ANONIMATO
Hace unos meses (marzo del pasado año, nº. 258) tuve
la enorme satisfacción de ver publicado el artículo «Vedettes» en la
sección La Voz del Colegiado de nuestro Boletín. Escrito por mi padre,
médico, era de principio a fin una loa al ingeniero de caminos, canales y
puertos cuya entidad, escandalosamente anónima,
oponía a la del arquitecto siempre en el candelero. En ella esbozaba un
análisis acerca de los motivos de ello entre los que descuellan de un lado la
petulancia, con excepciones, de unos, los arquitectos, y el talante modesto de
otros, los ingenieros. Bien está si así se quiere, pero los que piensan de este
modo no caen en la cuenta de que este estado de cosas no es sino la fase actual
de un proceso de arrumbamiento gradual de la profesión. Un ejemplo: resulta
bochornoso, ofende, que en un catálogo publicitario de las obras de una
conocida empresa de construcciones metálicas, por sistema, no figure con nombre
y apellidos el autor de tal o cual obra y sí, por sistema, cuando se trata de
un arquitecto. ¿Por qué? Evidentemente por la ya tradicional subordinación del
ingeniero que en este camino de marginación progresiva, ciego de modestia, no
ve que hasta realizaciones absolutamente ingenieriles son presentadas como
obras arquitectónicas. ¿Debo poner ejemplos…? Créanme de este tema entiendo
como pocos por mi padre. Soy hijo de médico fisiopatólogo (eso que por ahí
denominan médico de UVI) del Sistema Público de Salud; el único aceptable para
muchos de nosotros que entendemos recto, ético, juicioso no hacer depender de
la ley de oferta y demanda el coste de los servicios médicos. Máxime cuando no
existe para el enfermo y sus familiares libertad de opción: ¿es preciso decir
que por la salud de un ser querido daríamos hasta la vida? ¡Cuánto más la
hacienda! Aceptaron pues unas servidumbres,
las propias de la estatalización médica; de profesionales liberales
pasaron a ser profesionales asalariados y, ciegos de modestia, llevados de
filantropía, cuando no de cristiano amor al prójimo, no habiendo hecho figurar
y aceptar por la Administración en el
contrato de compraventa de su libertad las debidas cláusulas de seguridad, hoy
están donde se encuentran: omitiré la enumeración de sus quejas que, por otra
parte, ya todo el mundo conoce; entre otras cosas porque la producción
desaforada de nuestras facultades de Medicina da para que muchas familias
cuenten con un médico entre sus integrantes. A propósito: ¿sucederá lo mismo
con la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos?
No es esto pues lo que deseo para nuestra profesión: subordinación anónima con la consiguiente marginación y olvido pero si no se aprende de otros, si no se escarmienta en cabeza ajena, el deterioro de la profesión será imparable y siempre en beneficio de los mismos. Permítanme recordarles ahora lo que ha sucedido, está sucediendo, con los psicólogos: los psiquiatras han permitido que se sienten a su lado y mucho me temo que pronto sean desplazados por aquellos: ¿sabe alguien para qué sirve un psiquiatra? Y aún otro ejemplo: los farmacéuticos han sabido hacer valer sus intereses hasta el punto de hacer imposible el estatalismo farmacéutico. ¿Por qué? ¿No sería justo y adecuado al interés estatal que existieran dispensarios públicos de medicinas con el ahorro consiguiente? Evidentemente sí, pero el ahorro en los salarios de los médicos lo permite. Vean con estos ejemplos como el interés de unos profesionales repercute negativamente en otros.
Por fin, si esto escribo no es porque esté contra la
renuncia y la abnegación, pero siempre compartida. Concédanme, por último, que
me apoye en Nietzsche, quien afirmaba que «El prójimo alaba el desinterés
porque recoge sus efectos» (La Gaya Ciencia).
Atentamente:
ALEJANDRO LUZ IVARS G. DE TRAVECEDO, Ingeniero de
Caminos
Publicado en
La Voz del Colegiado (órgano del Colegio de Ingenieros de Caminos) n.º
275, octubre 2004