ORTOGRAFÍA DE LOS NOMBRES DE PERSONA

 

¿Hay que escribir Elisabet o Elisabeth? ¿Ingeborg, Ingeburga o Ingueburgia? ¿Christian o Cristián? He aquí una cuestión compleja, agravada en los últimos tiempos de aparición galopante de antropónimos exóticos. La pregunta, planteada esquemáticamente, sería: ¿Debemos intentar aproximarnos en lo posible a la grafía original, aunque sea al precio de modificar la pronunciación, o adaptar la grafía del nombre a las reglas españolas para deformar aquélla lo menos posible?

No podemos olvidar que una palabra es, ante todo, un fenómeno fonético, y por ello, en otros tiempos, de mayor preponderancia de la cultura hablada frente a la escrita, resultó lógica la segunda solución, eliminando haches, añadiendo úes mudas, etc. Así se daban los pasos Elisabeth > Elisabet, Ingeborg > Ingeburga, etc.

Sin embargo, dicho esto, no podemos obviar una serie de factores que hacen que el fenómeno no sea tan sencillo.

 

  1. Desde luego, la aproximación a la forma de pronunciar castellana debería llevar a modificar la ortografía en muchas ocasiones. La h de Elisabeth indicaba una aspiración en lengua hebrea, pero ésta no se da en castellano, por lo que parece prudente, en aras de la simplicidad, suprimir ese signo devenido inútil. Otro tanto podemos decir de Jonathan > Jonatan o de Ruth > Rut.
  2. Las complicaciones son a veces mayores, como en el caso de Ingeborg. En el antiguo sueco, la g suena fuerte, por lo que, para aproximarnos al sonido original, habría que intercalar una u muda. Pero, además, la o suena de una forma casi impronunciable para nosotros, y resulta más aproximado sustituirla por una u. Finalmente, la terminación -rg acaba siendo sustituida por -rga o -rgia, como veremos en seguida.
  3. Pues, efectivamente, la lengua castellana no soporta fácilmente algunas consonantes y giros especiales. Por lo tanto, resulta lógico redondear a veces la pronunciación añadiendo una -a o una -ia. ¿Por qué una u otra? En la antigua pronunciación, la i final de palabras similares sonaba muy débil, no con la igualdad que parecen sugerir la igualdad de tamaño con la a. Vemos esto en nombres como Marcel(i)a, donde la pronunciación casi "pasa de largo" ante la i, por lo que se llega a dudar si incluir ésta o no en la escritura. Cuando se opta por esta última solución, pueden surgir complicaciones ortográficas secundarias, como Constancia/Constanza. Cuando se mantiene la i, el tiempo y la progresiva preponderancia de la cultura escrita acaba otorgándole un papel igualitario con la a. Y vemos coexistir entonces las formas Marcela/Marcelia, Constanza/Constancia, etc. Lo mismo ocurrirá con nuestra Ingueburga/Ingueburgia.
  4. Pasando a la acentuación, en los escritos antiguos no se marcaba el acento ortográfico, lo que ha llevado a pronuncias más fáciles para el lector castellanohablante... o el de otras lenguas, cuando el nombre nos llega a través de ellas. La Academia es terminante, recomendando acentuar una palabra extranjera cuando de ello resulte una mayor fidelidad de la pronunciación. Así, no hay nada malo en escribir Cristián, Jonatán, etc., como se escribe márketing. Pero muchos nombres han alcanzado, con el repetido uso, aunque en principio éste fuera incorrecto, formas fijadas que es ya hoy muy fácil desterrar: ¿Quién diría Bárcino por Barcino o Arquimedes por Arquímedes?
  5. ¿Y qué ocurre con los apellidos? En otros tiempos, no sujetos a registros civiles, eran castellanizados con tanta naturalidad como los nombres de pila. Recordemos a Tomás Moro (Thomas More), Nicolás Maquiavelo (Niccolò Machiavelli) o los Fúcares (Fugger). La progresiva aparición de la aldea global ha hecho que se tienda hoy a mantener su invariabilidad a través de las distintas lenguas, pero incluso en estos casos surgen complicaciones debidas a los alfabetos. ¿Hay que escribir Khruschev o Jruschof? ¿Mao Tse Tung o Mao Zedong? ¿Pushkin o Puchkin? Y no preguntamos lo que habría que pronunciar, pues de oírlo en lengua original, sin duda no lo reconoceríamos.

 

Resumamos: la lengua, como hemos dicho, es un fenómeno ante todo fonético, por lo que fue lógico en otros tiempos castellanizar los nombres. Sin embargo, el actual aumento en el nivel cultural ha traído consigo una progresiva internacionalización, hecha posible por un mayor conocimiento de las lenguas extranjeras, y resulta cada vez más pintoresco mantener grafías "propias", especialmente para fenómenos de alcance universal como pueden ser determinados antropónimos. El inconveniente citado al principio, la deformación de la pronunciación, tiende a desaparecer por esa mayor cultura lingüística, que atribuye en cada caso la fonética correcta a una palabra, aunque no sea la que correspondería de acuerdo con las reglas usuales del castellano.

En el campo de los topónimos la transición es ya total, y en los atlas se escriben siempre éstos en su lengua original (o, mejor dicho, en la oficial del estado que los domina, lo que también da lugar a conflictos). ¿Quién sabía, hace unos años, que Köln era Colonia o Wien era Viena? Estas formas originales, al principio exóticas, van incluso trascendiendo al habla corriente, y hoy es frecuente decir y escribir Tehran, New York y muchos más. Con ello se gana en una progresiva internacionalización de la cultura.

Esta tendencia a la forma escrita original se está empezando a dar también en los antropónimos, y quizá sea totalmente habitual dentro de un siglo. Pero hoy se halla en proceso de transición, y por ello coexisten diversas grafías, que provocan las dudas que comentábamos. Con lo que llegamos finalmente a una conclusión más bien pobre: no hay una respuesta clara a la cuestión que titula este artículo. Podríamos limitarnos a decir que cuanto más nos aproximemos a la grafía original de un nombre, más avanzamos en dirección al futuro. Pero no olvidemos que vivimos en el presente.

Aunque, ojo, estamos hablando de "la grafía original"... ¿o de la versión inglesa de ésta? Porque en realidad es la que tiende a imponerse en el caso de los nombres en otros alfabetos que no han "oficializado" una versión en el alfabeto latino. También ésta es la dirección del futuro. El progresivo dominio del inglés en todos los campos nos lleva, con o sin nuestro gusto, a una cultura internacional pero marcada por el marchamo anglosajón, en la que sin duda se desenvolverán, con toda naturalidad, nuestros nietos.

 

Josep M. Albaigès Olivart

Barcelona, febrero 1996