2222 años
En
este año de centenarios quijotescos se cumple también un aniversario más
inadvertido, pero bastante más importante para España que cualquier
acontecimiento cultural, por notable que éste sea. Sin duda el olvido reside en
que no es un centenario exacto, pero la cifra 2222 es lo suficientemente
curiosa para hacerlo merecedor de un breve recuerdo[1].
Nos referimos a la llegada a España de los
romanos, acontecida en el año 218 aJC. Ese ordinal es menos difundido que la
mítica cifra de 1492, charnela en torno a la cual se ha pretendido hacer girar
nuestra historia, pero es al menos igual de importante. 1492 supuso un
principio de proyección hacia otro continente, pero ésta no hubiera sido
posible sin una formación previa mediante la incorporación a un sistema de
organizaciones, valores y creencias. En el 218 aJC se
inició en España el mismo proceso que 1709 años más tarde se repetiría en
América para incorporarla a la civilización occidental. Justo sería que ambas
fechas se estudiaran en la escuela con igual intensidad.
¿Qué
era en el 218 aJC lo que hoy llamamos España? Es difícil generalizar sobre un
territorio que, aun en tiempos modernos, ha llegado a ser calificado de
“subcontinente” por Hemingway. Una primera división se impone: hacia el s III aJC, la península ibérica se componía de una periferia
sometida a unas claras influencias culturales procedentes del este del
Mediterráneo, mientras permanecían en el interior unas tribus hoscas, salvajes,
entregadas a la guerra continua entre ellas cuando no al saqueo y pillaje de
sus vecinos, especialmente los más ricos.
No
puede pues decirse que toda la población peninsular se hallara en estado prehistórico.
Los fenicios nos habían visitado largamente, fundando colonias como Gadir (Cádiz), Malaka, Sexi, Abdera, en épocas
tan lejanas como el siglo IX aJC. Pero estos enclaves se limitaban a ser meras
factorías, puntos de intercambio que, muy lentamente, irradiaban el comercio
hacia el interior. Mayor impacto civilizador supondrían
posteriormente los centros griegos, puntos como Rhode (Roses), Emporion (Empúries), Hemeroskopion (Dénia), Alonis, Akra Leuke, Mainake,
que iban incorporando la franja mediterránea ibérica a la cultura, estadio ya
mucho más avanzado. Algunos hallazgos de objetos de clara influencia helenística
(pasemos de largo por la Dama de Elche, sobre la cual pesan serias dudas de
autenticidad) muestran que una parte de la población era ya sensible a
sentimientos más avanzados que el deseo de la mera subsistencia. Por no hablar
de la mítica Tartessos, todavía hoy sumergida en las brumas del desconocimiento,
aunque de importancia indudable.
En
contraste, el interior era, salvo algunas ciudades, una ingobernable tierra de
bandoleros, abigeos y tribus primitivas (“vivían como las bestias”, aclara algún
historiador romano sobre algunas de ellas), en guerra constante entre sí,
dedicadas al saqueo de los pocos núcleos estables. Es inevitable pensar que el propio
arco mediterráneo, más aculturado, habría
evolucionado desde esa misma primitiva situación a una de mayor apertura hacia
el exterior gracias a las visitas civilizadoras de fenicios y griegos.
Merece
un somero repaso la situación mundial en esa época. La historia de la Hesperia[2]
griega, denominada por los romanos, ya para siempre, como Hispania, ofrece paralelismos
con otros aconteceres históricos mundiales, que, con curiosa persistencia, se
repiten como fruto de causas similares y ofrecen consecuencias también
paralelas. Para empezar, acostumbrados como estamos a la consideración de los
Pirineos como frontera, no nos habituamos a la idea de que ese papel
correspondía en el momento al río Ebro, vía de penetración principal hacia el
interior, del cual deriva precisamente el nombre de Iberia (como el río Indo
originó la India; los ejemplos serían innumerables).
En
el s III aJC dos potencias velaban sus armas en el Mediterráneo occidental: de
un lado Roma, que acababa de culminar la unificación política de Italia[3]; de
otro, Cartago, la antaño colonia cartaginesa que había llegado a superar a su
antigua metrópoli, al modo como hoy USA supera a la vieja Inglaterra. Ambas se
habían enfrentado en la llamada primera guerra Púnica, que trajo como
consecuencia la cesión cartaginesa de Sicilia a Roma, pero de la que la
potencia africana se recuperó pronto merced a otros lugares conquistables,
Iberia en primer lugar. Un pacto entre las dos potencias obligaba a los púnicos
(otro nombre de los cartagineses) a no sobrepasar precisamente la línea del
Ebro en sus asentamientos peninsulares, pero más hacia el sur el campo estaba
abierto a los audaces descendientes de Tiro y Sidón, que paulatinamente
llegaron a controlar la franja mediterránea, y aun extenderse hacia el
interior.
Cartago
contaba con un caudillo militar excepcional, Amílcar Barca (‘rayo’), que ya se
había distinguido en la primera guerra Púnica y ansiaba desquite. Designado comandante
general de las fuerzas en Iberia, llevó consigo a su hijo Aníbal, un niño de
nueve años, no sin antes hacerle jurar ante el altar odio eterno a Roma. En
nuestra península, tras una meteórica carrera, Amílcar acabó muerto en una
batalla, y Aníbal fue designado, pese a su juventud, caudillo de las fuerzas
en Hispania.
No
se puede decir estrictamente que los romanos no hubieran estado en nuestro
suelo antes del 218 aJC, aunque su estancia se había
limitado, de hecho, a concertar con la ciudad de Sagunto
un pacto que la hacía protegida de Roma. De hecho, según parece, el enclave era
un bastión dejado por Roma en previsión de un crecimiento excesivo de Cartago,
que terminó sucediendo.
La
historia es conocida: Aníbal decide, como primera providencia, anular la base
romana en Hispania, sitiando y destruyendo la ciudad “intocable” para Roma sin
que ésta, por cierto, se preocupara demasiado por su ayuda (219 aJC). Tras esta tácita declaración de guerra, y sin esperar
la previsible reacción de los romanos, el audaz caudillo sobrepasa
decididamente la línea del Ebro, que marcaba el límite de su actuación en
virtud del pacto antes citado, atraviesa a toda velocidad los Pirineos y los
Alpes y se planta en suelo itálico para desafiar al león en su propia guarida.
Poco
podían imaginar los romanos la osadía del general cartaginés. Por ello, creyendo
encontrarlo en Hispania, en 218 aJC, buscándolo, desembarca Cneo Escipión en
Empúries. Poco después le seguirá su hermano Publio. Tras mantener unos
encuentros victoriosos contra los cartagineses, sucumben finalmente frente a
Asdrúbal, hermano de Aníbal. Pero la entrada en la península es ya un hecho, y
los romanos no se marcharán, incluso después de terminada victoriosamente esta
segunda guerra púnica. España jugó, en ella, un papel similar al que dos mil
años después correspondería a Vietnam: punto de encuentro entre dos potencias
rivales, que ventilaron en ese alejado
escenario la decisión de su supremacía.
No
es éste el lugar para exponer el desarrollo de la segunda guerra púnica, que
finalizó con la derrota de Cartago pese a las genialidades de Aníbal. Lo que sí
tiene importancia para nosotros es que, una vez eliminado paralelamente por los
romanos el foco de resistencia ibérico, Hispania
sería incorporada a Roma. Nuestro país, en un incipiente estado de aculturación
mediterránea, con sus riquezas económicas y sobre todo mineras, era una
tentación demasiado fuerte como para desdeñarla. Roma se quedaría con nosotros,
utilizándonos como “granero” durante luengos siglos, pero pagaría su deuda incoporándonos
al mundo occidental.
La
primera consecuencia decisiva del año 218 aJC para
Hispania fue su sometimiento a una organización económica y social, que, empezando
por racionalizar y organizar una base productiva de economía recolectora (caza,
pesca) y un sector agropecuario y minero de altas posibilidades, acabó
convirtiendo el rudo solar ibérico en una provincia romana más, incorporándola
a su historia. A partir de esa base económica, pronto surgirían islotes con
organización de tipo romano: a través de los repartos de tierras y los núcleos
administrativos y militares romanos (Asturica Augusta, Segisamo, Gracchurris, Pompaelo…)
la población autóctona fue incorporándose a unos nuevos modos de vida e incluso
participando activamente en la del Imperio, al que llegó a suministrar
gloriosas figuras.
En
cierta manera puede decirse que los romanos todavía no se han marchado, pues
nosotros somos los continuadores de su obra. Lengua, derecho, costumbres,
religión, todos los pilares convivenciales básicos serían aportados a Iberia
por Roma, y a través de ellos nuestro país quedó incorporado al Imperio como su
más sólido pilar. El proceso fue lento: Estrabón
comparaba, tres siglos más tarde, el desarrollo de los turdetanos (en el valle
del Guadalquivir) que no recordaban siquiera su lengua original ibérica, con el
salvajismo e incultura en que todavía permanecían las tribus del interior.
Pero, hacia el siglo II-III, Hispania era ya un suelo
más del Mare Nostrum.
JMAiO,
ago 05
[1] Es innecesario recordar que no existe el año
cero en la era cristiana, de modo que el intervalo entre el 218 aJC y 2005 es
de 2222 años.
[2] El nombre de Hesperia es un término
geográfico algo vago, referido a las hesperales
o vesperales, que es como decir “el
lugar donde se pone el sol, occidente”. Por ello la península ibérica lo
comparte con la itálica. Tierra fabulosa y desconocida, con abundantes leyendas
como la del Jardín de las Hespérides.
[3] Nos referimos a lo que entonces se
consideraba Italia, que excluía el valle del Po o Galia Cisalpina.