EL
DÍA EN QUE MI HERMANO SALVÓ AL MUNDO
Así se titulaba un artículo
escrito por Robert, el hermano menor del presidente John F. Kennedy, antes de ser asesinado a su vez (1968). El
frustrado aspirante a presidente contaba en él con detalle la crisis de los
misiles de octubre de 1962, enfocándola como no podía menos que ser desde un
punto de vista hagiográfico hacia su hermano mayor.
Han transcurrido muchos años
desde este episodio, que viví en mi juventud con toda intensidad, y he visto a
lo largo del tiempo de qué forma puede distorsionarse la historia con
apriorismos hasta deformar la verdad en función de las preferencias y
simpatías/antipatías personales. Por ello me decido hoy a escribir mi versión
de los sucesos de aquellos días, tal como los vivimos sus testigos,
especialmente aquéllos que desde países insignificantes a escala planetaria no
podíamos desempeñar otro papel que el de hojas del árbol arrastrado por el
vendaval.
No cabe duda de que John F. Kennedy fue un hombre afortunado, hasta Dallas,
claro. Hijo de un multimillonario estadounidense personificador
del arquetipo del self made man que
tanto gusta allí, su carrera estuvo encaminada a la presidencia desde chiquito:
un medio de coronar el triunfo social de su familia. La mejor demostración de
ello es que tras su trágica muerte su lugar tenía que ser ocupado por su
hermano Robert, y cuando el sino trágico de la familia se cebó a su vez en
éste, sólo la insigne torpeza de la laguna de Chapaquiddick (1969) cortó la que
hubiera sido tercera carrera familiar hacia la presidencia, a cargo del único
hermano varón superviviente (y el más torpe de los tres), Edward.
En realidad, John F. Kennedy no había empezado muy bien que digamos su
mandato presidencial (1961). Ante una situación mundial difícil, había cometido
una serie de torpezas tanto en el plano nacional como en el internacional que
empeoraban el papel de los USA. Los principios de los años 60 estaban marcados
por una serie de hechos:
Y llegó. Los hechos son
sobradamente conocidos, al menos en su descripción esquemática. A mediados de
1962 empezaron a llegar cargamentos de misiles rusos a Cuba, destinados al
equipamiento de bases estratégicas contra USA. En realidad, una situación como
ésta, sentirse apuntados desde un lugar
tan próximo por armas extranjeras, resultaba familiar para todo el mundo,
excepto para USA, en el contexto de la guerra fría. Desde luego lo era para los
europeos occidentales, encañonados desde Alemania (se atribuye a Khruschev la frase: “Madrid, qué ciudad tan bonita. Qué
pena que un objetivo militar como Torrejón esté tan cerca”). Los mismos rusos
tampoco se libraban de ella, con misiles estadounidenses apuntándoles desde
Turquía o Irán.
Pero los USA son distintos.
Esta situación resultaba totalmente intolerable para ellos. Hasta dónde
podríamos llegar, razonaría su pueblo en cuanto se enterara de los datos que
los satélites espía norteamericanos proporcionaban sin cesar sobre la
construcción de las bases. No, había que
tomar una resolución. Y así Kennedy decidió largar el órdago más dramático de
la historia, proclamando el bloqueo de la isla y advirtiendo que los barcos
sospechosos (los rusos) que se dirigieran a ella serían detenidos e
inspeccionados por la armada norteamericana.
Siguieron unos días de
tensión y terror mundial. Los aviones de la SAC (Strategic Air Command,
máximo organismo de defensa estadounidense) se hallaban permanentemente en el
aire con carga nuclear, en estado de máxima alerta, y en Europa todo el mundo
miraba con preocupación hacia Oriente (¡los misiles soviéticos estaban nada más
que a dos horas de distancia de Madrid!). Recuerdo el ambiente que se vivía en
el Colegio Mayor universitario de esa ciudad donde yo residía: el único tema de
conversación era la crisis, la más grave desde la segunda guerra Mundial, y
cada parte radiofónico de noticias era escuchado por los residentes en medio de
un silencio dramático, no distinto del que nos han transmitido las películas en
ocasión de las emisiones radiofónicas durante la Segunda Guerra Mundial.
Finalmente el Secretario
General de Partido comunista ruso, dio su brazo a torcer anunciando que los
buques rusos retornaban a sus bases. El mundo suspiró, aliviado. Lo que no se
dijo entonces es que esta concesión implicaba la renuncia de los USA, pactada
en secreto, a seguir interviniendo en Cuba, que sigue bajo el mismo régimen
castrista cuarenta años más tarde. Pero la paz mundial se había salvado, y,
como ocurriera pasado el año 1000, los países se vistieron de blanco para
saludar los nuevos tiempos. De hecho, de este momento arrancó el definitivo
retroceso de la Unión Soviética. Dos años más tarde caería Khruschev,
desacreditado ante su propio equipo por el ridículo vivido, y en 1969 los
Estados Unidos llegarían a la Luna,
sellando así su superioridad espacial.
Posteriormente se intentó
presentar el showdown
americano como algo necesario, llegando al fraterno cinismo de Robert de afirmar que con él “se había salvado al mundo”.
En realidad la acción fue un lanzamiento de moneda al aire de condiciones
imprevisibles, motivado por la prepotencia de un país no acostumbrado a
plegarse a las reglas de la guerra fría que él mismo había contribuido a
instaurar. Por fortuna el lanzamiento salió “cara”, pero solamente la angustia
vivida en esos días a escala mundial exige un juicio más severo del que hasta
ahora se ha dispensado al bisoño y altanero hijo de papá que un día presidió
los destinos estadounidenses y mundiales. Algún día lo hará la Historia.
Josep
M. Albaigès
Barcelona,
febrero 2005