LEYENDAS
EN TORNO A LA INVENCIBLE
A finales del siglo XVI el
rey español Felipe II mandó disponer una poderosa flota con que invadir
Inglaterra, país del que el mismo Felipe había sido rey consorte por su
matrimonio con la ya entonces fallecida María Tudor. Con el tiempo, las
relaciones entre ambos reinos se habían deteriorado definitivamente por la
política de adopción del protestantismo seguida por la reina Isabel, sus
ataques depredadores a puertos caribeños y aun españoles y su apoyo a los
rebeldes holandeses.
No vamos a hablar de las
peripecias de la Felicísima Armada,
que sólo posteriormente empezó a ser llamada irónicamente Armada Invencible, tras su fracaso: son bastante conocidas. Nos
detendremos sólo en comentar algunas de las leyendas, que hoy calificaríamos de
“urbanas”, que un acontecimiento de esa envergadura ocasionó.
La primera de que hemos
tenido referencia alude a los constantes retrasos en la organización de la
Armada, encomendada al marqués de Santa Cruz. Se cuenta que éste, al visitar al
rey para comunicarle el enésimo aplazamiento, fue replicado con una de las
frases lapidarias de Felipe II:
—No esperaba eso de vos,
marqués.
La impresión causada por
estas palabras, dichas con el usual grave talante del monarca, habría sido tan
fuerte en el marqués, que éste enfermaría al poco, falleciendo de pesadumbre.
La historiografía del siglo XIX ha representado incluso este momento
“histórico”, con el monarca sentado en su “Silla de Felipe II”, en El Escorial,
y el contrito marqués escuchando el hiriente comentario.
No cabe duda que Felipe II,
ávido de atacar Inglaterra cuanto antes, reprocharía al marqués el hecho,
aunque no se sabe con qué palabras, ni si ello fue en el lugar imaginado por
los pintores. La realidad es que Santa Cruz, a su vuelta a Lisboa, enfermó por
otras causas, y en efecto falleció al poco.
Otra leyenda, que conviene
disipar en beneficio del buen nombre del marqués de Medina Sidonia, conductor
de la Armada, es la supuesta incapacidad de éste, quizá motivada por sus mismas
palabras y juicios de sí mismo, excesivamente humildes. En realidad, el
análisis sereno de los hechos concluye sin lugar a dudas que, dadas las
circunstancias, Medina Sidonia se comportó como un eficaz caudillo y buen
marino, y sólo la fatalidad y la falta de preparación de sus tropas concluyó
con el fatal resultado. Quizás el principal motivo de éste habría que buscarlo
en el propio rey Felipe II, que, cansado de dilaciones, ordenó partir sin más a
la flota, cuando todavía no estaba resuelto el problema de su avituallamiento
en los Países Bajos con las fuerzas que debía aportarle Alejandro Farnesio
mediante unas embarcaciones de pequeño calado, capaces de navegar por los
bancos neerlandeses, vedados a los buques españoles, pero muy vulnerables a la
artillería inglesa en mar abierto cuando se aproximaran a aquéllos, de mucho
mayor calado. Farnesio llegó a escribir al rey que “estaba dispuesto a
embarcarse él solo hacia Inglaterra si hacía falta, pero no podía mandar a la
muerte segura a sus hombres”. Y tenía razón.
Ya embarcada finalmente la
Armada, partió hacia Inglaterra, cuyas costas divisó el 29 de julio de 1588.
Los ingleses han fabricado ahí otra preciosa leyenda: según ella, Francis
Drake, que esperaba a los españoles fondeado en Plymouth, estaba jugando a los
bolos cuando fue informado de la llegada de la flota española, y exclamó:
“Tenemos tiempo de acabar la partida. Luego venceremos a los españoles”. En el
fondo de la leyenda se revela, aparte de la fanfarronería de Drake, un hecho
cierto: la flota inglesa no podía salir de Plymouth en aquellos momentos, con
la brisa en contra y la marea empezando a subir. Mientras, los españoles
navegaban con viento a favor, a barlovento.
De hecho, hasta el 31 no se
dio el primer encuentro naval, previo el caballeroso intercambio de señales de
desafío. Desde el primer momento quedó claro que la ventaja inglesa iba a ser
decisiva: sus navíos eran más ligeros y maniobrables que los españoles,
pensados para el transporte de tropas, y se escurrían siempre evitando el
cuerpo a cuerpo (el abordaje) que perseguían éstos. De todos modos, la batalla
finalizó sin una ventaja clara para nadie y sin que ningún barco quedara
inutilizado.
Otra cosa fueron los días
siguientes, plagados de accidentes. El más grave fue la explosión accidental
ocurrida en la santabárbara del buque San
Salvador, que inutilizó éste y sus vecinos. Los ingleses crearon una
leyenda en torno a las galeras españolas de este grupo de la Armada Invencible: en una de ellas, Diana, uno de los galeotes, el galés
David Gwynn, habría conseguido libertar a sus demás compañeros y entre todos,
tras exterminar a la tripulación española, habrían ido capturando a las tres
galeras restantes. Lo que sí es cierto es que algunos capitanes de navíos
llegaron a desobedecer las órdenes de Medina Sidonia, lo que les valdría
posteriormente la sentencia de muerte, y el desorden empezó a ser general
En Calais empezó la flota
española a sufrir sus más graves contratiempos mientras anclaba cerca de la
costa continental esperando inútilmente los refuerzos de Farnesio. Los ingleses
arrojaron contra ellos multitud de brulotes (cargas autonavegables provistas de
pólvora ardiendo, verdaderos precursores de los modernos torpedos) que causaron
serios daños a la flota, no sólo materiales sino por el desconcierto que se
originó entre ellos.
A todo esto, el tiempo había
ido cambiando, con el viento empujando a los buques españoles hacia la
traicionera costa, y la batalla de Gravelinas supuso el contratiempo más severo
para la Armada, hasta el punto de que, situada la Armada entre la espada de los
ingleses y la pared del viento, se decidió finalmente atacar suicidamente antes
de que éste acabara arrojando a los buques contra los arenales flamencos, donde
embarrancarían, En estas circunstancias cambió el viento milagrosamente y
Medina Sidonia pudo escapar hacia el norte, desde donde realizaría su
desastroso periplo en torno a las Islas Británicas, plagado de pérdidas por la
niebla, las tempestades y la ignorancia de las costas hasta que los restos de
su flota recalaron en distintos puertos del Norte de España, derrengados y
humillados. Ni que decir tiene que muchos navíos con sus tripulaciones se
perdieron por el camino en un mar traicionero y, esta vez, sí con muy mal
tiempo. Algunos grupos de españoles desembarcaron en Irlanda, donde un
destacamento de la reina se encargó de capturarlos y eliminarlos, atribuyendo
después con todo descaro el hecho a los irlandeses, quienes, por el contrario,
ayudaron a bien número de españoles a reembarcar, como siglos más tarde haría
la Résistence francesa con los
ingleses.
La más famosa de las
leyendas en torno a la Armada es la del mal tiempo, responsable último de la
derrota, que habría llevado a Felipe II a exclamar: “Yo no envié a mis buques a
luchar contra los elementos, sino contra los hombres”, frase desde luego
apócrifa. En realidad, el mal tiempo jugó contra los españoles, pero mayormente
después de la batalla propiamente dicha, y sería minimizar injustamente el
poderío inglés concluir que a “los elementos” se debió solamente el desastre.
Curiosamente, la leyenda ha persistido tanto tiempo por ser alimentada por
ambos bandos: para los españoles era un medio de eludir responsabilidades, los
ingleses vieron en él un aliado de la Divina Providencia, que los confirmaría
en el recto camino religioso emprendido. Y así la cuestión ha subsistido
intocada durante siglos.
La leyenda estratégica
definitiva es que, a partir del fracaso de la Armada, España perdió el poder
marítimo y Gran Bretaña se hizo dueña de los mares. Nada más falso. De hecho,
Felipe II llevó a cabo dos intentonas más, en 1596 y 1597, a través de Irlanda,
pero en ambos casos los navíos fueron dispersados y destruidos por las
tormentas. La propia opinión pública española protestó ante esas caras
expediciones, y en 1604, con Felipe II, se firmaría la paz con Inglaterra. Pero
España continuó manteniendo un fuerte poderío naval durante siglos, que le
permitió la estabilidad en sus relaciones con las colonias americanas, e
Inglaterra tuvo que conformarse con las ocasionales rapiñas que podía aplicar a
éstas o a los buques en curso. No sería hasta el siglo XVIII, con el auge de
los descubridores ingleses como el capitán Cook, cuando Inglaterra haría
realidad el slogan de Britania rules the
waves.
Josep
M. Albaigès
Salou,
agosto 2002