EL
PROTOFRANCO
Dedicado a Wijnand Goppel
Un reciente viaje por tierras manchegas me
llevó hasta Granátula (Ciudad Real). Allí, ante la casa del Espartero tuve
ocasión de reflexionar sobre el singular destino de ese hombre, paradigma del
militar-político cuya actuación tanto ha influido en la historia española desde
hace siglo y medio.
Nuestro país ha aportado al acervo
político universal una serie de términos y conceptos: unos generalmente prestigiosos,
como la voz liberalismo; otros no tanto, como el pronunciamiento. El siglo XIX
fue pródigo en tomas y cesiones de poder por parte de los militares, pero justo
es reconocer que ésta era la contrapartida a la absoluta falta de imaginación
que los políticos desplegaban para resolver los graves problemas del país, cuyo
retraso en el concierto europeo se agudizaba con el avance de la centuria.
Resolvedores de los problemas patrios por
la vía tremenda intentaron ser esos espadones,
siempre prestos a marginar el perverso político —el presupuestívoro, como era llamado a veces— para salvar el honor de
España atajando. Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano, Prim, Topete, Martínez
Campos, son los ejemplares más destacados de esa fauna (¿honorívora?), cuyos
coletazos perduran en nuestro siglo con Primo de Rivera, Franco y algún que
otro aprendiz como Milans del Bosch (cuyos antepasados, por cierto, también
habían practicado en su día este deporte).
Quizá ninguno tan mimado por la fortuna
como Espartero (sólo Serrano, del que otro día habrá que ocuparse,
rivaliza con él en encumbramiento). Otros espadones
llegaron a primeros ministros y aun a regentes, pero ningún otro se permitió
rechazar un trono.
La increíble vida de Baldomero Fernández
Espartero (1793-1879) abarca el período más tumultuoso de nuestra historia
reciente. Poco pensaba su padre, el humilde carretero de Granátula, cuando le
mandó a estudiar en el seminario de Almagro, el destino que esperaba a ese
muchacho de mirada fría, dura y vaga. La llamada tradicionalmente Guerra de la Independencia (1808) fue el
clarín de diana para las aficiones guerreras de Baldomero, que arrojó la sotana
para enrolarse contra el francés. No cabe duda de que su carácter, simple, frío
y directo, se formaría en aquella guerra, la única en que España se ha visto totalmente
invadida, y por ello dura e implacable. Allí adquiriría esa obstinación que más
adelante le llevaría a las mayores crueldades.
Su carrera militar fue meteórica y
brillante. Capitán al terminar la guerra, se embarcó para América (1815), donde
hubo de presenciar la emancipación de las colonias (esto le valdría ser llamado
más adelante por sus adversarios políticos, bien injustamente, el Ayacucho, pues él no estuvo en esa
batalla). Ya coronel, regresó en 1825. Pasó por Pamplona, se casó y, tomando
partido por Isabel II tras la muerte de Fernando VII, empezó a derrotar y a
fusilar carlistas, a la vez que ascendía en su carrera militar, llegando al
generalato.
Espartero era de mentalidad simple, como
buen castrense autoritario. Para éste, el orden de la creación exige que uno
mande y los demás obedezcan. Y el que manda no puede verse perturbado en su
cuasi santa tarea con desgastes producidos por garantizar su mandato. El que no
sepa ver la importancia de éste no merece otra cosa que el apartamiento,
entendiendo en esa palabra cuantas medidas sean necesarias. Así, no fue raro
que, en un corto período de destino en Barcelona, presenciara sin pestañear las
atroces crueldades del Conde de España.
Pero
también era valeroso, frío, inteligente. Su impasibilidad era legendaria. La
guerra Carlista fue la ocasión para el ambicioso militar, cuyos éxitos iban
cimentando su prestigio ante un gobierno bamboleante en el que se apoyaba una
viuda inerme y una huérfana, María Cristina y la infanta Isabel. Que una
partida de sargentos fueran capaces de imponerse en la Granja a la familia real
y conseguir la rehabilitación de la Constitución de 1812 —la famosa Pepa— da idea del raquitismo del poder
en esos años.
Espartero estuvo en todas partes: en
Bilbao, levantando su cerco tras la batalla de Luchana, luego volando en socorro
de Madrid y venciendo de nuevo al pretendiente Carlos VI en Azuqueca y
Retuerta, más tarde, nuevamente en el País Vasco, gestionando la paz con Maroto.
El abrazo de Vergara —1839— marcó el
punto más alto de su carrera como artífice de la victoria. Los partidos políticos
se lo disputaban, el general hacía y deshacía a su antojo. Todos los títulos
fueron acumulados sobre él: al de Conde de Luchana se sumaron el de Duque de la
Victoria, Duque de Morella, Príncipe de Luchana (éste ya por Amadeo I) y muchos
más. No hubo en España honor que no le fuera concedido.
No fue extraño que Espartero extendiera su
ambición de mando a otras esferas fuera de la estrictamente militar. ¡Era
solicitado por tantos! La política era el medio: bien, pues terciaría el
política. ¿En qué partido? Se hizo progresista porque algo había que hacerse, y
porque su rival Narváez estaba con los moderados. La presidencia del Consejo de
Ministros fue poco para él. Las cosas andaban mal para la regente doña María
Cristina, la reina viuda cuyo matrimonio en secreto con el apuesto Fernando
Muñoz tanto contribuía a desacreditarla. Las intrigas esparterianas
aprovecharon un pretexto que hoy veríamos baladí —la Ley de Ayuntamientos de
1840, ante la que éstos se rebelaron en masa—, y la Regente tuvo que abdicar.
"Adiós Espartero, te hice general, no pude hacerte caballero", se
dice que fue el punzante despedida a su sucesor en la regencia. La carrera del espadón de Granátula llegaba a su cenit.
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Baldomero
Espartero |
Pero, como hoy diría Peter, Espartero
alcanzaba también su "nivel de incompetencia" al asumir el más alto
cargo electivo de la nación. Aquí empezó, por la vía rápida, su descrédito. El
creía que gobernar el país era como dirigir una batalla, y, cegado por el coro
de aduladores que le equiparaban a Napoleón en lo militar y a Metternich en lo
político, fiaba demasiado en su incompetente camarilla —otro término hispano—. Conspiraciones como la de Diego
de León —a quien Espartero se obstinó en negar el indulto—, crisis
ministeriales, disoluciones de cortes, oposición parlamentaria fueron el telón
de fondo de su acción política. Una revuelta en Barcelona fue reprimida por
Espartero en el más puro estilo pretoriano: situando unas baterías en lo lo
alto de la vecina montaña de Montjuïc y descargando a mansalva sobre la
indefensa ciudad una lluvia de proyectiles (los efectos de algunos de ellos
eran visibles hasta hace sólo unos años en el Patio de los Naranjos, del Palau
de la Generalitat Catalana). La ciudad se rindió, pero el espadón, con gran asombro, se dio cuenta de la frialdad con que era
recibido en Madrid tras su hazaña. Finalmente un pronunciamiento de generales
progresistas y moderados —Prim, Serrano, Milans del Bosch, Narváez y Concha—
acabó con la "era Espartero", quien embarcó en Cádiz para Londres.
Algunos políticos españoles han sido
temperados y europeizados tras sendas estancias en la capital británica: Cabrera
en el pasado siglo, Fraga en éste... Pero la cosa no aprovechó tanto a
Espartero. De todas formas, tras un exilio de once años, el general conoció
todavía un breve lapso de gloria: caído el gobierno de Sartorius y sus polacos
tras la Vicalvarada (1854), fue
llamado a Madrid, a donde entró en triunfo —¡oh, la
mala memoria del pueblo!— a presidir el Gobierno. Pero Espartero era ya sólo
una sombra, pues quien en verdad decidía era O'Donnell desde el Ministerio de
la Guerra (el dúo era conocido como los
dos cónsules, título harto expresivo). Pero el llamado Bienio progresista pasó pronto: en 1856 nuevas intrigas políticas
forzaron su dimisión, y, dolido, se retiró a Logroño, de donde no saldría ya.
Como pasa en tantas ocasiones, el
alejamiento, el tiempo y el silencio hicieron olvidar sus yerros y cubrieron al
viejo general de una pátina de prestigio. Tras el destronamiento de Isabel II
por la Gloriosa (1868), el Cincinnato
de Logroño fue tanteado por Prim, que en su busqueda de candidatos al vacío
trono español ya desesperaba de conseguir encontrar algún no Borbón que no
desnivelara el precario equilibrio europeo. Pero Espartero declinó alegando su
edad. Los años le habían dado finalmente sagacidad política. Posteriormente la
visita al retiro del viejo general sería convertida en un obligatorio trámite
real, al que se sujetaron tanto Amadeo I como Alfonso XII. Su muerte fue
sentida como un acontecimiento nacional.
Y sin embargo... ¡otra vez el pueblo y sus
olvidos! Sólo siete años después, en la zarzuela La Gran Vía, Espartero era confundido por uno de sus madrileños
personajes con un torero homónimo:
...y un poquito más abajo,
según dice
el caballero,
se verá
dentro de poco
el retrato
de Espartero.
—¿El torero?
—¡Qué,
torero!,
el valiente
general,
el patriota
de vergüenza,
y constante
liberal.
—¿Liberal?
—Liberal!
—¡Ahora no
hay de ese percal!
No podría expresarse más gráficamente la evolución del
movimiento al que el espadón de Granátula había consagrado
sus afanes.
Barcelona, octubre 1988