Golpes de Estado en tiempos de los Reyes Católicos

 

Se cree a menudo que los golpes de Estado son una “institución” relativamente reciente, y muchos no dudarían en asociarlos exclusivamente nuestro turbulento siglo XIX, lleno de asonadas, motines y cuartelazos (no olvidemos, en el XX, a Primo de Rivera ni a Franco). Frente a esa agitación, se presenta a menudo la época de los Reyes Católicos como un período poco menos que idílico, durante el cual se alcanza la unidad territorial española, bien es cierto que mediante procedimientos no siempre pacíficos (invadiendo Granada y Navarra), pero justificables por la historia al uso en aras de la “unidad de la Patria”, que exigía algún que otro sacrificio, decidido por la carismática Castilla como árbitro de la política ibérica.

 

En realidad, una somera cabalgada por esa época muestra que el poder se ejerció —y consolidó— en bastantes ocasiones de forma no menos ilegítima que la que se atribuye a Primo de Rivera o a Franco.

 

Empecemos por doña Isabel, segundona de un rey (Juan II) cuya dinastía se había entronizado a través de un fratricidio (nos referimos, claro, a Enrique II, asesino de su hermano, el rey legítimo Pedro y encumbrado como nuevo rey por la nobleza). La futura Reina Católica asistió, primero como lejana espectadora y después como elemento activo, a los manejos de la nobleza interesada en desposeer a su hermano Enrique IV colgándole como excusa el sambenito de que la heredera de la Corona, su hija Juana, era ilegítima. Con ese recurso se consiguió, intimidando al débil rey, que éste privara de sus derechos a la que, por fas o nefas, ha pasado a la historia con el calumnioso apodo de la Beltraneja (por Beltrán de la Cueva, su supuesto padre). Las armas resolverían finalmente el contencioso, y una vez más se impuso la voluntad de un sector de la nobleza, que contra todo derecho proclamó reina de Castilla a doña Isabel.

 

Ésta, demostrando singular astucia, se resistió a convertirse en rehén de quienes tan ilegalmente la habían encumbrado, y con la ayuda de su esposo, el astuto Fernando II de Aragón, arquetipo del Príncipe de Maquiavelo, tomó como primera misión reducir a la demasiado poderosa nobleza, habituada a poner y quitar reyes. Tan bien lo hicieron los cónyuges, que lograron desposeer de sus castillos y armamento a los cabecillas más destacados y erigirse en reyes indiscutibles de Castilla, aunque Fernando tuvo que conformarse con una soberanía compartida, que se resumió en la célebre divisa Tanto monta monta tanto. La nobleza, pese a todo, no deseaba que un forastero, como vieron siempre al rey aragonés, manejara el cotarro castellano, aunque bien aceptó su colaboración en temas tan espinosos como las conquistas de Granada o de Navarra, reinos que pronto serían anexionados sin más a Castilla.

 

Las ideas de Isabel y Fernando se encaminaban a conseguir de una vez la unión peninsular, ya por las malas como en los casos anteriores, ya por las buenas con una adecuada política matrimonial, de los que ellos eran ejemplo. Pero el hijo mayor, el infante heredero don Juan, destinado al matrimonio con una princesa portuguesa, falleció en 1497. Todavía nada estaba perdido: la hija mayor, Isabel, casó con el  heredero portugués, don Manuel, por lo que el hijo habido de este matrimonio, don Miguel, fue heredero de las tres coronas (Castilla, Aragón y Portugal)… durante un breve tiempo, pues falleció, casi al mismo tiempo que su madre. El destino malbarataba sin cesar los planes de los Reyes Católicos.

 

La segunda hija de los monarcas, Juana, estaba casada con Felipe el Hermoso, nieto del emperador Maximiliano de Austria. Se trataba de una típica alianza entre la corona castellana y el que previsiblemente sería un día Emperador. Nadie había contado con en el rumbo que, por esos azares necrológicos, tomaría la corona castellana (y, por arrastre, también la de Aragón). Una serie de desdichas se encargarían de arrastrar las monarcas peninsulares a unos destinos imprevistos y nada favorables.

 

En 1504 falleció doña Isabel. En principio, Castilla y Aragón pasaban nuevamente a ser regidos por dos monarcas, pues doña Juana pasaba a ser reina de Castilla, y don Fernando continuaba siéndolo de la Corona de Aragón, aunque como sucesor de ambos se perfilaba Carlos, el hijo de doña Juana. Carlos era un mozalbete nacido en Gante, que hablaba sólo francés y flamenco y que, por las muertes comentadas, recibió la imprevista herencia española como se recibe la de un desconocido tío millonario de América.

 

Antes de morir, doña Isabel había nombrado “gobernador” (regente, diríamos hoy) de Castilla a su marido Fernando en tanto subsistieran los signos de desvarío que estaba mostrando doña Juana. Fernando intentó ejercer su cargo, pero la nobleza castellana, cuya agresividad había renacido, no estaba en absoluto de acuerdo. ¿Quién es capaz de dictaminar que un soberano está loco? Y con arreglo a este discutible punto, manifestaron su oposición a la regencia del rey viudo, atribuyendo ésta a su yerno Felipe: ¡otro golpe de Estado! Don Fernando, tras calibrar el poco apoyo que tenía entre la nobleza, decidió prudentemente volver a Aragón. Y no sólo eso, se apresuró a contraer nuevo matrimonio con la dama doña Germana de Foix, confiando en el nacimiento de un heredero a quien dejar la Corona de Aragón, separándola de los dominantes castellanos. Efectivamente, nació ese heredero, pero vivió sólo unos pocos meses. Es curioso cómo suele ser omitido este segundo matrimonio del rey en los tratados de historia empeñados en atribuir la “unidad de España” a los Reyes católicos (otra falacia, pero éste es tema para otro día).

 

La muerte no paraba de jugar en el destino de los reinos peninsulares. Pues a los pocos meses de la expulsión de Fernando, su yerno Felipe fallecía en el famoso accidente del juego de pelota, cuando bebió líquido helado tras una sudada monumental (es falso atribuir su muerte a sus excesos, que desde luego existían, y mucho). En el traslado del cadáver en descomposición hasta Granada a través de un fantástico y larguísimo camino, doña Juana dio muestras ya inequívocas de su locura, aunque, según parece, ésta alternó toda su vida con intervalos de lucidez, que hacían siempre discutibles todos los intentos de incapacitarla.

 

Conque nuevamente se pensó en Fernando para llenar el vacío de poder que de nuevo se había producido. El achacoso rey se puso una vez más en camino hacia Castilla, donde tuvo que pasar las mil y una intentando afirmar su autoridad frente a los levantiscos nobles, decididos a no permitir así como así su vuelta. Mientras tanto, cometió otro conato de golpe de Estado, atribuyendo la regencia de la Corona de Aragón a su nieto Fernando, hermano menor de Carlos. Y así, en uno de sus viajes, falleció en el mesón de Madrigalejo, pues no hubo mejor acomodo para él. Poco conocido es el hecho de que un día antes de su muerte revocó este testamento, lo que no deja de ser cuanto menos curioso.

 

Bien, ya tenemos las cortes europeas enteradas del hecho. Por una serie de carambolas históricas increíbles, Carlos de Habsburgo pasaba a ser rey de Castilla y de Aragón (no olvidemos que esta Corona comprendía en aquella época numerosos territorios hoy italianos). Y aquí vino el último golpe de Estado, el más sonado de todos: sin molestarse siquiera en regresar a España, Carlos fue proclamado, pocas semanas después de la muerte de su abuelo, monarca de los reinos peninsulares (salvo Portugal, claro). Este hecho, excusado una vez más en la ya requeteclara locura de su madre Juana, se saltaba cualquier legalidad, pues en todo caso le hubiera podido corresponder el cargo de “gobernador” (regente), pero nunca “destronar” a su propia madre.

 

Hay que atribuir esta jugada a la “eminencia gris” de Carlos, su preceptor Guillermo de Croix, ansioso de asegurar para él unos territorios que sin duda favorecerían sus ambiciones para ser Emperador. No olvidemos que este cargo, aunque ostentado por su abuelo Maximiliano, no era en principio hereditario, sino que dependía de los votos de unos compromisarios, que habría que comprar. Y para ello vendrían muy bien las exacciones que iban a obtenerse en estos alejados reinos, en los que Carlos nunca había estado, y de los que no conocía siquiera sus lenguas (bueno, este hecho sigue produciéndose hoy a menudo). Y así, el flamante nuevo “rey”, acompañado de su corte de flamencos ávidos de saquear todos los cargos españoles posibles, se embarcó hacia España, donde desembarcó en 1517. Lo primero que allí hizo fue despedir desagradecidamente a Cisneros, que con tanta fidelidad le había mantenido el trono, y prepararse para recaudar el máximo de alcabalas posibles en sus nuevas posesiones a la vez que repartía todos los cargos entre sus amiguetes. Nada tienen de raro las rebeliones de los Comuneros y las Germanías que como reguero de pólvora recorrieron sus nuevos y esquilmados reinos.

 

Tras lo cual pudo ponerse en camino de nuevo para su verdadera ambición, el Imperio, en cuanto abdicó su abuelo. El resto es sabido: lo alcanzó gracias al apoyo financiero de los banqueros Függer y de los doblones que no paraban de llegar de España y de América, y utilizó constantemente el soporte financiero español para financiar sus guerras europeas contra los protestantes, que de todos modos fracasaron a la postre.

 

Faltaba por añadir una cosa: estrictamente hablando, Carlos sólo fue rey de los reinos españoles un año, pues hasta 1555 no falleció su madre Juana, la verdadera monarca. Tras abdicar de los reinos españoles (1556) y transmitir el Imperio a su hermano Fernando (¡siempre el concepto patrimonial aplicado a los reinos!), decidió dar rienda suelta a sus morbos necrológicos retirándose con cincuenta servidores al monasterio de Yuste, donde llevó una vida regalada (nada que ver con la de los monjes) hasta su prematura muerte, en 1558. Así, entre meditaciones mortuorias obsesivas y responsos cantados en vida, falleció el monarca más nefasto que ha tenido España.

 

                                                                                                          JMAiO, BCN, oct 06