RECORDANDO A LEWIS Y CLARK

 

Es un buen año [2004] éste en que se cumplen los dos siglos del viaje más histórico de cuantos se han realizado en Estados Unidos para recordar a los dos protagonistas que lo llevaron a cabo: Meriwether Lewis (1774-1809) y William Clark (1770-1838).

En 1804 parecía que la era de los grandes descubrimientos había sido dejada atrás, pero esto sólo era cierto, como máximo, por lo que hace a los marítimos: tanto América como Asia guardaban en su interior enormes territorios por los que jamás el hombre blanco se había aventurado. Pero donde no osaba llegar el pie humano por el lógico temor a lo desconocido, llegaba la imaginación, que llegaba a postular la existencia de especies prehistóricas inauditas en el interior de Norteamérica. En los apartados gráficos de las revistas del Nuevo Mundo de la época eran un tema recurrente los grandes hallazgos tanto animales como vegetales que podían aparecer en el interior del continente.

Por aquel entonces, los Estados Unidos se reducían a una franja costera atlántica más o menos ancha, pero nadie soñaba todavía en lanzarse hacia el inmenso interior. No habían llegado las oleadas inmigratorias que exigían cada vez más territorios, y entre esa franja de las “Trece Colonias” y la costa pacífica, propiedad de España, se extendían inmensidades cargadas de misterio.

Un azar político cambió todo esto casi de la noche a la mañana. El nervio central del continente americano era el río Mississippi, punto de penetración hacia el interior desde el sur, una ruta sólo frecuentada por tramperos y algún que otro atrevido puesto comercial, siempre amenazado por los indios. El territorio llamado Luisiana no era el actual estado norteamericano de ese nombre, sino toda la inmensa cuenca del gran río y sus afluentes (Ohio, Missouri), cuya extensión viene a ser una tercera parte de los actuales Estados Unidos. Esta inmensidad pertenecía a Francia, pues Napoleón lo había cambiado a España, su anterior propietario, por el reino de Etruria. Era un trato indecente, como era habitual en los procedimientos del francés, pues dicho reino italiano, creado por el propio emperador con retazos de países sometidos por su genio militar, y al que fue destinada la infanta Isabel (la que sostiene un niño en brazos en el conocido cuadro goyesco de La familia de Carlos IV), se reducía a cuatro hectáreas arrasadas por la guerra y un mísero palacio donde la infanta española no halló siquiera mobiliario. Pero el blandengue rey Carlos IV ni siquiera había osado protestar por la estafa, tal era el miedo que el corso imponía a nuestra degenerada corte.

El caso fue que Napoleón necesitaba dinero, pues la Segunda Coalición le obligaba a nuevas movilizaciones europeas, y pensó que un territorio en el centro del continente norteamericano tendría muy poco interés en el futuro (por esta vez no anduvo muy clarividente), y lo vendió al entonces presidente estadounidense Thomas Jefferson (1743-1826). Ni que decir tiene que el trato fue criticado en USA, donde muchos compartían la poca visión de futuro del emperador francés, pero Jefferson, demostrando su talla de estadista, formalizó la compra, que de golpe dobló el territorio de la Unión.

La compra de Jefferson se parecía a la de uno de esos “sobres sorpresa” cuya baratura encierra algo desconocido. Lo primero que necesitaba Jefferson era saber qué era lo que había adquirido, y para ello contactó con Lewis, cuya intrepidez y cualidades de liderazgo conocía bien, para que dirigiera la exploración del territorio en busca de la salida al mar. A su vez éste llamó a Clark, con quien había contraído amistad cuando ambos habían servido como capitanes de infantería.

Los dos amigos partieron el 14 de mayo de 1804 en una barcaza, descendiendo por el río Ohio hasta su desembocadura en el Mississippi, y remontando éste y después el Missouri. El equipo a su mando, formado por unos cincuenta hombres, iba pertrechado con víveres, armas, instrumentos de medición científica y todo tipo de material adecuado para poder sobrevivir. Dentro de los innumerables estudios que se han hecho sobre el famoso viaje, resulta especialmente llamativo el equipo de la expedición, al que se han dedicado prolijos estudios. No puedo sino recomendar la visita a algunas de las abundantes páginas en Internet que sobre él tratan sin más que pulsar las palabras mágicas Lewis & Clark. Entre otras cosas, la expedición iba equipada con una barca desmontable y extensible, formada por un esqueleto de varillas de hierro para ser recubierto con pieles de animales, que de poco sirvió, pero cuyos restos, enterrados, siguen buscando todavía hoy con todo tipo de detectores los aficionados a la historia de los Estados Unidos.

 

 

¿Por qué remontar el Missouri? Aparte de la facilidad de penetración por el río, entonces totalmente desconocido, había un factor geopolítico esencial: ya hemos dicho que la mitad sur de la fachada pacífica del continente estaba en posesión de España, pero las zonas costeras septentrionales (actuales estados de Oregón y Washington), más frías, no habían merecido el interés de la corona española, y podían ofrecer a los Estados Unidos una salida al Pacífico que convenía conocer. Por ello Lewis y Clark siguieron el río curso arriba.

No hay tiempo para narrar en este breve artículo las peripecias del viaje; una vez más remito a la web (v. gr., http://www.lewisandclarktrail.com/section1/mocities/adventure.htm, aunque hay muchas más) o a algunos de los muchos libros existentes. Digamos sólo, a modo de rápido resumen, que la expedición tuvo que abandonar la barcaza principal al llegar a los Great Falls (cascadas) de Montana y proseguir desde allí a pie, invernando en las Montañas Rocosas, para lo cual fue necesario construir un fortín con el que defenderse del frío, las fieras y las tribus indias hostiles, que de todo hubo en el viaje.

Llegada la primavera de 1805, los expedicionarios prosiguieron el recorrido, coronaron las Montañas Rocosas por un paso poco práctico y finalmente descendieron hacia la costa pacífica por el valle del río Columbia. Tras permanecer allí unas semanas buscando puertos adecuados para la llegada de buques regresaron todo lo aprisa posible antes de que se les echara nuevamente encima la estación fría, y en poco más de año y medio desde el día de su partida estaban de regreso a Washington para informar al presidente Jefferson del resultado de su aventura. Ambos fueron premiados con los cargos de gobernadores de los territorios de Luisiana (la actual, se entiende) y Missouri, respectivamente.

Desde el punto de vista práctico, podría decirse que el viaje de Lewis y Clark fue un fracaso. Cierto, consiguieron llegar al Pacífico, pero a través de pasos montañosos muy incómodos, que no servían para un fácil traslado. ¿Dónde reside, pues, el interés de la aventura? Sencillamente, en que cambió la visión que Estados Unidos tenían de sí mismos. La existencia de un yonder (‘más allá’) empezó a crear en el joven país la ilusión por la distancia, ese elemento siempre presente en la historia norteamericana. Todavía más importante, a través de los descubrimientos de los dos exploradores empezó a gestarse el mito del “destino manifiesto” del coloso americano. Sin duda fue a partir de esos  momentos cuando empezó a verse a sí mismo extendido de costa a costa, dominando todo el continente.

Claro es que en la costa pacífica estaba España, pero no iban a detenerse ante un obstáculo como éste, especialmente cuando a los pocos años México se independizaba. Un adversario tan débil como el nacido de la emancipación resultaría una presa fácil para llevar a cabo ese “destino manifiesto”. Y así, en dos fases, toda la América Española sería deglutida por el coloso americano. Primero caería Texas, por el disimulado camino de instalar en ese Estado colonos que, con el apoyo de USA, alcanzarían la independencia de México para sumarse después a la Unión. Luego, ya sin tantos disimulos, todo Nuevo México, Arizona, Colorado, Utah, Nevada y California irían entrando en la órbita por vía guerrera por obra y gracia de John Charles Fremont (1813-1890), lo que valdría la presidencia a Zachary Taylor en 1849. De haberlo visto Jefferson, que en aquellos momentos llevaba más de veinte años enterrado, no se hubiera sorprendido en absoluto: ya él había previsto, en aquella compra a precio de saldo, que se estaba forjando el destino del país más poderoso de la historia.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                    Torredembarra, agosto 2004