ISRAEL: RECORDANDO LA HISTORIA
En mis conversaciones juveniles con mi padre, antiguo combatiente en la Guerra Civil, se oponía a menudo mi presunto mejor estudio teórico de la guerra con su vivencia directa de ella, lo que llevaba la discusión en puntos muertos. Los años caminan, implacables, y a medida que los cumplo, aprecio más el valor de haber vivido en directo unos acontecimientos. Por sí mismo esto no da perspectiva total, pero libera de la posterior manipulación a que son sometidos los hechos, con el ocultamiento de aquéllos que no convienen a una determinada visión.
Formar opinión sobre una cuestión tan sujeta a partidismos como los problemas del Oriente Próximo es muy difícil por falta de información realmente objetiva, especialmente en un país como España que, pese a sentir en sus carnes el continuo azote terrorista, observa una actitud de continua hostilidad contra el Estado israelí, y de complacencia con el terrorismo palestino. Quisiera en estas líneas describir, de la forma más desapasionada posible, la raíz del conflicto para dar lugar a cada cual a formarse su propia opinión.
¿Cómo surgió Israel? Ocioso es repetir las innúmeras expulsiones, cuando no holocaustos, a que ha sido tradicionalmente sometido el pueblo judío, “asesino de Jesucristo”, mote que yo he vivido personalmente, con que se justificaban a menudo esas políticas. En España, precisamente, no podemos enorgullecernos de los repetidos pogromos y expulsiones a que lo hemos sometido.
A lo largo del siglo XIX fue cobrando cuerpo entre los judíos de todo el mundo la idea de que necesitaban una patria hebrea, lo que se materializó en el surgimiento del sionismo o búsqueda de la Nueva Sión. El término fue acuñado en 1886 por el estadounidense Nathan Birnbaum y consolidado por el periodista austríaco Theodor Herzl en un primer congreso sionista celebrado en Basilea en 1897. Aunque al principio se llegó a pensar en lugares tan exóticos como Uganda, pronto se llegó al convencimiento de que esa patria no podía ser otra que la tradicional judía, el escenario del reinado del rey David.
Datan de esas fechas la primeras inmigraciones de judíos hacia Palestina, donde se establecían tras adquirir los terrenos correspondientes, en un intento de revivir los antiguos tiempos bíblicos. Pero existía un grave problema: en el ínterin, la antigua Palestina, aunque nunca habían dejado de vivir en ella judíos, estaba abrumadoramente poblada por árabes. El territorio formaba parte del Imperio Turco, y las autoridades administradoras no concedieron importancia a la llegada de inmigrantes judíos, pero éstos, aunque en pequeña cantidad, sí provocaban el recelo de los aborígenes. Por ello, ya en esos primeros tiempos, apareció la organización israelí Haganah ('defensa'), cuerpo inicialmente paramilitar organizado inicialmente como instrumento contra los beduinos durante la dominación turca. Contaría con una dirección permanente desde 1917, convirtiéndose en el brazo militar de la Agencia Judía, uno de los cuerpos embrionarios de lo que se pretendía que en el futuro fuera un Estado judío. Fue prohibida por los ingleses.
La situación dio un cambio histórico en la I Guerra Mundial, cuando Inglaterra invadió Palestina. La llamada Declaración Balfour fue emitida en 1917 por Arthur J. Balfour, ministro británico de Asuntos Exteriores, ante lord Rothschild, líder del sionismo, en el sentido de que los ingleses apoyarían la fundación de un hogar nacional judío en Palestina mediante diversas condiciones. Esta declaración formó la base para el mandato que la Sociedad de Naciones entregó a Gran Bretaña sobre Palestina en la conferencia de San Remo de 1920.
La II Guerra Mundial, con el Holocausto, materializó esa posibilidad. El mundo se sentía culpable ante el pueblo judío por lo ocurrido, pese a lo cual Inglaterra, administradora de Palestina, había acabado cortando la afluencia de inmigrantes al país con el fin de frenar la ya creciente tensión entre judíos de nueva instalación y antiguos musulmanes. Pero el nuevo pueblo judío atacó con un arma que tanto iba a sentir después en propia carne: el terrorismo, dirigido mayormente contra los ingleses. En el famoso atentado contra el hotel rey David de Jerusalén perecerían no menos de 80 autoridades británicas de la ocupación.
El ambiente mundial al final de la guerra propiciaba el cumplimiento de la Declaración Balfour, y finalmente las recientemente constituidas Naciones Unidas votaron la constitución en Palestina de dos Estados separados, uno judío y otro musulmán, con Jerusalén como Zona Internacional, retirándose seguidamente los ingleses del país, hartos de violencia. La solución estaba de moda en la época: unos años más tarde se repetiría una similar en el Indostán, que acabaría fraccionada en la Unión India y Pakistán, hecho que ha hecho correr mucha más sangre todavía que la división palestina.
En vísperas de la retirada inglesa aumentaban las fricciones, a menudo sangrientas, entre diversos cuerpos terroristas israelíes y palestinos, y David Ben Gurion, considerado como el padre de Israel, meditó profundamente antes de decidirse a proclamar el Estado sionista el 14 de mayo de 1947. La cosa no era para menos, pues inmediatamente el flamante Israel fue invadido por tres frentes distintos: desde Egipto, desde la antigua Transjordania (a la sazón, Reino Hachemita de Jordania) y desde Siria. Por cierto, hay que recordar que todos los Estados citados tenían la misma antigüedad que Israel, pues eran surgidos de territorio turco ocupado por las potencias europeas tras la I Guerra Mundial y desocupado por las mismas tras Segunda. Pero Israel poseía otra propiedad: estar formado fundamentalmente por recién llegados, a los que no aceptaban los antiguos pobladores.
Fue en esta guerra donde se gestó el fondo de los problemas que todavía hoy afligen la zona. Israel se acostumbró a ver los enemigos en su propia casa, y los estados árabes vecinos empezaron a utilizar la causa judía como estrategia política, útil a menudo para disimular sus propios fallos. Aquí empezó también otro drama: los miles de refugiados palestinos que abandonaron sus tierras, para instalarse en territorio jordano, en campos de refugiados “provisionales”, algunos de los cuales subsisten medio siglo después.
¿Cuál fue la causa de la huida? Tras la intensa intoxicación informativa en ese lapso, resulta difícil establecerla. Para los árabes, fue una expulsión lisa y llana practicada por los judíos; para éstos fue el resultado de la presión y propaganda árabe, que instaba a los palestinos a abandonar su tierra para volver pronto a ella, una vez destruido el Estado israelí.
Sin duda la verdad tiene componentes de ambas versiones. Pero lo que sí está claro es que desde ese momento se creó un nuevo problema, los palestinos refugiados, pues Israel resistió heroicamente la triple invasión, rechazando a sus enemigos pese a su mala dotación en armamento. En ese momento aprendió una lección que no ha olvidado: que debía ser fuerte para sobrevivir. Israel, país en estado de sitio permanente, no podía permitirse perder ni una guerra, puesto que el objetivo repetidamente declarado de sus enemigos era “echar a los invasores al mar”.
Tras la guerra, la ONU se ocupó del asunto, y el territorio palestino fue dividido en tres zonas: Israel, la franja de Gaza y la Cisjordania o West Bank. Gaza sería pronto absorbida por Egipto, y la Cisjordania por Jordania. En la frontera se hallaba Jerusalén, que pronto compartiría con Berlín el triste privilegio de ser una ciudad dividida, con una parte en Israel y otra en Jordania.
La posguerra fue dura para los judíos, pero su población aumentó inconteniblemente en los años siguientes, y no empezó a resolver la situación de su desesperada economía, sometida a la escasez y el racionamiento, hasta la llegada desde Alemania Occidental de las indemnizaciones con que ésta intentó hacerse perdonar el Holocausto, y que muchos judíos criticaron ofendidos como si fuera un “pago por los muertos”, aunque ninguno lo rechazó.
Israel se debatía entre sus propias luchas internas, en un fraccionamiento político que arrastra todavía hoy, pero mientras tanto el caudillo egipcio, Gamal Abdel Nasser, que quería erigirse en figura señera del mundo árabe, planeaba la reivindicación de la derrota frente a los judíos. Desde la franja de Gaza lanzaba ataques terroristas contra los de la zona fronteriza, que pronto fueron correspondidos por éstos con ataques de represalia perpetrados por la famosa Unidad 101, comandados por un joven llamado Ariel Sharon, hoy presidente del gobierno, como es sabido. La situación en el interior era tensa y el toque de queda producía a menudo graves incidentes.
Tras su inicial vacilación entre Oriente y Occidente, Nasser se había decantado finalmente por el bloque comunista, intentando extraer provecho de la Guerra Fría: eran los años del neutralismo y de la Conferencia de Bandung. Un tratado con Checoslovaquia proporcionó armamento, especialmente aviones, al belicoso Rais egipcio, y éste consumó un acto de auténtica audacia: nacionalizar unilateralmente el Canal de Suez, prohibiendo acto seguido el paso por él de buques israelíes, lo que situaba la economía judía nuevamente en situación desesperada. Israel consiguió formar parte de la coalición formada por Francia e Inglaterra, los indignados propietarios del canal, y Egipto fue derrotado en 100 horas.
Pero las potencias europeas no se apercibían de que su hora histórica había pasado. La URSS amenazó con intervenir y provocar un conflicto de consecuencias mundiales, y los Estados Unidos obligaron a retirarse a las humilladas Francia e Inglaterra. Nasser pudo presentar la derrota militar como una victoria frente a tres poderosos ejércitos, y su prestigio alcanzó cotas delirantes en los países árabes. A Israel la cosa no le fue mal, pues la ONU, poco dispuesta a aceptar chantajes de nadie, declaró la navegabilidad internacional del canal, que puso bajo custodia de los Cascos azules.
Israel empezó a cobrar confianza, y se atrevió incluso a perpetrar actos contrarios al Derecho Internacional, como el secuestro del antiguo nazi Adolf Eichmann, que efectuó violando la soberanía de Argentina, juzgándolo y ejecutándolo poco después. Hay que entender esta política dentro de la filosofía del judaísmo, en el que el ojo por ojo es una explicación importante de sus actos, que continúan manteniendo ¡a 70 años del final de la II Guerra Mundial! oficinas abiertas para la caza de antiguos nazis.
En los años siguientes, los incidentes fronterizos con sus vecinos menudearon. Es de ellos que puedo hablar en primera persona, como hiciera mi padre sobre la Guerra Civil. Se derribaban MIGs soviéticos sirios, y las incursiones terroristas continuaban. Pero Israel se erigía en potencia europea, meta de todo el mundo y sueño de los estudiantes de mi generación, que en plena noche franquista ansiábamos hacer visitas veraniegas a los campos de trabajo de sus kibbutzes para conocer jóvenes de todos los países mientras recogíamos fresas. Eran años de crecimiento vigilado, sometido al peligro exterior, pero la inmigración seguía llegando a raudales. Israel realizaba grandes obras públicas para irrigar el país, al que convertiría en jardín. Datan también de esos años la luna de miel con Francia, que permitió un rearme con equipos sofisticados, pronto de gran utilidad en las siguientes guerras.
En esas circunstancias, Nasser consiguió finalmente que se retiraran los cascos azules de la ONU en 1967, e inmediatamente proclamó de nuevo el bloqueo sobre el canal, aumentándolo con el cierre del estrecho de Tirán, que cortaba también el acceso marítimo de Israel por Eilat, en el Mar Rojo. A la vez efectuaba amenazadoras concentraciones de tropas en el Sinaí, creando ambiente prebélico.
El 5 de junio de 1967 Israel atacó por sorpresa simultáneamente a Egipto, Siria y Jordania infligiendo a los tres sendas humillantes derrotas. La Guerra de los Seis Días empezó con una audaz maniobra en que los aviones israelíes, sobrevolando el Mediterráneo hacia el Oeste, dieron una vuelta y entraron desde ese lado sobre Egipto, destruyendo su aviación, todavía en sus hangares. Tras lo cual las tropas de tierra avanzaron sobre la península del Sinaí hasta el canal, que quedó cegado e inhábil para la navegación. Simultáneamente ocuparon la Cisjordania y en particular Jerusalén, que fue escenario de duras batallas. Y finalmente, tomaron en Siria los llamados “Altos del Golán”, origen del agua tan necesaria para el país y enclave estratégico de primer orden para su defensa.
El resultado de la contienda alteró la situación de equilibrio, introduciendo nuevas e importantes variables. La resolución de la ONU que fijó el alto el fuego exigía, en una ambigüedad calculada, la retirada “from occupied territories”, lo que podía entenderse como la retirada de “algunos” o de “todos” los territorios ocupados. Insistiendo en su seguridad, Israel se negó tozudamente a abandonar esos territorios, aunque nunca los anexionó formalmente a su Estado. Algunos permanecen ocupados todavía hoy, y en esa resolución incumplida de la ONU basan a menudo los palestinos sus reivindicaciones, aunque olvidan que la misma ONU había dado en 1948 a Israel el derecho a existir, que ellos habitualmente niegan.
Con la ocupación de la Cisjordania, un millón de palestinos residentes en ella pasaron bajo mandato israelí. Nasser dimitió teatralmente por TV, consiguiendo que su pueblo le exigiera la vuelta, y negándose a firmar la paz intentó mantener desde la orilla occidental del canal una guerra de desgaste, que era contestada brutalmente por Israel, al punto que tuvo que evacuar las poblaciones de la zona. A ello se sumaban las dificultades económicas provocadas por el cierre del canal de Suez, primera fuente de ingresos egipcia.
Conque el tiro salió nuevamente por la culata al rais egipcio, y fue la propia URSS la que le exigió que firmara la paz, harta de perder aviones bajo el fuego israelí. En aquellos años los países árabes, incapaces de vencer a Israel en el campo de batalla, se inclinaron decididamente por la acción terrorista, y cobraron fuerza las antiguas organizaciones, especialmente al-Fatah y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), cuyas acciones preferidas eran los ametrallamientos de autobuses cargados de escolares o el secuestro de aviones. Un joven musulmán llamado Yasser Arafat era uno de los principales autores de estos hechos, que culminaron con el secuestro y asesinato de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos del Munich (1972), terminado en un baño de sangre.
En estos años la euforia israelí llegó a su cenit, y en ella hay que buscar la raíz de los sucesos de veinte años más tarde. Pues en la ocupada Cisjordania iba creciendo una nueva generación que no había conocido la guerra, a los que se imbuía en cada momento como “misión histórica” acabar con los israelíes. Esta juventud acabaría irrumpiendo con su “intifada” a finales de los 80.
Pero no nos adelantemos. Al mismo tiempo, las organizaciones terroristas, que desde la antigua Jordania ejercían sus acciones contra el cercano Israel, se habían convertido en un problema contra el inteligente rey hachemita Hussein, que veía como iban formando un Estado dentro del Estado. En septiembre de 1970 ejecutó contra ellos, sin contemplaciones, una matanza en el mejor estilo jenízaro conocida como Septiembre Negro, que eliminó físicamente a la mayoría y ocasionó al emigración del resto al Líbano, con lo que pronto empezarían los problemas para esta frágil república.
Sin duda fue una suerte para el mundo árabe que Nasser falleciera repentinamente en 1970. Su sucesor, el astuto Anwar al Sadat, se dedicó a amenazar con “la guerra del destino” una y otra vez a Israel, hasta conseguir que éste se cansara de lo que tomó por bravuconadas. Pero en octubre de 1973, coincidiendo con la jornada judía de la festividad del Yom Kippur, las fuerzas egipcias atravesaron sorpresivamente el canal y consiguieron atrincherarse en la península del Sinaí. Al mismo tiempo, también Siria atacó, pero los judíos resistieron en los Altos del Golán. Con todo, éstos no pudieron evitar perder la mitad de la península, pero en un audaz desembarco a través del mar Rojo llegaron a poner el peligro El Cairo. De todos modos, Sadat había calculado bien: con su maniobra consiguió que la ONU declarara el alto el fuego, al que llegaba en buena condición para negociar.
Por primera vez los árabes habían conseguido un éxito claro: la astucia de Sadat se había revelado superior a la bravuconería de Nasser. Se imponían las conversaciones de paz, y aquí el propio Sadat demostró de nuevo una gran calidad de estadista reconociendo el Estado israelí y aceptando visitarlo y, a la recíproca, recibir en el mismísimo Egipto la vista de su dirigente Yitzak Rabin. En 1978 los dos políticos firmarían en Camp David, bajo los auspicios del presidente estadounidense Jimmy Carter, un tratado de paz en el que Israel cedía los territorios ocupados en el Sinaí (no los del Golán, pues Siria se había negado a entrar en el proceso) y normalizaba sus relaciones con Egipto. Éste tuvo que pasar por el trago de ser excluido de la comunidad árabe internacional, pero pronto fue readmitido: los países árabes no podían prescindir de su componente más destacado.
Pronto una serie de desgracias se abatieron sobre las negociaciones de paz. La primera fue la muerte de Sadat en un atentado (1981), perpetrado por grupos fundamentalistas de su propio país, que no le perdonaban sus acciones. Fue sustituido por Hosni Mubarak, otro estadista inteligente, aunque mucho más cauto a la hora de adoptar decisiones, pues mientras tanto el fundamentalismo se había extendido por el mundo y Egipto bastante tenía con sus propios problemas. Aunque las relaciones con Israel no se rompieron, quedaron en una situación de mínimos.
Mientras tanto, los grupos terroristas palestinos, expulsados de Jordania, habían hallado un nuevo escenario para el mantenimiento de su organización en el débil estado de Líbano, castigado por décadas de guerra ininterrumpida. Finalmente, Israel se decidió a invadir a su vecino, y Yasser Arafat, que mientras tanto se había convertido en el jefe de los grupos terroristas, aprovechó la oportunidad que se le brindó para huir en barco (1982). En este episodio se dio el lamentable incidente de las matanzas de los campos de refugiados de Sabra y Chatila, que la propaganda palestina intentó en un principio achacar a Israel, aunque es sobradamente conocido que fueron obra de las milicias falangistas libanesas. De todos modos, la sombra de la corresponsabilidad flota desde entonces sobre el gobierno.
Hussein, el reyecito jordano, no había dejado de efectuar sus movimientos procurando tanto desmarcarse de los ultras árabes como de Occidente, y comprendió que la solución pasaba por el establecimiento de un Estado palestino en la ocupada Cisjordania, para lo que efectuó una astuta maniobra: renunciar a su soberanía, con lo que se dejaban las manos libres para la formación de ese futuro Estado.
Pero mientras tanto (1987) una generación palestina que no había conocido la derrota de 1967 había crecido en un país ocupado, y empezó la intifada o “guerra de las piedras” contra Israel, que fue dándose cuenta de que tenía el enemigo en su propia casa y sin poder expulsarlo. No eran sólo los residentes en Cisjordania, sino los miles que a diario entraban en las zonas judías para trabajar en ellas, e incluso los que vivían en Israel.
El presidente estadounidense Bush (padre) impulsó unas nuevas negociaciones, que culminaron en la conferencia de Madrid de 1991, en la que la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), que había abandonado la lucha terrorista, fue representada por primera vez oficialmente. Ya bajo Clinton, y aprovechando una situación de gobierno moderado israelí, se firmó la llamada “Paz de los valientes”, en la que se aceptaba internacionalmente la OLP, que prometía abandonar las acciones terroristas, y a su jefe Yasser Arafat como la figura más adecuada, por su prestigio, para capitanear un futuro Estado en Cisjordania, que de momento recibió el nombre de “Autoridad Palestina”. En la práctica ésta funcionaba como una autonomía israelí, aunque nunca ha estado sometida a la soberanía de ese Estado: en virtud de la decisión de Hussein II, se trataba de hecho de una “soberanía abandonada”, que iba a culminar en un futuro Estado. Fue constituyéndose allí su propia Administración, y Arafat sería elegido primer ministro de ella en 1996. Pero un poco antes el proceso de paz había sufrido un rudo golpe con el asesinato de uno de los firmantes de la “Paz de los valientes”, el presidente del consejo de ministros israelí, Yitzak Rabin.
En 1999 estalló una “segunda intifada”, y desde entonces el terrorismo suicida palestino, castigado duramente con incursiones del ejército israelí, ha convertido la vida en Israel en un infierno. Los gobiernos extremistas, presididos por Netanyahu y Sharon, han correspondido a la escalada de violencia, e Israel ha llegado a iniciar la construcción de un muro que lo aísle de las continuas incursiones terroristas palestinas. Los Estados Unidos, de cuya protección ha dependido siempre el Estado israelí, tratan a su protegido con mayor severidad, y la ONU se opone al muro, pero, antes de horrorizarse, conviene recordar que obras similares separan Ceuta y Melilla de Marruecos.
Si para terminar hubiera que resumir muy brevemente todo el berenjenal del Oriente Próximo, podría hacerse así: Israel tiene derecho a existir desde la famosa resolución de la ONU, derecho al que se opusieron los árabes, que perdieron una serie de guerras agresivas en las que Israel luchó por su supervivencia. Pero la situación creada volvió arrogante a Israel, que soñó con ampliaciones de su territorio, aumentando así el odio árabe. En la actual situación los países árabes ya no proclaman públicamente su intención de destruir el Estado de Israel, conscientes de la poca aceptabilidad internacional de esta actitud, sino que se quejan meramente de los establecimientos abusivos, pero la violencia de la lucha terrorista contra éstos indica que las organizaciones clandestinas se han vuelto extraordinariamente fuertes y ejercen un tipo de lucha casi imposible de erradicar. A la recíproca, la sensación de vivir permanentemente en estado de sitio ha extremado la arrogancia israelí, quien se ha echado en brazos de gobiernos extremistas que justifican sus continuos desprecios a la ONU en el derecho a la existencia, castigando los atentados terroristas con bombardeos y destrucciones equivalentes a un contraterrorismo.
El problema es que, pese a las continuas llamadas a la paz, los grupos extremistas de cada bando en realidad no la desean, prefiriendo una lucha suicida destructora de todo. Como antes cayó Rabin a manos de un extremista, lo que efectivamente dificultó el proceso de paz, el plan auspiciado por USA llamado “Hoja de ruta” ha sido reducido a la nada por la actuación de los grupos terroristas palestinos. De momento siguen las espadas en alto y no se ve salida al conflicto, que es de presumir que seguirá arrastrándose muchos años. Los árabes siguen firmes en su idea de “arrojar al mar” a los judíos, y éstos replican con su política, inspirada en la Biblia de “ojo por ojo y diente por diente”. Sólo un océano de sensatez podría terminar con tanta locura.
Josep
M. Albaigès, diciembre 03