LAS
MARAVILLAS DE LA INFORMÁTICA
Si hemos de hacer caso a la prensa, gracias a la informática hemos entrado en una nueva era. A partir de ahora circularemos felices por las autopistas de la información para entrar en la aldea global, cuyos problemas podrán ser resueltos de manera eficaz y definitiva gracias a ese nuevo elemento que ha pasado a condicionar nuestras vidas.
Como simple usuario informático, que no sé más de mi ordenador de lo que un usuario de un automóvil sabe de dámpers, distribuidores electrónicos de encendido y automatismo de los frenos ABS (a pesar de lo cual llega felizmente a su destino), la verdad es que la informática ha supuesto por ahora la aparición de muchos problemas en mi vida, ante los cuales se encogen de hombres sus carismáticos gurús.
No hablemos de las cosas tan curiosas que hace el ordenador por sí solo: de repente cambia el tipo de letra, o el color del fondo de la pantalla, o simplemente se apaga. Al parecer, muchas de estas incidencias están motivadas en operaciones levemente erróneas: si al marcar la r, por ejemplo, tocáis levemente la t que está a su lado, resulta que el tecleado r+t ocasiona automáticamente la aparición de un cuadro de diálogo que llena la pantalla preguntando si queremos introducir una tabla numérica, formatear todo el ordenador o conectarnos directamente a Internet. A menudo, la única forma que el desesperado usuario tiene para salir del laberinto en que le ha metido una incontrolada pulsación de teclas es apagar el ordenador.
Pero a veces no es necesario siquiera cometer errores. Haciendo muy bien una cosa que se había hecho centenares de veces, de pronto aparece un letrero advirtiendo “Operación imposible. Desea desconectarse?” Menos mal si el problema termina simplemente eligiendo “No”, porque a veces, al marcarlo, un nuevo letrero advierte: “Imposible abandonar la operación si antes no se ha reconfigurado el puerto de los buses paralelos”.
Otra molesta costumbre del ordenador es colgarse sin motivo aparente. De repente la pantalla se congela, y como mucho, aparece un mensaje del estilo: “Error número 1456332.064F”, con lo cual me quedo perfectamente enterado de lo que ocurre. A veces, magnánimamente, el mensaje añade: “Si persiste el error, contacte con su técnico”.
Ya me tenéis pues contactando con el técnico. Si queréis que vaya a vuestra casa, la tarifa suelen ser unas 50 €/hora (IVA aparte), tiempo de desplazamiento incluido. Primera sorpresa: no sabía que era preciso ser millonario para beneficiarse de las maravillas de la informática. Conque decido desconectar la UPC para llevarla al taller. Que nadie piense que esto es fácil: el amasijo de cables que conectan el ordenador con los “periféricos” es de tal envergadura, que sólo con mucha paciencia sabremos restituir cada uno a su lugar cuando consigamos recuperar nuestra máquina.
Bueno, conque por fin conseguimos desenganchar la UPC, cargarla a brazos en el coche y llevarla la taller. Allí aparecerá un técnico, a menudo con pendientes en las orejas o la nariz (en todo caso, es fácilmente reconocible por su leve aire de superioridad), y absolutamente indiferente ante nuestro grave problema. A fin de cuentas son muchos usuarios los que llegan diariamente, y la mayoría están dispuestos a sufrir las mayores humillaciones para congraciarse con este sumo sacerdote de la informática. Esto me recuerda mucho el mecánico de los talleres de automóviles en épocas pasadas, cuando por un quítame allá esas pajas el motor se quedaba parado y había que acudir al taller empujando o remolcado por un amigo, pues la grúa era muy cara.
En todo caso, no os impacientéis si en el taller tardan varios días en reparar vuestra UPC: tienen mucho trabajo siempre. En algunos llegan a poner un teléfono 806 simplemente para atender a los que, impacientes, tienen la osadía de preguntar si la reparación está a punto o no (lo he vivido). Justo castigo a su importunidad.
Cuando al fin recuperéis vuestra máquina, a emprender el proceso inverso y a esperar que tarde lo más posible en estropearse nuevamente. Si simplemente se había fundido la fuente de alimentación, con 60 € de nada saldréis del paso, si era un contacto o un cable interno el que había que sustituir, a lo mejor son 100, ó 200, ó.... Y el caso es que no parecen a primera vista tan difíciles de detectar esos errores, pero los técnicos han estudiado mucho y deben ser compensados.
No es por azar que en un par de ocasiones he comparado el ordenador con el antiguo automóvil. Y es que creo que la situación actual es totalmente comparable a la de los venerables coches de hace medio siglo. Por aquella época ya se alcanzaban más o menos las velocidades actuales, pero ni la red de comunicaciones estaba en condiciones de soportarlas ni, sobre todo, algunas instalaciones del automóvil, fundamentalmente la seguridad, estaban en las condiciones que hoy se le exigen. Las ruedas se pinchaban con frecuencia, cuando no reventaban, los platinos se desajustaban a cada momento, los frenos se calentaban, los cristales, en caso de choques, se astillaban, convirtiéndose en feroces cuchillas que degollaban sin más a los ocupantes del vehículo.
Todos estos problemas se ha ido corrigiendo con el tiempo, y hoy los coches son razonablemente seguros. Pero, ¿y los ordenadores? ¡Ay! Quizás haya que esperar otro medio siglo para que el usuario del ordenador se sienta también “seguro”. Por ahora parece que la máxima prioridad continúa siendo abaratar el gigabyte, pero, ¿para qué lo queremos los humildes poseedores de PC que sólo lo usamos como un instrumento auxiliar? Pero hombre, si lo único que deseamos es poder estar seguros de que vamos a terminar hoy la carta que empezamos.
Sí, quizá nuestra sociedad se ha lanzado a depender de la informática un tanto precipitadamente, sin estar seguros del todo de que realmente funciona. Los cajeros de los bancos se estropean más a menudo de lo que sería de desear, los errores en las facturas abundan (¿Errores? ¡Vade retro!, el ordenador nunca se equivoca, nos dirán). Reciente todavía el pánico de la entrada en el 2000, ¿no sería hora de que los creadores informáticos pusieran un poco de empeño en hacer que sus criaturas no cometan de verdad errores? Y que no me digan que me pase al Linux, o al Mac, o viceversa: esto requiere demasiado tiempo, y lo necesito para ganarme a vida.
Señor Gates, ¿se apiadará Vd. de mis problemas? Queda lanzada la botella al mar.
Josep M. Albaigès i Olivart
Salou, agosto 2001