LOS ADMIRABLES PRESOCRÁTICOS (I)

 

La aparición de Grecia (de la Grecia antigua, se entiende, cuyos ámbitos desbordan con mucho los actuales) supone un hecho decisivo en la historia humana: el nacimiento del saber especulativo e investigador a la naturaleza. Hasta entonces, mesopotámicos y griegos habían adquirido conocimientos de gran utilidad, pero sus respuestas en torno al origen y al por qué de las cosas se habían limitado a una transferencia a causas sobrenaturales. Los griegos se interrogan sobre la esencia de las cosas, su por qué, y lo hacen desde una perspectiva racional, renunciando a fáciles explicaciones propias de los niños, que refieren al propio padre la solución de todos sus problemas.

De entre los filósofos griegos, juzgo como más admirables los presocráticos, en los que sorprende el contraste entre la pobreza de sus bases de partida y de sus medios de investigación con la osadía juvenil con que se atreven con las últimas preguntas de la existencia. La filosofía (“amor al saber”, pues el “saber” a secas estaba ya desacreditado en aquellos momentos por pedante) será en un primer período “ciencia de la naturaleza” (physiologíe), en la que “filosofía natural” y “ciencia natural” tal como las entendemos hoy están todavía sin separar.

Entre los presocráticos, ocupan el primer lugar cronológico los milesios. Mileto, próspera ciudad marítima del Asia Menor, estaba a abierta a todas las influencias mundiales. Allí intercambiaban ideas los hombres de Babilonia, de Iberia, del país de los escitas y de Egipto. No podía imaginarse un mejor caldo de cultivo para unas ideas que el genio griego no tardaría en hacer aparecer.

Tales de Mileto es, sin duda, la primera figura destacada en el mundo de la especulación científica. Su vida está cargada de leyendas, como esa predicción que hizo de un eclipse (puesta hoy en duda por los astrónomos), que habría permitido reconstruir la época en que vivió (624-546 aJC, según Apolodoro). O ese teorema de Tales, que sin duda él no formuló. O ese vaticinio sobre una próxima extraordinaria cosecha de aceitunas, que aprovechó en su beneficio para enriquecerse arrendando todas las almazaras e imponiendo los precios que quiso a los cultivadores. Pero la idea básica que nos ha llegado de él es ese “todo es agua” que los estudiantes repiten un tanto perplejos.

Esa afirmación es la respuesta a una pregunta: “¿Qué es todo?”, dando por sentado que subyace una invisible unidad en la naturaleza, que los distintos aspectos en que ésta se manifiesta no son más que manifestaciones de una primigenia “materia prima del universo” o arjé, como sería denominada con el tiempo. Al afirmar que el arjé es el agua, Tales destrona de su puesto a los dioses como causas primeras del mundo. En efecto, explicar éste mediante la divinidad presenta un punto difícil: ¿De dónde procede a su vez la divinidad? Si la respuesta es que “ella se ha hecho a sí misma”, aquí hay una complicación innecesaria. Solución: definamos “lo que se ha hecho a sí mismo” como el propio mundo. Y, postulando esa la unidad en los fenómenos, busquemos ese arjé, que de algún modo deberá manifestarse a la mirada atenta.

¿Por qué Tales elige el agua como el mejor candidato para su arjé? Aquí juega sin duda su viaje anterior a Egipto, país dependiente de ese elemento, personificado en la móvil y a la vez eterna corriente del río Nilo, que le daba existencia. El agua era concebida como el alma, el soporte de la civilización egipcia, y ese papel trascendente debió de impregnar sin duda el espíritu de Tales. Pero hay más: el agua  es, de todos los elementos, el más dúctil: puede presentarse en forma sólida, liquida y gaseosa, y su relleno de las accidentadas costas egeas parece sugerir que éstas emergen de una concreción de ella. El agua es el eterno ciclo del que siempre vuelve la misma cosa. En ella Tales, encontrando una respuesta a la pregunta “¿Cómo fue todo en un principio?” reformula ésta a “¿Qué fue, o más bien, qué es el principio?” De aquí emergía la noción de materia, desconocida para los griegos en la forma en que la concebimos nosotros, pues ellos no disociaban el aspecto inerte de la misma de su vis, de su fuerza.

El siguiente filósofo presocrático, Anaximandro, es juzgado a veces de forma un tanto apresurada, probablemente porque su edad, ligeramente menor que la de Tales, induce a considerarle como discípulo de éste. Quizá, pero no podemos ignorar la visión cosmológica de este pensador, que no había llegado a intuir su supuesto maestro. Anaximandro ha sido el primer hombre que reconoció en una única y gran interdependencia todo el mundo visible, desde las profundidades de la tierra hasta las estrellas. En él, el término “Cosmos” no se limita a una descripción de la vasta complejidad de la naturaleza, de los cielos, sino que engloba ésta en la noción de un orden, de una interdependencia, de un mecanismo que diríamos hoy. Y, de la misma forma que Tales había intuido un principio unificador (un arjé) en toda la materia, Anaximandro da un paso más y concibe una ley poderosa, un orden subyacente, una interdependencia entre todos los elementos de su Cosmos. Éste pasa a esta presidido por una íntima coherencia, y ésta se organiza conforme a “ciclos”, a caminos ordenados y organizados. En el único fragmento conservado literalmente de su libro, dice:

 

“De allí mismo de donde las cosas brotan, allí encuentran también su destrucción, conforme a la ley. Pues ellas se pagan mutuamente expiación y penitencia por su injusticia, conforme a la ordenación del tiempo”.

 

En ese paraje, Anaximadro traslada al Universo la necesidad de una ordenación, análoga a la que se estaba realizando en la polis griega. Es decir, lejos de tomar en sí la ordenación natural, Anaximandro le “dicta” sus propias leyes, concibe la naturaleza como una extensión y analogía humanas, haciendo así patente la pertinencia del hombre a ella. De nuevo la inteligencia intentando penetrar en el interior de las cosas, de desvelar su fachada.

En otro punto va Anaximandro más lejos que su maestro. ¿Por qué el arjé va a ser precisamente el agua, un elemento más de la naturaleza? Es más lógico inferir que será un elemento que los contenga a todos de alguna manera, un ápeiron, un “infinito”, concebido no en el sentido numérico, sino en el de matices. Para él, ese ápeiron será “inmortal”, “imperecedero”, y, en una pirueta intelectual irrepetible, llega a concebir el “todo en uno”, como en la semilla está presente el futuro ser, de una forma desconocida para nuestra vista y aun para nuestro entendimiento, pero desde luego real. Allí aporta Anaximandro su visión de lo realmente “divino”, alejándolo de las ingenuas historietas mitológicas griegas y aplicándolo a ese Infinito del ápeiron.

Queda un presocrático jónico: Anaximenes, posiblemente a su vez discípulo de Anaximandro. No son tan grandes ni originales su aportaciones, pero las enuncia en un plano profundamente humano: Anaximenes es consciente, quizá por primera vez en la historia, de que cualquier explicación natural no está completa si el hombre no está integrado en ella.

Así, fascinado por la idea del arjé, lo aplica al misma persona, fuente de la naturaleza, asimilando su espíritu interior (psiché) al soplo del aire que emite, representativo del espíritu humano. Y concluye: “Del mismo modo que nuestra alma, que es de aire, nos rige, así envuelve también a todo el Cosmos aliento y aire”. Mientras da un aparente paso atrás al renunciar al ápeiron para preferir el aire, en realidad, con esa idea, introduce una explicación física (física en el sentido actual). Puesto que los cuerpos se dilatan al calentarse y se contraen al enfriarse, ¿no será lógico concluir que de ese arjé, el aire, brotan todas las cosas por condensación y rarefacción? Y así los seres orgánicos, y especialmente el hombre, están en realidad formados por aire más o menos condensado. Con lo que se llega a la idea de la sustancia universal, que poco o mucho alterada, impregna la Física atómica de hoy: todos los elementos, versiones variables de unas mismas partículas elementales.

Los tres milesios son los admirables precursores de nuestra actual Ciencia. Inventando el procedimiento científico, huyen del mito y prefieren la investigación y la especulación racional. Sería una ligereza fijarnos sólo en el aspecto ingenuo de sus conclusiones, hay que ver que en ellas yace el germen de un desarrollo posterior del pensamiento filosófico.

 

                                                                                     Josep M. Albaigès

                                                                                     Salou, agosto 2002