El desecamiento del lago Fucino
Observamos en los últimos años una clara
mejora en los objetos de veneración del pueblo. En las antiguas lecciones
infantiles, éstos eran invariablemente los políticos y militares. Por lo visto,
nada contribuía tanto al bienestar de los pueblos como ganar una batalla con
cuantos más muertos mejor, o fundar extensos imperios cuyos habitantes debían
trabajar sin descanso en beneficio de la metrópoli, a mayor gloria para la
comodidad de ésta.
Decimos que la cosa mejora, porque los
actuales héroes populares son al parecer los deportistas, cantantes y
celebridades de la prensa rosa, mejor si dotadas de frenética actividad sexual.
No cabe duda de que esto representa un avance: no es preciso matar ni someter a
la gente, sino que basta con erigirse en representantes de sus deseos más
íntimos. ¿Quién no sueña con emular a esos veloces musculados que meten gol
tras gol o apuntan, como antaño en las muescas del revólver, las conquistas
sobre el sexo opuesto?
Si seguimos así, por fin el avispado pueblo
empezará a apreciar los méritos de las personas que a lo largo de la historia se han esforzado para
proporcionarles mejores medicinas, más cómodas viviendas o han aliviado su
esfuerzo o su ignorancia gracias a la investigación científica o la realización
de obras públicas de interés para el común. Como estimo sinceramente que esta
clase de méritos es superior a los antes enunciados, se me permitirá exponer
algunos de los logros en esos campos con el fin de ir acostumbrando al público
a conocer y apreciar a esos héroes, nuevos pero antiguos en el tiempo.
Voy a centrarme hoy en algunos procesos de ingeniería
que han aportado, sin duda, bienestar a sus usufructuarios. Un terreno poco
conocido en el campo de las obras públicas es el de la desecación de pantanos,
que, pese a la nostalgia que provocan todavía en algunos ambientes más o menos
ecologistas, no cabe duda de que ha contribuido a la disminución del paludismo
y otras enfermedades infecciosas, así como a la creación de nuevas tierras
agrícolas cuya explotación ha aumentado el producto del que se beneficiaron sus
nuevos titulares.
Entre las desecaciones históricas de
pantanos, una llama la atención por lo antigua: me refiero a la del Fucino, un
antiguo lago situado en una zona endorreica regada por los torrentes de los
cercanos Apeninos. Se hallaba a unos 100 km de Roma, en
el territorio de los marsos, en lo que hoy es comarca
de los Abruzos (Italia), que, como esos proyectos de los que se habla siglos
antes de acometerlos, había sido ya soñado por Julio César, aunque las
profundas actividades bélicas y políticas de éste no le permitieron ocuparse de
él. Tendría que ser, casi un siglo más tarde, el emperador Claudio (41-54), ese
cojitranco y supuestamente algo obtuso personaje tan traído y llevado en libros
y series televisivas, quien se ocupara finalmente de la dura tarea.
Demos algunos antecedentes. El citado lago,
que en los inicios del cristianismo debía de ocupar sus buenas 16 000
hectáreas, había sido objeto, como hemos apuntado, de diversos proyectos
relativos a su saneamiento. Aprovechando una época de relativa paz en el
inquieto Imperio Romano, finalmente Claudio decidió emprender la ingrata tarea,
que se enmarcaba dentro de un vasto plan que hace dudar de la estulticia que se
le atribuye. El emperador, en efecto, se había dado cuenta de los problemas,
hoy corrientes en las grandes urbes, que ya acechaban a la que fue primera
metrópoli de la antigüedad: su vulnerabilidad ante las escaseces
de suministros, especialmente los de alimentación, producidas por una guerra,
una campaña de piratería o una mera rebelión de esclavos. Por ello amplió el
puerto de Ostia, construyó un acueducto que alimentaría la ciudad (precisamente
desde el lago Fucino) y proveyó un depósito de granos
para la misma controlable por las autoridades mediante las condiciones legales
y servidumbres establecidas en el reparto consiguiente de los terrenos que se obtenían
del desecamiento.
Con la magna obra se resolvían de un plumazo
varios problemas: aparte de los citados, estaban los de tipo sanitario
(¡paludismo!), y además se conseguiría repartir tierras entre los veteranos de
los ejércitos imperiales, que hasta entonces habían sido calmados mediante
expropiaciones de los grandes latifundios de la antigua península itálica,
aunque este modelo se hallaba prácticamente en vías de agotamiento por falta de
materia a confiscar. Los veteranos, como ocurre siempre, eran merecedores de
ciertas atenciones y a la vez un cierto peligro para la estabilidad del
sistema, razón suficiente ara que Claudio se decidiera a emprender la tarea.
La dirección de las obras correspondió, según
parece, a Narciso, un liberto que actuaba como favorito y secretario de estado
de Claudio, actividades a las que sumó la superintendencia de las obras. El
núcleo principal de éstas debía consistir en un desagüe que vaciaría (o casi)
la laguna hasta donde la técnica lo permitía, llevando las aguas a través de
una galería subterránea de unos 5 600 m, hasta 130 m de profundidad y unos 10 m2
de sección, al río Liri, y de éste al mar Tirreno.
Las obras, que se cuentan entre las más
importantes del Imperio romano, se prolongaron durante 11 años, ocupando a
10.000 hombres, y por fin, en el año 52 llegó la fiesta solemne de la
inauguración, acontecimiento que no dejaron de aprovechas las autoridades para
su mayor honra y gloria (otra cosa que tampoco ha cambiado). Las ceremonias,
para las que fueron transportados gratuitamente varios millares de romanos, se
inició con una Naumachia (batalla
naval simulada), y después, en plena apoteosis fueron abiertas las compuertas.

Faltó mucho al lago para vaciarse (el canal
no se había podido hacer lo
suficientemente profundo), pero aun así quedó un buen pellizco de tierra para
repartir. No está muy claro la proporción desecada, pero ésta debió de moverse
entre un 30 % y un 50 % del lago. Y desde ese momento Roma contó a sus espaldas
con una seguridad que la protegería contra sorpresas bélicas desagradables. Las
generaciones posteriores tuvieron sobradas ocasiones para celebrar la previsión
de Claudio en las numerosas ocasiones en que la propia Roma se vio sitiada por
las oleadas bárbaras.
El caso fue que, tras las acometidas finales
de éstas, en la edad media la obra fue descuidada, el túnel se cegó
progresivamente, y aunque persistió en la memoria colectiva la existencia de un
antiguo desecado, las aguas recuperaron lo que les había sido arrebatado.
Tras varias tentativas desde el siglo XVII se
llegó al XIX, cuando el príncipe Alessandro Torlonia decidió emprender una vez más la tarea, según el
proyecto del ingeniero suizo Franz Mayor de Montricher. ¿Iba a ser menos la Italia en
curso de unificación de lo que había sido el Imperio romano? Bajo la dirección
de Bermont y de Brisse, dos
de los ingenieros más famosos de la época, se emprendió de nuevo la tarea en 1855).
La obra fue comparada a la del canal de Suez,
en curso entonces, tal fue su grandiosidad y dificultades. Y finalmente, en 1875,
nuevamente el lago fue desecado, esta vez recurriendo a túneles subterráneos de
vaciado y a un complejo sistema de conducción de las aguas que desembocaban en
la hoya, según un esquema similar al de los romanos, pero más atrevido
técnicamente, de modo que la totalidad del lago fue desecado. Es sugerente
comparar los geométricos parcelados, apreciables en una fotografía aérea, con
la irregularidad del terreno circundante. A la derecha puede distinguirse la
cercana ciudad de Avezzano.
El desecamiento del lago Fucino
se nos presenta como una odisea a lo largo de la historia entre las fuerzas de
la naturaleza y la constancia del hombre, siempre dispuesto a la modificación
de su entorno, en lucha continua contra la ley de la entropía. Sin duda que el
futuro seguirá aportando más capítulos a esta epopeya gigantesca.
Josep
M. Albaigès
Torredembarra,
sep 05