EL LUSITANIA: UN ASUNTO TURBIO

 

El 7 de mayo de 1915 el trasatlántico Lusitania, de la compañía Cunard, orgullo de la marina civil inglesa, se fue a pique herido de muerte por un torpedo disparado por el submarino alemán U-20. De los 1959 pasajeros y los 201 tripulantes sobrevivieron sólo unas 700 personas. Fue una catástrofe con el cercano precedente del Titanic tres años antes, pero no debida esta vez a la fatalidad de la naturaleza o a la inhabilidad humana, sino a la perversidad de la guerra, y por ello conmovió y  horrorizó al mundo mucho más, en tanto que el buque gemelo de Lusitania, el Mauritania, destinado al transporte de tropas, nunca sufrió contratiempo alguno. Los dos buques mellizos habían sido financiados con fondos estatales con la condición de poder ser adaptados en su día a las necesidades bélicas

Quizá convenga enmarcar la tragedia en su tiempo y circunstancias para entenderla debidamente, así como sus consecuencias y quizás incluso sus causas. Tras el empuje naval del Imperio Alemán a principios del siglo XX, Inglaterra había conseguido recuperar la iniciativa gracias a los tres buques transatlánticos nombrados, que parecían en principio insumergibles. Al estallar la guerra que al principio se llamó “Europea”, Alemania se encontró con la sorpresa de que Francia se había fortalecido notoriamente desde la derrota de 1870 en la guerra Francoprusiana, y conseguía detener a las tropas del káiser en una sucia e interminable guerra de trincheras. En estas condiciones, Inglaterra, siempre dispuesta a apoyar pero menos a combatir (se decía “Inglaterra combatirá hasta el último soldado francés”), declaró un bloqueo naval a gran escala de todo el mar del Norte (que, por cierto, motivó fuertes protestas en los perjudicados países neutrales escandinavos) ante la que la potencia continental germana no tendría más remedio que sucumbir: desde la guerra de Secesión estadounidense se conocía la eficacia de someter al hambre a la población civil del país beligerante. El káiser Guillermo, conocedor de que su propia flota no estaba todavía en condiciones de medirse con la británica, prefirió mantenerla en los puertos, pero ideó un arma mortífera con la que contrarrestar la fuerza británica: los U-Boat, o sea los submarinos, que en poco tiempo pasaron de ser una curiosidad a convertirse en un arma temible.

Por aquellos años, la guerra marítima se hacía todavía observando las “leyes del mar”, un conjunto de reglas caballerescas forjadas en siglos anteriores. Cuando un submarino alemán detectaba un buque sospechoso, fuera cual fuera su bandera (era muy común falsificarlas), emergía a su lado, conminándolo a ser registrado. Si la carga era sospechosa, la tripulación era confinada a sus botes salvavidas y acto seguido el barco era torpedeado.

Winston Churchill era a la sazón un joven ambicioso de cuarenta años, encumbrado a Lord del Almirantazgo británico por pertenecer a una selecta familia (era descendiente de Lord Marlborough, el que tanto se distinguiera en la guerra de Sucesión española). Poseído por el afán de ascender y acumular méritos al precio que fuera, enseguida ideó una brillante estrategia: acondicionar algunos buques de transporte para la acción guerrera, dotándolos de unos cañones camuflados. Cuando el incauto submarino emergía junto al barco, rápidamente la artillería de éste era puesta en orden de tiro, y el infeliz sumergible era bombardeado y pasaba al fondo del mar sin haber tenido tiempo de darse cuenta de la astucia del Lord inglés.

Como era de esperar, esa infracción de las “leyes del mar” dio resultado al principio, pero, en cuanto los alemanes se percataron de que un par de docenas de sus submarinos habían sido hundidos por ese sistema, se decidió por la táctica de “primero disparar, después preguntar”. El resultado fue que la guerra se volvió todavía más inhumana, y los buques, de guerra o mercantes, pasaban al fondo del mar “preventivamente”.

Por otra parte, Gran Bretaña, siempre fiel a la comentada táctica de combatir poco y aliarse mucho, no dejaba de presionar a Estados Unidos para que se sumara a la lucha, utilizando todos los medios propagandísticos de que era capaz para persuadir al mundo, y en especial a USA, de la maldad germana. Pero el pueblo estadounidense veía aquella guerra como muy lejana y estaba decidido a persistir en su tradicional aislacionismo respecto a lo que ocurriera en el Viejo Mundo (en el Nuevo era otra cosa; fiel a la consigna monroviana de “América para los [norte]americanos”, sus intervenciones contra México y España le habían proporcionado sustanciosas ganancias territoriales). El único talón de Aquiles del presidente Wilson era su obsesión por la seguridad de los ciudadanos estadounidenses que circularan por el mundo; estaba convencido de que la ciudadanía en su país debía convertirse en un escudo de seguridad, y no cesaba de proclamarlo en arrogantes discursos henchidos de suficiencia moral.

Así las cosas, el 1 de mayo de 1915 zarpó de Nueva York el trasatlántico Lusitania con destino a Liverpool, surcando el Atlántico a la magnífica velocidad de 25 nudos para completar su 202ª travesía del océano. Curiosamente, en el mismo día, un anuncio pagado en la prensa neoyorquina advertía a los pasajeros del “riesgo” de proceder al viaje en aguas declaradas “zona bélica” como eran las del sur de las Islas Británicas. Huelga decir que el anuncio no disuadió ni a uno solo de los dos mil tripulantes y pasajeros, que se internaron confiadamente en el Atlántico.

El capitán del buque era William Turner, un experto marino en quien la compañía Cunard tenía depositada toda su confianza por haber realizado a lo largo de sus cuarenta años de servicio docenas de travesías del océano. Al avistar el día 7 la tierra irlandesa, Turner realizó una maniobra no prevista, ciñéndose todo lo posible a la costa y navegando paralelamente a unos 20 km de ella, como si buscara una mayor protección frente a los hipotéticos submarinos alemanes. En esa ruta continuó hasta las 14 horas y 7 minutos, siendo el espectáculo de los habitantes de los pueblos costeros, que veían pasar el inmenso buque con curiosidad.

El teniente Walter Swigger, al mando del submarino alemán U-20, había estado patrullando por las aguas de la zona, cobrándose algunas piezas menores, y se disponía a regresar a su puerto para reabastecerse de combustible, alimentos y municiones, cuando por el periscopio divisó un desconocido trasatlántico que navegaba en dirección paralela a la suya, a unas diez millas de la punta irlandesa de Kinsale. Sin pensarlo dos veces, se situó en posición de tiro y disparó un único torpedo contra el Lusitania. El proyectil dio de lleno en la proa del buque con un estruendo ensordecedor, hiriéndolo de muerte.

El propio capitán Turner fue el primer sorprendido por el mortífero efecto, pero éste no se debió únicamente a su torpedo: el caso fue que a la primera explosión siguió otra todavía más devastadora a los pocos segundos, y el buque, con tremendas vías de agua abiertas, empezó a escorar rápidamente.

Una lección se había sacado de la tragedia del Titanic, cuya dotación en botes salvavidas había resultado insuficiente para el pasaje y la tripulación: el Lusitania había resuelto esta carencia. Pero en esta caso la confusión fue superior, pues la fuerte inclinación del buque hacia estribor hacía casi imposible bajar los botes salvavidas del lado de babor. Los del lado tocado, los únicos practicables, sufrieron averías y disfunciones cuando eran bajados, y algunos caían sobre el agua desde doce metros de altura o sobre los otros botes, con lo que al desorden se sumó la mortandad de los pasajeros pillados por los impactos o por los que se caían a las gélidas aguas, cuando no se arrojaban a ellas directamente. No faltaron los actos de heroísmo en el guirigay, como el del millonario deportista Alfred Vanderbilt, que ayudando a salvar la vida de los restantes pasajeros perdió la suya.

Sólo dieciocho minutos tardó el buque en hundirse, y durante ese tiempo, únicamente seis de los cuarenta y ocho botes de salvamento habían sido botados. Los supervivientes tuvieron ocasión de narrar las dantescas escenas que se produjeron entre el griterío de la multitud, que incluían el rechazo a remazo limpio de los nadadores que intentaban acercarse a los botes.

El oficial telegrafista del Lusitania había tenido tiempo de mandar un mensaje SOS por Morse, que fue captado por las estaciones cercanas. Con una rapidez encomiable se organizó en el vecino puerto de Queenstown, a 40 km de distancia, una expedición de salvamento formada por barcas de pescadores, que partió en un tiempo récord hacia  el escenario de la tragedia. Transcurridas las dos horas que tardaron en llegar, fueron recogidos los náufragos de los botes, pero hubo que renunciar por falta de espacio a hacerlo con la casi totalidad de los flotantes cadáveres. Uno de los pocos salvados en esas condiciones era el propio Turner, que, el último en abandonar el buque, sobrevivió tres horas agarrado a una tabla.

Los supervivientes fueron trasladados a la población de Queenstown y alojados como se pudo, y durante los días siguientes tuvieron que dedicarse a la dura tarea de identificar a sus muertos en el mejor de los casos, pues los 3/4 del pasaje y tripulación del buque perecidos desaparecieron simplemente bajo las aguas, donde permanecen todavía. Los cadáveres fueron enterrados en el cementerio local, en el que se habían improvisado grandes fosas con excavadoras.

Finalmente, al tiempo que los supervivientes eran recogidos en un buque que los trasladó a Queenstown, donde tuvieron que sufrir el acoso mortificatorio de la prensa, empezó la polémica sobre el hundimiento del buque, que Churchill, decidido a aprovechar la ocasión para seguir presionando a USA para la entrada en la guerra (un centenar largo de muertos eran estadounidenses), presentó como un acto desalmado contra la población civil. La operación propagandística británica, especialmente en USA, fue muy intensa, pero se volvió contra la propia Inglaterra en cuanto los alemanes, en la investigación subsiguiente, presentaron pruebas irrefutables en primer lugar de que el buque había sido financiado para poder participar en actividades bélicas (como estaba haciendo claramente el Mauritania), por lo que a efectos legales era un buque de guerra, y, sobre todo, que en el momento de la tragedia transportaba en su bodega varias toneladas de armas y municiones, con los que USA ayudaba ilegalmente a Inglaterra pese a su pretendida neutralidad. Probablemente ese polvorín flotante había ocasionado la segunda explosión, pues el teniente Swigger se reafirmó en su versión de haber disparado un único torpedo.

Este hecho arrojó serias sombras sobre Churchill e incluso sobre el propio presidente estadounidense Wilson, quien no sólo abandonó toda idea de entrar en la guerra, sino que, próximas las elecciones de 1916, insistió en sostener la neutralidad americana, utilizando como eslogan “el hombre que nos ha mantenido fuera de la guerra”. Ello no sería obstáculo para que un año más tarde, ya reelegido, entrara en ella en cuanto Alemania le ofreció motivo torpedeando otro buque menor, el Luconia, y decidiendo así definitivamente la contienda. Como es habitual en las guerras en las que interviene USA, se utilizó el eslogan “Remember the Lusitania!

La comisión británica encargada de deslindar responsabilidades estuvo presidida por el Comisionado de Naufragios Lord Mersey, quien en una vista que ha sido calificada de escandalosa, “patrióticamente” ignoró todas las anomalías existentes (extraña ruta seguida por el capitán Turner, segunda explosión) hasta llegar a la previsible conclusión de que la responsabilidad total era sólo de Alemania. Otro tanto les ocurrió a los desgraciados supervivientes con lord Meyer, el comisionado de la compañía Cunard, que se acogió a la misma conclusión para rehusar cualquier pago de indemnizaciones.

El caso es que, cuando años después fueron desclasificados algunos documentos de la época, se descubrieron cartas de Churchill a lord Mersey con claras presiones para que éste consiguiera salvaguardar de toda culpa a los ingleses. Esto dio motivo a que, a la fuerte polémica desatada años antes, se añadiera una sospecha peor: ¿Habría sido el propio Churchill quien provocara el hundimiento del Lusitania como medio para conseguir la entrada de USA en el conflicto aprovechando la sensibilidad de Wilson ante las víctimas civiles estadounidenses? Desde luego, es muy fuerte la sospecha, pero de hecho el cínico estadista británico nunca había vacilado en sacrificar, no ya dos mil personas, sino treinta mil a la “razón de estado”, enviando por ejemplo a sus soldados a la descabellada expedición de los Dardanelos (véase mi artículo Notas para una biografía no hagiográfica de Winston Churchill, en Omnia-97). De hecho, ya olvidados estos asuntos, que de todos modos le costaron su dimisión, aplicaría las mismas tácticas veinte años después para conseguir la entrada de USA en la segunda Guerra Mundial.

¿Existe un “culpable” para la tragedia? La infamia debería ser atribuida como mínimo a varias partes: los ingleses y los estadounidenses por su mixtión de actividades guerreras con otras que conllevaban riesgo para las vidas humanas, y desde luego, a los alemanes, que dispararon el torpedo fatal. Incluso no cabría olvidar a los pasajeros del buque, especialmente los estadounidenses, perfectos conocedores de que se internaban en aguas de actividad bélica. Demasiados responsables para que no sea lo más cómodo para todos seguir ignorando el hecho.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                              Torredembarra, septiembre 2004