La condenada Plaça de les Glòries

 

Los años transcurren y sigue sin encontrarse una solución mínimamente digna para esa plaça de les Glòries de Barcelona, que Cerdà había soñado como el centro de la gran conurbación futura. Sobre la cuadrícula del Ensanche, el destino marcado por los urbanistas era claro: la ciudad “noble” se expandiría hacia la “derecha” del Paseo de Gracia (el símil con la rive droite de París está cantado) mediante grandes paseos como el de Sant Joan, que vemos hoy de un ancho desmesurado, convertido además en vía lenta por culpa de la hostil periodificación semafórica. La convergencia de Gran Via, Diagonal y, posteriormente, Meridiana, conformarían un espacio inmenso y mayestático.

Pero la realidad es tozuda, y la ciudad va hacia donde quiere ir, no hacia donde le indican los jugadores de Demiurgo. Las burguesías barcelonesas prefirieron escalar las alturas de una Diagonal en busca de aires más puros y alejados de las humaredas y movimiento del Poble Nou, y la Dreta de l’Eixampla, tras una etapa inicial de edificios representativos, acabó convirtiéndose en residencia de la pequeña burguesía, y, más allá de la soñada plaza, en zona industrial. La puntilla fue la ubicación de los Encants junto al espacio soñado y el encegamiento de la Diagonal, que sólo últimamente ha empezado a romperse.

De todos modos, poco a poco la plaça de les Glòries (de les Glòries Catalanes, por decirlo completo) se fue imponiendo como punto neurálgico de comunicaciones, y había que remodelarla. En los últimos años 60, cuando yo trabajaba en el MOP (Ministerio de Obras Públicas, más tarde también “de Urbanismo”) recuerdo que alguien hizo el proyecto de un futurista paso a varios niveles que conectaba la Gran Via de les Corts Catalanes, la Gran Via Diagonal y la Avinguda Meridiana, y a la sección de Prospecciones se nos adjudicó la misión de estudiar el subsuelo de la plaza para establecer los cimientos de los scalextrics. ¡Madre mía, y cuánta cerámica romana más o menos pulverizada apareció allí! Por no hablar de cañerías y conducciones, la mayor parte abandonadas, que constituían un apasionante pasatiempo ante la dificultad de su identificación.

Aquel proyecto, por cierto, recuerdo que contempló uno de esos casos anecdóticos de imposición centralista, tan de la época. Los ramales se llamaban GD, GM y MD en alusión a las iniciales de las vías que conectaban, pero éstos ostentaban entonces nombres oficiales tan sonoros como Avenida de José Antonio, Avenida del Generalísimo y Gran Vía Meridiana. ¡Pues hubo que cambiar los nombres de los ramales! Pues en Madrid no entendían esas iniciales, incluso las hallaban irrespetuosas, y hubo que rebautizarlos JA-GF, JA-M y M-GF, todo un caso de doctrinarismo franquista. En fin, riamos.

Pero vamos a lo nuestro. Aquellos ramales, bastante complicados por culpa de la doble circulación en cada una de las vías mencionadas, fueron más tarde simplificados al proyectarse el sentido único para la Gran Via y la Diagonal en las cercanías de la plaza (lo que por cierto no se  ha llevado talmente a efecto)… pero el proyecto siguió sin pasar del papel. Transcurrieron los años, el problema del tráfico se “resolvió” mediante soluciones más o menos chapuceras (v. gr., desviando el ascendente de la Meridiana por la calle Aragón) y, como toda solución provisional, la adoptada se mantuvo años y años. Y en algunos aspectos sigue todavía.

La plaça de les Glòries. Foto: Javier Jubierre

Con el tiempo llegaron al ayuntamiento una generación de arquitectos salvadores de la urbe, y empezaron las genialidades. En otros lugares ya hemos hablado el aparcamiento en la avenida de la Catedral, del Cinturón Litoral semienterrado en el Moll de la Fusta, de la plaza Cerdà… pero nos faltaba esa joyita de la plaza, ese tambor en que fue convertida, esa circulación perimetral en que se sube y se baja sin saber muy bien por qué. Obra construida en los años 90 con los mejores criterios de los 70, cuando se había creído que el tráfico circunvalatorio era la solución definitiva y que la ciudad debía someter su cabeza a la cuchilla salvadora del orden social. Curiosamente hoy se han puesto de moda nuevamente los discos giratorios pequeños ante la asfaltización en bola de nieve del país. En la Plaça de les Glòries fue aplicado precisamente este pintoresco criterio en el único lapso en que nadie lo practicaba, y de una forma en que había dejado de hacerse hacía mucho. Un curioso efecto de disintonía.

El famoso tambor, desde el cual los pasajeros del automóvil podían al menos disfrutar vertiginosamente (salvo en los frecuentes atascos) de una vista que valía la pena, era en realidad un espacio muy “aprovechado”. La planta baja era destinada a distintas dependencias municipales, como por ejemplo un herrumbroso y polvoriento depósito de vehículos captados por la grúa, una de las instituciones municipales que se salva de la calificación general de ineficacia. Y completaba el desaguisado un aparcamiento circular en la primera planta, de 300 m de perímetro, en forma de nave única, en la que era casi imposible girar por su estrechez. Para poder evacuar el tráfico entre plantas se recurría a unas chapuceras rampas interiores en las que los coches un poco grandes debían hacer maniobra indefectiblemente. Digamos de paso que el aparcamiento, como era de esperar, acabó siendo un lugar poco seguro, cuyos usuarios temblaban por los efectos que hubieran podido dejar en el interior de sus vehículos, cuandon o por ellos mismos (pese a la cercanía de la policía, pero ésta se mantenía muy ocupada custodiando los vehículos atrapados por la grúa). ¡Incluso el sistema de pago era algo rupestre, con unas colas que se formaban a la salida, originadoras de minicolapsos internos.

Resultan hoy llamativas las declaraciones de algunos jerarcas del ayuntamiento en el sentido de que, en su estado actual, la obra ya está “amortizada”. El caso es que al aparcamiento no pasó nunca, a lo largo de esos catorce años, de un 20 % de ocupación. Si aun así ya está “amortizado”, si ha cumplido tan eficazmente su misión, calculen el negocio de haber llegado a llenarse, si el espacio interior estuviera digno, si la plaza no fuera tomada al asalto por los encanteros-okupas, si el aparcamiento fuera seguro. En fin, seguimos en el país del “sostenella y no enmendalla”.

Seamos justos, no todo es culpa de los que diseñaron la plaza. Los Encants han ido creciendo, y su vista molesta ya, se planea trasladarlos, a lo que se oponen sus concesionarios en uñas y dientes, como se opusieron en su día a ser trasladados aquí. Hombre, es ley de vida. Los mercados de las pulgas no pueden estar en el centro, aunque sea un centro como aquén en que ha parado finalmente la plaza y sus alrededores. Un centro muy poco digno, digámoslo sin vacilar, y que parece lógico remodelar.

¡Por fin el sueño de Cerdà se verá realizado! Diez años pasan pronto, y al final Barcelona empezará a asemejarse a lo que pensó el gran ingeniero.

 

                                                                       Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                       Ingeniero de Caminos

                                                                       Barcelona, marzo 2006