UNA FAMILIA INEFABLE

 

Hace unos años se celebró en Madrid una de esas encuestas-boutade cuyo resultado ofrece a veces sorpresas: “¿Qué cuadro (sólo uno) salvaría Vd. en caso de incendio en el museo del Prado?” Por supuesto no faltó quien contestara “el más cercano a la puerta”, pero, entre las respuestas anotables, quedaron en primer lugar, ex aequo, Las Meninas y La familia de Carlos IV.

Ningún visitante serio de nuestra primera pinacoteca habrá dejado de pasar un buen rato frente a ese último cuadro, sin duda el más famoso de Goya. Es fama que Prosper Mérimée, que ante Las Meninas había exclamado: “Où est le tableau?” (¿Dónde está el cuadro?), reservó este comentario para el que comentamos: “Voilà la famille du boulanger, le jour qu’il a  gagné le gros lot à la loterie!” (¡He aquí la familia del pastelero, el día que ganó el premio gordo de la lotería!”).

Cuadro de texto:

Algunos amigos me han pedido que exponga en negro sobre blanco mi ponencia de la pasada RAM de Granada sobre las aventuras, especialmente las galantes, de esa familia borbónica que, con escasas discontinuidades, nos rige desde hace trescientos años. Tarea un tanto dífícil que posiblemente agotaría la paciencia de nuestros lectores. Me limitaré por ello al primer capítulo, el que encuadra los personajes de ese fabuloso estudio psicológico del genial pintor aragonés, ubicado a principios del siglo XIX.

Lo primero que sorprende del cuadro, presidido por la burlona mirada de Goya en su humilde rincón, es el personaje central, que no es el rey, sino su enérgica mujer, María Luisa de Parma, como correspondía a su status de mandamás en la real familia, circunstancia que audazmente plasmó Goya. A su lado, con mirada entre cretina y bondadosa, el rey Carlos IV. Se ha dicho que el espacio vacío entre ambos estaba reservado moralmente a Godoy, el favorito de la reina y padre, como mínimo, de los dos niños que ésta mantiene desafiantemente cogidos de sus manos, la infanta Isabel María y el infante Francisco de Paula, cuyo “indecente parecido” con el favorito, comentado sin pudor alguno por lady Holland, escandalizó a toda Europa.

Parece ser que el pobre Carlos IV había mostrado su vocación de cornudo ya a tempranas edades. Es fama que en una conversación mantenida en vida de su padre, Carlos III, sobre el escabroso tema de las infidelidades conyugales, el entonces príncipe de Asturias había comentado candorosamente:

—Por suerte, los reyes estamos libres de ese problema.

—¿Y cómo es eso? —había dicho su padre.

—Porque, ¿qué mujer iba a preferir los méritos de un hombre corriente a los de la augusta majestad de un rey?

Carlos III se había quedado mirándolo de hito en hito.

—¡Qué bobo eres, hijo mío! —fue su comentario.

Pero sigamos con el cuadro. A la izquierda vemos el futuro rey Fernando VII, evitando mirar a su madre, a la que odiaba casi tanto como a Godoy, auténtico rey de vidas y haciendas en aquellos años. Medio escondido tras Fernando, su hermano Carlos María Isidro, de vocación célibe en el tiempo del cuadro, aunque la cambiaría para desgracia de España, como veremos.

No mucho después de que Goya acabara su tarea, España se vería envuelta en una dolorosa guerra contra Napoleón (1808). Pero ésta había sido precedida poco antes por el Motín de Aranjuez, una revuelta del populacho de la que resultó la forzada abdicación de Carlos IV como único medio de salvar la vida de Godoy (¡a tanto llegaba el altruísmo del buen rey!). Fernando, ya investido con el título de Séptimo, todavía intentó poner al odiado favorito en situación de ser despedazado por la plebe de Madrid, pero la oportuna presencia de Murat, general del ejército napoleónico que ocupaba ya entonces de facto España, salvó una vez más al valido.

Viene entonces el episodio más tragicómico de la monarquía española. El depuesto rey Carlos, llamado por Napoleón, emprende viaje a Bayona, donde, presionado por el Emperador, se retracta de su abdicación para formular otra inmediatamente a favor de Joseph, hermano del corso, siempre mediando una suculenta pensión compensatoria. Poco después, atraído con similares tretas, llega Fernando, quien, preso en la encerrona, sucumbe finalmente y abdica a su vez. ¡Ya es rey de España José I, el famoso Pepe Botellas!

Sin embargo, la cosa no va a ser tan fácil en la península. Ante la partida de los últimos infantes hacia Bayona, unos agentes de Fernando VII consiguen sublevar al pueblo madrileño: estamos en el famoso 2 de mayo. La sangre correrá en España durante seis años, mientras Fernando pasa ese tiempo de dorado exilio en Valençay, ejercitándose en labores como la calceta y el ganchillo, en las que sobresalía, y escribiendo de vez en cuando cartas a Napoleón para felicitarle de las victorias de sus generales contra ese pueblo díscolo español que entregaba su vida por el Deseado.

España gana la guerra con la ayuda inglesa, el Botellas huye y Fernando hace al fin su entrada triunfal en España, en carroza tirada por sus idolatradores súbditos. Algunos intentos de someterle a la Constitución del Doce (la famosa Pepa) que había sido proclamada en su ausencia fracasan rotundamente, y el Rey Chispero (o Cara de Pastel, o Narizotas, pues todos esos motes y más le son adjudicados por el pueblo) ejerce su tiranía durante dieciocho años más, no vacilando, cuando es necesario, en pedir la ayuda de los propios franceses, que son recibidos esta vez con estusiasmo por el pueblo, pues, pese a todo, el rey seguía manteniendo entre éste su popularidad.

Y mientras tanto, el propio Fernando VII y sus hermanos se han ido casando. El rey, enviudador impenitente, entierra a tres mujeres (entre ellas una sobrina carnal suya) sin haber conseguido preñar felizmente a ninguna, pese a su desmesurada potencia sexual, comentada en historias y chascarrillos de todo tipo entre el pueblo, eterno admirador de las hazañas eróticas de sus reyes. ¿Irá a la cuarta la vencida? Pues sí, y curiosamente ésta, la más dulce de todas, es otra sobrina suya, María Cristina, hija de la famosa infanta Isabel María (la niña del cuadro), que mientras tanto se había casado con un príncipe italiano. La sangre de Godoy entra de nuevo en la familia real, impregnando a las hijas alumbradas por María Cristina, las infantas Isabel (1830) y Luisa Fernanda (1832).

Y a tiempo, pues Fernando, enfermo desahuciado de gota, muere (1833), dejando las dos huerfanitas. La primera cuenta tres años y la segunda es bebé a la muerte del rey, y María Cristina, convertida en regente, tiene que entregarse en brazos de los liberales, los mismos a quienes hasta unos días antes había negado el pan y la sal el achacoso rey ingrato.

Y es que quizás el Narizotas no era tan tirano, después de todo. Con su energía característica había combatido tanto a los liberales como a los miembros de la reacción ultramontana, los llamados apostólicos, acuñando su imparcial consigna “Palo al burro blanco y palo al burro negro”. En efecto, sus excesos antiliberales parecían tortas y pan pintado a su hermano Carlos María Isidro, casado y convertido a esas alturas por la influencia de su hombruna mujer en el apostólico número uno y artífice de la reacción, enemigo mortal de todo lo que oliera, por tibiamente que fuese, a ideas salidas de la Revolución Francesa.

A mayor abundamiento, una antigua ley, llamada Sálica, curiosamente francesa, había proscrito hasta los tiempos en que hemos iniciado nuestro relato a las mujeres del trono. La derogación de la misma por Carlos IV, hecha pública por Fernando para que Isabel pudiera reinar, exasperó a Carlos, que en los últimos años de su achacoso hermano acariciaba la idea de sucederle en virtud de unos derechos de tipo “divino”. La entrada en el poder de los blancos no sería consentida por Carlos, quien se proclamaría en rebeldía, levantando en armas a sus partidarios, adoptando el nombre real de “Carlos V” e iniciando la primera de las guerras que el tiempo llamó carlistas.

Fueron aquellos unos años duros. Da idea del nivel a que se movía la política española el hecho de que en 1836 dieran un golpe de estado triunfante ¡unos sargentos! para restablecer la Constitución del Doce. El caso, de todos modos, fue que la guerra se ganó gracias a la habilidad militar de un militar llamado Espartero (podríamos considerarlo un predecesor de Franco), que durante un tiempo se erigió en señor de horca y cuchillo de España, todo ello facilitado por la conducta de María Cristina, no del todo ejemplar, pues sin llegar a sentir el frío de la viudez se había apresurado a casarse en secreto (forma decente de amancebamiento) con el apuesto oficial Fernando Muñoz, a quien el pueblo conoció jocosamente como "Fernando VIII". Esto provocaba no pocas dificultades protocolarias, especialmente cuando la reina se veía obligada a presidir actos oficiales en estado de ostensible gravidez, todo lo cual acabó motivando su alejamiento por el espadón. Pero los muchos errores de éste también propiciaron su turno, y los políticos, en busca de estabilidad,  acabaron urdiendo una brillante solución: proclamar a la princesita “mayor de edad”... ¡a los trece años! para que pudiera ceñir la corona. Pobre Isabelita.

A estas alturas resulta indispensable una mirada al árbol genealógico de la familia; he intentado resumirlo en el gráfico adjunto. ¡Menuda complicación! Aparte de las ya comentadas bodas consanguíneas de Fernando VII con sendas sobrinas suyas, hijas de Carlota Joaquina e Isabel María, también Francisco de Paula, el del “indecente parecido”, tuvo un vástago, Francisco de Asís, portador por tanto, a su vez, de la sangre de Godoy, “ese de quien todos descienden”, como diría mordazmente un biógrafo de la familia.

Observando el árbol, vemos que tanto Carlos María Isidro como su homónimo hijo Carlos de Montemolín (“Carlos VI”) acabarían muriendo sin sucesión. De acuerdo con las teorías carlistas sobre la postergación de las mujeres en el trono, sus derechos dinásticos correspondían ahora a Francisco de Asís. A cualquiera se le ocurría la idea salvadora: casarlo con Isabel, con lo que las dos “legitimidades” convergían en una sola. Además, el tiempo apremiaba: el 3 de abril de 1846 un telegrama del embajador francés a su cuartel general aceleró las gestiones diplomáticas: "La reine est nubile depuis deux heures".

Sin embargo, había un inconveniente: Francisco de Asís hubiera sido un buen candidato al GUAY, ése que periódicamente se anuncia en nuestra revista. La reina, que al principio había manifestado enérgicamente: “¡No! ¡Con Paquita, no!” acabó cediendo ante las razones de Estado. Y así, el 10 de octubre de 1846, el día en que Isabel cumplía dieciséis años, fue casada con su primo segundo. Los “tristes destinos”, frase con que sería motejada, empezaban a cumplirse. Años más tarde haría una confidencia a una de sus camareras: “¿Qué voy a decirle de un hombre que en nuestra noche de bodas llevaba más encajes que yo?”.

Parece que fue Serrano, el general bonito como lo llamaba la propia Isabel, el primero en penetrar en su dormitorio. Pero luego la cadena de amantes se sucedió a ritmo ninfomaníaco, a tono con la ganancia de kilos por la reina y con la acumulación de sus errores políticos. La averiguación de los nombres de los padres de los hijos reales que fueron naciendo sigue siendo un entretenido ejercicio de especulación histórica. La misma reina Victoria de Inglaterra declaró al nacer el primero, fallecido prematuramente, que “no había necesidad alguna de cavilar sobre quién era el verdadero padre”. Y sólo para el padre del tercero, el que andando el tiempo sería Alfonso XII, se han propuesto los nombres de McKeon, un ayudante de dentista estadounidense, del teniente valenciano Puig Moltó y alguno más. En cierto modo fue una lástima que la sangre de Godoy no corriera, definitivamente unida, en esos vástagos.

En todo caso, esto dio bríos a los carlistas para continuar con su afición. Si eran tan estrictos como para rechazar a un candidato por ser mujer, ¿cómo no iban a hacer lo mismo con la ristra de ilegitimidades que acompañaba a la familia reinante? Ilegítimo Francisco de Paula, ilegítima Isabel María, ilegítimo por tanto Francisco de Asís, ilegítima incluso la misma Isabel, y claro, ello ya casi no tenía importancia, ilegítimos sus hijos... Es claro que el carlismo cobró nuevas bríos para plantear nuevas guerras, y su espíritu no se ha extinguido todavía. Pero ése es tema para otro capítulo.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès i Olivart

                                                                                     Barcelona, enero 2001

 

NOTA: En el gráfico siguiente se resume la genealogía de los Borbones en la época que relatamos. Conviene advertir que, a fin de que el croquis resulte los más sencillo posible, los cuadros están simplificados, trastocando algún orden y suprimiendo personajes.

Se han representado los matrimonios con el símbolo oo y las uniones ilegítimas con @. Las líneas verticales iniciadas en oo conducen a los hijos de la correspondiente unión.

 

 

 

GENEALOGÍA DE HECHO DE LOS BORBONES

 

 

 

 

 

 

 

Carlos IV

 

 

oo

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María Luisa de Parma

 

 

@

 

 

 

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———

 

 

|

 

 

———

 

 

Ma-nuel Godoy

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Fer

 

 

oo

M. Anto-nia de Nápls-Sicilia

 

Carlota Joaquina

 

 

oo

|

|

Juan IV de Portu-gal

 

Carlos María Isidro

 

 

oo

|

|

Prin-cesa de Beira

 

Isabel María

 

 

oo

|

|

Francisco Dos Sicilias

 

Francisco de Paula

 

 

oo

|

|

Luisa Carlota Dos Sicilias

 

 

 

 

 

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|

 

nan

 

 

oo

 

 

———

 

 

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Isabel de Por-tugal

 

 

 

Carlos de Montemolín

 

 

 

 

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do

 

 

oo

M. Josefa Amalia de Sajonia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII

 

 

oo

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M. Cris-tina de las Dos Sicilias

 

 

 

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Luisa Fer-nanda

 

Isabel II

 

oo

 

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Francisco de Asís