenio, cuya investigación nos aclarará bastante el sentido real de la palabra. De acuerdo con bien fundamentadas conjeturas, la voz indoeuropea primitiva tenía el significado de “camino”, como ocurre todavía con uno de sus derivados, el sánscrito pantah. Esto es muy distinto tanto del griego pontos (mar) como del latín pons (puente), lo que provocaba no pocos escrúpulos a Coromines, el autor del Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. ¿Cómo se pasa de la idea de mero camino a los sentidos de las dos últimas lenguas? Estamos ante un punto crucial para entender, no ya el sentido de la palabra, sino la fundamentación de ésta.
Aquí la fantasía de los filólogos se ha desbordado, presuponiendo culturas que asociaban el camino con el líquido elemento, bien a través de poblaciones lacustres, que harían del paso sobre tablones el “camino” por excelencia, bien en zonas pantanosas con caminos formados por entablonamientos. Hipótesis no descabelladas, pues todavía hoy la palabra puente, en la acepción asturiana, es “cada uno de los tablones que forman el piso del hórreo”. Multitud de historias, leyendas y recovecos mitológicos han sido escudriñados buscando apoyo a suposiciones de este tipo.
Pero es dudoso que los mismos historiadores hayan acabado tomándose en serio tales explicaciones. Es mucho más sencillo suponer, como hizo el filólogo Benveniste, que la voz originaria se refería, más que a un camino en sentido moderno, a una vía abierta en un medio hostil, una trocha, vamos. E inmediatamente acuden a la imaginación el machete amazónico o las piedras depositadas sobre el río, a las que aludía Fernández Ordóñez. Entonces el significado sería análogo al del armenio hun, “vado”, es decir, “lugar por donde se puede franquear un río”, rescatado hoy curiosamente para aplicarlo a la zona de paso de los automóviles sobre la acera. Desde ahí, es inmediata la extensión a “brazo de mar”, como conector por vía naútica entre las distintas culturas egeas.
Con lo cual llegamos finalmente a un sentido mucho más amplio de la palabra: el puente, de acuerdo con la intuitiva expresión indoeuropea, no sería ya un mero artefacto destinado a vencer la dificultad del paso de un río, sino algo más: el eliminador de obstáculos, el conector de culturas a través del esfuerzo humano consciente. Con lo cual el puente como ese punto de encuentro entre los dioses y los hombres cobra su significado, y resulta grato imaginarnos a nosotros, los ingenieros-pontífices, como los allanadores que hacen posible este contacto.
Porque no olvidemos que, en su acepción primera, el pontifex (pons-facio, “el que hace el puente”) era ese funcionario romano encargado de la conservación y vigilancia del puente sobre el Tíber. En cierta manera, la historia de Roma es la de un puente, y nada tiene de particular que el título de pontífice, privativo de quien controlaba el paso del río, esto es, la entrada a la ciudad, acabara asumiendo funciones religiosas, primero paganas, luego cristianas, y acabara recayendo sobre quien guarda las llaves del cielo, el sucesor de Pedro.
Barcelona, mayo 1996