CHEQUIA Y ESLOVAQUIA: ENMENDANDO LOS ERRORES

 

El 1992 Chequia y Eslovaquia se separaban por acuerdo mutuo, como en un divorcio amistoso: por primera vez en su historia ambas dejaban de pertenecer a entidades estatales superiores. Pero, lo más importante, por primera vez unos estados soberanos daban el ejemplo de resolución amistosa de conflictos.

Probablemente los dirigentes de uno y otro Estado habían tenido ocasión de meditar sobre las graves consecuencias que suele acarrear el empecinamiento visceral de los Estados por mantener y aun ampliar sus límites. ¿Quién no recuerda los tiempos en que, según la educación imperante, la importancia de un país se medía por la cantidad de territorios que hubiera acumulado bajo su mando, por las buenas o las malas? De hecho, todavía hoy multitud de ex-imperios se sienten orgullosos de sus antiguos límites, conseguidos habitualmente por procedimientos tan expeditivos como la invasión y el sometimiento de sus habitantes.

Chequia y Eslovaquia habían incidido en su día en este habitual tic. Proclamado su estado en 1918 como desgajamiento del antiguo Imperio Austrohúngaro (otro captor de países independientes para incorporarlos a las “glorias imperiales”), los territorios abarcados por sus nuevas fronteras distaban de ser homogéneos. En primer lugar, el extraño hermanamiento entre las naciones checa y eslovaca era rechazado por muchos patriotas de uno y otro lado, que con todo lo conllevaron como mal menor comparado con la opresividad austrohúngara.

Pero pronto Checoslovaquia empezó a caer en los mismos defectos nacionalistas que habían dado lugar a su creación. La idea nacionalista estaba presente en el llamado “Grupo del Castillo”, conjunto de partidos sostenedores de la "idea del estado nacional checoslovaco". Era una constelación de partidos tan diversos como la socialdemocracia checoslovaca, la socialdemocracia alemana, el Partido Socialista Nacional Checoslovaco, el Partido Populista Checoslovaco (católico), el Partido Agrario Checoslovaco, el Partido Agrario Alemán y el Partido Agrario Checoslovaco, capaces de unirse en pro de “la gran idea expansionista” bajo la batuta del presidente Tomás G. Masaryk, a quien consideraban su guía ideológico. Ilusionados con esta idea, se negaron a ver la dificultad de mantener unido un conjunto tan heterogéneo como el Estado checoslovaco, cuyo mayor adversario era el irredentista Partido Sudete alemán, que representaba la minoría alemana establecida en zonas incluidas dentro del Estado checoslovaco desde hacía dos siglos, incluida en el Estado checoslovaco por esos caprichos de los tratados de fronteras. Por el contrario, se forzó la máquina intentando la asimilación del grupo, incluso a nivel lingüístico, en la misma línea que Rumanía practicó con la minoría húngara, Italia con la austríaca o Bulgaria con la serbia, sin olvidar el ejemplo franquista en nuestra propia casa.

El estallido de la situación se produjo después de la llegada de Hitler al poder. El dirigente alemán supo aprovechar el estado de descontento en la comarca sudete para plantear resueltamente su incorporación al III Reich. Las potencias europeas, conscientes de la gravedad del problema, sustentado en la voluntad firme de los sudetes, aceptaron en Munich (1938), “a cambio de la paz” la segregación de esta comarca y su incorporación a Alemania. Checoslovaquia empezaba a tomar nota de que todo sometimiento de una minoría dentro de unas fronteras nacionales que no le corresponden constituye una situación explosiva: su estallido es sólo cuestión de tiempo.

Acabada la II Guerra Mundial, un ansia de botín territorial se extendió por toda la Europa vencedora. La URSS se quedó con una parte de Polonia (¡la guerra había sido iniciada, teóricamente, para preservar su integridad!), ésta hizo lo mismo con la derrotada Alemania. Checoslovaquia no iba a ser menos: ya que no podía integrarse territorios vecinos, optó por acabar con los problemas expulsando lisa y llanamente a los sudetes del territorio donde habían permanecido dos siglos. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Pero pronto Checoslovaquia tuvo ocasión de experimentar una vez más en sus carnes lo que supone estar sometido a una potencia. Durante medio siglo el Estado permanecería vinculado al imperialismo de la URSS, que llegó a configurar su supremacía con el estupendo principio de la “Soberanía limitada” enunciado por Brezhnev. Limitada, se entiende, por el Estado más poderoso. Checoslovaquia, quizás el país socialmente más avanzado tras el telón de acero, tuvo que asistir al aplastamiento de la “Primavera de Praga” (1968), un movimiento que intentaba, dentro de la Ley, “un socialismo con rostro humano” mediante la corrección del rumbo comunista impuesto por el peligroso vecino del Este. El presidente Dubcek era destituido y encarcelado en Siberia, los tanques se paseaban por Praga y una feroz represión se abatió sobre el Estado bicéfalo.

Tantos infortunios hicieron reflexionar a los checos y a los eslovacos, y, en cuanto cayó el Muro de Berlín, y con él todo el bloque soviético, la comunidad decidió aprender de sus errores. La “revolución de terciopelo”, así llamada por su pacífico desarrollo, culminó con la elección de A. Dubcek como residente del Parlamento. Veinte años después, el patriota mártir veía por fin libre a su país.

En primer lugar se proclamó la soberanía de la República, y, reflexionando sinceramente sobre la situación, la Asamblea Federal, por primera vez en real sintonía con el pueblo, decidió sancionar la disolución de Checoslovaquia tras 74 años de existencia. Una serena reflexión llevó al convencimiento de que era mejor marchar separados en buenas relaciones que juntos en discordia, y los respectivos presidentes de Chequia y Eslovaquia acordaron una separación amistosa de los dos países.

El ejemplo de Chequia y Eslovaquia es, por lo poco frecuente, ejemplar. Supone una superación de ese viejo espíritu imperialista que a los Estados les cuesta tanto abandonar. Ojalá que sirva para que otras construcciones no menos artificiosas que la antigua Checoslovaquia sepan comprender que la base del patriotismo se halla siempre en la libre voluntad de los unidos bajo una misma bandera.

 

                                                                                    Josep M. Albaigès

                                                                                    Torredembarra, agosto 2004