¿Pero hubo alguna vez once mil vírgenes?

 

Éste era el provocativo título de una novela de Jardiel Poncela (1931), publicada en ese paréntesis de libertad de expresión que fue la II República. El texto no volvería a conocer ediciones hasta bien superada la etapa franquista. De todos modos, y visto con los ojos de hoy, vale decir que este relato erótico, biografía de un impenitente donjuán, parece hoy un tanto ingenuo.

Pero no es nuestro objetivo hacer hoy la crítica del libro, sino analizar quienes eran esas fabulosas 11 000 vírgenes. Una lápida del siglo IV que se encontró en una capilla de mártires en Colonia habla de las XI.M y parece que esa inscripción había sido leída equivocadamente como undecimilia, once mil, durante siglos y siglos. A partir de ella se creó la leyenda de las once mil vírgenes, que habrían acompañado a santa Úrsula para ser masacradas por los hunos (s V).

Aunque de raíz germánica, la devoción de las once mil vírgenes fue introducida en España por Beatriz de Suabia, esposa del rey castellano Fernando III el Santo, la cual dio privilegio a la Orden Teutónica para que se asentase en la Mota del Toro en 1222. El mismo matrimonio real originaría años mas tarde la quimera de Alfonso X en persecución del titulo de Emperador, en la cual tanto dinero y tanto tiempo dilapidó en vano.

La devoción a las 11 000 se consolidó con el tiempo, ayudada por la llegada de abundantes reliquias de las jóvenes (cráneos y otros huesos), tráfico de una importancia en la edad media comparable al actual con los restos arqueológicos, tan caros hoy a coleccionistas e incluso a simples turistas. De hecho, la expansión cristiana hacia el Sur durante la Reconquista era comparable a la que llevaban a cabo los citados caballeros en su Drang nach Osten (‘empuje hacia el Este’), de manera que el tráfico de restos de las vírgenes continuó, incesante, abasteciendo generosamente nuevos monasterios y otros centros de piedad, en todos los cuales obraban los prodigios que son de esperar en estos casos.

Semejante expansión sedicentemente evangelizadora se repetiría en América, conque nuevamente fueron exportados hacia allí los tradicionales símbolos. De esta forma, era también de esperar que las 11 000 Vírgenes acabaran figurando también en la toponimia. El mismo Colón dio el nombre de Islas Vírgenes a un archipiélago avistado en 1493 al este de Puerto Rico (hoy compartido entre USA y el Reino Unido), y Magallanes lo repitió, en su célebre circunnavegación terminada por Elkano, a un cabo en la boca de un estrecho de su mismo apellido (1520).

 

 

JMAiO, Islas Vírgenes de Estados Unidos, jul 05