El sultán turco Murat II presenta en su acción ciertas similitudes con otros personajes históricos. Su padre, Mahomet I, había tenido que luchar contra su hermano Mustafá, desaparecido en la batalla de Ankara (la que había visto la derrota de Bayaceto contra los tártaros), que al parecer había sido usurpado por un impostor. Éste tuvo que refugiarse en Salónica, todavía griega, donde fue retenido cautivo.
Al suceder a su padre, muerto de un ataque de apoplejía, Murat, queriendo vengarse del emperador, se dirigió sobre Constantinopla, pero sus tropas fueron acometidas de un terror pánico ante las murallas de la ciudad. Aun así consiguó tomar Salónica y unirla al Imperio turco. Pero, afligido por la muerte de su hijo Alá-eddin, se retiró a Magnesia cediendo el poder a su hijo Mahomet II, de 14 años. Los húngaros, aprovechando, invadieron Bulgaria con ayuda de los valacos, y reclamado por sus ministros, Murat II salió de su retiro, derrotando y matando al rey húngaro Ladislao. Nuevamente retirado a Magnesia, tuvo que salir una vez más para contener una sublevación de los jenízaros, derrotándolos en Kossovo (1448). Pero, habiendo encontrado en los alrededores de Andrinópolis a un derviche que le predijo su muerte próxima, la profecía le produjo tan impresión que murió a los tres días, el 05.02.1451.
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En el siglo XVI la matemática no era una ciencia bien deslindada de la
astrología. Los practicantes en esos terrenos competían en resolver ecuaciones diofánticas o problemas variados por métodos que sólo ellos
conocían, y a la vez mezclaban su actividad con la práctica de artes
adivinatorias variadas. Girolamo Cardano, experto en
todas estas “ciencias”, confeccionó el horóscopo del joven rey Eduardo VI de
Inglaterra (1537-1553). Sabiamente, tomó la precaución de vaticinarle una edad
suficientemente larga (55 años, tres meses y diecisiete días) para que su
muerte fuese posterior a la previsible suya propia. Pero el joven rey tuvo la
impertinencia de abandonar este mundo muy pronto, a los 16 años, lo que supuso
un ridículo afrentoso para nuestro astrólogo.
Pero lo más prodigioso que sucedió a Cardano fue su
muerte. Quizá deseando desquitarse de su fracaso con Eduardo VI, hizo su propio
horóscopo anunciando su final para antes de cumplir los setenta y cinco años.
Pero, avanzados los setenta y cuatro, su salud seguía tan envidiable como
siempre.
Entonces, testarudo y orgulloso como había sido toda su vida, llevado por el
demonio familiar que, según él, le asistía siempre, decidió dejarse morir de
hambre. Todo antes de que su ciencia astrológica fallara. Consiguió finalmente
su propósito: el 21 de septiembre, tres días antes de su cumpleaños, llegaba su
óbito, con gran consternación del papa, de quien era médico personal, y de
cuantos le conocían. Quizá Cardano debiera ser el
patrono de los astrólogos, o, al menos, de los autoprofetas.
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