GALLÍPOLI (LOS HORRORES DE LA GUERRA)

 

En febrero de 1915, a los seis meses de iniciada la I Guerra Mundial, los frentes habían ya adoptado el proceso de inmovilización que caracterizaría todo el conflicto. Encajados en sus trincheras, los hombres sufrían frío y barro mientras los cañones tronaban.

Cuadro de texto:  Los Imperios Centrales estaban rodeados: por un lado los aliados Francia e Inglaterra, por el otro Rusia. Pero también esta potencia demostraba una notable falta de efectividad, y habían fracasado sus ataques por el Cáucaso a Turquía, aliada de los Imperios Centrales. No había modo de conectar con el imperio de los Romanov.

En estas condiciones, algunos estrategas de salón empezaron a considerar la posibilidad de un ataque aliado contra Turquía, llave que abriría el paso hacia el frente occidental y a la ayuda a Rusia. Claro es que la única forma posible era el traslado de fuerzas a través de los Dardanelos y el Bósforo, supremos enclaves estratégicos con que la naturaleza había dotado el imperio turco.

Ni que decir tiene que éste había protegido esta posible vía de penetración instalando una serie de baterías de artillería de costa a ambos lados de los Dardanelos. Un combinado de la escuadra inglesa mantuvo en febrero allí un duro combate, pero la mejor situación y potencia de fuego de éstas condujo al fracaso, y los buques tuvieron que retirarse: de los diez acorazados atacantes, tres fueron hundidos y otros cuatro gravemente averiados.

Winston Churchill, a la sazón ministro de la Marina inglesa, concibió entonces la idea de desembarcar en la península de Gallípoli (Gelibolu para los turcos) para proceder al avance hacia Estambul dejando atrás el fuego turco e incluso atacándolo por la retaguardia para facilitar ulteriores pasos de su escuadra por el estrecho. Esta opinión no era del agrado del almirante John Fischer, el marino inglés más ilustre desde Nelson, quien veía el grave peligro. “¡Malditos los Dardanelos! ¡Serán nuestra sepultura!”, espetó al flamante marino de agua dulce antes de presentar su dimisión, incapaz de colaborar con la descabellada empresa.

Albarda sobre albarda, los errores estratégicos fueron seguidos de los tácticos. El 25 de abril de 1915, el Anzac (siglas de Australia and New Zealand Army Corps, combinado de fuerzas australoneozelandés), desembarcó a las cuatro de la madrugada en la parte occidental de la península de Gallípoli. Por la oscuridad o por la simple incompetencia, el caso fue que aparecieron en la estrecha playa que después se ha llamado Anzac Cove, limitada por una dura orografía, que hacía muy difícil el movimiento hacia el interior. Allí tuvieron que parapetarse durante meses las fuerzas en cuevas, trincheras y blocaos construidos apresuradamente.

¿Y los ingleses? Durante la II Guerra Mundial corrió por Francia un curioso chiste: “Inglaterra resistirá hasta el último soldado francés”. Quizá su origen se hallara en el desembarco de Gallípoli, en el que las fuerzas británicas se reservaron una zona del Cabo Helles, al sur de la península, infinitamente más segura que  la destinada a los pobres Anzac… aunque de todos modos tampoco pudieron avanzar desde allí ni un palmo.

Porque mientras tanto, el inicial ataque de los Anzac había sido repelido fulminantemente por los turcos. Los ingenuos muchachos australianos y neozelandeses, que habían tomado a los otomanos por un pueblo ignorante que se desbandaría al primer ataque, aprendieron pronto a respetar el valor del soldado turco. La defensa turca era comandada al principio por el general alemán Limon von Sanders, quien realizó el mayor acierto de su vida nombrando a Mustafá Kemal como su oficial subalterno. Empezaba el histórico destino del más universal de los turcos.

Los meses siguientes fueron de horror, plagados de avances y retrocesos, con las trincheras enemigas situadas a veces a ocho metros de distancia. Hasta quince divisiones llegaron  a ser desembarcadas, y mediante avances a la bayoneta repelidos a menudos con descargas de ametralladora, los Anzac consiguieron, con cuantiosas pérdidas, escalar la cordillera que constituye el espinazo de la alargada península, y poner el pie en la cumbre de Chunuk Bair, desde donde se divisaban los Dardanelos al otro lado.

Pero esta vista duró sólo cuarenta y ocho horas. Apenas reemplazados por fuerzas inglesas, que mientras tanto habían desembarcado en la más accesible Suvla Bay, Kemal organizó un fulminante contraataque, presidido por una orden terrible: “No os ordeno atacar; os ordeno morir”. Y los turcos reconquistaron la posición.

El estancamiento del combate duró meses, hasta que el Alto Mando británico decidió que la operación había fracasado y ordenó la evacuación, de la que se mostraron orgullosos. Premonitoriamente, como en Dunkerque, las fuerzas británicas conseguían su mayor “gloria” en una evacuación. El caso fue que en enero de 1916 los últimos soldados fueron embarcados, dejando tras de sí 30.000 cadáveres en cada bando, que permanecerían años insepultos. Gran Bretaña, con todo, persisitió en sus intentos de penetración, desembarcando en Salónica y violando así la neutralidad griega, pero fue rechazada, salvándose en su retirada gracias a que el Alto Mando alemán renunció a imitarla persiguiendo sus fuerzas en territorio griego.

Como diría el tanguista, “Hoy todo ha pasado, flores en las plantas”. El desastre militar de Gallípoli, el mayor sufrido en toda su historia por las repúblicas australes, es visto hoy por ellas como un holocausto en el que lo de menos es la victoria o la derrota, sino el recuerdo del heroísmo de unos y otros. El propio Kemal, ya convertido más años en Atatürk, el creador de la moderna Tuquía, dirigió a las madres de los soldados este poema:

 

No existe diferencia alguna entre los Johnnies y los Mehmets para nosotros, ahora que descansan juntos en este país nuestro.

Vosotras, madres que mandasteis a vuestros hijos desde lejanos países, secad vuestras lágrimas;

Vuestros hijos descansan ahora en nuestros corazones y han encontrado la paz tras haber perdido sus vidas en estas tierras,

Ellos también se han convertido en nuestros hijos.

 

Cuadro de texto:  En 1990, concidiendo con el 75 aniversario de la acción, Australia, Nueva Zelanda y Turquía unieron amistosamente sus fuerzas para proporcionar un reposo digno a sus muertos, erigir una serie de monumentos conmemorativos y convertir la pasada contienda en un motivo de paz y amistad para el futuro. A la fiesta, presidida por el primer ministro australiano, asistieron varios centenares de suprevivientes y/o sus esposas o viudas. Las edades estaban comprendidas entre los 92 y los 105 años, y ex combatientes nonagenarios del Anzac y turcos se abrazaron entre sí.

Cuadro de texto:  Recorrer el vasto escenario es hoy toda una aventura emotiva. Las playas de Anzac Cove y Suvla Beach conservan todavía restos de casamatas, y a su largo se alinean varios cementerios donde descansan los invasores. Más arriba aparecen los impresionantes memoriales de ambos bandos y monumentos, con más cementerios de uno y otro bando. En particular, es singularmente emotivo el de Lone Pine, en el que un enorme pino preside los rangos de tumbas de los Johnnies, al lado de otro rematado por una oriental cúpula, donde descansan los Mehmets. En la cumbre de Chunuk Bair se acaricia con la mirada ese objetivo, los Dardanelos, que tantas vidas costó y que fue dado ver sólo un instante.

En el extremo más meridional de la península (cabo de Helles) se levanta el memorial británico, y un poco más allá, un gigantesco monolito en forma de mesa agrupa bajo su sombra la memoria de los 60.000 caídos y  los 600.000 combatientes de uno y otro lado.

El memorial en que se ha convertido hoy la península es un monumento no sólo a los que allí cayeron, sino a la suprema estupidez de la guerra y la mayor aún de algunos de sus dirigentes.

 

                                                                         Josep M. Albaigès

                                                                         Barcelona, noviembre 2002