EL VASA, EL METACENTRO
Y LOS BARCOS ESTABLES
Nota: Este
artículo iba destinado a Carrollia,
pero algunos amigos me han indicado que podría ser también de interés para el
público más amplio de Omnia. Confío
en que así sea.
El
pasado verano tuve ocasión de visitar la fría pero interesante capital sueca. De
entre los muchos museos, monumentos y centros de interés de esa ciudad, ninguno
me cautivó tanto como la vista al Museo
Vasa, donde se conserva ese buque de ese nombre del siglo XVII, hundido a
los quince minutos de su inauguración y rescatado del fondo del mar en 1961.
El navío
constituye en sí todo un espectáculo. Toda la marina de guerra de antaño está
perfectamente conservada y reflejada en un impecable museo donde se recogen
todas las vicisitudes y circunstancias que lo envolvieron, desde la vida
cotidiana a bordo a la historia que envolvió el curioso hundimiento.
A
principios del siglo XVII, Suecia llevaba ya un siglo separada de la Unión de
Kalmar, que la había unido dinásticamente con Dinamarca y Noruega, y buscaba su
propio camino para convertirse en una potencia regional de primer orden. Su
soberano, el rey Gustavo II Adolfo, pensó en participar en la guerra de los
Treinta Años, enfrentándose a Polonia, a fin de imponerse a esta otra potencia,
también entonces en auge. Para derrotar la Marina de su vecino diseñó un buque
ciertamente imponente, en cuya construcción, que supuso un esfuerzo inaudito
para las arcas del país, colaboraron técnicos de todo el mundo, especialmente
holandeses, los más formados en navegación en aquel momento.
El
barco Vasa (nombre de la dinastía
real, por vase, ‘gavilla’), un
verdadero acorazado a la escala de la época, ofrecía unas características
impresionantes: 69 m de eslora y 11,70 de manga, una altura máxima de 52,5 m, un
desplazamiento de 1210 toneladas. Lo gobernaría una tripulación de 145 hombres,
que conducirían a los 300 soldados, encargados de manejar sus 64 cañones y destruir
o abordar eventualmente los buques enemigos. Nada en principio podría
resistírsele, y en la construcción del buque en los astilleros de Skeppsgården
se cuidaron todos los detalles, incluyendo los artístico-psicológicos dedicados
a impresionar y causar pavor al enemigo, mediante un conjunto de esculturas, escudos
y toda clase de detalles decorativos incorporados al casco. El navío era no
sólo una formidable arma de guerra; también una obra de arte.
Llegó
el día de la primera travesía del barco (10.08.1628). Éste recorrió unos
centenares de metros desde el puerto, y en cuanto se vio sometido a la primera
racha de viento… ¡zozobró y se hundió, a la vista del numeroso público que
había acudido a festejar la entrada en servicio de aquella “arma definitiva”! Con
él se fueron al fondo de la bahía el armamento, los víveres, el utillaje y unos
50 hombres de la tripulación (menos mal que los soldados no estaban todavía a
bordo). Las esperanzas bélicas de Gustavo II Adolfo se diluyeron, y la católica
Polonia pudo carcajearse a conciencia del “impío protestante” cuya soberbia
acababa Dios de castigar.
Tres
siglos permaneció hundida la reliquia, y perdióse hasta la memoria del sitio
exacto donde el pecio se encontraba. En agosto de 1956 el ingeniero Anders
Franzén, interesado por la ya casi leyenda del Vasa, empezó por su cuenta una
serie de prospecciones frente a la costa de Estocolmo, hasta conseguir
localizar el sitio donde permanecía el navío. Reconocido éste por buzos, el rey
de Suecia Gustavo VI Adolfo (¡curiosa la coincidencia en el nombre!), ferviente
arqueólogo aficionado, se interesó inmediatamente en el tema, y tras una
cuidadosa (y muy cara) planificación se consiguió izar el buque el 24.04.1961,
a los 333 años de haberse hundido.
Pero
ese ímprobo trabajo no fue más que el preludio de los posteriores de
reconstrucción, mucho más difíciles todavía, que comprenderían numerosos
tratamientos químicos para estabilizar la madera, así como la limpieza, identificación
y ensamblaje de miles de piezas sueltas y objetos varios. Concluido el proceso,
el buque fue alojado en un moderno museo, inaugurado en 1990, y el mundo pudo
conocer finalmente el barco y su apasionante historia.
Antes
de lanzarnos a criticar el incidente como propio del atraso en ciertas épocas,
recordemos el lastimoso episodio del vuelco de cierto buque español, construido
para la Expo de Sevilla de 1992. Hoy como ayer, se siguen cociendo habas.
…oooOOOooo…
Como
aficionados a la ciencia, resulta inevitable preguntarnos: ¿Por qué se hundió
el Vasa? La respuesta es bien simple:
por falta de condiciones de estabilidad. Pero esto requiere alguna explicación
técnica, que procuraremos simplificar en lo posible.
Damos
por supuesto que el lector conoce el principio de Arquímedes, que asegura la
flotabilidad de un cuerpo sumergido parcialmente en un líquido, garantizando
que la cantidad de éste desplazado iguala el peso del propio cuerpo. Pero,
¿cómo se asegura que éste no vuelque?
El cuerpo
flotante está sometido a dos fuerzas: su propio peso, aplicado en su centro de gravedad G). Y el empuje del
líquido, aplicado en el punto E, centro de gravedad del volumen sumergido. Es
evidente que el cuerpo permanecerá en equilibrio si el primer punto se halla
bajo el segundo, como se ha representado en la figura, pues un desplazamiento
del cuerpo respecto a la vertical hace que el par de fuerzas resultante tienda a
estabilizarlo.
Esta condición es suficiente, pero no necesaria. De hecho,
es muy difícil conseguirla en un buque, a menos que éste vaya enormemente lastrado
para conseguir que su G se halle muy bajo, y aun entonces la pesadez del navío
lo haría poco manejable. De hecho, lo habitual será que el G del buque esté por
encima del de su parte sumergida, E. ¿Puede ser estable el equilibrio del navío
en estas condiciones?
Aunque a primera vista pueda parecer que no, un
análisis algo más detenido nos lleva a concluir que sí. Para fijar ideas,
imaginemos los dos cilindros flotantes de la figura, ambos de densidad g = 1/4 Tm/m3. El de la izquierda tiene un
diámetro cuatro veces superior al de la derecha. Ambos tienen el centro de
gravedad por encima del de empuje, pero es intuitivo que el primero es estable
y el segundo no.
¿Cómo
se cuantifican esas intuiciones? Aparte de los centros antes vistos, debe
tomarse en consideración otro punto llamado el metacentro, definido como el radio de curvatura de la curva envolvente
de las isocarenas, es decir, todas aquéllas que corresponden a situaciones de
equilibrio hidrostático del cuerpo, independientemente de su estabilidad
(representado en la primera figura). Este punto será el que defina el equilibrio
del cuerpo: si se halla situado por encima del G del cuerpo, el equilibrio de
éste será estable, si no, inestable.
Es
conveniente que el metacentro se halle lo más arriba posible para que el buque
pueda resistir las inclinaciones que inevitablemente van a producir el viento,
los movimientos internos, el oleaje y los desplazamientos en las cargas. En la
actual construcción naval se prevé muy precisamente la situación de ese punto,
pero no ocurría lo mismo en el siglo XVII, cuando el diseño del barco se hacía
empíricamente. Y lo que sucedió con el pobre Vasa fue que su metacentro se hallaba muy bajo, por lo que, en
cuanto se produjeron unas mínimas variaciones en su verticalidad, zozobró y se
hundió, arrastrando consigo a los infortunados que en él se hallaban y a las
esperanzas suecas de dominio de los mares.
Queda
por explicar el final del cuento: ¿Qué les ocurrió a los ingenieros navales? Pues
nada. Desde luego hubo un largo proceso para delimitar responsabilidades, pero
los constructores de Skeppsgården pudieron demostrar que el mismísimo rey
Gustavo, en sus constantes e impertinentes visitas reales a los astilleros, les
había ordenado tal cantidad de modificaciones, retoques y acabados, que el
barco perdió a lo largo de éstas sus condiciones marineras, lo que ocasionó la
tragedia.
El
verdadero responsable era, pues, el rey. Pero, ¿quién iba a procesarlo? La
figura real era intocable. Vemos que, transcurridos tres siglos, tampoco esto
ha cambiado, al menos en algunos países.
…oooOOOooo…
La cabra siempre tira al monte…
Un
amable lector me escribió lo siguiente:
He
leído con muchísimo interés su artículo acerca del vuelco del Vasa.
Ciertamente
parece inverosímil que todo un barco dé la vuelta nada más abandonar la grada
de construcción.
En
el año 1992 fui tripulante de las Carabelas de Quinto Centenario,
concretamente en la Pinta, visité 72 ciudades del Mundo en 13 países
distintos, durante año y medio, en donde pudimos hacer más de 22.000 millas.
Me
ha resultado curioso ver como cita de ejemplo la Nao Victoria, que en el año
1992 volcó también en Isla Cristina (Huelva) donde fue construida.
Conozco
perfectamente la historia, conozco a los ingenieros que la hicieron, a algunos
de los que iban a bordo ese día inaugural, e incluso a la niña que hacía del
pájaro Curro, símbolo de la Exposición de Sevilla.
Lo
que realmente ocurrió fue que D. Jacinto Pellón (comisario Jefe) y demás
compañeros políticos de entonces, fueron a la botadura del barco, fijando una
hora que les convenía a ellos, pero sin contar con las numerosas recomendaciones
de los técnicos que advertían de la poca profundidad de agua —marea baja, que
en Isla Cristina es muy importante— que habría en esas horas.
Los
políticos, dejando atrás las recomendaciones recibidas. exigieron botar el
barco a la hora por ellos señalada.
Para
que el barco flotase algo con la marea baja, hubo que sacar todo el lastre del
barco (120 Tm aprox.), con lo cual el barco dejó la grada, empezó a flotar, y
cuando hubo que revirar el barco tirando desde popa, para que no chocase con
los pesqueros que hay enfrente, al no tener lastre, dio la vuelta, tal y como
Vd. explica perfectamente.
Es
en recuerdo de estas personas que ya son amigos míos (ingenieros, pescadores, y
otros) por lo que le escribo esta carta.
Fue
la culpa de unos políticos soberbios, inexpertos y cegados por el protagonismo,
lo que hizo que salieran en las fotos de todo el Mundo (yo estaba entonces con
Las Carabelas en EEUU).
Fue
el hazmerreír de todos, por culpa de los que mandan pero no saben.
Pero
esos nunca dan la cara cuando las cosas van mal, sino sólo salen en la foto.
Mis
amigos fueron criticados duramente, sin tener nada que ver.
Creo
que la verdad hay que contarla como es.
¿Qué
podemos añadir a ese elocuente testimonio? La historia se repite: los políticos
condicionan en su provecho, provocan el daño y luego intentan cargar las culpas
sobre otros. En todo caso, siempre se libran (véase mi artículo Recuerdos de un ingenierete, http://www.albaiges.com/ingenieria/recuerdosingenierete.htm).
Queda
sólo la Historia para juzgarlos. Contribuyamos a ésta con esas líneas.
Josep
M. Albaigès
Salou,
agosto 2003