PERO, ¿QUÉ ES LA MATERIA?

 

El esfuerzo por entender el universo es una de las muy pocas cosas que eleva la vida humana un poco por encima del nivel de la farsa, y le confiere algo de la gracia de la tragedia.

Steven Weinberg

 

Durante miles de años, la respuesta a la pregunta del título se reducía, con pocas variantes, a ésta: “lo que ocupa espacio”. Es decir, implícitamente se suponía este último como un marco rígido, que no quedaba afectado por el hecho de estar o no ocupado. La materia gozaba de una serie de propiedades, entre las cuales quizá la más característica era la impenetrabilidad. Bien es verdad que algunos fenómenos (la disolución de un sólido en un líquido, por ejemplo) planteaban serias dudas sobre ésta, pero con hipótesis adicionales más o menos ingeniosas se conseguía resolverlas.

En el siglo XX, la exploración del mundo subatómico ha hecho replantearse la pregunta repetidas veces, para hallar en cada ocasión respuestas distintas. En cuanto fue estudiado el tradicional esquema atómico (protón-electrón-neutrón) ya quedaba claro que la inmensa mayoría del volumen ocupado por la materia resultaba vacío, y la supuesta impenetrabilidad pasaba a ser una mera consecuencia de las fuerzas de repulsión electromagnéticas, que impedían el acercamiento de unas partículas con otras más allá de un cierto valor. En realidad, cuando experimentamos que “tocamos” algo, no estamos “en contacto” con ello, sino que la sensación fisiológica del “casi contacto”, por llamarla de alguna manera, es la traducción sensorial de esa “gran proximidad”.

Esta última observación nos da la clave: en realidad interpretamos la materia, como cualquier otra cosa, de acuerdo con la sensación que provoca en nosotros. Hasta a principios del siglo XIX, casi el único agente captador eran los sentidos, pero desde entonces deberán ser los instrumentos subatómicos los encargados de darnos la información a través de la cual reinterpretaremos todos nuestros antiguos conceptos.

El siglo XX ha visto dos grandes reunificaciones: en primer lugar, con la teoría de la relatividad, Einstein descubrió al mundo que materia y energía eran la misma cosa bajo dos distintos aspectos, como vapor y hielo son distintas manifestaciones del agua. Pero quedaba otra: unificar onda (campo) y partícula.

Centremos un poco más la cuestión. Con las sucesivas investigaciones en el núcleo atómico, se convenía en que lo que por el momento se consideraba “materia”, esto es, los protones, los electrones y los neutrones, interaccionaban entre sí a través de la emisión de ondas (las fuerzas electromagnéticas que mantenían el sistema estable). El conjunto aparecía como un juego en el que cada actor representaba su papel, como el de Otelo y el de Desdémona son distintos, pero interindependientes, y el drama shakespeariano no se desarrolla sin el concurso de ambos.

Pero la investigación mediante los grandes aceleradores de partículas fue descubriendo nuevos territorios inexplorados. Resultó que el protón y el neutrón no eran más que dos casos particulares entre un vasto e infinito conjunto de partículas llamadas hadrones, capaces de recomponerse y disgregarse múltiplemente, siempre obedeciendo a las leyes de la relatividad. Y el electrón era otro componente de los llamados leptones, capaces de interaccionar con los anteriores. El encargado de hacer posible esta función era el gluón, también repartido en varias familias.

En definitiva, ya que este conjunto de partículas interaccionaban entre sí y proporcionaban una huella de esta interacción a través de los aceleradores de partículas, la imagen que de este proceso se transmitía debía conducir necesariamente a una nueva concepción de la materia, como los movimientos de dos tenistas pueden permitirnos formarnos una imagen de la bola que entre ambos se intercambian aunque no seamos capaces de verla.

El concepto de campo se había formado durante el siglo XIX de la mano de las investigaciones de Michael Faraday, que conducían a la idea de que lo esencial en las interacciones electromagnéticas no eran las partículas sino el campo: éste tenía una realidad física en cuanto elemento que regía los fenómenos. Se aplicaba una vez más el viejo esquema científico: cuando una cosa “ocurre como si…” lo que viene detrás debe ser considerado como objetivamente existente.

Y así se inició la convergencia entre la concepción de las partículas y del campo que las regía. La sugerencia de De Broglie de que las partículas como los electrones tenían asociados campos de onda fue un gran paso hacia la reinterpretación del fenómeno. Las partículas se podían comportar como campos de ondas y los campos de ondas como partículas. Una y otra cosa eran lo mismo en distintas manifestaciones, como el vapor y el hielo.

La teoría cuántica interpreta la intensidad del campo en un punto del espacio como la probabilidad estadística de hallar en él sus cuantos asociados. Así, no sólo desaparecía la idea de materia dentro del concepto de campo, sino que el campo se convertía en la probabilidad de encontrar cuantos. La vieja idea de un Dios jugando a los dados, que tanto había repugnado a Einstein, pasaba a ser la clave de la nueva interpretación del cosmos.

No es difícil visualizar el mundo de los campos cuánticos que interaccionan. Podemos describirlo en términos matemáticos, pero su traducción intuitiva es tan difícil como imaginar objetos en un espacio de cuatro dimensiones: la imaginación visual falla al intentar reproducir una imagen. Pero podemos tener una ligera impresión de lo que es la teoría de campos cuántica con una analogía tomada del campo de la construcción.

Los ingenieros manejan a menudo la idea de una estructura hiperestática. Un emparrillado formado de vigas y pilares rígidamente unidos entre sí, que corresponde a lo habitual en un rascacielos, incluso en un edificio corriente, tiene una propiedad esencial: una carga aplicada en un punto cualquiera repercute sobre la totalidad de la estructura, que se moviliza así a efectos resistentes. Un piano colocado en un extremo de la quinta planta provoca una ligera deformación en el extremo opuesto de la segunda, por ejemplo. No cabe duda que esta propiedad es altamente beneficiosa para la resistencia de la estructura ante el colapso motivado por exceso de cargas, terremotos, etc., pues su capacidad resistente se moviliza siempre totalmente en “solidaridad” con cualquier rincón afectado por una carga.

En estas condiciones, el espacio podría ser considerado como una estructura hiperestática infinita, y las cargas aplicadas en un punto cualquiera de ella, como las singularidades equivalentes a la presencia de materia. Si imaginamos por ejemplo que las vigas representan protones y los pilares electrones, a través de los nudos en que ambas se juntan se transmitirá el efecto de unos sobre otros. Estos nudos corresponden a los gluones.

Un universo formado por una estructura infinita de este tipo se halla bastante cerca a lo que los físicos interpretan como un conjunto de campos, cuya manifestación son las partículas. El universo pasa a ser así un concepto fértil: es un “campo de batalla” entre los cuantos, y ese concepto tan intuitivo que llamamos “fuerza” no es en realidad más que una alteración en el “emparrillado”, que provoca movimientos en la “estructura”, como un hoyo en una mesa de billar provocaría desviaciones y aun hundimientos en las bolas que sobre él pasaran. El universo se ha traducido en un conjunto de entes difíciles de imaginar, pero perfectamente coherentes en su funcionamiento en cuanto son interpretadas con arreglo a un conjunto de leyes sencillas. ¡Una nueva interpretación metasensorial se ha abierto ante nosotros!

Queda ahora una pregunta: ¿qué son los campos fundamentales? De hecho esta pregunta es la misma del título de este artículo, reformulada de acuerdo con los conocimientos adquiridos a través de todo un siglo de investigación de las partículas. Estos campos parecen representar los niveles más elementales de la materia. No es posible ir más allá, por ahora, en imaginarlos, incluso en concebirlos.

¿Existen en realidad estos campos? Preguntarse esto es lo mismo que preguntarse si existe la electricidad o la materia. Existen una serie de efectos, que interpretamos de acuerdo con nuestra experiencia sensible, directa o a través de los instrumentos de observación. En realidad nunca podremos liberarnos de la misma definición: “La materia es lo que nos afecta de la forma tal y tal”.

 

                                                                                              Josep M. Albaigès

                                                                                              Salou, agosto 2001