Reflexiones
sobre la predictibilidad científica
Una conferencia sobre la predictibilidad
científica a la que asistí recientemente me hizo pensar en los habitantes de
aquel país de Lewis Carroll, que elaboraban planos de su tierra cada vez más
detallados, hasta que, alcanzado el de escala 1:1 advirtieron que sus hojas
molestaban a los agricultores al desplegarlas, y acabaron utilizando el país
como su propio mapa.
Algo parecido ocurre con los intentos del
científico para percibir la realidad. Pero, ¿qué es percibir el mundo? Sin duda será representárnoslo de alguna manera,
hacer accesible su gran complejidad a nuestra limitada inteligencia mediante
algún modelo apropiado. Los ingenieros
suelen preferir que este modelo sea de tipo matemático, otras disciplinas lo
prefieren de tipo lingüístico, gráfico o conceptual, pero todos, en resumen,
efectúan sobre la realidad una operación (un isomorfismo, hablando con propiedad), similar al levantamiento deun “plano” a escala, una representación subjetiva, pues contendrá solamente
aquello que nos interesa de a realidad, como en un plano destacamos los ríos o
las casas y no las flores, que, como decía el saint-exuperiano Principito,
“eran efímeras”.
Por tanto, primera consecuencia: nuestra
visión del mundo es subjetiva, lo explicamos en función de lo que nos parece
viable, de lo que estamos dispuestos a
aceptar. La óptica geométrica podría establecerse a partir del Principio de
Huygens, pero también postulando que la luz tiene una “inteligencia” mediante
la cual sabe escoger siempre el
camino de menor duración entre dos puntos (?). Nadie ve hoy esta segunda teoría
más que como una especie de curiosidad, pero el caso es que, respecto a la mera
concordancia entre teoría y hecho, tan buena es una como otra. ¿Quién sabe?
Quizás en alguna cultura más medieval esta segunda teoría fuera mejor aceptada
que la que hay hallamos en los libros de texto.
Por tanto, nosotros nos proyectamos en nuestra
explicación del mundo. Si, como dice el Génesis, Dios creó el hombre a Su
imagen y semejanza, también podríamos decir que el hombre re-crea (o, sin tanto
eufemismo, crea) el universo (su
universo) a su imagen mediante un proceso de intelección científica. Nuestro
universo es interpretable en función de distancias, movimientos, intervalos,
oposiciones, comparaciones, y, en fin, todo aquello que nuestros sentidos
pueden aprehender o en que nuestra mente puede trabajar. Y, mediante el proceso
de captación científica, acabamos construyendo
este mapa a escala, donde están presentes
solamente aquellos elementos de la realidad que de alguna manera puedan resonar con nuestra condición humana.
A medida que deseamos conocer más y más sobre
el universo, es como si fuéramos dibujando un plano a escalas cada vez mayores.
Los grados de abstracción se vuelven entonces más y más sofisticados, perdiendo
la jugosa ingenuidad de las primeras interpretaciones sensibles. Pensemos en
las intuitivas teorías antiguas que explicaban las reacciones químicas mediante
conceptos tan humanos como el “amor entre los elementos” por ejemplo, y
comparémoslos con el stock conceptual de la Física de hoy, donde la materia es
a la vez una onda y una partícula, y donde no se sabe si el electrón es un ente
puntual una probabilidad difusa o un punto de curvatura del universo. Los viejos
y familiares conceptos se tambalean y devienen insuficientes ante esta
elaborada visión de la naturaleza, que los sobrepasa.

Pero la cosa no termina aquí, por que al
mismo tiempo que ampliamos nuestro alcance de visión
científica, el tejido de relaciones contemplado se hace cada vez más compacto y
rehúye toda abstracción y previsión. Las teorías se complican, desaparecen las parcelas
aisladas y se hace forzosa una consideración global del entorno: hemos llegado
al punto en que la imagen más adecuada para el universo es el universo mismo.
El principio de indeterminación de Heisenberg acabó con el viejo sueño del
determinismo científico, y la complicación creciente de los fenómenos a nuestro
alcance acaba con el último residuo de aquél: la simple predictibilidad, excusa
y razón de ser de la misma ciencia, que se transforma así en metafísica,
intelectualmente estimulante pero estéril como praxis.
Talmente como vigías informadores de las fronteras
inexploradas, determinados fenómenos como la viscosidad, la meteorología, la
biología y a tantos otros, hace ya una serie de años que ofrecían tema de
reflexión sobre la posición de esta frontera de impredictibilidad. y de repente descubrimos que este terreno yermo, que velamos
como una curiosidad inherente a algunas provincias lejanas y pintorescas de
nuestro universo científico, resulta que es la matriz básica con la que está formado
este universo. Creíamos conocer el mundo y resulta que vivíamos en un
invernadero científico sin saberlo.
Parafraseando la razón vital de Ortega,
habría que decir que si para nuestro filósofo la racionalidad era una isla en
un mar de irracionalidad, de la misma forma para el científico de hoy la predictibilidad
es una breve parcela cultivada entre la selva virgen de la impredictibilidad de
fondo. Un análisis cuidadoso muestra que el movimiento laminar es un caso
particularísimo, amorosamente seleccionado por los hidrólogos, en un fondo general
de movimiento turbulento, o que el aparente orden de nuestro sistema planetario
es un ejemplo, aisladísimo en el espacio newtoniano, entre el caos impredictible
de los agregados estelares en nuestro cúmulo galáctico.
¿Existen posibilidades de seguir adelante en
este punto tan crítico de la evolución científica o sólo nos queda el recurso metafísico
de sentarnos y contemplar? Quizá la cibernética nos dé una respuesta en los
próximos años. Una vez más el modelo a escala puede revelarse útil: si la
llegada al mapa 1:1 ha agotado sus posibilidades espaciales, hoy el ordenador
nos permite tratar los fenómenos reales aplicándoles una escala infinitamente
reducida en el tiempo. Las investigaciones sobre los atractores extraños, por
ejemplo, permiten intuir lo que puede ser un seguimiento de las leyes mecánicas
en su complejidad, a escala total, pero a un ritmo suficientemente acelerado
como para poder extraer conclusiones y mantener esta predictibilidad que,
todavía hoy, continúa siendo el sueño dorado del científico, y, en definitiva,
la piedra de toque justificadora de sus actividad.
Barcelona,
marzo 1986