DE PUNTILLAS POR LA HISTORIA

 

A  raíz del reciente conflicto de Iraq se habla hoy mucho de las “guerras preventivas”, para condenarlas casi unánimemente. Es inevitable recordar el caso de Roma destruyendo a Cartago en la III Guerra Púnica (s II aJC), o incluso del ataque contra China que propuso el general Mac Arthur a raíz del conficto coreano (1950-53), lo que le valdría finalmente su destitución por obra del presidente Truman.

Lo que puede sorprender a algunos es saber que también la II Guerra Mundial fue una guerra preventiva, por más que la propaganda posterior haya intentado maquillar este hecho. Bueno, a fin de cuentas, una mentira repetida un millón de veces acaba siendo una incontestable verdad, suponiendo que eso exista: todo suceso complejo contiene muchas facetas, y basta con seleccionar unas en detrimento de las otras para dar la visión que mejor sirva a determinados fines, “moralizadores” por supuesto.

Sería inacabable consignar las ocasiones en que se pasa de puntillas por la historia, callando aspectos de ella que serían fundamentales para su adecuada comprensión, a fin de inducir la interpretación “ortodoxa”, esto es, la del vencedor. Como ilustración, nos ocuparemos hoy sucintamente de la imagen que el cine, la literatura y el periodismo angloestadounidenses han difundido del desarrollo de la II Guerra Mundial. Pidiendo perdón por intentar sintetizarlo todo en veinte líneas, la visión que de dichas fuentes se obtiene es la siguiente.

Invadida Polonia por Alemania el 1 de septiembre de 1939, dos días más tarde Francia y Gran Bretaña declararon la guerra a este país, en cumplimiento del pacto defensivo tripartito que las tres potencias habían acordado. Unos meses más tarde (junio de 1940) los alemanes invadían Francia, y los ingleses embarcaban apresuradamente su ejército en Dunkerque. Poco después, ya sometida Francia, las proclamas radiofónicas de De Gaulle desde Inglaterra mantuvieron viva la moral gala, lo que infligió severos daños a Alemania gracias a la actuación de la Résistence, ayudada siempre por el fiel aliado inglés. Éste, por su parte, tuvo que sufrir fuertes bombardeos sobre Londres (Batalla de Inglaterra), resistidos gracias al coraje indomable de Winston Churchill.

Ebrio de poder, Hitler invadió en el año siguiente la URSS, quien practicó la política del retroceso sin resistencia, como antaño hiciera Alejandro I contra Napoleón. Pero en Stalingrado fue finalmente detenido el ejército alemán.

El mismo año de 1941 Japón atacó traicioneramente a USA en Pearl Harbor, lo que decidió a esta potencia a intervenir finalmente. Tras una paciente labor en el Pacífico, finalmente el día D (6 de junio de 1944) los aliados desembarcaron en Normandía, y empezaron a hacer retroceder las fuerzas de Hitler. Mientras tanto, los rusos avanzaban hacia Berlín, y allí coincidieron, con pocas horas de diferencia, con los aliados, lo que terminó la guerra en Europa. El final en Japón llegaría tres meses más tarde, gracias al empleo de la bomba atómica.

En este rapidísimo recorrido se han omitido, naturalmente, muchos detalles (v. gr., las campañas en África, Italia, Grecia o el Sudeste asiático). Pero nuestra intención es no hacer este artículo interminable, a la vez que concentrarnos en algunos de los puntos más discutibles de esta simplista versión. Sobre todo, dar a conocer hechos normalmente silenciados que ayuden a encuadrar los términos en que se desenvolvió la guerra.

 

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Para empezar, como antes hemos dicho, el conflicto fue una guerra preventiva: el agresor no fue Alemania, sino Francia e Inglaterra, que declararon la guerra. Por supuesto que antes Alemania había invadido Polonia, y un pacto defensivo ligaba ésta con Francia e Inglaterra. De hecho, ni una ni otra potencia se han preocupado mucho históricamente por respetar esos pactos (recordemos el abandono de Cataluña por Inglaterra a principios del siglo XVIII, en plena Guerra de Sucesión española, o la traicionera invasión de España realizada por los ejércitos napoleónicos un siglo más tarde). Pero esta vez se hizo honor al documento firmado, aunque tres semanas después de que Hitler invadiera Polonia, Stalin hizo lo propio, para repartirse ambos el desdichado país en aplicación de una de las cláusulas secretas del pacto de no agresión Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939. ¿Por qué, en este caso, no declararon la guerra Francia e Inglaterra a la URSS? El mismo Churchill, cínico donde los haya, declaró que “no eran aplicables los mismos postulados en este caso”. Los aliados no deseaban contar con un enemigo más, y, cegados por su miedo a Alemania, estaban dispuestos a pactar con el diablo, por más totalitario que fuera. Todo un ejemplo de maquiavelismo.

Gran Bretaña siempre ha sido especialista en presentar las derrotas como victorias: así ocurrió en Dunkerque, como un cuarto de siglo antes en Gallípoli: en ambos casos se autoelogia la “maniobra de embarque”, que no fue más que una huida en busca de la seguridad insular. Este abandono motivó los ácidos comentarios galos, resumidos en la frase “Inglaterra luchará hasta el último soldado francés”. Ya ocupada Francia, la Asamblea Nacional constituyó un gobierno en Vichy, presidido por el mariscal Philippe Pétain, héroe de la I Guerra Mundial. Desde luego, este gabinete puede ser considerado ilegítimo por haber sido creado bajo la presión alemana, aunque no menos que el que Adenauer formaría en Alemania en 1949, al dictado de las potencias occidentales vencedoras.

El hecho menos difundido es que ese gobierno, convertido en colaboracionista de los alemanes, declaró la guerra a Gran Bretaña. Episodios de este conflicto fueron por ejemplo, el hundimiento de la flota francesa por la inglesa en Mazalquivir, lo que contribuyó al distanciamiento entre las poblaciones de ambos países. Se hace por ello difícil de creer el papel tan importante que la propaganda posterior a la guerra atribuyó a la famosa Résistence.

De Gaulle, mientras tanto, había huido a Londres. Allí realizó desde luego varias emisiones de radio animando a resistir (“Francia ha perdido una batalla, pero no la guerra”), muy magnificadas posteriormente, pues pocos franceses se enteraban de ellas. Después realizó un periplo por algunas colonias, intentando que entraran en la contienda contra Alemania pese al gobierno de Vichy, pero no tuvo éxito, salvo, simbólicamente, en las alejadas posesiones en África Occidental y Oceanía. La casi totalidad continuó con su apoyo al régimen de Pétain. Detalle significativo: aunque Churchill vio naturalmente con simpatía la formación del Comité francés de liberación, De Gaulle fue considerado por él como un francés más, no valorándole nunca por encima de esa categoría. ¡Ni siquiera se molestó en recibirle! El detalle costaría, veinte años más tarde, que el rencoroso general se opusiera siempre a la entrada de Gran Bretaña en la CEE.

Hitler incrementó la presión sobre Inglaterra. Aprovechando que Churchill había ordenado bombardeos aéreos contra las ciudades alemanas en la retaguardia, realizó una intensa represalia contra Londres para forzar un armisticio con Gran Bretaña, a quien consideraba “racialmente” más próxima que Francia. Los bombardeos fueron intensos y destructivos, y en todo caso no tuvieron el éxito esperado, tanto por la abnegada resistencia del pueblo inglés (aunque no faltaron disidencias políticas) como por la eficaz actuación de la aviación británica, mejor preparada que la germana en sus misiones de hostigamiento contra los bombarderos.

El 22 de junio de 1941 Hitler cometía la mayor de sus torpezas (dejando aparte las matanzas de judíos), invadiendo la URSS (Plan Barbarroja). Los soldados alemanes fueron recibidos al principio como auténticos libertadores por los rusos, hartos del genocidio sistemático a que los sometía Stalin. Pero, en la visión racista del Reich, los eslavos sólo servían como Untermenschen (infrahombres) dentro del “nuevo orden” creado, y fueron deportados, esclavizados y tratados bárbaramente, aunque no eliminados sistemáticamente como los judíos. Con ello Hitler consiguió que un pueblo sojuzgado y humillado por sus tiranos comunistas acabara conformando su identidad nacional a través de la Gran Guerra Patria, como así  fue llamada.

Pasemos nuestra mirada por un momento en el Pacífico. Allí competían dos potencias: USA y Japón. La ventaja inicial había sido por los estadounidenses, que disponían ya de varias colonias en el océano (claro está que no las llamaban así, sino “territorios”): las islas Hawai, Filipinas, Midway y algunas más, donde habían asentado bases militares. Pero Japón, tras invadir importantes zonas en China, Manchuria, Corea e Indochina, deseaba contrarrestar la influencia del gigante norteamericano. La tensión entre ambos por la expansión imperialista japonesa era evidente, y aumentó cuando los aliados se hicieron presentes en Asia ocupando, sin provocación previa, Irán a fin de abastecer de armas la URSS. Estados Unidos declaró el bloqueo económico contra Japón, y los esfuerzos diplomáticos de éste para levantarlo fueron inútiles.

Tales maniobras no hacían más que facilitar los fervientes deseos de Roosevelt para entrar en guerra. Pero el presidente estadounidense estaba fuertemente frenado para ello: a fin de cuentas su máximo compromiso para ser reelegido en 1940 había sido no intervenir de ninguna de las maneras. Presionado por Churchill, que hasta el momento se había limitado a algunas frases ingeniosas (“Sangre, sudor y lágrimas”) e insistir para lograr la ayuda del coloso americano, se limitaba a favorecer a Gran Bretaña transgrediendo disimuladamente la neutralidad de USA mediante leyes-trampa como la de Préstamo y Arriendo, que permitía venderle armas a espaldas del Congreso. Pero hacía falta algún hecho contundente para justificar el rompimiento de la promesa.

Japón favoreció finalmente los deseos de Roosevelt desencadenando un traicionero ataque contra Pearl Harbour. Situados los hechos en perspectiva histórica, se ha llegado a decir que el presidente estadounidense lo conocía de antemano, lo que sin duda es calumnioso y exagerado, pero no cabe duda de que la acción bélica fue posible por los descuidos estadounidenses, y la destrucción de buena parte de su flota del Pacífico (no toda, ni mucho menos) facilitó los planes bélicos de los norteamericanos, que hicieron su entrada en el conflicto de forma fulminante.

Pero poner en marcha la maquinaria productiva del inmenso país, por poderosa que fuera, entrañaba tiempo. De momento, y como medida preventiva, unos 120.000 estadounidenses cuyo padre, abuelo o bisabuelo había sido japonés fueron internados en campos de concentración, donde se les mantuvo hasta el final de la guerra. Durante un par de años, Roosevelt se dedicó a concentrar fuerzas y producir armas, mientras cuidaba su frente pacífico, en el que se hallaba solo, sin hacer mucho caso de las peticiones de Stalin para entrar en el conflicto. Pues mientras tanto, la URSS hacía frente ella sola al poderío alemán. El ejército del Reich se encalló en Moscú y Leningrado, y fue rechazado definitivamente en Stalingrado en 1942, quedando allí prisionero por la terquedad de Hitler, que prohibió retirarse. A partir de ese año 1942, el curso de la guerra se invirtió y los rusos avanzaron, lentos al principio, incontenibles después.

Tras Stalingrado, estaba claro que el Eje tenía la guerra perdida. La misma Italia se retiró de la contienda, y en Alemania una corriente de opinión era partidaria a un acuerdo con las potencias aliadas, a lo que se oponía la terquedad de Hitler, en aquellos momentos ya convertida en locura. Ello explica el atentado fallido contra el Führer en Rastenburg (1944), cuando los aliados habían ya desembarcado en Normandía. Pero, en todo caso, un grave inconveniente se oponía a la consecución de un arreglo negociado: Churchill, resentido por los bombardeos sobre Londres, había conseguido que Rossevelt se aviniera a no aceptar otra solución más que la “rendición incondicional”. Esta exigencia acarrearía devastadores bombardeos sobre Alemania, infinitamente peores a los de Londres (recordemos el de Dresde, que todavía espera que alguien acepte sus responsabilidades en él), y sólo sería cumplida a rajatabla con Alemania, aunque no con Italia y otros países europeos (¿venganza churchilliana?).

Otro hecho disimulado por la historia oficial es el papel de los rusos, que, cierto, recibieron ayudas de los aliados a través del mar Blanco y del golfo Pérsico (en este caso, con la citada invasión de Irán, que violaba su neutralidad como antaño hicieran los alemanes en Bélgica), pero que contuvieron y aun hicieron retroceder ellos solos a las unidades germanas. En realidad, muchos historiadores ven la II Guerra Mundial como un mero enfrentamiento entre Alemania y la URSS, con la intervención secundaria de las otras potencias, y opinan que el verdadero móvil del la contienda fue en realidad el deseo de Hitler de proporcionar Lebensraum (espacio vital) a su país a costa de los inmensos territorios rusos.

Tampoco se ha hablado muy claro sobre la actitud de los aliados frente al genocidio alemán contra judíos, gitanos y otras etnias. De hecho, tanto USA como Gran Bretaña y el Vaticano se hallaban al corriente de la situación, pero ninguno dio un paso para detener el terrible crimen. Ciertamente, no era mucho lo que podía hacerse (quizás bombardear los campos de exterminio, o, en el caso de la Santa Sede, denunciarlo al mundo; como mínimo, facilitar e tránsito de judíos hacia Palestina en lugar de impedirlo, como hizo Gran Bretaña), pero su actitud fue, por decirlo de manera suave, pusilánime. Este pecado de omisión pesará sobre la historia de los tres, y ha sido abundantemente criticado.

Mientras tanto, los aliados devolvían a Alemania, multiplicados por cien, los bombardeos sobre Londres, arrasando las ciudades germanas desde el aire (es paradigmático el citado caso de Dresde). Finalmente serían los soviéticos los primeros en llegar a Berlín. Hitler, consecuente con su visión de la Historia, se suicidó en su búnker y Alemania fue distribuida en tres zonas (posteriormente se creó una cuarta a cargo de Francia, a costa de las de USA y de Gran Bretaña). Poco después, el lanzamiento de dos bombas atómicas terminaría drásticamente con la quebrantada resistencia japonesa, no sin que antes la URSS le declarara oportunamente la guerra a Japón en el último momento, aprovechando para anexionarse la isla de Sakhalin, que todavía detenta.

Cuando los ejércitos aliados entraron en París, se permitió que desfilara en primer lugar una unidad francesa, lo que permitió a los galos hacerse la ilusión de que habían contribuido a la victoria. Acto seguido, se desencadenó una “caza de brujas” implacable contra los “colaboracionistas”, de la que resultaron principales víctimas comerciantes, prostitutas y, cómo no, políticos. El propio Pétain fue condenado a muerte por “colaboracionista”, conmutándosele la pena por su avanzada edad. Fallecería en 1951 en la prisión de la isla de Yeu.

Se ha hablado muchas veces de la elevada cifra de muertos causados por la guerra, la más mortífera de la Historia: diversas estimaciones las fijan entre 40 y 60 millones, la mayoría en la URSS, Alemania y Polonia. Pero han tenido menos publicidad las deportaciones, también muy drásticas. Aparte las efectuadas durante la misma guerra, especialmente en Polonia y la misma URSS, finalizando o terminado el conflicto diez millones de alemanes tuvieron que huir del empuje soviético, entre ellos dos millones de sudetes, que vivían en Chequia desde dos siglos antes, y que acabaron expulsados a las nuevas fronteras alemanas. También unos 7 millones de japoneses fueron devueltos de sus asentamientos durante la guerra a la antigua metrópoli. Se instauraron sendos tribunales de vencedores en Japón y en Nürenberg que, actuando de juez y parte, condenaron a muerte a la mayoría de los mandos japoneses y germanos. Uno de ellos, Rudolf Hess, permaneció encarcelado en Spandau durante medio siglo, hasta que decidió suicidarse. Curiosamente, en plena contienda había abandonado Alemania intentando quijotescamente negociar por su cuenta una paz con Churchill.

La indecente alianza entre las democracias occidentales y la URSS tendría consecuencias muy duras para Europa durante el resto del siglo XX. Churchill había conseguido salvar el Imperio Británico (nunca le importó Europa), pero éste se desharía como un azucarillo tras la crisis de Suez (1956). El mundo entraba en una nueva etapa, presidida por el equilibrio entre dos superpotencias. Los países del Este de Europa acabaron de satélites del imperialismo soviético, con la fría complacencia occidental, que nunca movió un dedo para ayudarlos en sus rebeliones. Los del Oeste se vieron reducidos al triste papel de marca fronteriza de USA. La propia Alemania perdió territorio, con el que se compensó a Polonia del que a su vez le fue arrebatado por la URSS: irónico fin de una guerra iniciada teóricamente para preservar la integridad territorial del territorio polaco. Y sobre todo, el mundo vivió medio siglo de guerra fría, bajo la amenaza nuclear.

 

                                                                                                Josep M. Albaigès

                                                                                                Salou, julio 03