ALTIUS
Citius, altius, fortius, dice el aforismo latino: “más rápido, más alto, más fuerte”. La carrera moderna por la segunda de esas cualidades en edificios empezaba en 1902 con la inauguración del edificio Flatiron, en Nueva York. Veinte plantas y 87 m de altura, que no suponían la mayor de la tierra (muchas catedrales la sobrepasaban, por no hablar de la Torre Eiffel), pero en la que empezaba a jugar un nuevo material, el acero, que pronto demostraría sus inmensas posibilidades.
En
1913 el edificio Woolworth, en el mismo New York, alcanzaba los 240 m. A
finales de la década siguiente se entablaría la terrible lucha entre el Bank of Manhattan y el Chrysler Building, que ganaba éste por unos metros y casi por
trampa, añadiendo una larga antena de 56 m a la cubierta, que alcanzaba así los
319. Era el año 1930.
Poco
duraría el récord: el Empire State Building, calificado de “octava maravilla del mundo”,
elevaba su inmensa mole de 381 m en el año siguiente, sobrepasando por primera
vez la Torre Eiffel, en París. Parecía algo
insuperable, y en efecto el récord de altura permaneció incólume durante más de
cuarenta años. Pero en 1973 se erigían en la misma ciudad las torres gemelas
del World Trade
Center, y el récord se elevaba a 423 m.
Nueva
York tuvo que ver en los años siguientes como el
récord mundial pasaba a otras ciudades. Primero fue la Torre Sears, en Chicago (443 m), después las Torres Petronas (452 m), en Kuala Lumpur,
que inauguradas en 1998 permanecen todavía medio vacías, y finalmente el
edificio Bamboo,
que con sus 508 m previstos será el nuevo récord mundial. ¿Por cuánto tiempo? A
fin de cuentas ésta tiene ya bastante avanzado el Mori Building en Shangai.

La
erección de edificios cada vez más altos es un desafío técnico cuya dificultad
crece en progresión más que geométrica, y que sólo el afán de prestigio puede
explicar de alguna manera.
Examinemos
brevemente las principales dificultades técnicas, pensando en la escala en que
se mueven los esfuerzos que debe resistir el edificio. Cada pilar debe soportar
el peso de todas las plantas que tiene encima, y cada una puede alcanzar los
2000 Kg/m2 (ya que la estructura es
lógicamente pesada). Así, la sección resistente debe aumentar al acercarse al
suelo, y llegaría un momento en que los pilares llenarían toda la planta. Esto
casi ocurre en la Torre de Madrid, rascacielos de unas 35 plantas construido en
épocas autárquicas por pura cabezonería en hormigón armado, material menos
resistente que el acero, aunque escaseaba éste. Los pilares en la planta sótano
tienen un ancho de más de 3 m, y casi llenaban la platea de un antiguo teatro
ubicado en ella.
Para
hacernos una idea, el peso propio más cargas de un edificio de 100 plantas
producirán sobre el suelo, en un edificio de 100 plantas, una presión de unas
200 Tm/m2. Aun reposando el edificio sobre
una placa de todo su ancho, las presiones sobre el suelo son enormes, y sólo
son absorbibles por una fuerte roca.
Pero,
con ser el peso del edificio importante, a partir de ciertas alturas el
esfuerzo por excelencia que hay que resistir es el del viento. La presión de
éste aumenta con la superficie del edificio, pero el momento volcador aumenta también con la altura. Con lo que la
fuerza resulta ser proporcional al cuadrado de ésta. La presión del viento
sobre 1 m2 de superficie exterior puede llegar a unos 60 kg/m2, y la resultante de las fuerzas que actúan
sobre el edificio puede quedar casi fuera de su base.
El
acero resuelve todas estas dificultades, pero a costa de unas cantidades por
metro cuadrado realmente altas, que aumentan sobremanera el coste del edificio.
Durante la construcción, todo el acero y restantes materiales (sin olvidar las
personas que en él trabajan) deben ser elevados a grandes distancias del suelo,
con fuertes inversiones en tiempo. Ya funcionando, el proceso sigue. Por
referirnos a sólo un aspecto, un edificio como el Bambú, que albergará a 20.000
personas, necesitará un aporte diario de agua de unos 10.000 m3, que
hay que elevar a enormes alturas, para lo que hay que disponer tuberías de una
gran sección y resistencia (presiones de 50 atmósferas). Pensemos en el fuel,
los alimentos, los materiales de trabajo y tantos y tantos elementos con que
hay que alimentar diariamente al monstruo. No hablemos de la eliminación de
aguas residuales, desperdicios, etc.
¡Y,
con todo, no son estos puntos los que fijan el límite alcanzable en altura! La
verdadera dificultad está en el transporte vertical. El número de personas
crece lógicamente con la altura, pero como el recorrido de éstas lo hace
también, resulta que el número de ascensores necesarios (y por tanto la
superficie interior del rascacielos dedicada a ellos) crece con el cuadrado de la altura. Pronto llegaría
un momento en que el 100 % de superficie debería estar ocupada por los
ascensores.
Este
límite ya se presentaba en los edificios del difunto World Trade Center,
y sólo pudo resolverse con ascensores ultrarrápidos (velocidades de unos 10
m/s, comparémoslas con las de un elevador ordinario, que va a 1 m/s), y una
organización muy estudiada del transporte vertical, similar a la de un país,
con ascensores rápidos “directos”, “de cercanías”, de plantas de “distribución”
de tráfico, etc.
¿Hasta
dónde llegará el afán por levantar edificios cada vez más altos? Nadie lo sabe:
en los manuales de ciencia ficción se especula con alturas kilométricas, pero,
¿es realmente necesario este alejamiento de la superficie terrestre? Quizá
llegue día en que una persona nazca, viva y muera sin salir de uno de estos
edificios... salvo para ser trasladada al cementerio (¿o tendrán el suyo
también?).