LA RELATIVIDAD
EN EL PENSAMIENTO DEL SIGLO XX
La revista
estadounidense TIME, que muchos consideran la mejor del mundo, nombra cada mes
de diciembre su “Personaje del año”, y cada año terminado en cero, el de la
década. Excepcionalmente, en 2000 proclamó el “personaje del siglo”, y el
elegido fue Einstein (1879-1955). ¿Estaba justificada esta elección?
Por
supuesto, la teoría de la Relatividad ha tenido una influencia inmensa en el
enfoque científico del siglo XX. Resumiendo muy simplificadamente sus principales
puntos, recordemos que, partiendo del hecho experimental de que la velocidad de
la luz es siempre la misma, independiente de que su medidor esté en reposo o en
movimiento, define de una forma especial el concepto de “movimiento” no como
fenómeno de “un cuerpo respecto a otro” sino como “fenómeno conjunto” y a
partir de ahí elabora una nueva concepción del tiempo, en el que las
simultaneidades son relativas. Minkowski se encargaría de dar forma geométrica
esta nueva concepción con su sistema espacio-tiempo.
Pero
quizás esto no hubiera justificado por sí solo un título tan trascendente como
“hombre del siglo” para Einstein. Cabría preguntarse
qué más aporta la Relatividad. ¿Realmente un hallazgo científico, por importante
que sea, basta para situar a su descubridor en primera línea de las personas
que más han influido en nuestro tiempo? Por encima de nuevas concepciones
físicas, de bombas atómicas y de integración de la energía nuclear a nuestro
mundo, un examen detenido de la evolución del pensamiento a lo largo del siglo indica
que la Teoría ha supuesto, más allá de una mejor comprensión del Universo, la
implantación de una nueva visión de la totalidad, un nuevo modo de razonar, una
nueva forma de fluidez en las líneas de pensamiento, unas nuevas asunciones
implícitas en nuestras mentes.
De
hecho, el pensamiento científico supone en muchas ocasiones superar los
conceptos “intuitivos” y prescindir de la idea que la Naturaleza debe
comportarse de una manera que nos resulte “lógica”. ¿Hay nada más natural que suponer que un móvil debe acabar
deteniéndose por sí solo? La experiencia diaria nos muestra que esto es lo que
ocurre, y el mismo Aristóteles cayó en la trampa de suponer que el movimiento
“natural”, causado por un “motor” primero, se amortiguaba con el tiempo. Por
ello, el enunciado newtoniano del principio de inercia, por el que un móvil conserva indefinidamente, por sí solo, el estado de
reposo o movimiento rectilíneo y uniforme, debe ser considerado como un
atentado a esa vía “intuitiva” de concebir la Naturaleza.
No
obstante, la mecánica de Newton respeta otro elemento también “evidente”: el
concepto de fuerza, intuitivo y omnipresente, elevado a elemento básico en la
arquitectura universal mediante otro principio aristotélico implícito: si un
efecto tiene siempre una causa, llamemos “fuerza” a la causa del movimiento. La
definición parece irrebatible, especialmente por apoyarse también en la intuición
y en la experiencia diaria. ¿Hay algo más omnipresente que la fuerza? Por ello,
negar su existencia supone dar una pirueta más audaz todavía que la del físico
inglés.
De
hecho, algunas anticipaciones habían anunciado la necesidad de una nueva
teoría, poniendo en tela de juicio determinados conceptos “naturales”. Decía en
1905 Poincaré (El valor de la ciencia):
“No tenemos la intuición directa de la simultaneidad, ni tampoco la de la
igualdad de dos duraciones”. Palabras que resultarían admonitorias del hallazgo
que Einstein estaba realizando en aquel mismo año.
A
partir de Einstein, el concepto de fuerza desaparece por innecesario: la
“causa” del movimiento no es un agente misterioso y en el fondo imposible de
definir, sino que éste queda integrado en la propia estructura geométrica del
Universo, es en realidad una consecuencia de ésta. El enigma de las dos masas,
la inerte y la gravitatoria, inexplicablemente idénticas, quedaba integrado en
cuanto se veían éstas como una mera expresión de la curvatura del
espacio-tiempo.
Pero
más aún, también el concepto de “simultaneidad” es relativo: dos sucesos pueden
ser simultáneos en un determinado escenario, pero sucesivos, separados por un
intervalo arbitrariamente grande de tiempo, en otro. La rotura de la teoría con
nuestra visión empírica de la realidad es ya total, tan grande como pudo ser en
su día el concepto newtoniano de inercia. A partir de ese momento, las
matemáticas serán nuestra guía de comprensión del Universo, al menos hasta
tanto las viejas intuiciones no hayan sido reemplazadas por unas nuevas.
Desde
su enunciación, la Teoría de la Relatividad impactó fuertemente en las mentes
de las personas, físicos o no. Una clara manifestación de los nuevos esquemas
que se abrían fue explicitado por el “Círculo de Viena”, formado por
personalidades como Rudolf Carnap, Herbert Feigl, Philipp Frank, Kurt Gödel, Victor Kraft,
Otto Neurath y Friedrich Waismann, sólo por citar los más importantes. Se proponía
despojar a la filosofía de toda
afirmación de índole metafísica; en una palabra, huir de los apriorismos,
romper de una vez con las escuelas griegas de pensamiento, que establecían
categorías mentales a las que el Universo debía “someterse”.
El
Círculo de Viena incorporaba a sus postulados uno de tipo científico: no
admitir planteamientos a priori, por lógicos que fueran, sino construir
filosofía a través de evidencias, que debían ser sometidas a la prueba de la
experiencia, entendido no siempre ésta como la “evidencia científica”, sino las
obtenidas del consenso y, ¿por qué no?, del contraste con las ciencias no
filosóficas.
Por
tanto, se mantenía que todas las proposiciones metafísicas eran carentes de
sentido, es decir, no eran realmente proposiciones, sino meras pseudoproposiciones,
entendiendo por “proposiciones metafísicas” las imposibles de verificar,
aquéllas cuya verificación se situaba en un “plano inasequible” al análisis
empírico: ninguna proposición de ese tipo contaría como “válida”.
De
hecho, el Círculo distinguía entre “proposiciones empíricas” y “proposiciones
lógicamente necesarias”. Estas últimas eran llamadas también “tautologías”,
pues el precio de su certeza es que en realidad no informan de nada, sólo
establecen relaciones lógicas que no trascienden fuera de nosotros.
Es
decir, que los filósofos tomaban el método “científico” para su propia ciencia.
Método científico con todas sus consecuencias, puesto que la información
empírica no sólo es la única que en realidad informa, sino que la verificación
empírica es capaz de destruir
nuestras construcciones previas. Uno de sus nortes era una afirmación
einsteniana: “No podría existir mejor destino para una teoría física que el que
señalase el camino hacia una teoría más amplia, en la que continuase viviendo
como un caso límite”, como vive la mecánica newtoniana como aproximación de la
einsteniana, y posiblemente ésta sea incluida más adelante en un sistema
teórico más general.
Obsérvese
la grandeza de Einstein al admitir que consideraría su teoría insostenible si
no pasase ciertas pruebas. Se trataba de una actitud radicalmente diferente de
la dogmática de Marx, Freud y Adler, por no decir de sus seguidores.[1]
Quizá
la forma más explícita en que fue recogida esta nueva manera de pensar fue por
las construcciones lógicas de Wittgenstein, probablemente el filósofo que más
ha influido a lo largo del siglo. En su Tractatus,
el austríaco llega a un divorcio total entre la
realidad y las construcciones filosóficas sobre ella, que reduce a las
verbales. Para Wittgenstein, el lenguaje, para ser un lenguaje, debe ser una
figura de aquello sobre lo cual dice algo. Entendiendo como “figura” aquello
que tiene la misma estructura que la
realidad a la cual se refiere. Y entonces, esa estructura queda reducida a una
mera figuración sobre algo, que podrá ser útil para establecer concomitancias,
relaciones y descubrimientos, pero no informará, sino que se remitirá a los
conocimientos previos sobre ese tipo de estructuras, de la misma forma que un
homomorfismo matemático tiene un valor operativo sobre la realidad a la que se
aplica, pero su valor constructivo y la crítica de su validez deben ser tomados
de la propia definición del homomomorfismo.
En
resumen, que el pensamiento se ha conformado de una forma más directamente
ligada a la construcción teórica, aun cuando ésta vaya en contra de las
intuiciones sensoriales y aun “lógicas” previas. Sería interesante señalar el
paralelismo de esta nueva época con las religiosas, en que la aceptación de
verdades quedaba ligada a las manifestaciones y visiones de los “sacerdotes”
encargados de actuar de intermediarios entre la super-realidad mágica y el
pueblo.
Josep
M. Albaigès
Salou, agosto 2003
[1] Recuerdo haber leído en mi juventud un artículo de Miguel Masriera, un científico español en boga en los años 50, que, para potenciar un sistema teórico de su creación al que llamaba “acronotopología”, manifestaba muy orgulloso que “cualesquiera fueren los resultados de las experimentaciones futuras, mi teoría seguirá siendo válida”. Ya entonces me pareció insustancial que una teoría no pudiera pasar por la prueba del fuego de la realidad, lo que la inhabilitaría como enunciado físico, relegándola a la filosofía. Hoy añado que a la filosofía más pobre, que ya entonces había sido bien superada por el Círculo de Viena.