VOLVERÁ
REY DE PRIMAVERA
En mis años sesenta de estudiante, ya superados aquellos más lejanos aún de la postguerra, conversaba un día con un furibundo camisa vieja falangista, ex combatiente y, como tal, detentador de su parte del botín guerrero en forma de sustanciosa sinecura. Se hablaba de la “monarquía social”, rollo de moda en la época en los ambientes universitarios, y ante mis reservas juveniles el quídam la refrendó entusiásticamente.
—¡Quien no es monárquico, no es buen falangista!—aseveró, en un tono que no admitía réplica.
—¿Cómo es eso? —me atreví a inquirirle, sorprendido.
—Incluso nuestro propio himno lo dice: “Volverá rey de primavera”.
Mi estupefacción dura todavía. No es que el Cara al sol no conociera deformaciones, como cualquier canción aprendida al oído. Mucha gente decía “Imposible el alemán” por “Impasible el ademán”, conque la antedicha tenía incluso gracia[1]. ¡Pero el caso era que ese hombre había luchado, seguramente había matado, por algo que él mismo no entendía!
Pero no era de eso de lo que quería hablar, si bien el tema da de sí para otro artículo. Las palabras que hoy evoco del ingenuo camisa vieja me han hecho pensar en aquella época de cambios y sucedáneos. No sé si en todos los países sometidos a carestías y racionamientos postbélicos han conocido similares muestras de ingenio de sus moradores, pero en España se supo rizar el rizo para hacerse la ilusión de continuar disfrutando de las comodidades a que se estaba acostumbrado en el período “de antes de la guerra”, latiguillo mítico que yo oía repetir una y otra vez, alusión a alguna Arcadia feliz ya irremisiblemente perdida. En un país subdesarrollado el público nunca ha conocido tiempos mejores y por ello no puede añorarlos, pero el caso español era distinto. Los sobrevivientes del desastre bélico se aferraban con desespero a las antiguas comodidades, creo yo que más por afán de preservación de su dignidad que por necesidad real de ellas. Y, de la misma forma que el personaje italiano (también postbélico) de la película Pan, amor y fantasía suplía con ésta el espacio entre las lonchas de pan del bocadillo, el español lo hacía con ingenio.
¿Puede concebirse invento más ingenioso que el gasógeno? Ésta fue la respuesta española a la escasez de gasolina. Los automóviles y aun los camiones funcionaban con un curioso cachivache, un cilindro de un metro de alto por treinta centímetros de diámetro más o menos, adosado verticalmente a la cabina del conductor por fuera, que se llenaba de orujo, carbón o incluso leña. Este combustible, en virtud de una combustión incompleta, producía monóxido de carbono, el cual era hecho pasar a los cilindros del vehículo para que éste anduviese. He oído que también se usó el artilugio más tarde para los taxis en Brasil y en algún otro país sudamericano, con la variante de que iba alojado en el portapaquetes (¡como las bombonas de butano de nuestros taxis hasta no hace mucho!), para desesperación de los pasajeros, que no sabían dónde colocar sus maletas.
Pues, ¿y el café-café? Inencontrable ese líquido mágico “que hervía Pombo”, al decir de Mesonero Romanos[2], se recurría a malta, achicoria y otros substitutos que proclamaban orgullosamente a los cuatro vientos la autenticidad de aquello que falsificaban. El público, hastiado de que le dieran gato por liebre, se acostumbró a llamar “café-café” al de verdad, y así acabaron anunciándolo los pocos establecimientos que de él disponían. No faltaron chungos que hablaron entonces del malta-malta como contraposición a la bebida tan buscada.
Y es que en tema alimentario, las imitaciones llegaban a unos extremos difícilmente imaginables. En las tiendas de comestibles se vendían unos botellines del tamaño de una caja de cerillas cuyas etiquetas proclamaban pomposamente “Coñac”, “Anís”, “Crema de cacao” y todos los licores imaginables. Con ellas era muy fácil fabricarlos caseramente: unas determinadas proporciones de agua, alcohol, azúcar, alguna que otra especie o hierba fácilmente encontrable, el botellín mágico, y ¡a beber! En el suculento mundo del chocolate alguien había descubierto que determinadas combinaciones con algarroba, remolacha y otros mejunjes daban un sabor vagamente parecido, y así salían unas extrañas marcas, como una que recuerdo, la San Isidro, que se veía obligada a proclamar en los envases: “Autorizado”, se supone que para prevenir denuncias ante la Jefatura de Sanidad. No hablemos del tabaco: ni Linneo soñó jamás con el surtido diabólico de plantas que secadas pueden echar humo.
Pues, ¿y en los textos
literarios? ¡Ahí se inventó el reciclaje, del que hoy tanto se habla! Conservo
todavía, en uno de mis libros escolares, el célebre soneto de Hernando de Acuña
dedicado a
…un
Monarca, un Imperio y una Espada.
Había sido substituida por
…un
Caudillo, un Imperio y una Espada.
Claro está que, de todos modos, los peores sucedáneos se daban en las instituciones políticas. Como es bien sabido, España era una “democracia orgánica”, esto es, cuya representación se obtenía no mediante el sufragio universal (“inorgánico”), sino a través de las instituciones (dictadura vertebrada la llama Umbral). Como éstas eran creadas por un Estado que, en orgullosa manifestación de sus jerarcas, “se sucedía a sí mismo”, la pescadilla se pegaba así una feroz dentellada caudal, y en la práctica la expresión “democracia orgánica” pasaba a significar “autoelección”. Así, las estatuas aplaudientes que se reunían en Las Cortes funcionaban por el principio de lo que ya entonces se denominaba “representación digital”[3]. El país tenía un simulacro de Constitución en lo que se llamaban “Documentos fundamentales” unos esperpentos de títulos tan enfadosos como “Fuero del Trabajo”, “Ley de la Sucesión a la Jefatura del Estado” y unos cuantos más, que pretendían suplir un vacío ideológico que la Falange, demasiado ansiosa por la captación de prebendas, no había sido capaz de llenar.
Sí, el ingenio de los inventores españoles no tenía límite. En aquellos años vimos desfilar las radios sin pilas, el motor de agua, la Colram-visión (¡en color con emisoras de blanco y negro!), el hormigón armado con paja, los petromax (iluminación con petróleo para los días de restricción eléctrica), y tantos otros artilugios que, al menos, demostraron la cantidad de recursos que sabe poner en juego un país cuando la necesidad le acucia. No cabe duda de que, si volvieran estas épocas de penuria, las nuevas generaciones, portadores de los mismos genes que las antiguas, sabrían resolverlas con idéntica generosidad, ingenio y espíritu de sacrificio.
Josep M. Albaigès
Salou, septiembre 1997
[1] El himno falangista Cara al sol dice:
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Volverá a reír la primavera,
que por tierra, cielo y mar se espera.
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[2] Aprovecho para contar un célebre chiste que corrió por la época. Un buen hombre, fascinado ante el rótulo “AY CAFÉ” que exhibe un bar, entra y pide “un café”, quedando muy sorprendido cuando el camarero le dice que no tienen. “¡Cómo! ¿Y el letrero?”, inquiere indignado. “Amigo mío, allí no dice ‘Hay café’, sino ‘¡Ay, café!’, en recuerdo de los buenos tiempos”.
4 Esto es, de designación “a dedo”. El eufemismo irónico-pedante alcanzó tal fortuna que algún que otro gobernador civil y cargo similar proclamó tan ingenua como orgullosamente que él era “de representación digital”, creyendo que el palabrejo designaba algún sistema propio de la verborrea del Movimiento.