AVENTURAS Y DESVENTURAS DEL GAFE T.

 

¿Existen los gafes? En la FCI, a fuer de científicos, deberíamos negarlo. Pero, como personas abiertas a cualquier manifestación, estamos obligados a acercarnos al “fenómeno” con la mente libre de prejuicios.

Eso voy a hacer en ese articulillo, que destino a que no se pierdan en los abismos del olvido las desventuras de un conocido de mi época estudiantil al que llamaremos T. Doy mi palabra de que todo lo que sigue se contaba y juraba en mi ambiente, aunque no lo he visto. Pero docenas de testigos estaban dispuestos entonces a jurarlo. De todos modos, no se ocultarán a los lectores las analogías con otros relatos que entran en el apartado de leyendas urbanas.

El caso es que el muchacho tenía tal fama de gafe, que los estudiantes en el Colegio Mayor donde ambos residíamos en Madrid le rehuían. Si uno le saludaba al irse a examinar, suspendía seguro. Otro le enseñó la Vespa que acababa de comprarse: no había recorrido cien metros, cuando se cayó, rompiéndose una pierna.

En una ocasión se tropezó durante el desayuno con un compañero que iba apuntes y carpeta en ristre a la vecina Facultad.

—¿Qué, vas a examinarte? —le preguntó T.

—Iba —dijo el otro, y se volvió a la habitación, renunciando.

Con todo, su mayor hazaña la realizó en un viaje a Barcelona.

—Chicos, he estado en el puerto —dijo—, y allí vi el trasatlántico Andrea Doria. ¡Qué bonito!

A los pocos días la hermosa embarcación se hundía. Ha sido el último gran naufragio de los tiempos modernos en un buque de pasajeros.

La fama de T. creció como bola de nieve, hasta tal punto que todos los colegiales le rehuían, y el pobre chico acabó llevando una vida solitaria y miserable. Hasta que un día el capellán del Colegio decidió intervenir en la capilla, aprovechando el sermón de la misa dominical.

—Parece mentira —tronó, entre otras cosas— que unos chicos cultos como vosotros hagáis el vacío a un compañero, todo por ridículas supersticiones que deberíais despreciar...

A la salida de la misa, el cura se encontró con T. en el vestíbulo del Colegio.

—¿Qué, muchacho? ¿Vas arriba a estudiar?

—Sí, padre —dijo T.—, que tras el sermón no cabía en su piel de gozo.

Apenas el ascensor había ascendido un par de metros, se rompió algo. Tres horas estuvieron ambos encerrados entre piso y piso hasta que los rescataron.

T. fue protagonista de otras anécdotas de tipo fisiológico, que no cuento aquí. El caso es que hace años que no sé de él. Igual se está ganando la vida aplicando su fario a sueldo de esos equipos de fútbol de tercera, que desean gafar al contrario.

¿Alguien quiere hacerse cargo en la FCI (Facultad de Ciencias Inútiles) de la cátedra de cenizología?

 

                                                                       Josep M. Albaigès, febrero 2002