España antes quiere honra sin barcos que barcos sin honra

 

Entre los relatos patrioteros destinados a encender nuestro fervor en tiempos franquistas ocupa un lugar destacado el bombardeo de los puertos de Valparaíso (Chile) y Callao (Perú) por el almirante Casto Méndez Núñez. En esa ocasión, al habérsele hecho notar el peligro de que la artillería enemiga dañara los buques de guerra españoles, habría contestado con la inmortal frase que da título a este artículo.

Tan fuerte fue la popularidad conseguida por estos medios en su época que todavía una céntrica plaza de Madrid lleva el nombre de plaza (o glorieta) de Callao.

La realidad, contemplada un poco más de cerca y con menos apasionamiento, arroja algunas sombras sobre el episodio. Hagamos un breve resumen de los antecedentes: en la década de 1860, todavía vigente el fervor sudamericano por la independencia recién conseguida de España, se dieron algunos incidentes que, como bola de nieve, propiciaron una escalada, diplomática primero y bélica después.

España no había reconocido la independencia de Perú, consumada cuarenta años antes; oficialmente era ésta todavía una “provincia rebelde”. Por otra parte, desde aquella época obraban en poder de algunos bancos y particulares españoles unos bonos reconocidos por Perú tras la independencia, cuyo pago se demoraba exasperantemente (tiene gracia que en nuestros propios bancos obraran justificantes de préstamos asumidos por un Estado no reconocido). Como demostración de fuerza (algo muy practicado en la época, especialmente por el Imperio Británico) se decidió mandar una fuerza naval, poco disimuladamente bautizada como “expedición científica”.

Casto Méndez Núñez era un experto marino, que ya había demostrado su formación en el arte de la guerra naval en Italia, Cuba y Filipinas. En 1864 llegó al puerto de Callao (Perú), donde empezaron las negociaciones entre el presidente del país, Juan Antonio Pezet, jefe del gobierno, y Eusebio Salazar y Mazarredo, que viajaba en la expedición con plenos poderes del gobierno español. Salazar cometió la prepotencia de considerarse “Comisario Especial y Extraordinario de la Reina”, antiguo título de los inspectores en tiempos coloniales, provocación que desde luego no fue aceptada por el gobierno peruano, aunque la debilidad y apocamiento de Pezet —era comparado en su país con Atahualpa por esta característica— hizo que los contactos se mantuvieran a un nivel más o menos oficioso. Como era de esperar con el clima creado, las conversaciones se estancaron, y en esa tensa situación, mientras Pezet intentaba ganar tiempo mandando comprar unos navíos de guerra en Europa, unos incidentes costaron la vida a unos españoles residentes en Perú, y nuestra escuadra decidió ocupar las islas Chincha, de las que dependía en gran parte la economía peruana por sus yacimientos de guano.

Ante esta presión, el pusilánime Pezet acabó firmando un documento por el que Perú se comprometía a pagar una indemnización a España, lo que desencadenó una avalancha de protestas en su propio país, que se sentía humillado. Se dieron pronunciamientos militares y hasta agresiones en el Congreso; Pezet se embarcó hacia Europa. Para complicar más las cosas, por solidaridad sudamericana, Chile declaró la guerra a España. Una guerra romántica e inviable, por la distancia que separaba los países. Pero en el curso de los combates marítimos, la goleta española Covadonga, que formaba parte de la expedición “científica”, fue capturada en un encuentro aislado por la flota combinada peruano-chilena.

Salazar, que había sido autorizado por el gobierno español a “actuar de manera directa”, demostró una vez más su carácter autoritario haciendo que la flota española se dirigiera a Valparaíso para exigir dos cosas: la devolución de la goleta capturada y ser saludado con 21 cañonazos, a lo que los chilenos, no menos atentos a las cuestiones de honor, se negaron. Entonces Salazar ordenó a Méndez Núñez el bombardeo del indefenso puerto de Valparaíso. El almirante tuvo que encargarse de la papeleta, de la que no consiguieron disuadirle los capitanes de varios buques ingleses y estadounidenses anclados en el puerto. ¡Fue en esta ocasión cuando se gestó la famosa frase! En realidad, ésta procede de una carta dirigida al ministro de Estado: Cumpliré sus órdenes [se refería a las transmitidas dos meses atrás, sobre enfrentarse a quien hiciera falta], bombardearé Valparaíso y si es preciso combatir contra ingleses y estadounidenses lo haré: Primero Honra sin Marina que Marina sin Honra”. Para uso de los escolares y excitación de la prensa patria, esta frase sería simplificada más tarde a la del título.

Puede dar idea del clima que se vivía en el momento la singular oferta hecha por Chile a Salazar: un combate entre la flota combinada chileno-peruana y la española, pero ésta sin el navío Numancia, el más poderoso y con la novedad en la época de estar acorazado, a fin de que las fuerzas estuvieran equilibradas (!). Esta oferta, que recuerda los desafíos entre los jefes de los dos ejércitos en las películas, fue rechazada por el representante español. Méndez Núñez tampoco hizo caso de las advertencias hechas por chilenos, ingreses y estadounidenses sobre la prohibición en el derecho internacional de bombardear ciudades no defendidas, alegando que “cumplía órdenes”.

Eso sí, concedió cuatro días de tiempo a los habitantes de la ciudad para que la evacuaran. El intervalo fue aprovechado también por los buques extranjeros para marcharse, y vencido el plazo, Valparaíso fue bombardeado y destruido hasta los cimientos. Una inicua acción sin duda, criticadísima en su momento en toda Europa y América, aunque menos que las que ingleses, rusos, alemanes y sobre todo estadounidenses practicarían durante la II Guerra Mundial, masacrando población tras población desde el aire. Al menos, no hubo víctimas, pues los habitantes de la ciudad habían tenido tiempo de evacuarla.

Comoquiera que fuese, las críticas debieron de escocer a Méndez Núñez, quien se dirigió de nuevo hacia Callao, encontrando el puerto cerrado. Entonces decidió repetir la maniobra de Valparaíso, pero esto era ya harina de otro costal. En el intercambio cañonero con las baterías de costa, la fragata Numancia, en la que viajaba Méndez Núñez, fue alcanzada con varios disparos, así como algunas otras de la flota. El almirante, que resultó herido en el combate, debió de pensar que para muestra ya valía un botón, y considerando que el “honor” estaba salvado con el duelo artillero, dio media vuelta y regresó a España.

 

Reconstrucción historicista del combate en El Callao

 

En nuestro país la aventura se había magnificado lo suficiente, cargando las tintas en las acciones “heroicas” de nuestros marinos, como para que éstos fueran recibidos con la charanga que la patriótica ocasión requería. Méndez Núñez fue ascendido a presidente del almirantazgo, y sólo una prematura muerte le privó de llegar a almirante supremo de la flota española.

Así se escribe la historia.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès, BCN, sep 07