LOS
SAGINEROS
Éste era el nombre que mi
suegra daba a unos supuestos secuestradores de niños, allá por su niñez
(primeros años de este siglo). El grito “¡Que vienen los sagineros!” era equivalente a la llamada al coco o al hombre del
saco: suficiente para que los niños, aterrorizados, se metieran en casa
enseguida.
La palabra sagineros es, por cierto, una curiosa
mezcla de catalán (sagí, ‘grasa’) y
castellano. ¿De dónde procedía? Me atrevo a emitir la hipótesis de que
entroncaba con una antigua y absurda creencia propalada por los opositores de
los primeros ferrocarriles, a mediados del siglo XIX. Según ella, el unto que
servía para lubricar el recorrido del émbolo de la locomotora era ¡grasa de
niños sacrificados! Por lo visto, los sagineros
serían los encargados de proveer el suministro de la siniestra materia prima
para el material rodante.
Personalmente también me
tocó ser asustado en mi infancia con unas repetidas referencias a los coches “de la sang”, que según algunos zoquetes
recorrían las entonces casi desiertas carreteras en busca de niños a quienes
degollar. Tengo para mí que esta otra necia creencia derivaba de la época de la
tuberculosis, enfermedad frecuente a principios de siglo, en la que las
pérdidas sanguíneas son frecuentes. Y quizá guarde también relación con las
leyendas que circulaban en el vulgo sobre la hemofilia que sufrían algunos
infantes reales españoles, descendientes de la reina Victoria de Inglaterra,
enfermedad que además de obligar a acolchar los árboles de los jardines palaciegos
requeriría una reserva permanente de sangre en previsión de cualquier heridita.
La ancestral ignorancia del país, combinada con el furibundo ambiente
antimonárquico de los años 20 debió de ser el cultivo apropiado para estos
increíbles bulos.
Ambas creencias tienen algo
en común: la propensión a la tragedia propia de la gente primaria, que, en la incapacidad de
formarse una imagen razonable del mundo y los mecanismos que lo rigen, tiende a
emitir esperpénticas hipótesis explicativas con fuertes efectos teatrales. El
resto lo pone la ignorancia, satisfecha por la sencillez de las explicaciones
que se le ofrecen para fenómenos complejos cuya resolución no entra en todas
las entendederas.
¿Es esto aplicable a este
pórtico del siglo XXI? Me temo que todavía sí. Desaparecida la fe religiosa
tradicional en mucha gente, resurge toda una panoplia de explicaciones del
mundo de tipo “analógico”, a partir de conceptos primitivos pero jugosos. ¿Que
hay guerras en África? Se trata de una siniestra conspiración de los
fabricantes de armas para hacer negocio. ¿Que se incendian los bosques? Son los
propietarios, deseosos de que se recalifiquen los terrenos. En cierto modo, es
como volver a las viejas teorías sobre el “amor” y el “odio” latentes entre la
bolita de ámbar y el pedazo de vidrio, sin duda mucho más fáciles de entender
que las explicaciones basadas en las cargas eléctricas positivas y negativas.
Lo malo de esas creencias es
que, a medida que ganan aceptación, no se conforman con estar confinadas en el
rincón de la chismología popular y cobran alas tremendistas, especialmente si
son sometidas a esa veneración estúpida que se les tributa por los media actuales.
Y es que el procedimiento
tradicional del hechicero para aumentar su poder por el vulgo es la atemorización
mediante leyendas variadas, desde los aojamientos a las penas del infierno. A
medida que los modernos brujos ganan credibilidad, mantienen ese miedo de forma
cada vez más atrevida. Pueden limitarse en un principio a exigir de sus adeptos
el sometimiento a ceremonias ridículas y humillantes, como rezar tres
padrenuestros para hallar un objeto perdido o que una mujer se pasee desnuda en
una noche de luna llena para conseguir la fertilidad, pero pronto se pasa a
medidas más cruentas, como exigir el sacrificio de animales para husmear en sus
entrañas buscando pronósticos de futuro. No hace falta comentar a dónde puede
conducir este camino: recientes están los casos de suicidios colectivos de los
seguidores de determinadas sectas religiosas.
No quiero dejar de expresar
mi alarma contra esta situación. Mientras los magos son mantenidos por la sociedad en el rincón
que les corresponde, no hay demasiado peligro en la pervivencia de sus ideas.
La alarma puede surgir cuando esos ignorantes,
convertidos en diosecillos por obra y gracia de la estulticia de un
público en condiciones de pagar y unos administradores poco escrupulosos de los
cauces de información pública, acaban poseyendo un poder de cuyos resultados
tenemos abundantes y lastimosas muestras en la historia.
Barcelona, nov 98