El
engendramiento de Jaime I
Una de las leyendas más pintorescas sobre el
origen del rey catalanoaragonés Jaime I el
Conquistador se remonta nada menos a la noche de amor en que el monarca fue
engendrado por su padre, Pedro II el
Católico y su madre María, señora de Montpelier. Ésta había estado casada
con el rey tras dos divorcios (las bendiciones del papado a estas acciones
políticas no son, ciertamente, cosa de hoy), pero el aborrecimiento que el rey
Pedro tomó hacia ella, de la cual permanecía apartado, hacía bastante
problemática la posibilidad de que el señorío de Montpelier tuviera
descendencia (¡al menos legítima!), cosa que preocupaba lógicamente a los
estamentos de dicha ciudad, temerosos de que el gobierno de ésta acabara en
manos del rey francés (lo que, a la larga, terminó sucediendo, pero ésa es otra
historia).
El mismo rey Jaime narra en su Llibre dels feyts el episodio de su
concepción de forma un tanto apresurada, afirmando que el necesario encuentro
entre sus padres se produjo merced a los
buenos oficios de un cortesano. Pero, como buen hijo respetuoso con la
intimidad de sus padres, no entra en mayores detalles.
Bernat Desclot sí lo hace, narrando una pintoresca
leyenda. Conocedora la reina de que su marido pretendía a una cortesana, sin duda
más agraciada que ella según veremos, se valió de la complicidad de un
intermediario para hacer creer a Pedro la disposición de ésta a complacerle, aunque
a oscuras por ser su natural vergonzoso. Consumado el acuerdo, el rey tuvo
acceso carnal a la reina, tras lo cual ella misma le declaró el fraude, que
perdonó su marido. El resto vino rodado: encinta María, de ella nacería el
mayor monarca de la Corona de Aragón, llamado a terminar con la tarea de la
Reconquista en sus dominios con la toma de Mallorca, Valencia y su constitución
en sendos reinos independientes, que formarían, con Cataluña y Aragón, una unión
dinástica llamada a perdurar hasta 1716.
El episodio ha sido tan comentado y repetido,
que se ha convertido en un clásico dentro de la mitografía de la Corona de
Aragón. Curiosamente, Ramon Muntaner insiste en él
unos años más tarde, pero introduciendo detalles mucho más realistas, por no
decir prosaicos. En primer lugar, se aclara la causa del “aborrecimiento” del
rey por la reina, originado en la fealdad y avanzada edad de ésta (al menos el
segundo detalle no puede ser cierto, pues se calcula que por la fecha María
contaría con unos veinticinco años). Además, la esposa real no se limite a
introducirse de tapadillo en la alcoba de su marido, sino que lleva consigo una
legión de damas y dos notarios, que esperan pacientemente fuera. Consumado el
objetivo, los obliga a entrar con el fin de que certifiquen que ambos cónyuges
han cohabitado. Más aún, doña María quedará bajo la custodia de todos estos personajes
durante los nueve meses que restan antes del alumbramiento (1208), a fin de
cortar de raíz toda sospecha de que el padre de su retoño pudiera ser otro.
Quizá sea oportuno, de pasada, explicar el
origen del curioso nombre de Jaime, que no aparece en ninguna otra monarquía
española, pese al patronato de Santiago. Según un relato, de cuya historicidad
no hay motivos para dudar, la reina María, viéndose finalmente encinta, hizo
confeccionar doce candelas de igual peso, que encendió a la vez. Cada una llevaba
el nombre de un apóstol, y prometió que impondría a su hijo el nombre escrito
en la candela de mayor duración, que resultó ser (por tres dedos) la de Jacobo
o Santiago, denominado antiguamente en catalán Jacme o Jàcome por influencia
del italiano Giacomo.
En todo caso, los detalles de Muntaner nos dan la clave de los motivos subyacentes en la
creación de la bonita historia. Sabido es que el desdichado Pedro el Católico hallaría la muerte pocos
años después (1213) en Muret, defendiendo frente a los albigeses y al papado a
sus súbditos de allende los Pirineos, lo que, dicho sea de paso, tendría una
importancia capital en la evolución de los reinos peninsulares: cortado el
camino expansivo de Cataluña-Aragón hacia el norte y hacia Europa, la potencia
conquistadora del reino se proyectaría en sentido contrario, finalizando la
Reconquista como premio de consolación.
Muerto Pedro, su hijo el niño Jaime todavía
permanecería unos años en poder del vencedor de Muret, Simón de Monfort, hasta
ser liberado por orden del papa Inocencio III, y aun así seguiría unos años más
en calidad de semiprisionero en el castillo de Montsó,
del que finalmente consiguió escapar en un novelesco episodio. Ese tiempo y
aislamiento fueron más que suficientes para que entraran en juego las humanas
pasiones. Su tíos Ferran, abad de Montearagón y Sanç, conde de Provenza,
aspiraban cada uno por su lado al trono (Jaime era hijo único), y no es
inverosímil que hicieran correr el rumor de una supuesta bastardía del
principito. Ello explicaría el afán posterior por “legitimarlo” mediante una
leyenda sin resquicios posibles. En el Llibre
dels feyts de Jaime I el rey pasa por alto los detalles, que son
profusamente detallados por Desclot y por Muntaner.
Pero, ¿son verosímiles tantos pormenores? Una
vez más debemos recurrir a la mitografía comparada. Los mitos saltan de una a
otra cultura, de uno a otro país. El Diluvio aparece en el Gilgamesh, y, mil años más tarde, en la Biblia; la Anunciación
aparece en el Ramayana y después en
el Evangelio, el “tributo de las cien doncellas” surge en la antigüedad clásica
griega (leyenda de Teseo) para rebrotar continuamente en el Tristán
medieval y hasta en el rey asturiano Mauregato. El
mito que podríamos llamar de la “mujer substituida” no es una excepción en esa
multiplicidad evocativa. Se inicia también en la mitología clásica, donde Zeus
toma la forma del marido de Alcmena para poseerla, unión de la que nace
Hércules. Obsérvese el paralelismo de este héroe con el rey Jaime, llamado también
a realizar grandes “trabajos” (la Reconquista de Mallorca y de Valencia), lo
que significaría que la leyenda habría sido elaborada tras la realización de
éstos, cosa que concuerda con las fechas de redacción de los relatos de Desclot
y Muntaner.
Mayor paralelismo se observa todavía en el
episodio de Tristán en prosa en que
Iseut es substituida, en su noche de bodas, por su sirvienta Brangien para que
el marido, el rey Marc, no advierta la falta de doncellez de su esposa. O
también, siguiendo en el ciclo caballeresco, en el engendramiento de Galaad,
hijo de Lancelot y la que él cree la reina Ginebra, aunque en realidad es la
hija del rey Pellés. Por su adulterio intencionado,
Lancelot no podrá llevar a cabo la conquista del Grial, pero la empresa quedará
reservada a Galaad, personaje de corazón puro. Véase que los paralelismos
aumentan: el rey Pedro “no era digno” de llevar a cabo las estupendas empresas
de la Reconquista de Mallorca y Valencia por su irresponsabilidad en la batalla
de Muret, que había perdido por la debilidad que adquirida por haber amado tan
intensamente la noche anterior, que por la mañana no se tenía de pie. Su pecado
le costaría la vida y terminaría con la futura expansión de la Corona hacia el
norte.
En fin, el tema de este Lancelot en prosa sería recogido por otros escritores, entre ellos
Boccaccio, que en uno de los episodios de su Decamerón: Giletta de Narbona se ve obligada por el rey a casarse
con el conde Beltramo de Rossiglione, quien la aborrece y desprecia por su
inferior condición. Gilletta, personificación de la astucia, practica el truco
que ya conocemos. Obsérvese que aquí aparece otro paralelismo más: el desprecio
del marido viene inducido por las poco favorables prendas de la mujer.
Historiadores tan eminentes como Martí de Riquer no han desdeñado ocuparse del tema (Llegendes històriques
catalanes). Un curioso resultado de estas investigaciones es el hallazgo de
Ferran Soldevilla, que ha creído descubrir otro
interesante elemento en la fábula: como se da en otros casos similares, ésta
sería una “puesta en prosa” de un cantar previo. Efectivamente, Soldevila ha
“reconstruido” el posible verso del texto inicial simplemente alterando el
orden de algunos elementos de la narración, con lo que consigue un “romance”
muy en el estilo de los medievales, que da verosimilitud a su suposición. Coll
i Alentorn ha considerado esta interpretación sumamente plausible.
Queda, en todo caso, establecido que la leyenda gozó de tanto favor en su día, que
fue abundantemente recogida por la literatura, tanto en la Silva de varia lección (1540) de Pedro Mexía, como en el Inganno de la reina Maria di Ragonna al re
Pietro suo marito per aver da lui figliuoli, publicada per Mateo Bandello n
1554. Es decir, que el tema de la “mujer substituida” ha sido y sigue siendo
tan atractivo en la literatura que de ella ha .pasado a otros medios
expresivos, y lo vemos todavía hoy a menudo ilustrando filmes, comedias e
historias de todo tipo. Como siempre, la leyenda se adapta a los tiempos,
porque la ficción sirve de guía a la realidad.
JMAiO,
Torredembarra, sep 05