El
concepto imperial de Castilla
Un soneto, cuyo análisis
me propusieron en el bachillerato, revela muy diáfanamente cuál fue el concepto
castellano de España, sentida tradicionalmente como ampliación lógica de
Castilla.
Un godo, que una cueva en
la montaña
guardó, pudo cobrar
las dos Castillas,
del Betis y Genil
las dos orillas
los herederos de
tan grande hazaña.
A Navarra te dio justicia y
maña,
y un casamiento,
en Aragón, las sillas
con que a Sicilia
y Nápoles humillas
y a quien Milán
espléndida acompaña.
Muerte infeliz en Portugal
arbola
tus castillos.
Colón pasó los godos
al ignorado
cerco de esta bola.
Y es más fácil, ¡oh
España!, en muchos modos,
que lo que a todos les quitaste
sola,
te puedan a ti sola quitar todos.
Obsérvese la estructura del soneto. La ocupación de Navarra es vista
como un caso de “justicia y maña”, y el casamiento en Aragón, no como una
alianza inter pares, sino como un
medio de adquirir más patrimonio para “humillar” otros reinos: Sicilia,
Nápoles, Milán.
El final no puede ser más transparente: España “quitó” cosas a los
demás, hora es de que los demás se las quiten a ella. Este final, de justicia,
es visto con la amargura propia del Siglo de Oro.
Han pasado siglos, y Castilla sigue viendo la tarea de España como una
mera incorporación a sus territorios de otros ajenos, de grado o por fuerza.
¿Qué importa la fuerza ante el regalo que supone participar en la gran empresa
española? De esa España imperial, que sigue subsistiendo no en el nombre pero
sí en el espíritu, se han ido desgajando territorios incorporados como los
sudamericanos y norteamericanos, los antillanos, los filipinos. En cada caso la
búsqueda de su propia personalidad de esos territorios ha supuesto traumas
inconcebibles en la vieja Castilla, hoy redenominada España.
Asistimos ahora al proceso por el que otros territorios incorporados
buscan también su propio recorrido. Euskadi y Cataluña se sienten incómodas en
el corsé de la vieja España Imperial, y pugnan por poder desarrollar su propia
personalidad. Lo bueno del caso es que, inconscientemente, la misma España
alienta esos deseos, lanzando desprecio sobre esas naciones a la vez que
intenta retenerlas por su contribución impositiva, pero más aún por esa vieja
idea de “patria”, que pasa por encima de los deseos de los incorporados y de su
organización racional. ¿Cómo, si no, se entiende que una importante parte del país
practique en ocasiones el boicot contra otra parte?
Bueno sería buscar soluciones para tanto sinsentido, como ya han hecho
algunos visionarios. En el siglo XIX se habló de la “Confederación de las
Repúblicas Ibéricas”, sin que esta idea motivara más que rechazo en la vieja
Castilla, aferrada a su dogmatismo y afán de poder. Cada vez que una idea de
este tipo se estrella frente a los afanes unitario-dominadores castellanos, se
pierde una baza para encontrar una solución pacífica al conflicto.
JMAiO, BCN, feb 06