Las cuatro barras
Cuando se habla de “las cuatro barras” sin
mayores precisiones, todo el mundo sobreentiende que nos estamos refiriendo al
escudo que comparten las comunidades de Aragón, Baleares, Cataluña y Valencia[1].
El origen de este símbolo ha sido rastreado todo lo posible hacia el medievo,
y, hoy por hoy, las versiones más antiguas del mismo lo remontan a unos
documentos notariales de Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona (más otros
condados agregados, que a la sazón sumaban casi toda la actual Cataluña), quien
por su matrimonio con Petronila, reina de Aragón, devino “príncipe” (dominador)
de este reino. Este hecho invalida las abundantes discusiones sobre la primacía
de estas armas, puesto que la fecha del documento más antiguo que las contiene (1150)
corresponde a un momento en el que la unión dinástica de ambas entidades
en lo que se denominaría “Corona de
Aragón” era un hecho, conque el escudo debe considerarse inicialmente como un
patrimonio común entre Cataluña y Aragón, ampliado posteriormente a Baleares,
Valencia, Sicilia, Nápoles y otros lugares, en la mayoría de los cuales hoy ha
desaparecido.
Situemos el evento en su marco histórico. A
mediados del siglo XII, tanto el reino de Aragón, regido por Ramiro II el Monje, como los diversos condados
catalanes, casi totalmente agrupados bajo el mando del conde de Barcelona Ramón
Berenguer I, decidieron concertar una alianza permanente en defensa del
expansionismo de su vecino el rey castellano Alfonso VII el Emperador, empeñado en rapiñar cuantos territorios podía a sus
vecinos (data de esta época la incorporación del País Vasco a Castilla). A tal
fin se concertó el matrimonio del conde catalán con Petronila, hija de Ramiro,
pese a contar ésta sólo dos años en ese momento (1137). Ramiro se retiró de inmediato
a su convento (de hecho había salido sólo de él para poder contraer matrimonio
y engendrar un hijo que continuara en el trono, vacante por la muerte de su
hermano, Alfonso I el Batallador).
Ramon ejerció el mando sobre los territorios así constituidos, que dispusieron
de un período de “adaptación” quince años, hasta que con edad núbil de
Petronila pudo consumarse el matrimonio. En ese intervalo pudieron unificarse
las cuestiones fronterizas, legales y de otras índoles entre ambas entidades
(¡un claro precedente de la Unión Europea!), que de hecho confluirían en el
hijo del matrimonio, Ramón, quien al acceder al trono tomó el nombre de Alfonso
en memoria de su abuelo.
¿De dónde procedía el dibujo de las cuatro
barras? De hecho, la moda de los gallardetes o escudos nace en Europa a principios
del siglo XII, y no eran infrecuentes los barrados en gules (rojo) y oro
(amarillo); todavía pueden hoy verse en los estandartes de numerosas ciudades
europeas, y no siempre en número de cuatro, sino de tres, cinco o más todavía.
En el mismo sarcófago de Ramon Berenguer II (“Cap d’estopes”, siglo XI) figuraban una serie de 15 barras con esos
colores alternados.
Quizás el mayor interés de esas barras
radique en las leyendas relacionadas con ellas. La ubicada con mayor antigüedad
las hace enseña del legendario Otger Cataló y sus nueve barones de la fama,
míticos fundadores de Cataluña en el siglo VIII. Pero sin duda la más
extendida, que cualquier catalán conoce, la relaciona con Wifredo el Velloso (“Jofre el Pelós”), conde de Barcelona en 878-897. Hay que remontarse a esa
época, cuando Cataluña era pertenencia del Imperio Carolingio, la defensa de
cuyos bordes corría a cargo de unos territorios (marcas), uno de los cuales era
la llamada Marca Hispánica, aproximadamente la actual Cataluña. La bonita
leyenda establece que, en ocasión de una guerra de los normandos contra el
Sacro Imperio, el conde barcelonés peleó con bravura a favor del emperador
germánico Luís el Piadoso (+879), de
modo que resultó herido. El monarca le visitó en su tienda, preguntándole qué
deseaba Wifredo como recompensa por su valor, y éste habría contestado que una
enseña para su escudo, que por entonces era dorado, sin dibujo alguno. El
emperador franco mojó los cuatro dedos oponibles de su mano en la herida
todavía sangrante de Wifredo, y deslizándolos por el escudo, marcó en ellos
para siempre “las cuatro barras”.
Esta leyenda haría el escudo más moderno que
la de Otger Cataló, pero, en definitiva, poco importa; ambas son muy
románticas, pero fruto de la imaginación, y ninguna ha sido tomada en serio por
los historiadores (Zurita, en sus Anales
de la Corona de Aragón, ni siquiera la comenta, pese a su credulidad en
otros temas milagrosos). Sólo los escritores y poetas románticos le darían la
mayor difusión, especialmente en el siglo XIX.
La leyenda de Wifredo ha sido estudiada a
fondo a través de la cantidad de comentarios que ha recibido con los años, en
los que se ha descubierto, sin lugar a dudas, su autor: el valenciano Pere
Anton Beuter, que incorporó a la segunda parte de su Crónica general de España,
publicada en Valencia en 1552. Tratando del emperador franco Luis el Piadoso escribe Beuter:
En este comedio los normandos
entraron por la tierra de Francia, y huvo de hazer guerra el emperador Loís
para resistirles, y fue a servirle el conde [Wifredo el Velloso] con los cavalleros barceloneses
que con él se hallaron y pelearon con los normandos valerosamente y
venciéronlos. En esta batalla (según he hallado escrito en unos quadernos de
mano) diz que pidió el conde Jofre valeroso al emperador Loís que le diesse
armas que pudiesse traher en el escudo, que llevava dorado sin ninguna divisa,
y el emperador, viendo que havía
sido en aquella batalla tan valeroso, que con muchas llagas que recibiera,
hiziera maravillas, llegóse a él y mojóse la mano derecha de la sangre que le
salía al conde, y passó los quatro dedos ansí ensangrentados encima del escudo
dorado de alto abaxo, haziendo quatro rayas de sangre, y dixo: «Éstas serán
vuestras armas, conde». Y de allí tomó las quatro rayas, o bandas de sangre en
campo dorado, que son las armas de Cathaluña, que agora dezimos de Aragón.
Este origen ha sido comprobado hasta
la saciedad por la crítica moderna, y puede considerase hoy como
incontrovertible. Lo abonan una serie de hechos colaterales, como que nunca,
hasta ese momento, nadie había nombrado la leyenda de Wifredo al hablar de las
cuatro barras, aparte del hecho de que el color gules en heráldica es asociado
con la sangre, de manera que es fácil la aparición de leyendas ad hoc. Pero, sobre todo, se halla un
antecedente directísimo en el libro Nobiliario
vero de Hernán Mexía impreso en Sevilla en 1492, en el cual se atribuye el
origen de las “tres faxas de gules” de algunos caballeros andaluces, en ocasión
de que habiendo resultado herido uno de ellos en tiempos del rey Fernando el Católico, “el rrey, mojada a mano de
la sangre, pasóla por el escudo de dicho cavallero e no tiñó salvo con los tres
dedos; e desta causa desde entonces traen aquellas tres faxas bermejas en un
escudo de oro”. Como vemos, Beuter no se hernió adaptando la leyenda al conde
de Barcelona; incluso emplea en ocasiones las mismas palabras.

Como decimos, la leyenda fue tomada por
numerosos comentaristas, que la adornaron y deformaron de todas las formas
literarias posibles. Incluso, para algunos, el emperador de la mano
ensangrentada no era Luis el Piadoso
sino
Josep M. Albaigès i Olivart
Torredembarra, septiembre 2005
[1] Desde un punto de vista estrictamente
heráldico, quizá debiera decirse “los cuatro palos” o “los cuatro bastones” (en
posición vertical) o “las cuatro franjas” (horizontal), pues la “barra” suele
referirse a la banda que cruza diagonalmente el escudo desde el rincón superior
derecho al opuesto (caso de Galicia, por ejemplo). Pero la tradición ha hecho
aceptable esta nomenclatura.