El aparcamiento para submarinos

 

Corrían los primeros años 70, y muchos españoles empezaban a sentirse fascinados por la incipiente sociedad de consumo que se insinuaba entre urbanizaciones en la playa, torneos de tenis y coches de cilindrada todavía modesta pero creciente. Una nueva sociedad cabalgante sobre el desarrollismo permitía disfrutar y, sobre todo, soñar con tiempos mejores que llegarían de la mano de la creciente productividad y las abundantes horas extras.

Era yo entonces un ingeniero joven, ávido de experiencias vitales y profesionales a través de las cuales iba a progresar y abrirme un nombre en el campo de la técnica. Todavía poco experimentado, mantenía mis ojos muy abiertos a las incesantes posibilidades que la vertiginosamente cambiante sociedad ofrecía. Prestaba mis servicios en una empresa constructora en Barcelona, y empezaba a ver que la actividad profesional no se limitaba al cálculo para el que tan bien nos habían preparado en la Escuela de Caminos, sino que la excelencia estaba formada de vista, intuición y trabajo duro.

Mi empresa fue adjudicataria, a través de la correspondiente subasta, de la construcción de un aparcamiento subterráneo en la plaza del Ayuntamiento de la vecina localidad de Sant Adrià de Besós. Quizá era un tanto solemne dar el calificativo de "plaza” a una explanada desierta, prácticamente en las afueras de la población, donde por supuesto que se aparcaba a placer, pero el alcalde explicaba la incongruencia de construir el aparcamiento antes de que el lugar estuviera poblado (incluso antes de que el futuro nuevo Ayuntamiento fuera edificado) alegando que de esta forma no se estorbaría en el futuro la funcionalidad de la plaza con incómodas obras.

Un tipo curioso ese alcalde, de cuyo nombre no quiero acordarme; le llamaremos Pedrusquete. Se trataba de uno de esos especímenes franquistas elevados por el gobernador civil (así se proveían las alcaldías en la época) a la dignidad rectora municipal sin más méritos que una “inquebrantable fidelidad” (como se decía entonces) al régimen, y un cierto éxito en los negocios atesorado pese o quizás gracias a su sólida incultura. En  realidad, el señor Pedrusquete, autoconvencido de su gran importancia, soñaba en entrar triunfalmente algún día en su despacho municipal a bordo de su automóvil oficial directamente desde la calle, y a tal fin había encargado la previsión de un hueco en el muro de cierre del aparcamiento al proyectista  de la obra, el ingeniero Jiménez, un excelente muchacho que se ganaba  unas pesetillas extra gracias a su pluriempleo municipal.

En aquellos años eran casi sólo concebibles los aparcamientos subterráneos construidos en el subsuelo de la vía pública, ya que la iniciativa privada no se arriesgaba en ese tipo de negocio, condenado al fracaso económico en tanto la posibilidad de aparcar gratis en la calle fuera un hecho (hay que ver como han cambiado los tiempos...). Este tipo de aparcamiento, sólo justificado en las escasas zonas saturadas, era explotado en régimen de concesión administrativa (recordemos que se hallaban en la vía pública, cuya propiedad es intransferible). Promovido bajo el suelo público por la corporación municipal, se establecía un concurso, cuyo ganador se hacía cargo de la construcción y explotación del negocio durante los años que en el pliego de condiciones del concurso se hubieran establecido.

El aparcamiento en Sant Adrià era algo distinto. El Ayuntamiento presidido por el Pedrusquete era consciente de que la explotación de un aparcamiento en una plaza situada donde Cristo dio las tres voces a duras penas iba a atraer la iniciativa privada, y por ello la obra iba a ser financiada directamente por la corporación municipal gracias a un crédito relativamente blando y a muy largo plazo que los buenos oficios del señor alcalde había conseguido de un banco amigazo. De esa forma, él  razonaba, la carga de la financiación de un elemento tan decisivo para el bienestar de la ciudad recaería, con toda justicia, también sobre las futuras generaciones. Ahí es nada, poder presumir de aparcamiento subterráneo, que era algo que hasta el momento sólo había podido permitirse Barcelona, y de paso restregar a los restantes alcaldes del cinturón barcelonés la magna obra. ¡Oh, y cómo se relamía de gusto nuestro buen Pedrusquete, soñando en los aplausos y admiraciones que recibiría por doquier mientras entraba, motorizado y señorial, al edificio que pronto iba también a construir! ¿Quién sabe?... otros alcaldes habían sido promovidos a la poltrona ministerial a fuerza de demostraciones similares.

Me entretengo en esos detalles para mejor comprensión del posterior desarrollo de los acontecimientos. Mi empresa, a quien desde luego traían sin cuidado las ambiciones de Pedrusquete ni la procedencia del dinero, sino sólo construir y cobrar la obra, empezó con ella sin mayores dificultades.

Naturalmente, lo primero era excavar a cielo abierto el volumen del futuro aparcamiento, y pronto se llegó a la profundidad prevista, unos 10 m, y desde el fondo de la excavación se empezó a construir hacia arriba.

Yo me dedicaba, por aquella época, a la revisión y control de las obras de mi empresa, y no dejé de observar un hecho sorprendente: en el fondo de la excavación no aparecía agua, pese a hallarse la cota de aquél a un par de metros bajo el nivel del mar, y ser el terreno, al menos el de la excavación de la obra, claramente arenoso, es decir, permeable, como correspondía a la situación de Sant Adrià, en pleno delta del río Besós. Comentado este hecho con otros colegas, alguno aventuró la existencia de una “barrera impermeable” que impediría la entrada de las aguas freáticas marinas.

 Bueno, el caso fue que la obra se terminó felizmente, y en el día de su solemne apertura, el señor Pedrusquete tuvo otra satisfacción: apretar el botón que ponía en marcha la fuente luminosa que remataba la preciosa plaza construida sobre el aparcamiento. Bueno, en realidad el botoncito no hacía nada, un vigía de mi empresa se encargaba de avisar, en cuanto el alcalde lo pulsó, al controlador de la maquinaria de la fuente para que éste accionara el pesado aparellaje eléctrico que ponía en marcha el surtidor. El bueno del señor Pedrusquete  nunca supo el inocente truco, pero al fin y al cabo se trataba de darle un átomo de felicidad; con Franco y sus inauguraciones de presas ocurría lo mismo. El aparcamiento empezó a funcionar, eso sí, con una asistencia mínima de público (en realidad éste se limitaba a los empleados municipales, que aparcaban gratis), e incluso se empezó poco después con la construcción del edificio del nuevo Ayuntamiento.

Así pasó el tiempo, y un buen mes de septiembre la comarca de Barcelona sufrió una de esas lluvias por gota fría que dejan incomunicados a la gente y dan de qué hablar a los periódicos. Pero en este caso, el habitual fenómeno acarreó una inesperada secuela: en pocas horas, el aparcamiento empezó a llenarse de agua, y ésta inundó completamente la tercera y la segunda planta. Podemos ver en la foto el triste espectáculo de la rampa de bajada totalmente colmatada.

 

 

En aquellos tiempos, dentro de la habitual prohibición de la crítica política, un tenue resquicio era la actuación municipal. ¡Caramba, y cómo aprovechó la prensa el incidente! Los comentarios periodísticos hablaron del “aparcamiento para submarinos” y otras lindezas, desgarrando el corazón del pobre Pedrusquete, que de golpe vio cortado su acceso a las alturas ministeriales (como había dicho uno, “otros más brutos que yo lo han sido”). Para nosotros los ingenieros se imponían dos cosas: en primer lugar averiguar las causas, y en segundo, prevenir el remedio.

Me tocó la primera misión, y mis indagaciones sobre el subsuelo de Sant Adrià proporcionaron inesperadas informaciones. Estaba claro que la entrada de agua se había producido por las juntas entre los muros y a través del suelo (el aparcamiento no estaba concebido como un buque estanco, sino más bien como un edificio), por una brusca elevación del nivel freático (es decir, el nivel de agua subterránea), que se había igualado al del mar. Se aclaró el misterio de la depresión inicial de dicho nivel durante las obras de construcción: en la localidad de Sant Adrià funcionaban muchas empresas que utilizaban agua en gran cantidad, y antes que tomarla de la red de abastecimiento municipal, muchas de ellas preferían, por economía, bombearla desde pozos abiertos ad hoc. Esta succión permanente de agua motivaba una depresión en el nivel freático.

 

Durante las lluvias otoñales, todo el subsuelo quedó inundado, es de suponer que con gran alegría de los dueños de los pozos, que vieron como éstos proporcionaban más caudal, pero con absoluta consternación del señor Pedrusquete y de su equipo de gobierno.

¿Cuál era la solución? Sin duda, construir una red de drenaje en el subsuelo capaz de evacuar el agua cuando volviera a producirse una entrada de ésta, pero para ello era preciso esperar a que el aparcamiento estuviera “despejado”, o, dicho de otra manera, que el nivel de agua descendiera, impulsado por las activas bombas de las industrias. Y esto llevaría cierto tiempo.

Un tiempo en el que era presumible que la prensa, a falta de otros escándalos, siguiera entreteniéndose con el aparcamiento para submarinos. ¿Qué hacer mientras tanto?

He hablado antes de los objetivos de los técnicos ante la situación. Pero los de los políticos eran otros. Como es costumbre en su actuación, se imponía hallar ante todo un chivo expiatorio, y demostrar con él una energía que les reconciliara ante los ciudadanos.

Mi empresa se había limitado a ejecutar el aparcamiento diseñado por el pobre Jiménez, conque, como no podía ser de otra manera, el pobre muchacho fue el elegido. Se inició una caza del hombre, la más abominable que he visto en mi vida. Jiménez, expuesto en la picota, fue procesado por el ayuntamiento, obligado a comparecer sesión tras sesión para sufrir la mayor ristra de acusaciones e improperios, y a emitir informe tras informe sobre las causas y la evolución futura de la obra. Los diligentes abogados municipales se ocuparon de amenazarlo con proceder contra su patrimonio personal para enjugar las pérdidas por la inundación “y el lucro cesante” por la explotación (!). Se le obligó a ir diariamente al aparcamiento “a tomar nota del nivel” para tener puntualmente informado al Ayuntamiento.

Jiménez pasó la mayor depresión de su vida, y los que estábamos próximos a él vimos que estaba pensando seriamente en suicidarse por el asunto, de manera que nos ocupamos de su ayuda dentro de nuestras posibilidades. Aunque a veces se diga lo contrario, también las empresas tienen alma, y la mía demostró bastante más que la corporación municipal, ayudando al pobre muchacho en todo momento, confeccionando esos informes y ocupándose, aunque ninguna obligación legal la asistía para ello. Se llegó a contratar hombres rana para que extrajeran del fondo de las aguas algún material y maquinaria antes de que se deteriorara definitivamente.

Las cosas permanecieron en esa situación durante un año largo, al punto de que llegamos a temer que el nuevo nivel de las aguas sería permanente, y de pronto, un buen día, éste empezó a descender. A un ritmo de tres o cuatro centímetros diarios, en poco más de un par de meses el aparcamiento quedó seco otra vez y pudo procederse a la ejecución de la red de drenaje en previsión de que no se repitiera la catastrófica experiencia.

Y efectivamente, no se ha repetido desde entonces… porque el nivel freático no ha vuelto a elevarse. Realmente, también fue mala suerte que ocurriera en aquella época un acontecimiento que al parecer e s tan raro.

Con el tiempo, Jiménez olvidó su pesadilla, y consiguió situarse muy satisfactoriamente en la nueva empresa que se apresuró a buscar. ¿Qué habrá sido del señor Pedrusquete? No lo sé, pero sí sé qué ha sido del aparcamiento. Hace un par de meses, aprovechando una visita a Sant Adrià, se me ocurrió visitarlo, para desconsolarme viendo que la obra está deteriorada, vieja, polvorienta, despintada y oxidada. El aparcamiento sigue medio vacío (una planta estaba permanentemente cerrada), y es fácil deducir que haber gastado el dinero en él equivalía a tirarlo a esa agua inundadora. No tuve más remedio que preguntarme por qué seguimos consintiendo en dejar para los políticos una cosa tan importante como es la política.

 

                                                                           Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                           Ingeniero de Caminos

                                                                           Barcelona, julio 2005