Los muros de la vergüenza

 

A lo largo de la historia de la humanidad se han erigido innumerables muros, generalmente para defender a los que se hallaban a un lado de la entrada intempestiva de los del otro. No contaremos las innumerables murallas que en épocas pasadas defendían las ciudades de alguna importancia, sino que nos centraremos en los de cierta extensión, protectores a escala geográfica.

El primero de que se tiene noticia es el Muro de Adriano, construido en el año 122 por orden de este emperador a través de la isla de Gran Bretaña, desde el Tyne hasta el Solvay, para separar la tierra de los sometidos britones de la de los belicosos pictos, habitantes del norte. Cómo no, hay que citar la Gran Muralla China, unificada en el año 214 por el emperador Qin Shi Huang  para defenderse de eventuales invasiones, lo que no consiguió.[1]

Pero hay uno de especial interés para nosotros. Se trata del muro que en Occidente fue denominado “de la Vergüenza”, que aislaba el sector occidental de la ciudad de Berlín del resto de la urbe y de la antigua República Democrática Alemana (RDA), antigua zona de la URSS en el reparto que las potencias vencedoras en la II Guerra Mundial realizaron tanto del primitivo Estado alemán como de su misma capital, inmersa en la zona estatal soviética. La historia es conocida: visto el alud de personas que se pasaban de una a otra zona huyendo de la rigidez doctrinal del Este y buscando un mejor nivel de vida en el Oeste, las autoridades de la RDA resolvieron, en agosto de 1961, aislar la ciudad occidental del resto, en una clara presión asfixiante que se prolongaría durante 28 años.

La erección del famoso Muro responde a una serie de errores y vacilaciones, especialmente por parte del Occidente. Quizá el primero había sido la renuncia de Eisenhower a tomar Berlín al final de la guerra (1945), acción que se había calculado que costaría unas cien mil bajas al ejército estadounidense. En vez de ello, las fuerzas aliadas retrasaron su avance hacia la capital germana, que pudo entregarse a una defensa suicida frente a las fuerzas rusas. Se ha dicho después que Alemania hubiera capitulado frente a los aliados pero que se opuso hasta la muerte a los rusos, ejecutores así del trabajo sucio. Quizá. Pero lo cierto fue que la capital fue tomada por éstos, quienes quedaron como “vencedores morales de la contienda”, lo que tuvo su reflejo en la posterior conferencia de Potsdam, donde un agonizante Roosevelt fue desbordado por el carisma y la energía de Stalin. La consecuente división de Alemania en tres zonas, con predominio de la rusa, fue un reflejo de ese sentimiento de culpabilidad, agravado por la inexplicable acción aliada de crear una “zona francesa” a costa de las suyas propias, para mantener la ficción de una presencia gala en la resistencia en la guerra.

Esta debilidad occidental tendría su reflejo poco más tarde en el bloqueo de Berlín de 1948, al cual sí se respondió enérgicamente con el puente aéreo. Digamos de paso que la acción estuvo a punto de provocar el estallido de una tercera guerra mundial entre los occidentales y sus antiguos aliados rusos, pero por esta vez hubo el suficiente sentido común por ambas partes para no prender la mecha de la bomba. En todo caso, sin duda mediante las oportunas conversaciones subterráneas, los rusos acabaron finalmente con el bloqueo a la ciudad y a situación prosiguió durante trece años más, mientras la urbe cimentó su prosperidad con la ayuda de Occidente a través de las tres autopistas que la mantenían unida al resto de Alemania.

De todos modos, la sangría de efectivos humanos desde el Berlín Oriental hacia el Occidental proseguía, imparable. Poco después del bloqueo los aliados habían proclamado (1949) la República Federal Alemana (RFA), rompiendo el compromiso de la división indefinida de Alemania, lo que fue seguido, como inmediata represalia, con la creación de la República Democrática Alemana en la antigua zona soviética. Desde el punto de vista germanooriental la situación era insostenible: personal altamente cualificado, que había costado formar técnicamente, huía en cuanto le era posible a la Alemania Occidental, donde les esperaban unos mayores sueldos y ventajas. La RFA se fue convirtiendo en el sueño dorado de los opositores soviéticos, del personal cualificado o simplemente de los que no deseaban vivir en el régimen tiránico del canciller Erich Hönecker. Al paso registrado en la década de 1950-60, en pocas más Berlín hubiera quedado vacío.

Por ello fue comprensible la medida tomada por este dirigente: cerrar totalmente la frontera y proceder seguidamente a su impermeabilización física. El acto fue acogido con estupor por Occidente mientras Khruschov, que no se había opuesto a la medida de su colega alemán, velaba las armas con el temor de la reacción del mundo libre ante la medida.

Pero la jugada había sido bien calculada. Los occidentales se habían esforzado en combatir al régimen soviético, pero siempre por la vía verbal, nunca mediante acciones que hicieran comprender la URSS que había decisión tras ellas. Así había ocurrido en las rebeliones de Poznan o de Budapest en 1956, ambas alentada por Estados Unidos, pero ahogadas en baños de sangre por la URSS sin que el mundo libre moviera un dedo para ayudar a los disidentes de las “democracias populares”. Una vez más Occidente se mostró débil. En su arraigada tradición de oponer palabras a los hechos, de la que son testimonios las frases grandilocuentes de Churchill (“Sangre, sudor y lágrimas”) o de De Gaulle (“Francia ha perdido una batalla, no la guerra”), una vez más fueron sólo ofrecidas palabras a la decisión soviética. Incluso el mediocre Kennedy, al visitar Berlín dos años más tarde de la erección de muro se limitó a gritar desde el lado occidental “Ich bin ein Berliner”, pero sin mover un dedo más por los que no habían podido escucharle al otro lado. Es curioso que en las antologías figuren esas frases, que no eran más que la demostración de impotencia cuando no de incompetencia.

La pasividad occidental envalentonó a la RDA, que fue ampliando y perfeccionando el muro para revenir las fugas que de todos modos seguían produciéndose, aunque a cuentagotas. Algunas casas fronterizas fueron primero tapiadas, después demolidas, y el espacio se sembró de alambres de espino, detectores de imágenes, sensores para detectar túneles, casetas de vigilancia y todo tipo de artilugios que acabaron reduciendo las fugas casi a cero. El muro fue prolongado mediante alambradas a todo el resto de la frontera entre las dos Alemanias, y Occidente siguió lamentándose de él, pero en 1974 llegó la Ostpolitik con Willy Brandt, y la misma RFA aceptó como hecho “irrevocable” la existencia de una Alemania comunista.

Lo sucedido en 1989 demuestra hasta qué punto los políticos, que creen ingenuamente que hacen historia, se ven desbordados siempre por ésta. Finalmente el comunismo se hundió por sí solo como lo que siempre había sido, un castillo de naipes, y el Este tuvo ocasión de comprobar que no eran tan sabrosas las longanizas con que en Occidente atábamos los perros. Y en ese proceso de adaptación siguen.

Otros muros han sido erigidos desde entonces. En España levantamos uno de tipo legal al cerrar unilateralmente la frontera con Gibraltar, que estuvo aislado de la Península durante unos catorce años. Como antaño con el de Berlín, se dieron multitud de explicaciones para un hecho tan tajante: que si cortar con el contrabando, que si reaccionar a la política hostil de Gran Bretaña… más o menos que en la RDA se habían dado para explicar la “protección” otorgada a sus súbditos con el famoso muro. Cambian los tiempos, pero no la verborrea.

Modernamente, más muros siguen sumándose al afán político de aislar comunidades. En Ceuta y Melilla hemos demostrado que en cuestión de tecnología nada tenemos que envidiar a la Alemania de Hönecker. Y los israelíes están yendo todavía unos grados más allá con su vertiginoso muro que aislará su Estado de la avalancha palestina que se debate entre el amor y el odio, viviendo gracias al trabajo que encuentran en Israel y odiándolo al mismo tiempo por considerarlo un usurpador de los terrenos que “legítimamente” les pertenecen. En todos estos casos los muros cumplen su misión: aislar a las comunidades humanas.

Claro que, bien mirado, unos son para evitar que “se salga”, otros para evitar que “se entre”. Pero, ¿es siempre cierta esa afirmación? El Muro de Berlín supuso en el fondo un alivio para Alemania Occidental, incapaz de acoger tantos refugiados. Ello quizás explique al menos en parte su pasividad. A fin de cuentas, la Alemania Oriental venía a coincidir con la antigua Prusia, y los prusianos siempre han sido mirados con recelo por el resto de los teutones. Sería un interesante ejercicio rastrear las auténticas motivaciones de uno y otro lado en casos similares.

 

                                                                         JMAiO, Torredembarra, nov 05



[1] Una curiosa leyenda urbana, repetida hasta la saciedad, dice que es la única obra del hombre que sería visible desde la Luna. Tal disparate tiene su origen posiblemente en el hecho de que lo visible desde la Luna sería el territorio rodeado por la muralla.