NOTAS PARA UNA BIOGRAFÍA
NO HAGIOGRÁFICA DE CHURCHILL
Es bien sabido que la
historia de la II Guerra Mundial que se ha respirado en España desde su
terminación es la versión anglo-estadounidense, mil y una veces repasada y
retocada. Ha sido tan envolvente y obsesiva que se ha conseguido que las nuevas
generaciones, a fuerza de no respirar otra, acaben tomando como dogmas de fe
los prejuicios, simplificaciones y ocultaciones que sistemáticamente se
difunden en revistas, libros, películas y programas de TV sobre el conflicto.
Más aún: se ha llegado a crear una serie de reflejos condicionados en el
público. Ejemplos: uniforme con botas de caña = malo, japonés = fanático,
inglés = mártir de los bombardeos, francés = miembro de la résistence, italiano = cobarde.
Está por hacer una historia
real, que, sin ocultar los aspectos malos (que los hubo, y muchos) de los
perdedores, ponga al descubierto los graves fallos que los vencedores han
pretendido ocultar. Tarea ciertamente descomunal, que es de suponer se realizará
en nuestro siglo XXI, cuando, desaparecida definitivamente la generación que
hizo y/o presenció la guerra, el sectarismo dé paso a la interpretación
sosegada e imparcial.
Quisiera contribuir en estas
líneas, por simple justicia histórica, al desmontaje de uno de los mitos más
ridículos que perviven de esta guerra: la entronización que la prensa británica
ha dedicado a Winston Churchill, uno de los personajes menos merecedoras
de ella. La observación a fondo el personaje no revela más que un carácter
psicopático al servicio de un deseo fijo: hacer que Britannia continuara “rigiendo en
las olas” a toda costa. O sea, en definitiva, una representación genuina del ancien régime, el
mantenimiento de la situación imperial de Gran Bretaña, que no otra cosa era en
definitiva lo que se ventilaba en la guerra... y que igualmente se perdió pese
a ganarla.
Este deseo sería, si no
legítimo, al menos comprensible para su época (a fin de cuentas, lo mismo
perseguían De Gaulle, Hitler y Mussolini), pero resulta inadmisible que esta
actitud imperialista, que ha valido un juicio severo de la historia al menos
para los dos últimos, sea considerado una cualidad en nuestro hombre.
En realidad, Churchill
adoptó, incorporándolo al estilo de las democracias occidentales, el culto a la
personalidad que había visto practicar con tanta eficacia por Mussolini y
Hitler. Con la diferencia de que los juicios favorables de los
media se han mantenido años y
años: ventajas de ganar la guerra. La prensa adicta y patriótica inglesa se
dedicó desde el primer día a glorificar, como si con ellas se fuera a ganar el
conflicto, frases más o menos brillantes, incluidas las apócrifas o las
copiadas, que fueron bastantes. A falta de victorias, la opinión pública
inglesa tenía que conformarse con promesas. Pero en realidad, la habilidad de
Churchill durante este tiempo se redujo una sola: conseguir que USA entrara en
el conflicto.
Empecemos por el principio. Churchill era uno de los vástagos de una notable familia
aristocrática inglesa (lo que hoy llamaríamos un hijo de papá), destinado desde el principio a los altos cargos.
Tras un necesario fogueo en Cuba y Sudáfrica fue elegido diputado y nombrado
ministro del Interior (1910-1911). En ese cargo se apuntó hazañas como el envío
de tropas que sofocaron sangrientamente las algaradas de la huelga de los
mineros galeses, y utilizó un destacamento de la guardia escocesa contra una
casa del este de Londres desde la que dos anarquistas armados se enfrentaban
con la policía (“el sitio de Sidney Street”, 1911).
Esto era sólo el principio.
Nombrado después ministro de la Marina inglesa, su primera “hazaña” seria fue
lanzar a la muerte a miles de soldados del ANZAC (fuerzas australianas y
neozelandesas) en la descabellada empresa de someter Gallípoli,
en Turquía. Añadamos que el proyecto (Operación
Dardanelos en la jerga de los militares de salón)
había ocasionado previamente la dimisión de su principal ayudante, el almirante
John Fisher, la figura más
prestigiosa de la marina inglesa desde Nelson, opuesto de forma radical a lo
que efectivamente resultó una catástrofe.
La opinión pública inglesa
(y especialmente la australiana y neozelandesa, claro) protestó, conque Churchill tuvo que retirarse a descansar y ser olvidado una
temporada. Pero pronto volvería. Su actuación en los años 20 y subsiguientes
nos dejan ver su alto grado de cinismo: como secretario de Colonias, trató de
encarrillar el dossier de Oriente
Próximo, negando con la mayor desenvoltura que Londres hubiera prometido al
movimiento sionista “una patria judía en Palestina” como rezaba la Declaración Balfour en 1917. Años más tarde se vanagloriaría de haber
creado “Transjordania en una tarde de domingo”.
Totalmente intransigente en la cuestión de la independencia de la India, hizo
arrestar a sus principales exponentes y también a Gandhi,
a quien llamaba “el faquir desnudo”, lo que llevó el país indio al borde de una
rebelión generalizada.
Pero no adelantemos
acontecimientos. En 1924 era nombrado canciller del Exchequer
del gobierno Baldwin, y desde el primer momento vio
con suspicacia la recuperación alemana, no tanto por lo que el imperialismo
alemán tenía de peligro para Europa, sino viéndolo como una competencia contra
el Imperio Británico. Ya hemos dicho que su afán de preservar un lugar en el
mundo para el Imperio fue el único motor de su política, por encima de los
anhelos de libertad de otros países. Consecuente con ese principio, su
actuación desde el primer momento (y la única durante la guerra) una vez
elegido primer ministro de un gobierno de coalición, se redujo a conseguir que
los USA entraran en ella.
Sin duda los bombardeos
alemanes sobre Londres (la Batalla de
Inglaterra), al año escaso de iniciada la guerra, marcarían su carácter,
dotándolo del odio mortal hacia Alemania y su Führer que ya no lo abandonaría.
Todos hemos visto en fotos de la época la fría determinación de su mirada ante
los restos humeantes de la bombardeada catedral de Coventry, que visitó apenas
nombrado primer ministro en mayo de 1940 con la dimisión de Chamberlain.
Y entonces comenzaron los
apremios a Roosevelt para que USA entrara en la
guerra. El presidente de USA simpatizaba con la idea, pero no lo tenía fácil.
En su campaña electoral del año 1940 había proclamado hasta la saciedad que
“Norteamérica permanecería neutral en el conflicto europeo”, y no era agradable
pasar por felón en su país. Pero en algo trabajó: la dudosamente legal Ley de préstamo y arriendo, que
consiguió hacer aprobar en 1942, permitía entregas de material "a países
cuya protección fuese considerada vital por USA", prescindiendo del pago
al contado riguroso que hasta entonces el Tío Sam
había aplicado a sus entregas de armas a otros. Huega
decir qué país se benefició de esa cláusula.
Gracias a las entregas a
crédito de material de guerra y de todo tipo pudo encarar Gran Bretaña la lucha
contra Alemania. De hecho, los frutos se vieron pronto: en la primera fase de
ésta los británicos sufrieron revés tras revés en Libia en manos del Afrika Korps (julio de 1942), lo
que valió a Churchill una moción de censura en el
Parlamento, pero pronto el apoyo americano, puesto al mando de Montgomery, equilibró la situación.
Mientras tanto, el
providencial bombardeo de Pearl Harbor
(o no tan providencial, pues cada vez se ve más claro que era conocido con
anterioridad por Roosevelt), dio a éste la ocasión
para entrar en el conflicto: el recurso al patriotismo nunca falla.
Ya tenemos pues la guerra
extendida al mundo, y a los estadistas en su salsa. Pese al comentado odio de Churchill contra Hitler, la
verdad es que ambos personajes tenían muchos puntos en común (no hay peor cuña
que la de la misma madera…). Por ejemplo, a los dos les gustaba mucho jugar a
general y disponer movimientos y ataques que a menudo resultaban catastróficos.
No hay que insistir en los errores cometidos por Hitler
tanto en el frente oriental como con el occidental, pero Churchill
no le anduvo a la zaga. Ya hemos visto su paupérrima actuación en los Dardanelos, pero en la II Guerra Mundial volvió a las
andadas insistiendo con todas sus fuerzas en que se efectuara un desembarco por
Italia, simplemente llevado, una vez más, de su preocupación de proteger el
flanco africano del Imperio. La operación, que se llevó finalmente a cabo por
su insistencia, fracasó estrepitosamente, pues en primer lugar los soldados del
Reich se
parapetaron tras la Línea Gustav, y, superada ésta
(previo bombardeo de Monte Casino), en la Línea Gótica que los aliados ya no
sobrepasarían hasta el final de la contienda.
Los errores políticos
cometidos con Churchill durante la guerra llenarían
un grueso tomo. Uno de ellos fue la circunspección con que trató a De Gaulle cuando éste permanecía exiliado en Gran Bretaña,
organizando la resistencia francesa. Churchill jamás
quiso recibirle, y eso no fue olvidado por el quisquilloso general, que
procedería a vengarse más tarde, vetando en los años sesenta el ingreso de Gran
Bretaña en el Mercado Común. Solamente su muerte, muy posterior a la del propio
Churchill, conseguiría abrir la llave europea para
Gran Bretaña.
El tan comentado odio y afán
de destrucción contra Alemania le impidió escuchar siquiera a Rudolph Hess, que había volado a
Londres en solitario en un descabellado intento de alcanzar una paz negociada.
Por vano que fuera el intento, no dejaba de haber cierta grandeza romántica en
él. El caso fue que Hess fue encarcelado, juzgado en
Nuremberg y condenado, y pasó sus últimos días, ya nonagenario, en la soledad
de la cárcel de Spandau, escoltado por el odio ruso
hasta que decidió suicidarse.
Y la guerra proseguía. La
decisión más importante de la conferencia de Casablanca (enero 1943) fue el
anuncio de la rendición incondicional de los países del Eje como única solución
aceptable para los aliados. Esta fórmula suponía una novedad total en el
derecho internacional, y fue motivo de polémica durante mucho tiempo. Sus
críticos consideran que supuso en endurecimiento de la resistencia de Alemania
y Japón, y eliminaba el margen para una salida negociada de la guerra. En ella
se originaron los severos bombardeos sobre la población civil de dichos países,
que centuplicaron los que había sufrido Londres en 1940. Por otra parte, la
fórmula se aplicó caprichosamente, sólo a ellos, pero no a Italia ni a otros
gobiernos.
Sigamos. En la conferencia
de Teherán (noviembre 1943), en la que participó ya Stalin, hubo unanimidad en
“mover las fronteras” de Polonia a expensas de Alemania y a favor de la URSS.
Estas medidas representaban una paradoja de un cinismo increíble, puesto que
Gran Bretaña había declarado la guerra a Alemania precisamente para defender la
integridad de aquel país. Pero la Realpolitik de Churchill seguía
siendo la misma: defender el Imperio Británico aunque fuera a costa de sumir a
otros países en las crueldades del nuevo imperio soviético. En realidad, quizás
haya que comprender esta actitud en un tiempo en que Occidente, menos asustado
ante el poderío de la URSS que con el de la Alemania nazi, cometía el disparate
de aliarse con la primera sentenciando al mundo a medio siglo de guerra fría.
La ocasión de devolver la
pelota a Alemania se presentó con los “bombardeos estratégicos” aliados sobre
el país germano en 1944, que lo redujeron a cenizas, sin distinguir entre
población civil u objetivos militares. La razzia
fue coronada por el bombardeo de Dresde, la acción
más perversa de la guerra, en la que se utilizaron bombas de fósforo contra la
población civil, y ésta fue masacrada, tras un primer bombardeo de la ciudad,
en un bosque cercano al que había ido a refugiarse. El mismo Churchill intentó
vanamente negar su responsabilidad en el incalificable acto.
Ya terminándose la guerra,
el mantenimiento escrupuloso de las esferas de influencia hizo que Churchill respetara el imperialismo de Stalin
en Europa Oriental, mientras éste asistía sin protestar a la represión inglesa
de los guerrilleros de izquierda y de los comunistas en Grecia. Quizá por ello
su propio pueblo acabó comprendiendo que su carácter intransigente y mesiánico
era el menos adecuado para pechar con los problemas que se avecinaban (la
descolonización por ejemplo, especialmente la de la India). Por ello en las
elecciones de 1945 se le negó la elección, y se dio el caso curioso que a media
conferencia de Potsdam fuera sustituido por Attlee.
Un hecho curioso de la
postguerra: obtuvo el Premio Nobel de Literatura en
1953 por su subjetiva historia de la II Guerra Mundial. Un hecho así hubiera
sorprendido a principios se siglo; pasados los años 50, cuando la politización
del Premio se había hecho más que notoria (Sartre lo
rechazó en esa época) no sorprende en absoluto.
Al morir en julio de 1965 se
le hizo objeto de un entierro oficial, que él mismo había preparado hasta el
último detalle. Descanse en paz, así como todos los que tuvieron que sufrirle
en vida.
Josep
M. Albaigès i Olivart
Salou, agosto 2001