Los Gusanos
La fascinante narrativa de Albert Torres me ha hecho conocer algo más sobre la entrañable Cuba, tan poco merecedora del régimen tiránico al que se ve sometida, que da ciento y raya a la de Franco. Los detalles de la vida en aquellos desconocidos primeros primeros años del castrismo serían chuscos de no ser trágicos.
Es el caso que el país caribeño, en los tiempos en que Albert lo visitaba por negocios, había adquirido rápidamente los hábitos de los países socialistas-subdesarrollados, desde el rígido control policíaco de propios y extraños hasta la prohibición de salidas al “exterior contaminado” y el esquilmamiento de los pocos visitantes que recibía. Más tarde esto variaría algo en cuanto el régimen, privado de sus subvenciones por el hundimiento de la URSS, se vio obligado a tratar de conseguir alguna divisa del exterior, para lo cual recurrió al turismo. De todos modos, ese aporte foráneo no ha flexibilizado el corrupto y decadente régimen; sólo ha hecho cobrar más conciencia de su sufrimiento a los diez millones de cautivos de la isla.
La irrupción de los revolucionarios barbudos y la progresiva comunistización acarreó un típico resultado de los regímenes revolucionarios, que hemos visto repetirse en la Rusia de Lenin, en la España de Franco y en el Irán de Jomeini. La intelligentsia desapareció (como no hay mal que por bien no venga, así fecundó las tierras de Florida, como la intelectualidad española había fecundado México en 1939), y el nuevo régimen no vaciló en expoliar las propiedades de los que habían huido para llenar algo las escasas arcas gubernamentales, ya bastante exhaustas por pagar a los inspectores-denunciadores que el régimen había colocado en cada casa de vecinos, o en proveer cuentas corrientes en el extranjero para los triunfadores de la revolución.
Hemos dicho antes que el régimen castrista no dejaba huir al extranjero, y eso no es rigurosamente exacto. De hecho, sí se concedían unos permisos para salir, previa incoación de un expediente que podía durar años y entrega de todos los bienes a la gloriosa Revolución, aparte, naturalmente, de infinidad de vejaciones hacia los Gusanos, que así eran llamados los que preferían la hediondez capitalista a la construcción de un mundo nuevo en el Caribe . La huida sólo podía realizarse vía París o Madrid, en un avión semanal que partía hacia esas ciudades. Albert, cuyas ocupaciones lo habían hecho viajar a la ida de éste, cuenta que el viaje hacia La Habana sólo iba ocupado por veinte o treinta hombres de negocios, mientras que el de vuelta iba hacinado hasta los topes de fugitivos cubanos.
Los pobres Gusanos eran despojados de todo y partían literalmente con lo puesto; incluso debían presentarse en el aeropuerto veinticuatro horas antes de la salida del avión en previsión de que se hubieran tragado algún anillo de oro, que la naturaleza devolvería en ese período. Ya embarcados hacia Madrid, los previsores camaradas exiliados tenían preparado en el aeropuerto de Barajas para recogerlos un autocar provisto de camisetas, zapatos y abrigos, muy de agradecer en tiempos invernales.
El tiempo ha transcurrido, y Castro parece inmortal. Ahora Cuba, a falta de otros productos, exporta material humano, masculino y femenino, que remedia las carencias eróticas otoñales hispanas. ¿Hasta cuándo durará esto? Dice el refrán que no hay bien ni mal que cien años dure, pero quizás nos hallemos ante la primera excepción de la venerable regla.
Cuba: no pierdas la esperanza.
JMAiO, BCN, mar 06