ORTOGRAFÍA
DE LOS NOMBRES DE PERSONA
¿Hay que escribir Elisabet o
Elisabeth? ¿Ingeborg, Ingeburga
o Ingueburgia? ¿Christian o
Cristián? He aquí una cuestión compleja, agravada en los últimos tiempos de
aparición galopante de antropónimos exóticos. La pregunta, planteada
esquemáticamente, sería: ¿Debemos intentar aproximarnos en lo posible a la
grafía original, aunque sea al precio de modificar la pronunciación, o adaptar
la grafía del nombre a las reglas españolas para deformar aquélla lo menos
posible?
No podemos olvidar que una
palabra es, ante todo, un fenómeno fonético, y por ello, en otros tiempos, de
mayor preponderancia de la cultura hablada frente a la escrita, resultó lógica
la segunda solución, eliminando haches, añadiendo úes
mudas, etc. Así se daban los pasos Elisabeth >
Elisabet, Ingeborg > Ingeburga, etc.
Sin embargo, dicho esto, no
podemos obviar una serie de factores que hacen que el fenómeno no sea tan
sencillo.
Resumamos: la lengua, como
hemos dicho, es un fenómeno ante todo fonético, por lo que fue lógico en otros
tiempos castellanizar los nombres. Sin embargo, el actual aumento en el nivel
cultural ha traído consigo una progresiva internacionalización, hecha posible
por un mayor conocimiento de las lenguas extranjeras, y resulta cada vez más
pintoresco mantener grafías "propias", especialmente para fenómenos
de alcance universal como pueden ser determinados antropónimos. El
inconveniente citado al principio, la deformación de la pronunciación, tiende a
desaparecer por esa mayor cultura lingüística, que atribuye en cada caso la
fonética correcta a una palabra, aunque no sea la que correspondería de acuerdo
con las reglas usuales del castellano.
En el campo de los topónimos
la transición es ya total, y en los atlas se escriben siempre éstos en su
lengua original (o, mejor dicho, en la oficial del estado que los domina, lo
que también da lugar a conflictos). ¿Quién sabía, hace unos años, que Köln era Colonia o Wien era
Viena? Estas formas originales, al principio exóticas,
van incluso trascendiendo al habla corriente, y hoy es frecuente decir y
escribir Tehran, New York y
muchos más. Con ello se gana en una progresiva internacionalización de la
cultura.
Esta tendencia a la forma
escrita original se está empezando a dar también en los antropónimos, y quizá
sea totalmente habitual dentro de un siglo. Pero hoy se halla en proceso de
transición, y por ello coexisten diversas grafías, que provocan las dudas que
comentábamos. Con lo que llegamos finalmente a una conclusión más bien pobre:
no hay una respuesta clara a la cuestión que titula este artículo. Podríamos
limitarnos a decir que cuanto más nos aproximemos a la grafía original de un
nombre, más avanzamos en dirección al futuro. Pero no olvidemos que vivimos en
el presente.
Aunque, ojo, estamos
hablando de "la grafía original"... ¿o de la versión inglesa de ésta?
Porque en realidad es la que tiende a imponerse en el caso de los nombres en
otros alfabetos que no han "oficializado" una versión en el alfabeto
latino. También ésta es la dirección del futuro. El progresivo dominio del
inglés en todos los campos nos lleva, con o sin nuestro gusto, a una cultura
internacional pero marcada por el marchamo anglosajón, en la que sin duda se
desenvolverán, con toda naturalidad, nuestros nietos.
Josep M. Albaigès Olivart
Barcelona, febrero 1996