Arquitectura,
una palabra que rima con dictadura
El verano, que depara novedades,
me hizo ir al aeropuerto de Barcelona para recoger a un familiar, que llegaba
del extranjero. Acerté a resolver el problema del parking-laberinto, penetré
en lo que de momento creí un inmenso cuarto de baño, y esperé una hora sentado
en un artilugio sin respaldo más parecido a un potro del tormento que a un
banco. Llegado el familiar, corrió un serio peligro de desnucarse al
descender por unas escaleras resbaladizas y sin pasamanos, tras lo cual carreteamos
sus maletas a lo largo de ochocientos metros sobre un panot de cuyos surcos se
enteraron cumplidamente nuestras manos y costillas a través de las ruedas del
carrito. Aún tuvimos tiempo de contemplar la degradante cola de usuarios del
puente aéreo, practicando estoicismo de intemperie a la espera de algún taxi.
Es inevitable no reflexionar
ante hechos así, especialmente cuando los relacionamos con otras lindezas que el
sufriente más que sufrido usuario de geniales obras arquitectónicas soporta
de unos años a esta parte. Plazas duras, bancos antianatómicos, edículos y
construcciones de pon-y-demuele obligan a preguntarse si ciertos arquitectos no
estarán olvidando su antigua misión de habilitadores de comodidad para adoptar
ante el desvalido usuario de sus obras una arrogante actitud carismático-docente.
"Enseñemos a vivir al hombre nuevo", parece ser la consigna de muchos
perpetradores de desaguisados, que empiezan por divertirse coartando las
necesidades fisiológicas del público de sus modernos bares al situar los
servicios de éstos a hectómetros de distancia. Y acaban, envalentonados ante
las sufrientes pasividades observadas, por condenar a los burgueses
propietarios de algún que otro faraónico conjunto arquitectónico en los
alrededores de Barcelona a la pérdida de su vivienda por ruina pura y simple.
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Tal actitud no se diferencia
mucho de la de cualquier dictadorzuelo, convencido de que el pueblo necesita
ser conducido por rutas imperiales y forjadoras de una nueva humanidad, cuyas
claves, por supuesto, él posee. Mientras tales practicantes de arquitectura cruel
se habían visto obligados a someterse a las decisiones de un libre mercado
dueño de aceptar sus despropósitos o rechazarlos, no hubo temor: el público
no llegó a enterarse siquiera de la existencia de tales salvadores de la
humanidad. Pero ha ocurrido últimamente que, como modernos sacerdotes, algunos
consiguen laparse a las estructuras de un poder tan acomplejado por su
ignorancia como acoquinado por la seguridad desplegada por la nueva casta
clerical, que consigue así de los tímidos políticos un fabuloso campo de
pruebas para cualquier experimento audaz y de enigmáticos resultados: el propio
pueblo. Con lo que la situación adquiere el aire característico de las prerrevolucionarias.
Bien, quizá sea llegada esta hora
de la revolución. En todo caso, valga esta voz de alerta, que espero sea
seguida de otras muchas. A ver si esos arrogantes arquitectos, y sobre todo sus
ingenuos políticos de mecenazgo, se enteran de que el pueblo, sufre. Sí, no se
rían ustedes, ese pueblo en nombre del cual se gobierna. A ver si poco a poco
llegan a intuir todos que los escenarios del vivir humano no se diseñan para
conseguir el aplauso de los grupitos editores de revistas de arquitectura
avanzadas, sino para algo aparentemente más prosaico como dar un poco de
comodidad y calidad de vida.
Por favor, déjennos ser un poco
más felices, aunque sea a costa de algo de ignorancia. Así de sencillo.
Ingeniero
de caminos
Publicado
en Noticias de la Construcción, abril
1992
Nota
a catorce años vista
Me ha
parecido oportuno desenterrar este artículo-protesta, que motivó en su día
cierta conmoción, aunque también la respuesta coincidente de algunos
arquitectos, uno de los cuales abjuraba de sus “colegas-genios”, “para quienes
la vida sólo tiene sentido en función de la Arquitectura, verdadera religión a
la que hay que convertir a la masa irredenta del pueblo. Para ello descienden del
Olimpo de tarde en tarde e instrumentalizan las obras —casi siempre oficiales—
para dar lecciones al ciudadano ignorante de cómo debe vivir, pasear, sentarse,
etc.”
Transcurrida
una década y media, es satisfactorio comprobar que se han corregido muchos de
los excesos aparecidos al socaire de los Juegos Olímpicos. Ya es posible tomar
un taxi en el aeropuerto sin mojarse, por ejemplo. No se sabe, claro, quién ha
pagado la marquesina.
Es
satisfactorio que se haya emprendido un camino de regreso, pero aún queda mucho
por hacer. Por ello no estará de más este recordatorio, que seguro que
interesará en primer lugar a la gran mayoría de los arquitectos profesionales
que sienten su labor como una tarea de servicio y no de dominio a través de las
ideas. La Edad Media ya quedó atrás.
JMAiO, BCN, ene 2006