ARRESE, DEL PINO Y OTROS FRANQUISTAS

 

Es hoy poco recordada la figura de José Luis de Arrese, arquitecto y ministro de Franco, aunque probablemente haya sido el personaje más relevante entre los ministros falangistas. Se atribuyó su nombramiento a su parentesco con Pilar Primo de Rivera (hermana, como es sabido, del fundador de la Falange) y a la influencia de la esposa del Caudillo, a quien a su vez se lo habían recomendado unas monjas malagueñas. Arquitecto por la escuela de Madrid, se había afiliado a la Falange en 1933. Sorprendido por el alzamiento militar en la capital de España, consiguió pasarse al otro bando, y desarrolló en él una labor legislativa y política, aunque ha sido a menudo criticado por su carencia de personalidad y superficialidad ideológica.

Con todo, Franco le llamó para entrar en el gobierno en varias ocasiones, sobreviviendo políticamente incluso al incombustible Girón. Se ocupó, en sintonía con su falangismo y con su profesión, de los ministerios de Trabajo, Vivienda y Secretaría General del Movimiento. Fue  también procurador el Cortes, consejero del Reino y de la Junta Política, y al final de su vida fue recompensado con un honroso retiro en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y elevado a miembro ejecutivo del CSIC.

Arrese sustituía a Serrano Suñer, “el cuñadísimo”, cuya originalidad y menosprecio por las ideas fascistas le habían hecho incómodo para el Caudillo, que deseaba una ideologización más ardiente, en tiempos virulentamente falangistas. Franco contó con Arrese para institucionalizar el aparato de la Falange, que con todo, como es sabido, nuca tuvo excesivo poder en el régimen, aunque sí prebendas.

Me gustaría exponer algunos recuerdos personales relacionados con el personaje. El primero data de 1959, cuando me hallaba en Lleida estudiando Preuniversitario (curso antecesor del COU). Arrese, a la sazón ministro de la Vivienda, visitaba ese día la ciudad, y nos dieron fiesta en el Instituto (los asuetos se concedían en esa época con mucha facilidad, como vemos). A falta de otra ocupación mejor, nos dirigimos unos estudiantes a la catedral de la ciudad, donde iba a oficiarse una solemne misa presidida por el obispo de la ciudad don Aurelio del Pino Gómez.

Éste era otra curiosa figura del franquismo, que merece una descripción. Parece que en tiempos de la guerra civil había sido confesor de doña Carmen Polo, que le catapultó como recompensa a la sede episcopal de mi olvidada provincia (doña Carmen, como vemos, se las pintaba sola para adjudicar cargos). En la diócesis don Aurelio tenía fama de carca y retrógrado (¡en los años 40 y 50!), conque puede imaginarse su talante y lo que diría si resucitara hoy. Llegó a decirse que, al tomar la palabra en el Concilio Vaticano II, emitió tal cantidad de despropósitos que alguien cortó sin más la corriente en su micro. Posiblemente es una leyenda, pero expresa su fama.

¡Cómo lucía la catedral en esa mañana! Alfombras de un rutilante púrpura en los pasillos, innumerables lámparas de araña encendidas alumbrando suntuosamente el menor rincón. El cortejo de Arrese, en una primera fila adornada igualmente de terciopelo rojo y almohadones para el arrodillamiento, daba la réplica visual al equipo de canónigos con sus túnicas carmesíes en el altar mayor, presididos por el obispo. El caso fue que, antes de empezar la misa, don Aurelio decidió dirigir unas palabras en honor del ministro, y empezó con el saludo de ritual:

—Excelentísimo señor ministro, excelentísimas autoridades:...

Aquí pareció quebrarse su inspiración, pues permaneció uno o dos minutos buscando las palabras. Todo el mundo aguardaba pacientemente. Articuló algo más:

—Estamos muy contentos de la visita a Lérida...

Nuevo silencio, más prolongado. Finalmente extrajo de su magín otros vocablos:

—El señor ministro, además de ferviente católico, gran profesional y excelente político es...

Otro silencio. ¿Qué va a añadir?, pensaba todo el mundo.

—...¡falangista de todo corazón!

Siguió un silencio largo, denso, letal. La catedral en pleno contenía la respiración discurriendo cómo iba a salir del paso el señor obispo. Un canónigo acudió a él por si estaba mareado o tenía alguna necesidad, pero fue despedido casi a cajas destempladas. Los minutos pasaban lentos, en el ambiente reinaba un silencio denso como manteca.

Finalmente, en plena angustia del personal, don Aurelio acertó a decir:

—¡El señor ha consentido esta humillación! Yo hubiera querido tener la palabra fácil en obsequio del señor ministro, pero Dios ha cortado mi inspiración. Pues bien, ofrezco ese sacrificio por España, por su revolución Nacionalsindicalista y por la Iglesia en general.

Tras lo cual, hizo mutis y procedió a decir misa.

El bache mental del obispo fue muy comentado, y no faltó quien lo atribuyera a la impresión causada por la majestuosidad de Arrese, aunque me cuesta admitirlo: el ministro parecía más bien campechanote, y desde luego nada intimidador. Pero, ¿quién sabe? Unos años después, don Aurelio se jubilaba y dejaba la diócesis.

 

***

 

Otro recuerdo vinculado con Arrese lo relaciona con el Colegio Mayor madrileño José Antonio, en la Ciudad Universitaria, donde residí unos años durante la carrera. Resulta que el edificio, del más puro estilo monumentalista, era obra de Arrese y Bringa, otro arquitecto asociado  profesionalmente con él. Se contaba que, durante la construcción, pocos años antes, los alumnos de Arquitectura iban a ver las obras a menudo, y al llegarse a la cubrición observaron con tanto interés como sorpresa que el edificio carecía de chimeneas. “¿Cómo habrá resuelto la evacuación de los humos?”, se preguntaban. Algunos apuntaban que por la alcantarilla, otros que con tratamientos químicos especiales. ¡Pues no llegaron a imaginar los chicos! Finalmente se lo preguntaron al propio Arrese, aprovechando que en aquellos años, ya liberado del cargo de ministro, daba clases en la Escuela de Arquitectura.

—¡Arrea, me olvidé! —fue su respuesta.

¿Cierto? ¿Falso? El caso es que los humos de la cocina (situada en el sótano) pasaban por un falso pilar del comedor de la planta baja (como te arrimaras a él, te quemabas), y seguían por la buhardilla a través de un conducto de tiro horizontal, con lo que se llenaba de humo el comedor del Colegio Mayor cada vez que soplaba un poco de viento.

En recuerdo del hecho, el diario mural humorístico que elaborábamos periódicamente en el Colegio Mayor (una costumbre muy frecuente en la época) se llamó siempre BRINGA.

 

                                                                                                          Josep M. Albaigès

                                                                                                          Salou, agosto 2002