El caso de
los casamientos españoles
Está ya olvidado un conflicto diplomático que
durante unos años tuvo en jaque la diplomacia europea en la década de 1840: el
llamado en Europa “caso de los casamientos españoles”, que amenazó destruir
equilibrios políticos y encender odios, no sólo en España, sino en todo el
continente. Para comprender su importancia será necesario situar en su contexto
la situación política de la época.
Muerto el rey español Fernando VII cuando sus
hijas Isabel y Luisa Fernanda contaban tres y un año de edad, respectivamente,
la inmediata consecuencia del problema sucesorio fue una dura guerra civil.
La guerra terminó con la derrota carlista,
pero persistió en el país una división entre los partidarios de uno y otro
bando, y la sombra de su enfrentamiento planearía a lo largo de todo el siglo
XIX, motivando otras dos guerras civiles. La reina madre María Cristina,
erigida en regente, tuvo que exiliarse tras unas maniobras propiciadas por los espadones de turno, y la política
española llegó a un callejón tan sin salida, al que no se halló mejor solución
que declarar “mayor de edad” a Isabel ¡con trece años!, maniobra desde luego
anticonstitucional, pero que salió adelante.
Y enseguida empezó a plantearse el problema
del matrimonio real, especialmente en cuanto un telegrama del embajador francés
anunció al rey galo Luis Felipe que “la
reine est nubile depuis deux heures”. Como pude verse, la corte española se
hallaba estrechamente vigilada. Desde el primer momento se pensó en incluir
también a su hermana Luisa Fernanda en el “lote casadero”, y empezó el baile de
candidatos en toda Europa.
La reina madre, que había sido muy bien
recibida por Luis Felipe, era partidaria acérrima de un matrimonio con
candidatos franceses, y apuestos mozos se perfilaban en el ambiente: para
Isabel se pensaba en Henri, duque de Aumale, distinguido en la guerra de
Argelia, y para Luisa Fernanda en Antoine-Marie, duque de Montpensier. Se
trataba de un proyecto atractivo, pues España tenía sus propias ambiciones
sobre el norte de África (¡que tan caras nos costarían andando el tiempo!), y
la presencia de Henri podría interpretarse como una garantía de complicidad en
ese escenario.
Pero Inglaterra no veía tan bien el proyecto,
verdadera pinza contra el tráfico inglés hacia la India, que discurría por el
Mediterráneo; para combatirlo intrigaban los allí emigrados Mendizábal, el de
la leyes desamortizadoras, y el general Espartero. El rey Leopoldo de Bélgica,
bien asentado por vía matrimonial en el semiprotectorado inglés que era
Portugal, también protestó contra el proyecto. El duro enfrentamiento entre el
rey francés y la reina inglesa Victoria en Eu, que terminó con la retirada de
ésta sumida en lágrimas pero también con la retirada del duque de Aumale,
equivalía a un portazo a esa solución, Además, en aquellos momentos Inglaterra
consideraba a España como un campo minero propio, y de hecho de la época datan
las pingües concesiones explotadoras que nos dejaron sin mineral a cambio de
unas míseras compensaciones. Ni Francia ni Inglaterra estaban dispuestas a
ceder, y hubo que empezar a pensar en otros candidatos.
Las conversaciones de Eu redujeron las
posibilidades de Isabel a seis candidatos, todos ellos relativamente neutrales
y aceptables para las dos potencias. El primero, que no pasó las primeras
eliminatorias, era el conde de Trapani, Francisco de Paula Borbón-Dos Sicilias,
hijo menor del rey de Nápoles y primo de Isabel. A fin de cuentas, la casa de
Dos Sicilias, cansada del secular dominio español sobre su territorio, no
parecía la más apropiada, conque Francisco fue descartado desde el principio.
Un candidato popular hubiera podido ser
Enrique de Borbón, duque de Sevilla y sobrino de Fernando VII y de
Había más candidatos carlistas. El más
importante era
Otros dos candidatos, hermanos del anterior,
quedaban eliminados por el mismo motivo. Y así, buscando la complacencia en las
cortes europeas, se llegaba al más anodino de todos: Francisco de Asís, duque
de Cádiz, otro sobrino de Fernando VII, hijo de Francisco de Paula, hermano
menor de éste.
¡Menuda la que se armó en cuanto Isabel supo
el marido que le destinaban! “¡No, con Paquita no!”, fue su aterrorizado grito.
El pobre Francisco de Asís, aparte del ostensible afeminamiento que revelaban
esas palabras, era un ser extraño, lo menos apropiado para marido. ¡Y, sin
embargo, era la persona en la que acabarían concurriendo los “derechos”
dinásticos carlistas! Pues el citado conde de Montemolín falleció sin sucesión,
por lo que el turno real pasaba al siguiente hermano de Fernando VII, que no era
otro que Francisco de Paula, padre de Francisco de Asís.
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María
Luisa |
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Cristina |
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de Paula |
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Montemolín |
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Isabel II |
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Francisco |
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de Asís |
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Antonio de |
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Fernanda |
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XII |
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María de
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Sin embargo, ya hemos dicho que el carlismo,
más que una cuestión dinástica, era ideológica, y sus partidarios, que se
apoyaban aparentemente en unos derechos sucesorios “divinos”, en realidad se
alineaban con un estilo de vida del que por cierto no participaba, ni mucho
menos, Francisco de Asís. Éste tuvo que pasar por la humillación de ser
repudiado por los que deberían haber sido sus propios seguidores, que se
apoyaron en el hecho de que Francisco de Paula no era hermano biológico de
Fernando VII, sino fruto de los amores de la madre de éste, la reina María
Luisa, con el favorito de turno, Manuel Godoy. A tanto llegaba el deseo de los
carlistas por singularizarse.
El caso fue que, finalmente, quedó acordado
el matrimonio. Para vencer la repugnancia de Isabel por su primo hubo que
recurrir a esos episodios de superstición beateril propios de la España
profunda: sor Patrocinio, la llamada “monja de las llagas” (fingidas), un
extraño personaje, beata hasta el fanatismo pero con tintes rasputinescos, bien
aleccionada, acabó contando a la reinita, que bebía los vientos por ella, que
el cielo deseaba esta unión como medio de conseguir la paz en España, y la
pobre Isabel, infeliz y bobalicona, acabó cediendo.
Y así, el 10 de octubre de 1846, día en que
la reina cumplía dieciséis años, se celebró la doble boda. Su hermana Luisa
Fernanda, de catorce, se unió con Antoine-Marie (desde entonces, Antonio), que
sería llamado a jugar también un importante papel en la política española. Pues
la boda tenía trasfondo: se presumía que Isabel, unida a Francisco de Asís, no
tendría descendencia por razones conyugales obvias, y Antonio acariciaba la
idea de acabar siendo él (o al menos sus hijos) rey de España, con lo que la
influencia francesa se afianzaría, después de todo.
Ha sido contada muchas veces la confidencia
de la reina a su camarera sobre su noche de bodas: “¿Qué le diré de un hombre
que llevaba más encajes que yo?” También Antonio tuvo sus dificultades expulsando
de su alcoba matrimonial a una monja que se había introducido en ella para
“confortar espiritualmente” a su jovencísima esposa en tan duro trance. En fin,
cosas de la España del XIX.
Pero algo salió mal en los planes franceses. Resulta
que Isabel ha pasado a la historia española como la reina más ninfómana de la
historia de España. De hecho, pronto se sucedieron una
infinita ristra de amantes, que dejarían su huella en la genealogía real
española. Isabel dio a luz varias hijas y un hijo, el que sería Alfonso XII
(parece que el padre de éste fue el entonces teniente Puig Moltó, aunque otros
apuntan a un dentista estadounidense llamado McKeon). El caso fue que,
oficialmente, los sucesores al trono español, por vía más o menos putativa, no
faltaron.
De todos modos, cerca estuvo Montpensier de
salirse con la suya. Todos estos años había estado viendo felizmente en Sevilla
con Luisa Fernanda y esperando su oportunidad. El momento del astuto cuñado
hubiera sido en 1868, cuando, harto el país de la voluble reina, la destronó. Pero
ya hemos dicho antes que Antonio había matado en duelo a su primo político
Enrique de Borbón, y esto, aun considerando la visión que se tenía de los
“lances de honor”, era demasiado para la época: un homicida no podía tener
acceso al trono.
Aun así, el cuñado de la destronada acabaría
emparentando nuevamente al menos con la realeza de manera aún más directa que
con su mujer, pues andando el tiempo los Borbones serían restaurados en el
trono en la persona de Alfonso XII, el hijo de Isabel, y éste se casó con su
prima Mercedes, en el matrimonio real por amor más romántico del siglo XIX. Lástima
que la pobre Merceditas acabó víctima del tifus en sólo seis meses, legando al
país la trágica pregunta con la que su marido ha pasado a la historia:
¿Dónde
vas, Alfonso XII,
dónde
vas, triste de ti?
Voy
en busca de Mercedes,
que ayer tarde la perdí.
Pero, ya desde mucho antes, el tiempo había
hecho inútiles los sacrificios de Isabel (y también de Francisco de Asís, no
nos olvidemos de su propia peripecia personal). De hecho, el complicado tejido
en torno a los “matrimonios españoles” se había disuelto como un azucarillo tan
sólo dos años después de la boda, cuando en 1848 el rey francés Luis Felipe fue
echado del trono. ¡Qué pena que no se hubiera pospuesto la boda de Isabel un
poco! La Historia tiene esas jugadas.
JMAiO.
Torredembarra, mar 05