DEL BLANCO AL GRANA

 

En mi niñez (años 50) nadie iba al cine sin estar bien avisado sobre las características morales del programa. En un pueblo de 3000 habitantes, el cine de domingo era un acontecimiento que sólo pueden imaginar las actuales generaciones si han visto la película Cinema Paradiso. Desde el sábado, sendas noticias sobre los filmes que iban a ser exhibidos el día siguiente figuraban en un listón móvil fijado en la puerta del atrio de la iglesia parroquial clasificadas, atendiendo a sus características morales, en cuatro apartados ilustrados con los correspondientes colores:

 

·      Blanca (Permitida para todos)

·      Azul (Sólo para jóvenes)

·      Rosa (Sólo para mayores)

·      Grana (Prohibida para todos)

 

A lo largo de mi vida sólo recuerdo una o dos ocasiones en que la película fuera “blanca” (por ejemplo, La canción de Bernardette, un relato sobre las apariciones en Lourdes). Lo normal eran las “rosa”, y nunca acabé de entender muy bien lo de “Prohibida para todos” (¿bajo pena de pecado mortal?).

Al poco tiempo los colores fueron sustituidos por otro sistema de clasificación basado en números del 1 al 4, que se correspondían con la antigua tabla cromática. Se intercalaba una nueva clasificación, la 3R, y los veredictos sobre las películas eran menos tonantes:

 

·        1. Apta para todos los públicos.

·        2. Para jóvenes (12 años).

·        3. Para mayores (21 años).

·        3R. Para mayores, con reparos.

·        4. Gravemente peligrosa.

 

Además, en un claro avance informativo, a cada película se acompañaba una breve ficha descriptiva, con título, actores, duración, una sinopsis del argumento y una valoración ética final. La consulta y el comentario solían ser objeto de serias deliberaciones infantiles los domingos por la mañana antes de la misa, a la que se acudía con tiempo para poder efectuar la lectura.

La descripción del argumento solía hacerse en la ficha en forma circunspecta cuando no despectiva, y era especialmente peligroso consultarlo cuando la película era de suspense, pues explicaba el final sin miramientos (en Las diabólicas, por ejemplo). Con todo, lo más interesante era el “juicio moral” final, redactado en una jerga especial no siempre asequible a nuestras mentes infantiles (por ejemplo, fuimos aprendiendo que “defectos de forma” solía significar desnudeces más o menos acentuadas).

Es curioso que estas clasificaciones supusieran un autofreno tan fuerte en un ambiente rural como el mío, donde, por otra parte, los propietarios de los cines hacían un caso totalmente omiso de las ya entonces existentes clasificaciones oficiales de “mayores” y “menores”, pues todo el mundo entraba en el local sin mayores controles. Examinar este fuerte poder moral nos llevaría a un terreno cuya exploración dejamos para otro día.

Por la experiencia adquirida a través de las películas 1, 2 y algunas 3 y 3R a las que me había atrevido a asistir, deduje que en el fondo eran las primeras las que interesaban a nuestras mentes infantiles. Eran las de acción, que clasificábamos en “risa”, “oeste”, “guerra”, “gangsters”, “capa y espada”, y, más tarde, “romanos”. Allí entraban las de Bob Hope, Errol Flynn, John Wayne y tantos ídolos a los que aprendimos a adorar en la oscuridad.

Las 3 y 3R solían ser “de amor”, y nos resultaban de lo más aburrido e ininteligible, conque tampoco era tanto sacrificio prescindir de ellas, aunque no debe olvidarse que en aquellos tiempos no existía la alternativa que supone hoy la televisión, y una tarde de domingo sin cine era más difícil de llenar. Ahí estaban las del oeste “serias” (Raíces  profundas, por ejemplo), las de atracos, las comedias y vodeviles… Era una pena que solieran incluirse también en ellas las musicales, con lo que a todos nos gustaban (¿demasiado muslo al descubierto?).

En cuanto a las 4… para qué vamos a hablar. Tuve que esperar a la mayoría de edad para verlas a través de la TV, y eran, por sistema, todas aquellas en que aparecían asesinatos planeados y adulterios (las de simples fornicaciones solían ser 3R). Por ejemplo, y por citar un arquetipo, Gilda. ¡Ahí es nada, una señora que se acostaba con varios hombres, aunque fuera por vía matrimonial! Tampoco se libraban de ese calificativo las de mujeres perversas y asesinas (Joan Fontaine y Bette Davis eran especialistas en el género).

Como compensación, ahí estaban las españolas, que solían ser 2 y calmaban nuestras horas de ocio. ¡Qué bonitas las de ambiente rural! En ellas salían el joven trabajador hacendoso, la joven honesta, el alcalde cazurro y ese curita tan simpático que al final lo arreglaba todo. Ahí desfilaban multitud de actores que a fuerza de interpretar acabaron haciéndolo bien con los años: Fernando Rey, Conrado San Martín, Amparo Rivelles… Realmente no acabábamos de entender los gestos agrios de nuestros mayores cuando, a la salida, comentaban con irritación: “¡Bueno, otra españolada!”

 

                                                                                     JMAiO, ago 99