De verdad: ¿Por qué España

no entró en la II guerra Mundial?

 

Pocos temas han estado tan debatidos y comentados como el del título. La famosa entrevista de Hendaya, tras la cual Hitler hubiera preferido que “le sacaran cuatro muelas” antes que volver a tratar con Franco, no transcurrió en realidad como la interesada leyenda franquista pretendió mostrarla, sino de una forma más prosaica y humillante.

En realidad, la historieta de las “cuatro muelas” no pasa de ser una leyenda interesada, en la línea de los funerales en vida de Carlos I de Castilla y la Corona de Aragón o de las joyas vendidas por Isabel I de Castilla para sufragar la expedición del descubrimiento de América.

El franquismo ha pretendido extraer del indudable hecho de la neutralidad española en la II guerra Mundial un mérito de Franco como estadista al evitar la catástrofe que hubiera supuesto la entrada en el gran conflicto de un país derrengado y empobrecido por su propia guerra civil. Otros, incluso muy antifranquistas, admiten este hecho a regañadientes, buscándole otras motivaciones, hasta tal punto ha calado esta interpretación en el inconsciente colectivo. No falta quien opina incluso que hubiera venido bien a España entrar en la guerra a fin de beneficiarse, una vez perdida ésta, de las ayudas del plan Marshall.

La versión oficial, que más o menos ha impregnado la idea popular sobre aquel decisivo proceso, es la siguiente: Franco y su séquito llegan en tren a Hendaya tras someter a una larga espera a Hitler, quien, nervioso, intenta convencer al Caudillo para que España entre en la guerra. Franco, con sabiduría de gallego, esquiva la decisión y consigue que el Führer se marche decepcionado. España se ha salvado de la catástrofe.

Esta elemental visión resulta sospechosa por excesivamente sencilla. Recordemos que Alemania, como culminación de sus Blitzkrieg, dominaba totalmente a Francia desde junio, y empezaba con sus bombardeos sobre Londres para minar la voluntad resistente de los ingleses. Hitler era un hombre habituado a ejercer el dominio sobre quienes le rodeaban, y resulta increíble que no hubiera sabido imponer su voluntad sobre el representante de una potencia débil.

 

Joaquín Satrústegui

Torcuato Luca de Tena

Ramón Serrano Suñer

Alfredo Kindelán

 

La verdad se puede intuir en el libro del cuñadísimo Serrano Suñer[1], complementada con declaraciones del general Kindelán[2], recogidas por Joaquín Satrústegui[3] y expuestas en el libro Franco sí, pero… por alguien tan poco sospechoso de antifranquismo como Torcuato Luca de Tena[4]. Y decimos sólo “intuir” porque en algunos aspectos ambas versiones difieren, aunque sólo en cuestiones de detalle.

Resumiendo los aspectos coincidentes, la entrevista fue menos amistosa de lo que se ha pretendido. Franco llevaba en su dossier la disposición española de entrar en la guerra, convencido de que Hitler iba a ganarla (recordemos lo dicho sobre el momento triunfal que vivía el III Reich), aunque también consciente de las dificultades que podría causar a los puertos españoles una ofensiva de Inglaterra, dueña todavía de los mares. Nuestra presencia resultaba muy importante para Hitler, pero más en el plano geoestratégico que en el militar: ¿qué fuerza podía aportar una débil España a la poderosa Wehrmacht? Hitler, naturalmente, la prefería como aliada, para que sus divisiones pudieran atravesarla sin problemas para tomar la plaza de Gibraltar y cederla acto seguido a España, aunque controlada por Alemania mientras durara la guerra. Con el dominio del Estrecho y el posterior sobre el canal de Suez, cuyos intentos de toma ocasionarían unos años más tarde las famosas batallas entre Rommel y Montgomery, el mar Mediterráneo se convertiría en un lago alemán.

 

La famosa foto de Hitler y Franco en Hendaya

 

El objetivo gibraltareño resultaba muy importante para un régimen de vocación “imperial “ como el franquista, que resolvería así la reclamación secular sobre la Roca, culminando la vieja aspiración castellana de recobrar la única posesión perdida en la guerra de Sucesión Española por el tratado de Utrecht de 1713 (es sabido que los otros inmensos territorios mediterráneos arrebatados en la misma guerra no han preocupado nunca al régimen español, quizá porque los perdió la entonces Corona de Aragón, no Castilla).

¿Por qué no se llegó a un acuerdo? Franco no se limitaba a la roca gibraltareña en sus peticiones a cambio de su participación en el conflicto. Aprovechando la posición de la derrotada Francia, pretendía los territorios de la costa africana frente a la Península, es decir, Marruecos y el Oranesado, aspiración ya tanteada desde varios meses antes por nuestro ministro de Asuntos Exteriores, Juan Beigbeder, y contestada afirmativamente por el almirante Wilhelm Canaris, que vino a España para estudiar in situ la toma de Gibraltar. La propuesta sería confirmada en un viaje posterior de Serrano Suñer a Berlín.

Aunque Hitler había considerado posible esta dádiva, su opinión cambió en cuanto Pétain, entonces presidente de Francia en su gobierno de Vichy, manifestó su disposición a “sumarse al nuevo orden europeo… siempre que ni Alemania ni ninguno de sus aliados le privara de un solo palmo de su imperio colonial”. Hitler deseaba aprovechar la ocasión de tener a Francia como mejor aliado que España, aprovechando el resentimiento francés por el hundimiento de su flota por los ingleses en Mazalquivir y el bombardeo de fábricas francesas.

Por eso, cuando el 23 de octubre de 1940 se reunieron Hitler y Franco, el primero llevaba preparado un jarro de agua fría, pues al día siguiente planeaba entrevistarse en Montoire con Pétain para complacerle en sus deseos. Y los sueños franquistas sobre el norte de África se vinieron abajo: los alemanes traían listo para la firma un protocolo tan prepotente como restrictivo: España entraría en la guerra cuando Alemania lo decidiese, y a cambio, como única compensación, le sería cedido Gibraltar (con las salvedades citadas).

Franco y Serrano Suñer, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores en sustitución del cesado Beigbeder, regresaron malhumorados a Hendaya, donde intentaron patéticamente añadir alguna cláusula al protocolo para someterlo al día siguiente a Hitler. Pero aquella misma noche el Caudillo fue sacado literalmente de la cama por su ministro para informarle del ultimátum alemán: o se firmaba el protocolo sin más dilación o se romperían las relaciones diplomáticas, reservándose Hitler el “derecho” a intervenir militarmente en la Península, con o sin la anuencia de las autoridades españolas. Y el documento fue firmado, parece que la intención de Franco era ganar tiempo con esa humillación.

Posteriormente, con los años, se presentaron ante la opinión pública muchos edulcorantes de esta rendición diplomática: llegó a decirse que Franco había exigido Marruecos y el Oranesado para que Hitler lo rechazara y poder así evitar la entrada en guerra, pero la realidad había sido, como vemos, mucho más triste y humillante. Esta versión es al menos la expuesta por el propio Ramón Serrano Suñer en su libro Entre el silencio y la propaganda: la historia como fue. El mismo autor narra allí que el citado protocolo “desapareció” misteriosamente del ministerio de Asuntos Exteriores, pero al ser ocupada Alemania por los aliados fue hallada la correspondiente copia, que no dejaba dudas sobre nuestro papel al especificarse en ella “la adhesión de España al Pacto Tripartito” (alianza militar entre Alemania, Italia y Japón), y su mantenimiento secreto “hasta el momento en que se considerara hacerla pública”. Por otra parte, el general Kindelán lo confirmó mucho tiempo después al falangista y periodista Joaquín Satrústegui, quien no se privó de exponerlo en varios artículos, especialmente uno publicado en ABC el 29 de mayo de 1976, ya desaparecido Franco y en proceso inminente de liquidación su régimen.

¿Por qué España no acabó entrando en guerra, según el pacto? Resulta casi chusco decir que no fue por causa indirecta de Pétain, sino de Mussolini y su atolondramiento imperialista. El 28 de octubre, sólo cinco días después de la reunión de Hendaya, las tropas italianas invadieron por su cuenta Grecia desde Albania; Mussolini deseaba presumir de sus conquistas territoriales. Pero los griegos detuvieron e hicieron retroceder a las divisiones italianas, y aunque sólo fuera por cuestión de prestigio, Hitler decidió el 11 de noviembre retirar las divisiones apostadas cerca de la frontera española para auxiliar a su aliado italiano, evitando un ridículo para el Eje. El control del Mediterráneo pasó a segundo lugar, y más tarde Hitler dirigió su atención al ataque insensato contra la Unión Soviética (22 de junio de 1941), lo que fue el principio del fin para el Reich.

He aquí, pues, expuesta la verdad. Pero tememos que la leyenda de la firmeza de Franco frente a Hitler perdurará mucho tiempo. En todo caso, gracias a esta chamba histórica España se ahorró muchos padecimientos.

 

Josep M. Albaigès

Torredembarra, diciembre 2010

 



[1] Ramón Serrano Suñer (1901-2003), abogado y político, cuñado de Franco, seis veces ministro en sus gobiernos, alejado finalmente por divergencias políticas.

[2] Alfredo Kindelán (1879-1962), militar. Participó en el Alzamiento y mantuvo siempre una oposición posterior a Franco, que nunca pasó de la fase verbal.

[3] Joaquín Satrústegui (1909-92), abogado, destacado monárquico. Participó en el Alzamiento, pero su apoyo a don Juan y Borbón y oposición a Franco le valió el destierro a las Canarias. En la democracia se integró en UCD.

[4] Torcuato Luca de Tena (1923-99), escritor, periodista y académico español. Su insobornable monarquismo no le impidió una colaboración efectiva con el régimen franquista.