Colosos en llamas

 

Ya va para 35 años que Eduardo Tarragona alertó sobre los peligros en caso de incendio de los primeros rascacielos en Barcelona, que por entonces estaban empezando a destacar en el planiforme paisaje urbano previsto por Ildefons Cerdà para la Ciudad Condal.

Por diversas razones, que merecerían un estudio sociológico detenido, los rascacielos han venido siendo considerados por muchos como el exponente del prestigio de una ciudad. Una estadounidense que participó por esa época en un seminario en Barcelona, nos preguntó a los restantes componentes por el edificio más alto de la ciudad, y nadie supo contestarle. El asombro de la chica fue mayúsculo: no concebía que nadie pudiera ignorar un dato como aquél, que resumía para ella la importancia de la urbe. Pero las cosas han cambiado desde entonces: los poderes municipales no se han mostrado remisos en potenciar los rascacielos, incorporándose al tópico que los identifica con prestigio y recuerda el paso por la alcaldía de de algún prócer que los impulsó o permitió.

Eduardo Tarragona era un diputado en Las Cortes de los del “tercio familiar”, un reducido grupo elegido directamente por el pueblo en los últimos tiempos franquistas, como tímida apertura democrática del régimen. Un subgrupo de esos políticos empezó a promover reuniones por su cuenta, al margen del resto de la representación entonces llamada “digital”, para debatir temas de actualidad en el país. Por los lugares de reunión, que alternaban en la geografía española, pronto fueron llamados “las Cortes trashumantes”, y provocaron primero la suspicacia, después la alarma, de los restantes diputados, adictos al Régimen. La reacción no se hizo esperar, y los pobres “familiares” fueron neutralizados por el sencillo procedimiento de acudir masivamente a sus reuniones para imponerse en ellas con la fuerza del voto y reglamentar inmediatamente tales tipos de encuentros. Pero queda al menos el recuerdo de esos valientes políticos de una época tan difícil

Eduardo Tarragona lanzó desde la prensa (en las Cortes no le hubieran hecho caso) una advertencia: ¿Qué ocurriría en caso de incendio en alguna de las últimas plantas de esos edificios? Las grúas de los bomberos no llegaban más allá de la décima planta como mucho, ¿iban acaso los bomberos a subir a pie por las escaleras veinte pisos arrastrando las mangueras? Parece que tendrían que resignarse, como el resto de los ciudadanos, a la vista del espectáculo de un coloso consumiéndose entre las llamas.

Los diputados trashumantes habían sido reducidos al silencio, pero la sociedad no tuvo más remedio que parar atención a esa voz que clamaba en el desierto. Y empezaron a ser reglamentadas una serie de medidas de prevención para los nuevos edificios EGA (“Edificio de Gran Altura”) que se construyeran en lo sucesivo. La principal de ellas fue la construcción de la llamada “columna seca”, un tubo metálico vertical situado en toda la altura del edificio, con salidas en cada planta. En caso de siniestro se conectaría la toma de la planta baja con el agua a presión de los vehículos o de la red, y ésta ascendería hasta la planta en peligro. Incluso se consiguió proveer de ellas a muchos de los edificios ya construidos, pero a poco más se redujeron las medidas para ellos. Su geometría hacía imposible la adopción de escaleras de salvamento, de puntos de desconexión de la red eléctrica, de vías de evacuación especiales, etc. (y así sigue).

Pero al menos, con el tiempo, los  restantes edificios EGA se han dotado de dispositivos adecuados, presididos por una ley básica: en caso de incendio, un EGA debe ser autosuficiente. Debe contener todos los medios de prevención necesarios, de forma que los bomberos se limiten a accionarlos, dada la imposibilidad de trasladar sus equipos hasta las alturas (salvo, como se ha dicho, el agua). Aparte los elementales extintores, los edificios fueron provistos de sistemas de desconexión eléctrica que desde la calle utilizarían los bomberos, de riego automático mediante sprinklers en las zonas incendiadas, de puertas cortafuegos de cierre hermético en cada planta, de depósitos de agua permanentemente llenos en las plantas intermedias y un sin fin de dispositivos que aumentaron su seguridad.

¡Sin embargo, acaba de verse con el edificio Windsor de Madrid, que esto no se dio en los edificios antiguos, muchos (posiblemente la gran mayoría) de los cuales continúan estando insuficientemente adaptados! No es que no se hubieran producido avisos. El incendio en las últimas plantas del edificio de Autopistas en Barcelona (1993) sirvió para un chusco descubrimiento: el depósito de agua habilitado en la cubierta en cumplimiento de las normas de adaptación estaba casi vacío porque la estructura no aguantaba tanto peso, conque los pobres sprinklers sólo funcionaron un par de minutos. Sólo la pericia del cuerpo de bomberos consiguió que el hecho no acabara en catástrofe.

Volviendo a Madrid, el trágico espectáculo que previó don Eduardo se ha producido al fin, y la prensa informaba, en la noche trágica del Windsor, de los frívolos ocupantes de una discoteca en las cercanías que permanecían en el exterior del local resistiendo meritoriamente el frío, “porque, si se caía el rascacielos, no querían perderse el espectáculo”. Es de suponer que tuvieron que conformarse con los fuegos artificiales, y regresarían a sus casas fastidiados por un hundimiento que los chasqueaba negándose a consumarse.

 

 

¿Por qué no colapsó totalmente la torre, cuando todos recordamos el espectacular derrumbamiento de las Gemelas de Nueva York? La respuesta es muy simple: porque la estructura de los edificios neoyorquinos era metálica, y la del Windsor era de hormigón, que resiste infinitamente más las altas temperaturas. Los 800º de que se habló son tolerados perfectamente por este material constructivo, que protegió del derrumbamiento al edificio, aunque los bomberos, desde las plantas bajas, se limitaban a regar hasta donde podían. Ahí se ha visto que el rascacielos era muy estético, pero defensivamente huero en su interior, como esos decorados para el cine cuya espectacularidad esconde una peligrosa endeblez. Parece que el edificio había sido construido en los años 70, la época de Tarragona, y sólo el análisis de los planos, en cuanto los examinen en el Colegio de Arquitectos,  revelará con cuántas medidas de seguridad estaba dotado. Seguro que serán pocas, y encima, no debieron de funcionar (obviamos por hoy la hipótesis del sabotaje).

Bueno, se preguntará el profano, entonces, ¿por qué no se construyen todos los edificios en hormigón? Y aquí tendremos que volver a la época franquista, cuando la escasez de acero impelió a construir monstruos como el Edificio España (1953) o la Torre de Madrid (1957), en la capital de España. De hecho, los ingenieros tienden a considerar ambos edificios como machadas españolas de la época, como demostraciones de que aquí éramos capaces de imitar lo de otros países con nuestros propios medios.

Y es que el hormigón tiene otros inconvenientes, uno de ellos que precisa mucho más volumen para conseguir la misma resistencia que el acero. ¿Ha estado Vd. alguna vez en los sótanos de la Torre de Madrid, donde se ubica o ubicaba un teatro? Pues conocerá las dimensiones de los pilares que soportan el edificio, cada uno de los cuales mide unos tres metros de ancho. Es claro que, de ser un rascacielos de hormigón lo suficientemente alto, habría que acabar destinando el 100 % de la superficie de su base a los pilares de soporte.

Hay que regresar, pues, al acero, especialmente si éste ya no es tan difícil de conseguir y su precio se ha vuelto más asequible. Pero, ¿cómo resolver el problema de su fragilidad ante un incendio? Una viga, un pilar de acero sometidos a altas temperaturas se curvan y retuercen como la mantequilla. Basta con observar los resultados de algún siniestro de ese tipo sobre los carriles del tren o en un edificio metálico. Los retorcidos restos muestran hasta qué punto el fuego hace frágil y deformable al que es durísimo acero a temperaturas ordinarias.

Bueno, pues ante esto se recurre a poco más que un eufemismo: los elementos metálicos son recubiertos de cemento, de amianto o de pinturas ignífugas, consiguiéndose así lo que se llaman RF (resistencias al fuego) de 30, de 60 o de 120, por los minutos que, con ayuda del protector, puede resistir el acero. Se supone que, sometido al fuego un acero protegido con el nivel 60, el período fatal de 60 minutos dará tiempo a los bomberos para intervenir.

Y así, tranquilizada nuestra conciencia, continuamos construyendo rascacielos. Pero, ¿es realmente cierto lo del número de minutos? Supuesto que el edificio Windsor, en vez de ser de hormigón, hubiera sido metálico, ¿de qué hubiera servido una protección 120, pongamos por caso, si se tardó mucho más en detectar el inicio del incendio? No digamos ya en extinguirlo.

Un punto a revisar, pues. ¿Realmente los sistemas de protección son tan eficientes? ¿No nos habremos librado del molesto tema de la seguridad con meros maquillajes tranquilizadores de conciencia? Estoy seguro de que en los próximos congresos sobre protección al fuego de los EGA (que seguro que llegarán pronto) se examinará también este punto, sin eufemismos, sin tapujos, de forma valiente y realista.

En fin, otra cuestión, ya menor pero también enigmática: ¿Por qué se decidió con tal presteza que la estructura era inservible (incluso antes de analizarla visualmente), y que había que demoler el edificio, pese al elevadísimo costo? Mucho me temo que aquí haya jugado la “rebelión del técnico”, harto de que el político, que es quien al final da la cara, intente transferirle la responsabilidad para curarse él en salud. Hemos visto caso sangrantes como el de un aparcamiento de Sant Adrià de Besós o el de la presa de Tous, en los que afanosamente se buscaba desde el primer momento un chivo expiatorio: el ingeniero de lo que fuere era la víctima ideal, destinada a salvar la cara de los políticos que tenían que rendir cuentas de su gestión.

Por eso no me sorprendería que, en este caso, todos los técnicos hayan preferido, de entrada, votar por la demolición del edificio, pura y simple, antes que correr con el riesgo del intento de aprovechar la estructura, que podría acabar constándoles caro en el futuro. Por remoto que sea el riesgo, vale más transferirlo a otro. Ya que no se puede al político, que sea a la sociedad, que es la que de una manera u otra acabará pagando el desaguisado.

Esta actitud no es más que el reflejo de otra surgida días atrás, cuando otros técnicos decidieron que era más aceptable derribar edificios en El Carmel de Barcelona ante las narices de sus propietarios, que correr un remoto riesgo ante la estructura.

Pero bueno, de eso hablaremos otro día.

 

                                                                        Josep M. Albaigès, febrero 2005